viernes, enero 29, 2010

"Todos somos Cabañas"

(Publicado en "Excélsior," 27 de enero de 2010)

Armando Román Zozaya

El presente texto se podría haber titulado “Todos somos Luis Alfonso Belmar” o “Todos somos “Daniel Barrera Arellano” o “Todos somos Silvia Vargas Escalera”. También podría haber tenido por título “Todos somos…” lo cual le permitiría a Usted, amigo lector, utilizar el espacio que he dejado en blanco después de la palabra “somos” para escribir ahí el nombre de la persona que Usted sabe ha sido asesinada y/o mutilada y/o extorsionada y/o asaltada, etcétera, en los últimos años en nuestro país.

Al señor Cabañas le dispararon a quemarropa. Al señor Belmar lo mataron a medio Viaducto (hace ya tres años y todavía no se sabe nada de los asesinos). Al señor Barrera lo balearon en Circuito Interior. Eventualmente, 2 de sus 4 agresores fueron capturados: ¿dónde están los que faltan? Y a la señorita Vargas la secuestraron y asesinaron. Todos somos Cabañas, Belmar, Barrera y Vargas porque estamos expuestos a que nos pase justo lo que les ocurrió a ellos, es decir, estamos expuestos a las consecuencias de la impunidad que reina en México: aquí no hay autoridad. Lo que sí hay son personas sin escrúpulos, egoístas al extremo, quienes, aprovechando la falta de legalidad, hacen y deshacen a placer.

Pongámoslo así: si Usted está vivo, amigo lector, es sólo porque nadie quiere hacerle daño. Si no se han robado su auto, es sólo porque a nadie le ha interesado. Si sus hijos no han sido secuestrados, es sólo porque nadie se ha fijado en ellos, etcétera: dado que no hay autoridad, vivimos a merced de los demás; no hay un tercero, es decir, no hay precisamente autoridades, que nos protejan de, y prevengan, los abusos y crímenes de quienes nos rodean y optan por delinquir y cometer faltas de todo tipo (desde matar hasta pasarse un alto). Mucho menos hay quien haga algo serio y bien hecho una vez que hemos sido víctimas de quienes sacan provecho, como ya decía, de que no hay marco legal que valga. Por eso, la madre de Alberto Wallace tuvo que investigar ella misma el secuestro y asesinato de su hijo: las “autoridades” no hicieron nada.

No sostengo que no haya leyes; lo que argumento es que son letra muerta porque quienes tienen que respaldarlas no lo hacen ya sea por corruptos, por negligentes o por incapaces. Eso es lo que abre la puerta a que el país sea de los más fuertes, más violentos, más cínicos, de los que no tienen ninguna consideración por los demás. Si los casos de Cabañas, Belmar, Barrera, Vargas y Wallace no bastan para apreciar que no exagero, aquí van otros: hace unos días, a José Villela le cayó encima un camión de basura que, impunemente, circulaba en el segundo piso del periférico. Hace unos meses, 49 niños murieron en una guardería que, impunemente, funcionaba sin cumplir los requisitos que la ley exige. Hace no mucho tiempo, varios jóvenes murieron en el News Divine, antro que operaba quebrantando todos los reglamentos existentes. Mientras tanto, nuestros “gobernantes” nos bombardean con spots, ponen pistas de hielo y organizan frecuentemente foros inútiles.

No sé si seamos ya un Estado fallido; creo que sí. En todo caso, para allá vamos: ¿y luego? ¿Andaremos todos armados? En una jungla eso es lo racional: vaya futuro el que nos espera.

"Hablar bien de México, de nuevo"

(Publicado en "Excélsior," 13 de enero de 2010)

Armando Román Zozaya

En agosto pasado, el presidente Calderón se quejó de que hay muchos mexicanos que hablan mal de México, es decir, que continuamente destacan sus problemas y debilidades. Lo mismo hizo el señor presidente en febrero anterior, cuando, inclusive, catalogó como “catastrofistas” a quienes se atrevieron a resaltar las dificultades que padecemos. Hace unos días, en una reunión con nuestros embajadores, Felipe Calderón se quejó, de nuevo, de quienes hablan mal de México y exigió que, a partir de ahora, se hable bien de nuestro país.

El señor Calderón tiene razón: contamos con cosas muy valiosas; no todo está mal. Sin embargo, lo que el presidente no entiende, o no quiere apreciar, es que todo lo bueno que tenemos se ve opacado por todo lo malo. Por ejemplo, contamos con una de las mejores cocinas del mundo, sin lugar a dudas, pero 20 millones de mexicanos sufren de pobreza alimentaria. Igualmente, en nuestro país hay médicos de talla internacional, pero, más de la mitad de la población no goza de servicios de salud de calidad. Igualmente, nuestra tasa de “desempleo” es de las más bajas del planeta, pero, no es realmente de desempleo sino de desocupación, lo que significa que, según las cuentas de las autoridades, hasta los vendedores de pepitas tienen “empleo”. Además de lo anterior, somos un país cuya población es todavía joven en su mayoría, lo que nos brinda gran potencial en términos de fuerza de trabajo, pero, el promedio de escolaridad de los mexicanos es de nada más 8 años y, por si fuera poco, nuestra educación pública es de pésima calidad. De igual forma, contamos con una de las universidades más grandes del mundo, la cual ha generado cuadros muy valiosos para el país, pero, también ha generado muchos “licenciados” que ni siquiera entienden la diferencia entre “haber” y “a ver”. Aunado a lo anterior, contamos con una legislación muy buena en términos electorales, pero, sobre todo a nivel local, no sirve de mucho pues los gobernadores tienen “manga ancha” con relación a los institutos estatales electorales. Asimismo, al menos en la Ciudad de México, existe un reglamento de tránsito de primer mundo, pero, no sirve absolutamente para nada porque ni la policía misma lo respeta. De la misma manera, contamos con estupendas leyes contra la discriminación racial, étnica, sexual, etcétera, sin embargo, no nos sirven porque no son respetadas ni respaldadas. Y no olvidemos que parte de lo que poseemos que es hermoso y digno de presumirse no es mérito nuestro realmente. En concreto, nuestras hermosas playas, selvas, desiertos, cañadas, lagos, lagunas, ríos, etcétera, son un regalo de la naturaleza: los mexicanos no hicimos nada para conseguirlos. Lo que sí hemos hecho es destruir y contaminar lo que la naturaleza, generosamente, nos obsequió.

El punto es, pues, que sí es posible hablar bien de México, claro, pero, lamentablemente, por cada cosa buena que tenemos, contamos con una mala que, en muchos casos, es pésima. Si nos negamos a aceptarlo, nunca saldremos adelante: el primer paso para solucionar cualquier dificultad es admitirla. Y no, no soy un mal mexicano ni un catastrofista: simplemente, creo yo, soy realista.

lunes, enero 04, 2010

"!Feliz año, México!"

(Publicado en "Excélsior," el 30 de diciembre de 2009)

Armando Román Zozaya

El año que termina fue en verdad malo para ti, México: crisis económica, ejecuciones, violencia en las calles, secuestros y extorsiones fueron tu pan de cada día. Todo esto aderezado, por supuesto, por tu clase política, la cual carece de visión de largo plazo y es egoísta al extremo. Pero eso no es todo pues, así como tu clase política no está a la altura de tus exigencias, muchos de tus supuestos ciudadanos tampoco lo estamos: nos encanta hacer y deshacer a nuestro antojo, no nos importan los derechos de terceros, no cumplimos con nuestras obligaciones cívicas mínimas, etcétera. En pocas palabras, tu ciudadanía ha permitido que tu tejido social se haya desgastado tanto que, vivir dentro de tus fronteras, es muy pero muy difícil.

Quiero desearte, querido México, que el año que viene, el del bicentenario de tu Independencia, sea diferente al que está por irse y que, en concreto, marque el comienzo de un cambio para bien. Así, y aunque sé que se me tachará de utópico, si no es que de idiota, he aquí lo que anhelo para ti el año que viene:

- Te deseo, México, que tus políticos y funcionarios públicos entiendan el honor y la responsabilidad que conlleva el cobrar un salario que emana de los impuestos de todos y que, por lo tanto, se comporten como tú lo mereces y exiges: ya no más abusos de poder, tráfico de influencias, salarios y prestaciones exorbitantes, etcétera. Paralelamente, te deseo que tu clase política exhiba altura de miras, capacidad de diálogo y que sepa darte las reformas que necesitas para que tu economía rinda más, tu sistema de justicia mejore, tu sistema educativo se convierta en uno que genere igualdad de oportunidades y tu sistema de salud sea universal y gratuito en el punto de uso al mismo tiempo que cuente con todo lo necesario para que ningún mexicano sufra nunca más de carencias en términos de salubridad.

- Te deseo, México, que jamás sufras de nuevo una tragedia como la ocurrida en la guardería ABC de Hermosillo, Sonora. Igualmente, te deseo que tus autoridades no permitan que la muerte de los niños fallecidos en dicha guardería quede impune.

- De la mano de lo anterior, te deseo, México, que las autoridades, todas, se pongan a trabajar en serio y abatan la impunidad con la que tanto tiempo hemos convivido: ya no más corrupción, no más solapar a los amigos y extorsionar a los enemigos, no más abusos y negligencias de los MPs, no más jueces que se venden o no hacen su trabajo bien, no más policías que se dedican a amedrentar a la ciudadanía y a hacerse de la vista gorda ante delitos y/o faltas que, en algunos casos, son flagrantes, etcétera.

- Te deseo, México, que tus ciudadanos y gobernantes comprendamos a fondo que, de no hacer nada al respecto, te vas a quedar sin agua y, entonces sí, no habrá poder humano que te salve de convertirte en un Estado fallido.

- Finalmente, te deseo, México, que tus ciudadanos muestren su amor por ti siendo cívicos y respetándose mutuamente, cuestión que, dicho sea de paso, ayudaría a las autoridades a trabajar mejor y con mayor eficacia.

Esperemos, pues, querido país, que 2010 sea mejor que 2009: es justo y necesario.

"Agustín y Ernesto: ¿adónde vamos?

(Publicado en "Excélsior," el 16 de diciembre de 2009)

Armando Román Zozaya

La semana pasada, el presidente Calderón designó al frente de la Secretaría de Hacienda a Ernesto Cordero, quien hasta entonces encabezaba la Secretaría de Desarrollo Social. Paralelamente, le pidió al Senado de la República que sea Agustín Carstens, hasta ese momento Secretario de Hacienda, quien lleve las riendas del Banco de México. Estos nombramientos no han inquietado a los mercados, al menos no todavía, sin embargo, sí es posible dar una lectura relativamente preocupante a lo hecho por el señor Presidente. Veamos.

En lo que va del sexenio, en repetidas ocasiones, el señor Carstens, en su papel de Ministro de Hacienda, hizo público su desacuerdo con las decisiones de política monetaria del Banco Central. En concreto, don Agustín –y se entiende, por lo tanto, que también Felipe Calderón– anhelaba tasas de interés más bajas para la economía mexicana pues consideraba que eran necesarias para darle empuje al aparato productivo. Por su parte, el Banco de México, encabezado por Guillermo Ortiz, nunca cedió ante las presiones emanadas del Poder Ejecutivo y se apegó a lo que le corresponde, es decir, a combatir la inflación.

El hecho de que el Banco Central haya resistido los embates de Hacienda nos ilustra una de las pocas cosas que se han hecho muy bien en este país en términos de diseño y construcción de instituciones: la autonomía del Banco de México. De hecho, gracias a dicha autonomía, nuestra economía ha disfrutado de estabilidad de precios en los últimos años, cosa que, sobre todo en comparación a nuestro pasado reciente, no es nada menospreciable y muy valiosa.

Ahora bien, con Carstens al frente del Banco, es posible que no ocurra nada, es decir, que Banxico siga disfrutando de autonomía plena y no deje de lado la lucha contra la inflación. No obstante, si de eso se trataba, no era necesario enviar a Agustín Cartens al Banco: bastaba con ratificar a Guillermo Ortiz, quien no sólo lo ha hecho estupendamente bien sino que goza de gran prestigio a nivel internacional. Así, el hecho de que ahora sea Carstens quien gobernará el Banco Central, puede ser indicativo de que algo están tramando en la Presidencia de la República y de que, para conseguir ese algo, Ortiz no era la persona indicada.

Si a lo anterior añadimos la presencia de Cordero en Hacienda, la siguiente hipótesis cobra sentido: Calderón va a buscar animar la economía en los siguientes tres años sea como sea, es decir, incluso recurriendo a una coordinación explícita con fines expansivos entre Hacienda y Banxico, cosa simplemente imposible si Ortiz siguiera como gobernador del Banco Central. ¿Y para qué hacer esto? Para rendirle mejores cuentas al electorado en 2012 y revertir la actual pésima imagen del Presidente, de su gobierno y de su partido.

El problema con esto es que le puede salir caro al país en términos de estabilidad de precios, de tipo de cambio y hasta de prestigio internacional. Ojalá, entonces, que estemos viendo problemas donde no los hay. Sin embargo, siendo honestos, la sospecha de que algo está tramando Calderón está ahí simplemente porque, lo que procedía, era que Ortiz fuera ratificado; nadie habría cuestionado tal decisión: al contrario, Calderón se habría llevado aplausos.

"Reforma del Estado"

(Publicado en "Excélsior," el 2 de diciembre de 2009)

Armando Román Zozaya

El Presidente Calderón propondrá al Congreso de la Unión una serie de modificaciones a las instituciones centrales del Estado. En concreto, va por la reelección de legisladores y presidentes municipales, el referéndum y la iniciativa ciudadana. Obviamente, es positivo que el Presidente anhele cambiar las cosas para bien. Sin embargo, sus propuestas se quedan cortas. Veamos.

En primer lugar, hay que cuestionar el sistema presidencial pues, por definición, dificulta el lograr acuerdos. Esto no es nocivo en sí mismo –en Estados Unidos dicho sistema funciona bien, por ejemplo–, sin embargo, en el caso de México lo es ya que los mexicanos no sabemos escucharnos los unos a los otros. Además, la clase política padece de egoísmo exacerbado, cuestiones que, al interactuar con el sistema presidencial, resultan en que la toma de decisiones es muy difícil. De hecho, el sistema parlamentario es una alternativa superior desde el punto de vista de los incentivos que genera para los políticos, la rendición de cuentas entre electores y representantes y, por supuesto, la toma de decisiones. ¿Por qué no considerar la implementación del parlamentarismo en nuestro país?

En segundo lugar, nuestro federalismo es más un problema que una solución. En primera instancia, diluye responsabilidades. Por ejemplo, los municipios no hacen nada contra las narcotienditas porque se trata de un terreno que le corresponde a la federación. Sin embargo, la policía federal no puede estar en todo lugar a toda hora, por lo que es obvio que las policías municipales, y también las estatales, deberían involucrarse en la lucha frontal contra el narco. Pero, como decíamos, no lo hacen porque no les corresponde (además de que les falta capacitación, recursos, etcétera). En segunda instancia, los gobernadores se han convertido en nocivos polos de poder: controlan recursos a discreción, manejan legisladores, etcétera. Así, en vez de cooperar arduamente para solventar los problemas que son de carácter nacional, se dedican a tratar de incrementar su poderío para, luego, continuar con su carrera política. En tercera instancia, las divisiones políticoadministrativas entre estados y municipios son más un pasivo que un activo. Por citar un ejemplo, la Ciudad de México está literalmente unida a varios municipios del Estado de México y de Morelos, lo que genera problemas que van más allá de la ciudad y de dichos municipios. Sin embargo, las soluciones no se construyen de manera conjunta entre las entidades afectadas sino por separado (se creó una Comisión Metropolitana, pero, es inútil). ¿No valdría la pena que busquemos afinar el federalismo?

Finalmente, está el tema de la rendición de cuentas. Al respecto, la reelección puede ayudar, pero, no basta. Sería prudente considerar la creación de un organismo ciudadano –algo así como el IFE– que esté a cargo de auditar los gastos de la federación, los estados y los municipios pues no es adecuado que los políticos mismos sean sus propios auditores/sancionadores, como ocurre actualmente.

Esas son algunos de los temas que deberíamos discutir al hablar de Reforma del Estado. La propuesta presidencial es, por lo tanto, bien intencionada, pero, incompleta. Pero bueno: por algo se empieza.

miércoles, noviembre 18, 2009

"El México de Felipe y Margarita"

(Publicado en "Excélsior," el 18 de noviembre de 2009)

Armando Román Zozaya

Hace unos días, la señora Margarita Zavala, primera dama del país, comentó que la impunidad es producto del temor de los ciudadanos a denunciar. También hace unos días, el esposo de la señora Zavala, es decir, el presidente Calderón, declaró que hay que acabar con los monopolios, pues dañan la competitividad. Valen algunos comentarios.

La apreciación de doña Margarita es correcta, pero superficial. Si la gente tiene miedo de denunciar, hay que preguntarnos qué causa este temor, pues ahí radicaría la respuesta última a la impunidad y no en dicho miedo en sí mismo. No hay vuelta de hoja: efectivamente, los ciudadanos no denunciamos porque tenemos miedo a los delincuentes —represalias, venganzas, etcétera—, pero ese miedo es producto de otro temor: el que le tenemos a la autoridad misma, el cual es consecuencia de que no confiamos en quienes nos “protegen”. ¿Cómo no temerle a la policía cuando algunos de sus integrantes colaboran con el crimen organizado? ¿Cómo no dudar de los ministerios públicos cuando es bien sabido que algunos de ellos prefieren mordidas en vez de hacer consignaciones? ¿Cómo confiar en los jueces cuando sabemos que son sobornables o, en su defecto, se dejan intimidar por los criminales? El punto es que no hay certeza de que la autoridad esté de nuestro lado y no del de la delincuencia: ¿es sorprendente que haya mucho miedo y muy pocas denuncias? No dejemos que nos echen toda la culpa de la impunidad que reina en nuestro país: sí tenemos que denunciar, sin embargo también es necesario que la autoridad reconozca que no es fiable y debe trabajar al respecto. Si no lo hace, no tiene, precisamente, autoridad —de ningún tipo— para exigirnos que denunciemos incluso si está claro que es nuestra obligación y deber cívicos. No entender esto implica no comprender lo grave que es la situación de México en el terreno de la seguridad pública y la impartición de justicia.

Con respecto a lo comentado por el señor presidente Calderón, quisiéramos apuntar que estamos de acuerdo en que hay que acabar con los monopolios y, así, mejorar el rendimiento de nuestra economía. Pero los monopolios que dañan a México van más allá de lo económico. De hecho, uno de los más perjudiciales es el que ejercen los partidos políticos sobre los canales de acceso al poder y a la toma de decisiones colectivas. De la misma forma, otro que es muy nocivo es el que está en manos del SNTE, agrupación que tiene influencia desmedida sobre la educación que reciben nuestros niños, los métodos de enseñanza de los maestros, la asignación de plazas, las evaluaciones a los docentes, etcétera. Así, si el Presidente anhela que nuestro país no sufra monopolios, tendrá que trabajar, no sólo con relación a la economía, sino que, además, deberá buscar que los partidos políticos no sean los únicos que puedan postular candidatos a puestos de elección popular. Asimismo, tratará de redefinir el papel del SNTE en el sector educación. Si Felipe Calderón pasa estos dos casos por alto, habrá demostrado que, diga lo que diga, su deseo de liberar a México de yugos monopólicos no es genuino, cosa que sería una lástima: hace falta.

"Paquete fiscal: ¿bendición o burla?"

(Publicado en "Excélsior, el 4 de noviembre de 2009)

Armando Román Zozaya

No hubo sorpresas: los impuestos aprobados el fin de semana nos confirman que vivimos en un país cuyos gobernantes frecuentemente optan por medidas de corto plazo que no resuelven nada a profundidad. De lo contrario, ¿por qué seguir cargándole la mano a los contribuyentes cautivos? ¿Por qué sólo hacer poco respecto a la economía informal? ¿Por qué aumentar el IVA a 16% en medio de una terrible crisis? ¿Por qué incrementar el ISR que pagamos todos si las grandes empresas, como lo reconoció el mismo presidente Calderón, no cubren todos los impuestos que les corresponden? ¿Por qué seguir financiado los millonarios gastos de los partidos? ¿Por qué seguir pagando a los legisladores jugosos salarios y exorbitantes prestaciones? ¿Por qué no hacer algo respecto al hecho de que los funcionarios públicos de alto nivel, sean federales, estatales o municipales, cobren salarios ofensivos para un país como México, así como aguinaldos que ya quisiera una abrumadora mayoría de nuestros conciudadanos y, por si fuera poco, cuentan con prestaciones como el famoso “fondo de ahorro,” el cual resulta en que, cuando renuncian o los corren, se van de sus puestos con cientos de miles de pesos? ¿Por qué ni una sola palabra sobre el dispendio de los gobernadores a la hora que hay elecciones en su estado? Etcétera.

Lo ocurrido con el tema fiscal no nos permite sino concluir que a nuestra clase política no le interesa construir un mejor México, con expectativas de futuro y donde reine la justicia, especialmente en el terreno de los impuestos. Se dirá que no, que nuestro análisis es inadecuado pues el paquete fiscal refleja la “genuina” preocupación de nuestras autoridades por contar con todo lo que requieren para financiar los servicios que nos brindan: dicho paquete está diseñado pensando en la ciudadanía, ni más ni menos. Y es que, de no haberse aprobado, ¿cómo pagar por la “estupenda” seguridad pública con la que contamos, el “fantástico” sistema de transporte público y el “funcional” y “excelente” drenaje que nos “libra” de inundaciones, por ejemplo?

Caray, ahora que lo pensamos bien, vemos que, efectivamente, somos unos exagerados. Es más, nos arrepentimos de todo lo comentado. Así, con “gusto” pagaremos los nuevos impuestos. Igualmente, “celebramos” que nuestros funcionarios cobren lo que cobran, que las grandes empresas disfruten de exenciones y privilegios fiscales, que la economía informal haga y deshaga y que, por supuesto, nuestros actores políticos hayan sabido superar sus diferencias para darnos un paquete fiscal que ha “rescatado” a México del desastre y lo ha puesto en clara ruta hacia la prosperidad al garantizar que el gobierno siga brindándonos todo lo “bueno” que nos brinda. ¡Qué ingratos, ignorantes y estúpidos somos! ¡Y pensar que hasta llegamos a creer que el paquete fiscal es una burla! ¡Qué bien que ya entendimos que no es eso sino una bendición! ¿Y usted, amigo lector, ya también lo entendió?

jueves, octubre 22, 2009

"¿Qué sindicato sigue?"

(Publicado en "Excélsior," el día 21 de octubre de 2009)

Armando Román Zozaya

Evidentemente, para los trabajadores afectados y sus familias, la decisión de liquidar Luz y Fuerza es un golpe brutal. De hecho, siento empatía hacia ellos, especialmente hacia los que hacían su trabajo con gusto y seriedad. Eso sí: honestamente, mi empatía no es mucha hacia los trabajadores que me trataron con la punta del pie cada vez que acudí a una oficina de LyFC, o cuando llamé a ésta para reportar fallas, o hacia los que, hace unos meses, tardaron días y días en reparar un problema menor ocurrido a las afueras del condominio en el que habito, el cual provocó que no tuviéramos bomba para el agua por 5 días. Debo decir también que mi empatía es simple y sencillamente nula hacia los dirigentes del SME: ellos, ¿de qué se preocupan? ¿De qué se quejan? Mejor que se vayan al rancho del señor Esparza a congratularse, mientras montan algunos de sus hermosos caballos, de que, lamentablemente, en este país la impunidad es la regla, por lo que, al parecer, inclusive si son culpables de algún delito (corrupción y tráfico de plazas laborales, por ejemplo), el gobierno ha decidido no proceder en su contra.

Como decía, comprendo que los trabajadores se sientan angustiados. Por eso mismo, me parece adecuado que se les ofrezcan jugosas liquidaciones y oportunidades laborales en CFE. Se dirá que no es justo, que dichas liquidaciones son muy costosas, que son un privilegio, etcétera. Hasta cierto punto esto es verdad. Sin embargo, no olvidemos que los cambios profundos cuestan. Por ejemplo, en Alemania, hace unos años se modificaron las pensiones, lo que significó que el Estado dejó de respaldarlas totalmente. Para convencer a los sindicatos de que aceptaran esta reforma, el gobierno alemán ofreció hacer contribuciones a las nuevas cuentas privadas de los futuros pensionados, es decir, el gobierno tuvo que hacer un desembolso importante, pero, no lo vio como un costo sino como una inversión. Y eso mismo es lo que hay que pensar en el caso de LyFC: no es un costo; es una inversión.

Lo que no me parece adecuado es que a los trabajadores de las Secretarías de Estado próximas a desaparecer no se les haya ofrecido nada similar a lo que se llevarán los de LyFC: ¿por qué a unos sí y a otros no? No se vale. Tampoco se vale que el presidente Calderón declare que se procedió a cerrar LyFC porque le costaba al erario, provocaba pérdidas de eficiencia y dañaba la creación de empleos sin que, paralelamente, se proceda contra otros sindicatos que, de la misma forma, le cuestan al erario, provocan pérdidas de eficiencia y dañan la creación de empleos. Me refiero, en concreto, al SNTE y al STPRM, por lo menos.

Si la autoridad no procede contra los sindicatos mencionados y no ofrece liquidaciones superiores a lo establecido en la ley a los despedidos de Reforma Agraria, Turismo y Función Pública, estará evidenciando que, si bien el cierre de LyFC era necesario –de hecho, lo aplaudo–, no se llevó a cabo porque ese fuera el caso sino para destruir a un grupo que era un dolor de cabeza para el gobierno. Y se diga lo que se diga, así no es como se construye un mejor país.


"¿Hacia un nuevo sindicalismo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 6 de octubre de 2009)

Armando Román Zozaya

Qué bueno que, dado que el proceso electoral registró irregularidades, la Secretaría del Trabajo no reconoció el “triunfo” de Martín Esparza en las recientes elecciones internas del Sindicato Mexicano de Electricistas. No obstante, qué mal que sólo hasta ahora es que nuestras autoridades “se han dado cuenta” de que los sindicatos de nuestro país son lo que son. ¿O acaso nunca antes había habido trampa en unas elecciones sindicales? ¿De veras la autoridad no sabe todavía bien a bien cómo se las gastan nuestros sindicatos en todo terreno y en todos los sentidos?

Evidentemente, aquí no se trata de generalizar pues sabemos que existen sindicatos decentes, que se dedican a cumplir con sus tareas honradamente. Pero es un hecho que algunos de ellos (SME, SNTE, STPRM) se han convertido en cotos de poder que no permiten que nuestro país avance. Claro está que esto no es nada más culpa de dichos sindicatos. De hecho, ellos sólo han sido consecuentes con el contexto en el que se les ha permitido operar: si se les da dinero a montones, no vamos a esperar que se nieguen a recibirlo; si se les da licencia para hacer y deshacer, no es racional que se nieguen a actuar de tal manera, etcétera. En concreto, si los sindicatos de México son como son, es culpa, más que nada, de las autoridades: son éstas las que no les han puesto un alto y, al contrario, les han dado amplios márgenes de maniobra. ¿La ya comentada decisión de la Secretaría del Trabajo representa un rompimiento con el pasado? ¿Por fin la autoridad ha decidido reordenar el sindicalismo mexicano? Por el bien de México, esperemos que así sea.

Vale aclarar que no estamos en contra de los sindicatos en sí mismos. Mucho menos deseamos que desaparezcan. Lo que no apoyamos es que, con base en la “autonomía sindical,” justifiquen la falta de capacidad de sus agremiados y, sobre todo, bloqueen reformas que podrían hacer de México un país mejor y más competitivo pues se da el caso de que, por ejemplo, si se busca una reforma educativa, no sólo el SNTE intenta detenerla sino que otros sindicatos se le unen. Así –aunque no nada más por eso, claro está–, el país no avanza, no va a ningún lado. Aunado a ello, amparados también en la “autonomía,” los sindicatos que reciben dinero público simple y sencillamente no rinden cuentas de lo que hacen con él, cuestión más que inaceptable.

Apoyemos todos, entonces, a la Secretaría del Trabajo. De hecho, esperemos que el miedo a las movilizaciones y reclamos que llevarán a cabo el SME, algunos revoltosos y aquellos que “pondrán sus barbas a remojar,” quienes seguramente se unirán al ya mencionado SME, no impida que, de una buena vez, las autoridades –aquí se incluye a los legisladores– no sólo pongan fin a las turbias maniobras de dicho sindicato sino que también reglamenten, para bien del país, la vida interna de todos los sindicatos. En concreto, urge que esto quede claro: autonomía no significa impunidad. Una vez que esto haya sido plenamente entendido y enmarcado en la ley, lo demás será más fácil. A ver, pues, qué sucede.


"El paquete fiscal y la credibilidad"

(Publicado en Excélsior, el día 23 de sept. de 2009)

Armando Román Zozaya

Según el Presidente Calderón, de no aprobarse su paquete fiscal, no habrá vacunas contra la influenza AH1N1. Además, condenaremos a “una generación de mexicanos al hambre”. ¿De veras será esto atribuible a la ciudadanía? Y es que ahora resulta que el boquete presupuestal tiene que ser cubierto por los ciudadanos y, si no lo hacemos, será responsabilidad nuestra que México se desplome. Muy bien: ni modo. Lo que no está claro es que, en los hechos, la ciudadanía sea la responsable de lo ocurrido; nosotros no fuimos quienes minimizamos la crisis que comenzó en Estados Unidos. Tampoco somos nosotros quienes no hemos sabido concretar las reformas de fondo que el país requiere, por ejemplo la energética y la fiscal, cuestión que ha resultado en que nuestras autoridades no cuentan con ingresos tributarios suficientes y en que el petróleo se acaba, lo que significa que, ahora que sería útil hacerlo, no nos podemos endeudar: hacia el futuro, no tenemos con qué pagar. Lo enfatizamos: no tenemos con qué pagar porque en México no se recauda lo suficiente y el petróleo se está agotando. ¿Esto es culpa de la ciudadanía o de quienes no saben o no pueden cobrar impuestos? ¿Es responsabilidad de todos los mexicanos o de quienes, ante un escenario más que previsible en el terreno petrolero, no han querido, no han podido o no han sabido cómo remediar la situación? ¿Es culpa nuestra o de quienes se dedican a despilfarrar los recursos del país?

Es increíble que, en recesión, y después de que se nos ha dicho hasta el cansancio que nuestras finanzas públicas están “sanas,” no nos podamos endeudar, lo que evitaría que, en el corto plazo, haya más impuestos, los cuales provocarán que nuestra economía, ya de por sí en el suelo, cargue una pesada loza. Y todo porque nuestras autoridades no saben lograr acuerdos positivos para el país. Así, que no nos echen la culpa: la responsabilidad es de quienes nos gobiernan y de quienes constituyen la oposición. Son ellos quienes no han hecho lo suficiente por fortalecer nuestra competitividad, situación que nos ayudaría a hacer frente a crisis como la actual. Por ejemplo, es la clase política la que tolera empresas paraestatales sumamente dañinas, sindicatos que sólo ven por sí mismos, un sistema educativo patético y una vergonzosa falta de Estado de Derecho. Nosotros padecemos esto, lo denunciamos, exigimos cambios, etcétera; ellos, los políticos, hacen poco al respecto.

Señor Presidente y señores de la clase política: el debate fiscal no es nada más técnico; es también sobre credibilidad. Si quieren nuestro apoyo, se los daremos; sí somos solidarios, aunque ustedes piensen lo contrario, pero, ¡trabajen más y mejor! Asimismo, ¡garanticen que lo que acuerden será benéfico para el país y se hará realmente como nos lo dicen! Además, ya basta de prácticas que resultan en costos para México, en todos los sentidos, y en que muy pocos ciudadanos le crean a la autoridad. Si quieren más impuestos, necesitamos confiar en ustedes. Eso se logra trabajando en serio: ¡por ahí empiecen!


miércoles, septiembre 09, 2009

"México: a tapar el pozo"

(Publicado en "Excélsior," el 9 de septiembre de 2009)

Armando Román Zozaya

Muchos lo dijimos hasta el cansancio: México está mal y, de no hacer algo, empeorará. Ante esto, el presidente Calderón respondió calificándonos de “catastrofistas” y acusándonos de “hablar mal de México”. Evidentemente, sí hay quienes se expresan mal de México con fines destructivos y, en concreto, con la intención de debilitar a la administración calderonista para obtener rentas políticas. Pero también hay quienes criticamos porque amamos al país, deseamos que el futuro sea mejor que el presente y nos desesperamos ante la poca capacidad de respuesta, del gobierno y de la sociedad, frente a los retos que encaramos.

En todo caso, qué bueno que el señor Calderón ya entendió que necesitamos cambiar a fondo, que se nos están acabando los recursos y el tiempo. De la misma manera, qué bien que haya hecho un llamado para que todos colaboremos en la transformación que el país exige. Sin embargo, qué mal que haya dejado pasar tres años de su gobierno para intentar concretar, en serio, las reformas que México requiere. De hecho, lo que el presidente nos pide es que, dado que ya se ahogó el niño, mejor tapemos el pozo. Claro está que, el que se nos haya ahogado el niño, no es responsabilidad nada más del presidente, ni de su partido. La responsabilidad es también del PRI, del PRD, de los demás partidos, de los sindicatos, de los empresarios, de las autoridades estatales, municipales y judiciales, de los legisladores y, por supuesto, de toda la ciudadanía: como país, llevamos décadas tratando de tapar el sol con un dedo, no atendiendo los problemas a fondo. Por eso se ahogó el niño. Y sí, ahora, tapemos el pozo; construyamos un mejor México.

¿Quién es el niño ahogado? El niño ahogado representa a los 50 millones de mexicanos a los que, como sociedad, no les hemos dado oportunidades. Encarna también a quienes no cuentan con servicios de salud y son educados por “maestros” de bajo nivel. El niño que hemos perdido es el que nos roba la delincuencia cada vez que mata, viola, secuestra, etcétera. Es el niño que está en el pozo porque, por si fuera poco, nos estamos acabando nuestros ríos y lagos. Es más, si no hacemos nada al respecto, en unos años el niño en cuestión ya no tendrá agua y, entonces sí, verá culminar su vida en una catástrofe.

En fin: son tantos los problemas y todos son profundos. Por eso no entendemos por qué el gobierno desperdició los tres últimos años. Pero bueno, por lo menos ya se reconoció la gravedad de nuestra situación. Ahora, como decíamos, tapemos el pozo. A los que ya cayeron en él, a esos mexicanos que han sido presa de todo lo malo que hay en nuestro país, pidámosles una disculpa, expliquémosles que vamos actuar –e invitémoslos y equipémoslos con el fin de que se nos unan– para mejorar las cosas y, sobre todo, para legar un mejor país a las generaciones que vienen detrás de nosotros.

En primera instancia, apoyemos el llamado del presidente. En segundo lugar, ya no más foros que no conducen a nada; sí hay que dialogar, pero, no como se ha hecho en el pasado, es decir, sin resultados concretos. En tercer término, presionemos a los legisladores, jueces, policías, etcétera, para que actúen con seriedad. En cuarto lugar, urge que mostremos verdadera solidaridad. Por ejemplo, entre otras cosas, hay que pagar nuestros impuestos, colaborar con asociaciones de la sociedad civil que, por mencionar un caso, ayudan a niños de la calle y, claro está, exigir a las autoridades que den destino eficiente y productivo a los pesos que de nosotros reciben.

Aunado a lo anterior, es apremiante que entendamos que los cambios que necesitamos nos van a costar. Es especialmente importante internalizar que dichos cambios pueden resultar en que perdamos algo, ya sean prestaciones, derechos, parte de nuestros ingresos o, inclusive, de todo un poco. Sin embargo, veámoslo no como una pérdida sino como una inversión: si no nos deshacemos de los monopolios que nos aquejan, si no modificamos los sindicatos que nada más estorban, si no pagamos más impuestos y los utilizamos sabiamente, si no reformamos el sector energético a fondo, si no logramos que la educación pública, en todos los niveles, sea de calidad, etcétera, no vamos a salir adelante. Y sí, todo esto conlleva enfrentar grupos de poder, atacar intereses y provocar conflicto. Pero, de lo contrario, el pozo seguirá abierto y quién sabe cuántos mexicanos más terminemos cayendo en él. En esas circunstancias, sólo restaría decir “adiós al futuro”. Por todos nosotros y, especialmente, por nuestros hijos, no nos podemos permitir alcanzar una situación así: ya basta.

"Hablar bien de México"

(Publicado en "Excélsior," el 26 de agosto de 2009)

Armando Román Zozaya

Dice el Presidente Calderón que muchos hablan mal de México. Esto resulta en que la imagen del país en el exterior es muy mala. No es la primera vez que el Presidente reclama a aquellos que señalan nuestras carencias y limitaciones. En concreto, en febrero pasado, a quienes piensan que estamos mal, el Presidente les llamó “catastrofistas” que se dedican a “deliberadamente falsear, dividir o enconar”. De esto se desprenden dos cuestiones preocupantes: 1) un Presidente autoritario, y 2) una alarmante incapacidad de parte de el Presidente mismo, y de su equipo, para darse cuenta de qué país gobiernan.

Si la imagen de México en el exterior es mala porque hay quienes eso comentan, lo que hay que hacer para cambiar dicha imagen es, simplemente, callar tales voces: a partir de ahora, hablemos bien de México. Y ya está; no es necesario resolver ninguno de nuestros problemas. Por ejemplo, en vez de destacar que 20 millones de mexicanos no tienen ni siquiera para comer, hay que resaltar que un pequeño porcentaje de la población cuenta con una enorme cantidad de recursos: las oportunidades de negocios son evidentes. Otro ejemplo: en vez de quejarnos y pedirle a las autoridades que hagan algo respecto a los cotidianos secuestros y asaltos, mejor subrayemos que, al menos en la Ciudad de México, en invierno patinamos en una enorme pista de hielo mientras que, en verano, disfrutamos de playas artificiales. Uno más: en vez de exigir y reclamar porque vivimos sumidos en redes de corrupción y extorsión en las que están involucrados quienes se suponen nos deberían proteger, mejor celebremos que somos un país al que le va tan bien que hasta nos damos el lujo –es un premio bien merecido, por su estupenda y digna labor– de que nuestros legisladores ganen una fortuna, disfruten de maravillosas prestaciones y hasta se queden con el dinero correspondiente a viajes por avión que no hayan utilizado mientras ocuparon sus cargos. Otro más: no exijamos justicia por la muerte de 50 niños en una guardería; mejor celebremos que, en términos reales, los ministros de la Suprema Corte de Justicia son probablemente los funcionarios públicos mejores pagados del mundo, cuestión que refleja que en nuestro país la justicia funciona perfectamente. Y un último: no nos fijemos en que la Presidenta Vitalicia del Sindicato de Trabajadores de la Educación no sabe leer adecuadamente y ni siquiera se entera de lo que ocurre en el país. Tampoco notemos que 75% de los maestros que acaban de concursar por una plaza reprobaron el examen. Mejor destaquemos que, en México, los salarios son más bajos que en otros países, lo que ayuda a atraer inversionistas extranjeros. Del hecho de que el nivel salarial sea bajo porque la productividad es poca y esto ocurra porque nuestro sistema educativo es patético, no digamos nada; no seamos aguafiestas.

Si hacemos lo anterior, los inversionistas de otros países, los turistas, los gobiernos de otras naciones, las empresas transnacionales, los organismos internacionales, las ONGs también internacionales y cualquier persona, sabrán que México es un país donde la gente se siente segura, donde se invierte y produce sin problemas. Una vez que la imagen del país haya cambiado, todo será diferente: ya no habrá secuestros, ni violaciones, ni trata de personas, ni robo de menores, ni funcionarios corruptos, ni legisladores inútiles, ni partidos políticos que nada más estorban, ni sindicatos que no permiten la modernización de la educación y de la economía, ni una empresa petrolera que antes era líder en su ramo y ahora está cerca de quebrar, ni finanzas públicas en crisis estructural porque dependen desde hace mucho tiempo de dicha empresa, ni nada malo. Lo mejor de todo es que nuestros problemas se habrán solucionado, literalmente, de un plumazo, sin hacer nada de fondo al respecto, sin esfuerzo alguno.

Caray: ¡qué brutos son quienes piensan que el país está mal! Mejor que no se alarmen, que ya no mientan deliberadamente, que ya no enconen ni dividan; que hablen bien de México y disfruten del país en el que viven el señor Calderón y sus colaboradores. Si Usted insiste, amigo lector, en que las cosas no están bien, no se apure: el presidente Calderón le hará ver que es Usted un catastrofista, un psicótico, y le quitará la venda de los ojos. Pero no porque sea autoritario y lo quiera obligar a ver el país que él ve, sino porque le está haciendo el favor de aclararle la visión: no sea Usted, pues, malagradecido y, como comentábamos, a partir de ya, hable bien de México: en eso, y no en la solución real de nuestros problemas, radica la ruta a un país mejor: obvio.

"¿Dónde está la renuncia de Ebrard?"

(Publicado en "Excélsior," el 12 de agosto de 2009)

Armando Román Zozaya

“Yo sí te tomo la palabra, Alejandro”. Así respondió Marcelo Ebrard al reto lanzado a las autoridades por el empresario Alejandro Martí quien, deshecho por el asesinato de su hijo, exigió a quienes nos gobiernan: “si no pueden, ¡renuncien!”. Y resulta que el señor Ebrard no puede. Por lo tanto, debe renunciar; eso prometió: ¡que cumpla!

La incapacidad del gobierno de Marcelo Ebrard en términos de aplicación de la ley es evidente. Lo peor –hasta parece burla– es que, en conjunción con la Asamblea del Distrito Federal, dominada por el PRD, don Marcelo tiene una fascinación por producir leyes y reglamentos supuestamente de vanguardia pero que, en los hechos, no sirven de nada pues no se trata nada más de hacer leyes sino de respaldarlas. Y es especialmente en ese terreno donde, como decíamos, la administración Ebrard ha fallado rotundamente.

Recordemos, por ejemplo, el actual reglamento de tránsito, del cual se nos dijo, cuando entró en vigor, que constituía un avance respecto al anterior, que ahora sí tendríamos orden en las calles, etcétera. ¿Qué pasó? Que hasta los policías lo infringen. ¿Y qué ha hecho el gobierno de Ebrard al respecto? Nada. Va otro ejemplo: la prohibición de fumar en espacios cerrados. Buena idea, sí, pero resulta que sobran los antros donde se fuma a todas horas y nadie aplica la ley. Un ejemplo más: el retiro de los comerciantes ambulantes del primer cuadro del Centro Histórico de la ciudad. Por unas semanas, los ambulantes, efectivamente, se fueron, pero ya volvieron. ¿Quién los quita, quién hace valer la ley? Nadie. Un caso más: la introducción de autobuses en Avenida Reforma con el fin de sustituir a los microbuses que ahí brindaban sus servicios. ¿Qué ha pasado con esto? Que se suponía que los microbuses ya no podrían circular sobre dicha avenida, pero, ahí siguen. Así, automovilistas y peatones nos vemos ahora obligados a lidiar no nada más con esas “linduras” que son los microbuses sino que también tenemos que aprender a “convivir” con los nuevos autobuses, los cuales, dicho sea de paso, son conducidos tan mal, o peor, que los micros. ¿Y quién multa a los microbuses que circulan sobre Reforma cuando ya no deberían hacerlo? ¿Quién los remueve de la calle? Nadie.

Pero si bien es preocupante, lo anterior no es lo más grave. Lo que es de dar miedo es que, por mencionar otro ejemplo, en diversas rutas de microbuses, particularmente en Iztapalapa y Tláhuac, los usuarios son asaltados frecuentemente. Asimismo, en la Colonia del Valle, delegación Benito Juárez, sobran los asaltos y los robos. Es más, habitantes de dicha delegación ya hasta están promoviendo que se les permita portar armas para defenderse de la delincuencia (¿hasta dónde hemos llegado, caray?). De la misma manera, en general, en la ciudad no paran los secuestros, ni las extorsiones, ni los cristalazos, ni los ataques de naturaleza sexual a usuarias de taxis, etcétera.

Por si eso fuera poco, cuando el gobierno de Ebrard anunció que, por fin, capturó a un grupo de secuestradores, en concreto, a la banda de plagiarios que secuestró y asesinó al joven Fernando Martí, hijo del ya mencionado Alejandro Martí, resultó que no está del todo claro que sí haya sido esa banda la que cometió los crímenes. De hecho, las autoridades federales presentaron al asesino confeso del joven Fernando, quien negó conocer a quienes fueron acusados por la administración capitalina. El gobierno de Ebrard sostiene que lo que ocurre es que el grupo delictivo en cuestión está dividido en varias células y que, por eso, la autoridad federal dice una cosa y la del Distrito Federal otra. Pero el punto es que, aunque sí detuvo a delincuentes de peligrosidad, el gobierno encabezado por Ebrard no capturó a los que buscaba, es decir, no resolvió satisfactoriamente el caso Martí.

Está claro, entonces, que Ebrard no puede con su trabajo. Así, si tiene palabra, presentará su renuncia. Por supuesto, no sólo él debería hacer lo anterior: nuestros funcionarios, en todos los niveles, simple y sencillamente no cumplen con su trabajo; muchos gobernadores, alcaldes, legisladores, jueces, ministerios públicos, etcétera, tendrían que renunciar. Tal vez hasta el mismo Presidente de la República debería irse pues, si bien hace esfuerzos por luchar contra la delincuencia, es evidente que ésta sigue haciendo de las suyas en todo el país. Sí, es trágico, lamentable y preocupante, pero es verdad: las autoridades no pueden. Sin embargo, sólo Ebrard lo dijo abiertamente: “yo sí te tomo la palabra, Alejandro”. A ver, pues, para cuándo.

"Desamparados"

(Publicado en "Excélsior," el 15 de julio de 2009)

Armando Román Zozaya

Ni pueden ni renuncian; así están las autoridades mexicanas. Ah, pero eso sí, no dejan de decirnos que la ciudadanía debe cooperar en la lucha contra la delincuencia. En concreto, se nos indica que tenemos que denunciar. Muy bien: eso es lo que nos corresponde; es nuestra obligación como ciudadanos. Pero, ¿para qué? ¿Para que luego, como le ocurrió al señor Benjamín Le Baron, en Chihuahua, los delincuentes nos saquen de nuestra propia casa para torturarnos y asesinarnos? ¿Para que luego uno mismo tenga que conducir las investigaciones del secuestro de su hijo, como lo tuvo que hacer la señora Isabel Miranda de Wallace? ¿Para que luego no se sepa nada de los asesinos del hijo de uno, como le ocurre a la familia de Alfonso Belmar, asesinado en el viaducto del D.F. hace tres años? ¿Para que luego los dueños de la guardería en la que nuestros hijos murieron calcinados escapen del país en las narices de la autoridad? Digámoslo de manera sencilla: en México, uno llama a la policía y ésta, en gran número de ocasiones, ni siquiera se aparece. Igualmente, las corporaciones policíacas son intervenidas por el ejército, como ha ocurrido en Morelos y Nuevo León, porque sus miembros están coludidos con la delincuencia. ¿Y así quieren que denunciemos, que confiemos en la autoridad?

Dicho sea de paso, si de denunciar se trata, ¿qué espera el señor Presidente de la República para denunciar a los “gobernantes del pasado” que permitieron el crecimiento del narcotráfico? Lo preguntamos porque, frecuentemente, Felipe Calderón enfatiza que el poder del crimen organizado no es culpa de su gobierno sino de los de antes. De acuerdo: ¿quiénes son esos “gobernantes del pasado”? ¿Por qué no los denuncia el señor Presidente? ¿Por qué no cumple con su obligación ciudadana?

¿Y qué decir de los señores legisladores? Todavía no concluye formalmente la legislatura para la que fueron electos pero los diputados federales ya vaciaron sus oficinas. Igualmente, un buen número de ellos abandonó el cargo hace meses para buscar otra posición desde la cual seguir ordeñando el erario. Eso sí, cada uno de los diputados recibirá más de un millón de pesos a manera de despedida. Asimismo, según información publicada por El Universal, el seguro médico para ellos y sus familiares (un total de 2842 individuos) costó, durante los tres años que duró la actual legislatura, 155 millones de pesos: casi 60 mil pesos por persona (los diputados reciben también 50 mil pesos anuales para cubrir gastos por medicamentos y dentista). Mientras tanto, más de la mitad de los mexicanos no tiene acceso a servicio médico alguno. Y quienes sí lo tienen, sufren de las insuficiencias, deficiencias y negligencias del ISSSTE y del IMSS. Lo peor: los diputados no lograron siquiera un acuerdo significativo, verdaderamente importante, para la vida del país. Por ejemplo, la supuesta reforma fiscal no es tal, la electoral ya está siendo cuestionada y el sector energético todavía espera los cambios profundos que necesita.

Por su parte, los ministros de la Suprema Corte –los servidores públicos mejores pagados del país y, probablemente, del planeta– toman vacaciones justo cuando los padres de los niños fallecidos en el incendio registrado en la infame guardería ABC, en Hermosillo, esperaban que dicha corte nombrara una comisión que investigue el caso. Claro está que los señores ministros ya aclararon que se fueron de vacaciones porque así lo marca la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación. Y la ley debe ser respetada. Faltaba más.

Los gobernadores dejan también mucho que desear. Ahí está, por ejemplo, el señor Bours, quien, si tuviera dignidad, ya habría renunciado por el asunto de la mencionada guardería ABC. Lo mismo vale para Leonel Godoy pues, en Michoacán, el poder de las mafias es tal que le disputan el control de la entidad al gobierno estatal. Igualmente, todavía nos preguntamos por qué Mario Marín, gobernador de Puebla, sigue ejerciendo tal cargo: la infame y famosa conversación entre él y Kamel Nacif debería haber provocado no sólo la renuncia del interfecto sino hasta, tal vez, su encarcelamiento.

El punto es que la ciudadanía está desamparada. De hecho, desde los franeleros hasta los secuestradores hacen lo que quieren; no hay quien les ponga un alto; las autoridades tienen otras prioridades e intereses. Eso sí, con nuestros impuestos, los servidores públicos viven…y bien. Pero Usted, amigo lector, sea un buen ciudadano: ¡denuncie! ¿Qué no ve que la delincuencia hace y deshace porque no denunciamos? ¡Vaya ceguera la que Usted padece, caray!

"El transporte público en el Distrito Federal"

(Publicado en "Excélsior," el 1 de julio de 2009)

Armando Román Zozaya

En esta ocasión, amigo lector, deseaba escribir de nuevo a favor del voto nulo, pero, ya otras plumas han expresado con gran tino por qué dicho voto es útil y necesario. Así, y tomando en cuenta que estamos en época electoral, dedicaré el presente espacio al transporte en el Distrito Federal, un tema crucial para la vida de la ciudad. De hecho, si los políticos no quieren un movimiento anulista y en verdad anhelan trabajar a favor de la sociedad, bien harían en dedicarle un poco de tiempo a los problemas que padece el sistema de transporte de la capital.

Lo primero que hay que resaltar es que, en el D.F., tomar un microbús es peligroso pues, además de que es común que sean asaltados, los choferes manejan pésimamente: entre la música a todo volumen, la chica que llevan a un costado y el estar cobrando, su cabeza está en todo menos en lo que debería. Aunado a ello, los interiores de los micros son pequeños pero, eso sí, no hay uno que no vaya repleto. Además, el pasaje es dejado lejos de las banquetas, lo que expone a los viajeros a ser golpeados por algún otro vehículo. Y, por supuesto, no olvidemos las carreritas entre los microbuses mismos: un auténtico riesgo para usuarios, peatones, etcétera.

Los microbuses son insalubres: el ruido que emana de sus estéreos, y de sus propios motores, es extenuante. Paralelamente, cuando se está en la “base” esperando un micro, es inevitable respirar cualquier cantidad de desechos tóxicos. Por eso es que, desde antes de la crisis de la influenza, hay personas que portan cubrebocas al deambular por las calles y, por supuesto, cuando esperan un microbús.

Por si eso fuera poco, el micro promedio es más que ineficiente: se detiene cada 10 metros, lo que agudiza el tráfico e incrementa el consumo de combustible de todos los vehículos. De igual forma, a los microbuseros les fascina rebasarse unos a otros en espacios muy reducidos. Por ejemplo, nunca falta el que, ya estando cerca de la “base,” rebasa al de enfrente nada más para avanzar unos metros y volver a detenerse justo delante del micro que acaba de rodear. Y luego otro más hace lo mismo, y luego otro: ninguno de ellos es capaz de esperar un poco para moverse. El resultado es que, ahí donde hay “bases,” hay también congestión vehicular masiva pues, entre tanto rebase, los micros terminan ocupando, por lo menos, dos carriles en vez de uno.

Del Metro sólo digamos una cosa: su servicio es tan útil como es malo, es decir, es parte vital del sistema de transporte de la ciudad, sí, pero no es suficiente. Además, hay robos en los andenes y en los vagones. Asimismo, sobran vendedores ambulantes y hasta es común que se den casos de abuso sexual dentro de sus instalaciones: urge, pues, renovar el Metro en todos los aspectos.

El metrobús es otra historia: es de lo mejorcito que hay. Sin embargo, sufre de un problema claro: es insuficiente. Por eso, incluso fuera de horas pico, va lleno. De igual forma, no hay muchas máquinas para recargar las tarjetas con las que se paga el servicio, lo que resulta en largas filas para hacerlo. Pero con todo y eso, el metrobús evidencia que no tenemos que sufrir a los micros. Igualmente, deja claro que sí es posible establecer una cultura de paradas preasignadas, lo cual nos hace una falta terrible. De esta manera, esperemos que el metrobús –me refiero a todas sus líneas– marque de verdad el comienzo de una nueva organización del transporte público en la ciudad.

Para terminar, quisiera enfatizar que no es sorprendente que nadie quiera dejar de utilizar su coche. Tampoco es sorpresa que, año con año, más y más autos circulan en la ciudad. Se trata de un fenómeno cuya explicación es obvia: el transporte público del D.F. deja mucho que desear; lo racional es evitarlo y sólo recurrir a él cuando no hay de otra. No obstante, si queremos combatir la contaminación ambiental, no pasar tanto tiempo en el tráfico, reducir nuestros niveles de estrés y, en general, disfrutar de un mejor nivel de vida, tenemos que crear incentivos para que el coche sea nuestra última opción y no la que más nos gusta. Para lograrlo, es necesario, por lo menos, deshacernos de los micros, mejorar el metrobús e introducirlo ahí donde sea posible, desarrollar trenes que unan a la ciudad con sus múltiples suburbios y modernizar el Metro.

Todo eso tomará tiempo, pero, si no empezamos ya, nos vamos a arrepentir. Además, en todo caso, mientras arreglamos lo que hay que solucionar, sí podemos hacer algo de impacto inmediato y positivo: respetemos el reglamente de tránsito y exijamos que las autoridades lo hagan valer. A ver para cuándo.

jueves, junio 18, 2009

"A favor del voto nulo"

(Publicado en "Excélsior," el día 17 de junio de 2009)

Armando Román Zozaya

El voto nulo no sólo es legal y democrático; es necesario, especialmente en el México de hoy. De hecho, al contrario de lo que argumenta Germán Martínez, presidente del PAN, en un artículo publicado en El Universal, dicho voto no pretende minar a la democracia misma; busca fortalecerla. Y es que no se trata nada más de repudiar a la clase política sino de demandarle seriedad. De igual manera, no estamos ante un “anulas y te vas” sino ante un “anulamos, exigimos, nos quedamos y, si siguen igual, volvemos a anular”. En otras palabras, el voto nulo pretende orientar el hartazgo ciudadano, provocado por los políticos, partidos, funcionarios, etcétera, en dirección de una manera diferente de votar: antes, los políticos ofrecían y nosotros decidíamos; ahora, nos hemos adelantado y ya decidimos que, si quieren nuestro voto, no bastan las promesas: exigimos hechos concretos. Una vez que dichos hechos sean, en el futuro votaremos por quienes nos hayan escuchado; les premiaremos: la democracia se habrá robustecido.

Se dirá que no, que el voto nulo es indeseable porque “no genera ningún tipo de mandato” ni “representantes encargados de promover las reformas” que el país necesita. De hecho, es “un mensaje en una botella, sin destinatario ni remitente” y, por lo tanto, “puede terminar siendo un voto a favor del statu quo,” argumentos expresados por uno de los Consejeros del IFE, Benito Nacif, por medio de un par de contribuciones publicadas en nuestro Excélsior. Sin embargo, es evidente que el voto nulo sí tiene destinatario y remitente: el mensaje es para la clase política; el remitente es una buena parte del electorado. Es igualmente obvio que anular el voto sí conlleva un mandato puesto que no votar por nadie equivale a hacer explícito que ninguna opción es convincente. Así, el mandato es: “¡convénceme!”. Para ello, es necesario que los políticos ya no sean lo que son, no operen como operan y entreguen resultados concretos.

Lo que deseamos quienes estamos a favor de la anulación es, pues, que nuestros políticos sean serios. Quien no entienda esto, no ha entendido nada, es decir, no ha comprendido por qué muchos mexicanos estamos hartos de quienes, por décadas, se han burlado de nosotros, han utilizado nuestros impuestos inadecuadamente y nunca han rendido cuentas de verdad, entre otras cosas. De esta manera, el voto nulo no tiene por qué coadyuvar a mantener el status quo sino todo lo contrario: es una exigencia de cambio. Pero claro está que, si los partidos optan por ignorar dicho voto y todo lo que conlleva, entonces sí seguirá el status quo. No obstante, este no es un problema asociado a la anulación sino al hecho de que los políticos no hacen caso al electorado inclusive cuando sí reciben su apoyo, es decir, es un problema provocado porque, una vez que han pasado las elecciones, los partidos “olvidan” sus promesas de campaña. Dicho de otra manera, ya nos cansamos de votar por algún partido en concreto para que luego no cumpla lo prometido, es decir, para que el status quo continúe. Así, mejor no votamos por nadie y, de esta manera, gritamos a los cuatro vientos que estamos hartos de cómo se hace política en México. Si los destinatarios optan por no escucharnos, habrán demostrado que tuvimos razón al anular: no les importa lo que los electores les piden (en este caso, seriedad y responsabilidad). Eso sí: si siguen sin hacer caso, seguiremos sin votar por partido alguno; no nos callaremos.

Por supuesto, como ya hemos dejado ver, no se trata nada más de anular y ya: es necesario que, quienes no creemos en ningún partido, nos organicemos y exijamos un día sí y el otro también que la clase política cumpla con sus obligaciones. En segundo lugar, es indispensable que concretemos una agenda de reformas y busquemos su implementación. Y si los políticos no reaccionan, de nuevo anulemos y continuemos exigiendo. Igualmente, si se nos achaca el debilitar a la democracia, respondamos que estamos a favor del voto y los partidos, aunque no a favor de ninguno de nuestros partidos específicamente. Si se nos acusa, como lo hace Germán Martínez en el texto ya mencionado, de buscar el colapso del gobierno federal o del país mismo, respondamos que precisamente por miopes y sectarios –¿anular el voto equivale a anhelar que el país se colapse?– los políticos nos tienen cansados. Y si se nos recrimina que no contamos con propuestas concretas, contestemos que, por lo pronto, tenemos una: ¡no más política a la mexicana! Si lográramos esto, la ruta estará abierta para seguir adelante: ¡ojalá!

"Gobernadores: impunidad total"

(Publicado en "Excélsior," el día 3 de junio de 2009)

Armando Román Zozaya

Tal vez se trate de una casualidad, sin embargo, llama la atención que los gobernadores de México nunca son responsables ante la ley –y sólo algunas veces lo son políticamente– de lo que ocurre en los estados que gobiernan. Eso sí, los secretarios, subsecretarios, etcétera, que trabajan con ellos terminan pagando los platos rotos –legal y/o políticamente– cuando así lo exigen las circunstancias.

Ejemplos sobran: en el D.F., la policía provoca la muerte de varios jóvenes en un antro y el Secretario de Seguridad Pública, no el Jefe de Gobierno, presenta su renuncia. Algo similar ocurrió cuando cierto Secretario de Finanzas pasaba su tiempo en Las Vegas: a su jefe nunca se le atribuyó responsabilidad alguna al respecto. ¿Y qué decir de la reciente fuga de reos en Zacatecas, ante la cual, la gobernadora del estado no sólo no renunció sino que ni una disculpa ofreció a sus gobernados? Lo mismo vale para el actual mandatario de Michoacán: en vez de preocuparse por el hecho de que estaba rodeado de colaboradores probablemente vinculados al crimen organizado, se ha dedicado a quejarse de que el gobierno federal no le avisó del operativo que ya todos conocemos. Quien no se ha quejado de que no le avisaron de un operativo similar es el gobernador de Morelos. Sin embargo, anda tan campante que pareciera que no fue en su estado donde altos funcionarios fueron detenidos por brindar protección al crimen organizado. Y no olvidemos el infame caso del gobernador de Puebla, quien no ha rendido cuentas todavía respecto a sus vínculos con probables pederastas. Etcétera.

Se dirá que, en cada uno de los casos mencionados, se le ha atribuido responsabilidad a quien correspondía, es decir, lo ocurrido no ameritaba que los gobernadores en cuestión presentaran su renuncia, fueran investigados, etcétera. No estamos de acuerdo: si yo soy gobernador y mi secretario de seguridad pública es detenido por posibles nexos con el narcotráfico, tengo que, por lo menos, dar una explicación puesto que, si no estaba enterado al respecto, soy un incompetente, y si sí lo estaba y no hice nada, soy un corrupto. Igualmente, si soy gobernador y 53 reos escapan de un penal bajo mi jurisdicción sin que nadie los vea, nadie los oiga, no me queda más que admitir que no sé qué está pasando en mi estado, tampoco sé de quién estoy rodeado y mucho menos soy capaz de garantizar seguridad a la ciudadanía, tarea mínima que debe cumplir la autoridad. En otras palabras, soy un incompetente. Y si sí sé de quién estoy rodeado, etcétera, y no actúo al respecto, soy un corrupto. De la misma forma, si yo gobierno un estado y doy “coscorrones” a periodistas que le resultan incómodos a mis amigos, quienes, además, están bajo sospecha de pedofilia, lo mínimo que se esperaría de mí es mi renuncia. Lo mismo vale si soy Jefe de Gobierno del D.F. y mi secretario de finanzas se la vive en Las Vegas o la policía de la ciudad provoca la muerte de varios adolescentes.

Lo peor es que el propio gobierno federal asume que los gobernadores de este país dejan mucho que desear. De hecho, no haberle avisado a Leonel Godoy, mandatario de Michoacán, sobre el operativo que tendría lugar en dicho estado implica que, para las autoridades federales, Godoy o es un corrupto o es un incompetente: si le avisaban, los sospechosos se enterarían de que irían por ellos, ya sea porque Godoy es parte de la red de corrupción y levantaría la voz de alerta o, en todo caso, al no saber quiénes son los corruptos, podría advertirles sobre el operativo de manera no intencional (es un incompetente).

Pero insistamos: lo “curioso” es que todas las responsabilidades se detienen en la puerta de las oficinas de los gobernadores: simple y sencillamente, éstos están libres de toda rendición de cuentas y de toda culpa, pase lo que pase. ¿Será, como decíamos hace unos párrafos, casualidad? ¿O tal vez se trate de complicidad, una especie de pacto, entre los partidos políticos (no tumben a los gobernadores de nuestro partido y no tumbaremos a los del suyo)? ¿Nuestro marco legal, a propósito o por omisión, protege a los gobernadores, es decir, dificulta el atribuirles responsabilidades? ¿Se trata simplemente de cinismo rampante, tanto de los gobernadores mismos como de las autoridades federales, las cuales optan por no ir tras los mandatarios estatales incluso cuando hay elementos para hacerlo?

Sea lo que sea, una cosa está clara: al menos varios de los gobernadores de México son incompetentes y/o corruptos, pero, disfrutan de total impunidad tanto política como legalmente hablando: ¿hasta cuándo?

"México: tolerando lo intolerable"

(Publicado en "Excélsior," el día 20 de mayo de 2009)

Armando Román Zozaya

No tenemos capacidad de asombro, de indignación. Tampoco mostramos empatía. De hecho, vivimos entre secuestradores, narcotraficantes, políticos corruptos, ciudadanos que no respetan absolutamente nada, policías que nada más estorban, médicos negligentes, consejeros del IFE que quieren ganar una fortuna, jueces que la ganan, partidos políticos que abusan del presupuesto, líderes sindicales que viven como magnates y, por supuesto, decenas de millones de pobres, entre otras cosas, pero no nos quejamos como deberíamos, no pedimos en serio que las cosas cambien, o sólo lo hacemos en privado, momentáneamente.

Y claro, ¿por qué hacer más si es evidente que no servirá de nada?¿Por qué exigir que los políticos se dejen de corruptelas, que la ciudadanía no tire basura en la calle, que se acabe con los secuestradores, cuando sabemos que no ocurrirá? ¿Para qué perder nuestro tiempo? ¿Para qué arriesgarnos a ser extorsionados al levantar una denuncia? ¿Para qué llamar a la “policía” para denunciar una narcotiendita cuando es posible que los “agentes del orden” estén involucrados en el asunto? ¿Para qué pedir que sean castigados los médicos negligentes? ¿Para qué agotarnos exigiendo que los partidos ya no gasten tanto, que los altos funcionarios no gocen de privilegios? ¿Para qué quejarnos de que muchos mexicanos están desnutridos, no tienen servicios de salud?

No hacemos nada de lo anterior porque hemos desarrollado una preocupante, desalentadora y peligrosa tolerancia a lo intolerable, a lo nocivo, a lo inaceptable. De hecho, esta es nuestra lógica: mientras a nosotros y a nuestras familias no nos pase nada, lo demás no importa. Así, si hay pobres, pues ni modo; ojalá yo nunca lo sea. Si secuestran y matan a un muchacho, pues qué bueno que no se trató de uno de mis hijos. Si el policía es un corrupto, ojalá que detenga el vehículo de al lado y no el que yo conduzco. Si hay funcionarios públicos que gozan de privilegios simplemente inaceptables, ojalá que sea yo uno de ellos. Si la gente deja enormes bolsas de basura en la calle, que las dejen frente de la casa del vecino y no de la mía, etcétera: nunca una queja o un reclamo si yo no soy el afectado; muchas veces, ni siquiera entonces.

Y así vamos por la vida, es decir, toleramos hechos y situaciones inaceptables y nocivas, tanto para cada uno de nosotros como para la colectividad: nada nos asusta ni nos asombra. Mucho menos somos capaces de identificarnos con la tragedia, las carencias y/o las necesidades del prójimo. Todo esto es producto de que nos hemos habituado a la impunidad, a la pobreza y al temor. Así, estamos atrapados en un círculo vicioso. Por citar un ejemplo, no denunciamos porque sabemos que, debido a la impunidad, es una pérdida de tiempo, pero, el no denunciar contribuye a que haya impunidad. Va otro: si vemos que una persona está estacionada frente a una rampa para discapacitados, mejor ni decirle nada porque, por lo menos, nos mentará la madre y, en una de esas, hasta nos golpea, cuestión que coadyuva a que sigamos estacionándonos donde no debemos. Claro, esta persona nos mienta la madre y nos golpea porque sabe que goza de impunidad pues es sumamente improbable que la policía se aparezca y, además de sancionarla por la falta que ha cometido, lo haga también por agredirnos.

Aunado a lo comentado, no nos preocupamos por los pobres, por los niños que padecen de desnutrición, etcétera. Y no lo hacemos porque, como muchas personas piensan, son demasiados y de nada servirá nuestra ayuda. Además, para eso está el gobierno. Asimismo, no es nuestra culpa que los padres de dichos niños no sepan, no puedan o no quieran darles los cuidados apropiados. Vale aclarar que no estoy hablando de que ayudemos a estos individuos dándoles dinero o, en todo caso, no exclusivamente de eso: ¿por qué no concentrarnos en estar tras los políticos para que, antes de cualquier otra cosa, se aseguren de que nunca más un niño mexicano muera por falta de alimento o cuidados médicos? ¿Por qué quienes podemos no exigimos que nuestros gobernantes pongan en pie políticas sociales y de salubridad que garanticen que todo ciudadano cuente con lo mínimo necesario para poder ser? Porque no son nuestros niños los que están en tales circunstancias, porque nosotros no somos los pobres; no es nuestro problema: no hay empatía ni solidaridad; como decíamos, toleramos lo intolerable.

El problema de fondo no son los políticos ni el gobierno; somos nosotros. Por ello, el cambio comienza en casa: no toleremos lo injustificable, no seamos víctimas de la cotidianeidad: es eso o el precipicio.

miércoles, mayo 06, 2009

"Influenzados"

(Publicado en Excélsior, el día 6 de mayo de 2009)


Armando Román Zozaya


Las autoridades dicen que, con relación al asunto de la influenza, las cosas van bien. No estamos de acuerdo. Veamos.

Desde el 2 de abril se sabía de casos de influenza no estacional en Perote, Veracruz, uno de los cuales resultó ser AH1N1. Pero fue hasta el día 23 que se declaró la emergencia sanitaria. ¿Qué pasó? La situación fue subestimada porque nadie falleció en Veracruz. No obstante, a medida que surgieron más casos, lo ocurrido en Perote cobró relevancia. Así, se analizaron muestras que habían sido tomadas a quienes ahí enfermaron (por cierto, si no había qué temer, ¿por qué fueron tomadas y guardadas dichas muestras?). Como decíamos, un caso sí resultó AH1N1. De esta manera, el virus estaba entre nosotros desde por lo menos tres semanas antes de que se declarara la emergencia sanitaria.

Entre el 2 y el 23 de abril, con la sospecha de que algo estaba ocurriendo, México envió a Canadá muestras de pacientes con influenza (se incluyó la de Perote que daría positiva al AH1N1), donde se determinó que se trata de un virus nuevo. ¿Por qué a Canadá? Porque, como no sabemos prevenir, no contamos con laboratorios de primer nivel. De hecho, desde 1999, la Organización Mundial de la Salud recomendó a México, y a otros países, desarrollar infraestructura para generar vacunas contra la influenza pues, tarde o temprano, habría una pandemia. ¿Ya contamos con tal infraestructura? No. Repitámoslo: no sabemos prevenir.

Nuestra falta de prevención costó tiempo y, probablemente, vidas. Por ejemplo, el 13 de abril, Gustavo Terán acudió a la Unidad 196 del IMSS con síntomas de influenza. Lo atendieron negligentemente y, en algo inaudito, le diagnosticaron SIDA. El 25 de abril, Gustavo falleció debido a una neumonía atípica. ¿Habría salvado la vida si la emergencia hubiera sido declarada a principios de abril? No lo sabemos, pero es obvio que, hacia el día 13, los médicos de la mencionada unidad no sabían todavía del AH1N1 (eso sí, lo negligente no se los quita nadie).

Lo que le pasó a Gustavo le ocurrió también a María Fernanda García, quien, el día 25 de abril, al presentar síntomas de influenza, fue llevada al Centro de Salud Luis Mazotti. No se le diagnosticó nada grave; la mandaron a su casa. Pero empeoró. Así, el lunes 27, fue trasladada al Hospital Pediátrico de Peralvillo, donde se le diagnosticó fractura de fémur y, otra vez, fue enviada a casa. Esa misma noche, murió de pleuroneumonía. Obviamente, los doctores se equivocaron con Fernanda pues, si tenía síntomas de influenza y estábamos en plena alerta, por lo menos tendría que haber sido puesta en observación. Y si su problema era realmente una fractura, ¿por qué no fue atendida?

A pesar de estos casos, el Presidente Calderón sostiene que “nuestro sistema de salud ha funcionado adecuadamente”. No lo entendemos: o el Presidente está mal informado o miente: ¿es prudente lo que ha dicho cuando ocurren cosas como las comentadas? Tampoco entendemos que el mismo Presidente y otros funcionarios argumenten que, durante la emergencia, la ciudadanía ha actuado responsablemente. De nuevo, o están mal informados o mienten pues resulta que 48% de las empresas no cumplieron con el cese de actividades no prioritarias. Asimismo, en plena contingencia, taxistas, vendedores ambulantes, personal del aeropuerto, de las tiendas de autoservicio y de los bancos, así como ciudadanos en general, no cumplieron con las recomendaciones de la Secretaría de Salud e inclusive ocurrió que un diputado quiso ingresar al pleno de San Lázaro con sus niños: ¿todo esto es indicativo de responsabilidad?

¿Y qué nos espera ahora que estaremos sujetos a reglas específicas? Pongámoslo así: nuestra salud depende de que sigamos ciertos lineamientos en las escuelas, oficinas, etcétera. Pero resulta que detestamos apegarnos a regla alguna y no hay autoridad que pueda con nuestro gusto por la impunidad: ¿qué, pues, nos espera? Por ejemplo, en Querétaro, durante el acto inaugural de sus campañas, los candidatos del PAN violaron todas las disposiciones de la Secretaría de Salud. Otro ejemplo: ciudadanos entrevistados en la radio dicen que no usan cubrebocas porque todo es una exageración del gobierno. ¿Y quién va a verificar que la fonda de la esquina opere sólo a la mitad de su capacidad?

El riesgo más preocupante no es el AH1N1; lo que nos tiene influenzados, y desde hace tiempo, es el “valemadrismo,” la indiferencia ante el dolor, la tragedia y las carencias del prójimo así como, obviamente, las “talentosas” autoridades que nos gobiernan, sean del nivel que sean. Pobre México, en verdad: tan lejos de Dios y atrapado por tantos virus.

"La economía y los partidos"

(Publicado en Excélsior, el día 22 de abril de 2009)


Armando Román Zozaya

De acuerdo con el Indicador Global de Actividad Económica del INEGI, la economía mexicana se contrajo 9.1% durante enero del corriente respecto al mismo mes del año pasado; su peor caída desde julio de 1995. Aunado a lo anterior, según cifras de la Secretaría de Hacienda, durante el primer bimestre del año en curso la recaudación fiscal ha sido considerablemente menor que la lograda en enero-febrero de 2008. Evidentemente, lo que reporta Hacienda está vinculado a lo que informa INEGI, es decir, se está recaudando menos porque la economía está rindiendo menos.

Todo esto es indicativo, obvio, de que la actual crisis es muy profunda. Dicho sea de paso, también lo es de que el gobierno federal se equivocó al considerar que sólo padeceríamos una “gripa,” cuestión que implicó que no se pusieran en marcha medidas anticíclicas lo más pronto posible. Y es que si bien es verdad que no hay política pública que nos saque del hoyo en el que estamos –para dejar el atolladero necesitamos que la economía estadounidense se reactive–, también es cierto que el gasto público no está fluyendo tan rápido como debería y, por mencionar un ejemplo concreto, ni siquiera sabemos todavía a ciencia cierta dónde estará la refinería cuya construcción deberá brindarle cierto impulso a la economía (¿Tula o Salamanca?).

Pero por grave que sea, lo más preocupante no es lo anterior sino que, de cara al futuro, es decir, más allá de la coyuntura, nuestros partidos políticos no parecen tener ideas claras respecto a qué hacer en el terreno económico. De hecho, ahora que nos están pidiendo que votemos por ellos, ninguno pasa de apuntar que faltan empleo y oportunidades. Pero nada hay de los cómos, de qué pasos y estrategias seguir para lograr que la economía mexicana logre las tasas de crecimiento económico, y la distribución del ingreso, que tanta faltan le hacen.

No hay que darle muchas vueltas al asunto: en un mundo en el que la competencia es voraz y la capacidad para acaparar mercados e inversiones es crucial, no tenemos más opción que incrementar nuestra competitividad. Para conseguirlo, es necesario, por lo menos, que acabemos con la inseguridad pública –cuestión que implica un mar de acciones que van desde capacitar adecuadamente a los policías hasta que nuestro aparato de justicia funcione de manera expedita y sin corruptelas–. Además, es apremiante que eduquemos mejor a nuestros jóvenes y niños, que elevemos la calidad de nuestra infraestructura, que cobremos impuestos de una manera más sencilla y justa, que utilicemos el gasto público eficientemente, que terminemos con los monopolios, que reformemos la vida interna de nuestros sindicatos con el fin de favorecer los mecanismos de mercado y que acabemos con la discriminación que sufren en el ámbito laboral las mujeres, los homosexuales, los adultos mayores y los indígenas.

Obviamente, lo que aquí proponemos conlleva a su vez una serie de esfuerzos que exigen gran capacidad y talento políticos, así como mucho valor: ¿quién dice “yo” para poner fin a los privilegios del SNTE y del sindicato de PEMEX? ¿Quién podrá reformar a fondo nuestro sector energético? ¿Quién logrará que los gobernadores y presidentes municipales hagan más para abatir la inseguridad? ¿Quién conseguirá que los mexicanos que más tienen paguen más impuestos? ¿Quién se va a animar a deshacerse de todos los burócratas que cobran pero no trabajan? ¿Quién logrará que los partidos políticos vean reducido su estratosférico presupuesto? De hecho, con las elecciones en puerta, ¿qué partido se ha comprometido con acciones similares a las que aquí hemos listado?

La economía mexicana está, pues, en la lona. Por su parte, los partidos políticos o no lo comprenden o no le dan la importancia debida, cuestión que preocupa. De hecho, no los estamos atacando sino pidiéndoles que reaccionen adecuadamente. Es más, si lo que quieren son votos, bien harían en proponernos cómo vamos a resolver los problemas de fondo del país; cualquier otra cosa constituye pura politiquería, nada más que “grilla,” grandes cantidades de dinero público tiradas a la basura y una desesperante pérdida de tiempo.

Lo más triste de todo es que ahora no nada más los partidos sino hasta el IFE mismo cree –eso evidencian sus promocionales en TV y radio– que por el mero acto de votar se acabarán las injusticias y habrá oportunidades (eso sí, el IFE nos invita a “pensarle” bien antes de sufragar). Pero el hecho es que los partidos no nos proponen nada serio para, precisamente, abatir las injusticias, crear oportunidades y potenciar nuestra economía: he ahí el problema.

"Estado e instituciones: la clave"

(Publicado en Excélsior, el 8 de abril de 2009)


Armando Román Zozaya


Ahora que se avecinan las elecciones y nuestros partidos dicen saber qué hacer para que México mejore, vale comentar lo siguiente:

Sin institucionalidad, las economías no funcionan adecuadamente. Pero hay que tener las leyes/instituciones correctas. De hecho, las mejores son las que favorecen la libertad individual pues ésta es valiosa per se y, en asociación con la propiedad privada –condicionante mismo de la libertad–, incentiva el funcionamiento de los mercados y la acumulación y reinversión del capital. 

Las instituciones tienen que contemplar la redistribución productiva de la riqueza; todo individuo debe contar con un nivel de ingreso mínimo, así como con acceso a servicios básicos; sólo de esta manera es posible que quienes menos tienen desplieguen su libertad, lo que es necesario porque aquellos que poseen poco producen poco, lo que perjudica a la sociedad.

A quien dude lo anterior, lo invitamos a que nombre un país con nivel de vida alto en todos los sentidos pero que, al mismo tiempo, sea uno en el que la propiedad no sea privada, no existan instituciones que respalden la libertad, los mercados no funcionen, no haya, por lo menos, una red última de protección contra la pobreza y la legalidad no impere.

Capturemos lo anterior por medio de una abstracción: sociedad-capitalismo capaz, es decir, llamemos así a aquellos países en los que hay, y se respetan, instituciones que favorecen la libertad individual. ¿Por qué sociedad-capitalismo capaz? Usamos el término “sociedad” porque los resultados económicos son sistémicos: si el sistema está orientado en la dirección correcta, la colectividad generará crecimiento económico para todos. Recurrimos a “capitalismo” para subrayar que ese modo de producción resulta en que las economías se expanden permanentemente. Utilizamos “capaz” con el fin de resaltar que el capitalismo depende de ciertas instituciones: las sociedades que no las tienen no generan crecimiento económico capitalista, el cual constituye el tipo de crecimiento que mejores resultados ha dado a la humanidad.

Al hablar de Capitalismo no nos referimos al de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. Tampoco al vinculado al Estado de Bienestar sino a uno en el que los mercados son intervenidos, sí, pero minimizando las ineficiencias vinculadas a los programas sociales asociados a dicho Estado. Y es que la intervención del gobierno en la economía es necesaria, claro, sin embargo, debe potenciar los mercados, no apagarlos. Estamos hablando, entonces, de un capitalismo que extrae el mayor beneficio posible del mecanismo de mercado a la vez que maximiza la participación de las personas en la economía misma, cuestión que coadyuva a que el aparato productivo rinda y sea incluyente: sociedad e individuo ganan.

México no es una sociedad capitalismo-capaz pues la ley no está orientada plenamente hacia el modo de producción capitalista. Además, en todo caso, no se le respeta. Asimismo, por diversas razones, los mercados no funcionan bien, lo que implica que muchos individuos no participan en la economía a plenitud. De hecho, a pesar de que es descrito como tal y se le confunde con el mismo, lo que es inevitable pues no se puede escapar de él a la hora de hacer transacciones, en México el contexto socioeconómico no es uno de mercado; se trata más bien de algo cercano a una jungla en la que prevalece la voluntad del más fuerte, ya sea en términos económicos y/o políticos y/o, incluso, físicos. Insistamos: eso no es un mercado. Es más, uno de los problemas centrales de México no está dado por los mercados sino por su ausencia.

No reneguemos, pues, del capitalismo, de los mercados, sino de que no hemos terminado de construirlo, lo cual es consecuencia de que México no es realmente un país de leyes, cuestión vinculada a que el gobierno es débil, situación que responde a que México es un Estado endeble. Vale aclarar que por Estado no queremos decir gobierno puesto que éste nada más es una parte de aquél; sus otros componentes son los ciudadanos, las leyes y el territorio. Asimismo, resaltemos que el alma del Estado está encarnada en el vínculo ciudadanos-gobierno y ciudadano-ciudadano. Es esta relación la que, en México, es pobre. Por eso se trata de un estado frágil.

Las dificultades económicas de México no son únicamente, entonces, de tal naturaleza: si no nos consolidamos como Estado, será difícil desarrollar/respaldar las instituciones que requerimos para ser una sociedad capitalismo-capaz. Así, Estado e instituciones (las adecuadas) es lo que necesitamos para desplegar nuestro potencial; a ver para cuándo.

 

miércoles, marzo 25, 2009

"El retorno de AMLO"

(Publicado en "Excélsior," el 25 de marzo de 2009)

Armando Román Zozaya

Antes de 2006, decía que lo dieran por muerto. Ahora señala que él no será el candidato presidencial del PRD en 2012 necesariamente; lo será quien, en ese momento, esté “mejor posicionado”. Y tal vez así suceda, sin embargo, dos hechos nos anuncian que quien estará “mejor posicionado” será él: Andrés Manuel López Obrador. Los hechos en cuestión son: 1) Izquierda Unida, corriente perredista vinculada a Obrador, se ha hecho del control del Distrito Federal y ha marginado a Nueva Izquierda, la corriente del actual presidente del perredismo, y 2) hace unos días tuvo lugar la Convención Nacional de Gobiernos Municipales del “gobierno legítimo,” la cual, lo admita López Obrador o no, constituye el comienzo del movimiento que buscará apuntalar su candidatura hacia 2012.

Dada la relevancia del personaje en cuestión, vale la pena que, desde ahora, analicemos la conveniencia de que sea presidente de México. En primer lugar, señalemos que don Andrés Manuel tiene razón respecto a algunas cuestiones relevantes. Por ejemplo, no se equivoca cuando sostiene que los funcionarios públicos ganan demasiado. Asimismo, por supuesto que está en lo correcto al quejarse de cómo se realizó el FOBAPROA. Igualmente, no le falta sentido cuando indica que la corrupción es uno de nuestros grandes males. Tampoco está en el error al indignarse como pocos por la pobreza que aqueja a millones de mexicanos.

No obstante lo anterior, Obrador se equivoca rotundamente al concebir a los empresarios –al menos eso se desprende de muchas de sus declaraciones– como agentes del mal. Asimismo, no tiene razón cuando argumenta que los problemas económicos del país se pueden solventar por medio de más  programas sociales (no que los programas no sean útiles sino que no constituyen una solución de fondo). De la misma forma, el señor López Obrador falla al creer que sería nocivo que PEMEX se asocie con empresas extranjeras. Igualmente, es lamentable que sólo entienda poco respecto a cómo opera la economía internacional, la posición de México en la misma y los retos, y oportunidades, que encaramos como país en dicha arena.

Pero lo grave no es lo ya indicado –de hecho, se trata de posturas ideológicas que, si bien me parecen erróneas, son legítimas y se vale defenderlas, claro– sino que don Andrés Manuel se concibe a sí mismo como la encarnación de la alegría, el salvador de México, el único capaz de poner fin a nuestros problemas. Es más, López Obrador siente que él es el único mexicano de verdad, el único que no es traidor, el único que sí ama a México. Por eso, Obrador y sus seguidores consideran que, quienes no estamos de acuerdo con él, somos traidores, malos mexicanos, personas de mala voluntad o, por lo menos, ignorantes y/o estultos. Y es que según la lógica obradorista, habría que ser idiota o traidor para no comulgar con las ideas del señor Andrés Manuel. Así, nadie está en contra de sus propuestas legítimamente, es decir, sin pretender hacerle daño al país o, simplemente, sin demostrar una estupidez suprema.

En pocas palabras, López Obrador es un autoritario y da la impresión de que, con el poder en las manos, utilizaría la ley para favorecer a los suyos y eliminar a sus oponentes. De igual forma, se apoyaría en la “voluntad del pueblo” para atropellar los derechos de los grupos que no están con él. Asimismo, no dudaría en recurrir a dicha voluntad para reelegirse eternamente –o por lo menos intentarlo– y, de esta manera, “asegurarse” de que México se convierta en un mejor país; seis años no le bastan para concretar su proyecto y es obvio que, dado que sólo él puede hacer de nuestra tierra una próspera, ni modo que, ya estando al frente del gobierno y del Estado, se retire y deje las cosas a medias: eso sólo lo hacen los traidores.

Es por lo anterior, es decir, no necesariamente por lo que piensa sino por cómo se conduce, que si bien López Obrador tiene razón respecto a ciertas cosas que son clave para México, no es conveniente que sea Presidente de la República. De hecho, una presidencia de Orador sería nociva para el país; representaría un retroceso, tanto político como económico. Aclaro que no estoy diciendo que el PAN es una maravilla o que el PRI es la panacea. No, no se trata de eso. Lo que estoy tratando de transmitir es que hay que ser cuidadosos de no darle poder a quien ha dejado ver que es un autoritario e intolerante: le haría daño a México, más que el que una mala administración del PAN o del PRI le pudiera llegar a hacer.

Ahí viene pues, otra vez, López Obrador. Lástima; ojalá que, en su lugar, llegara un candidato de izquierda serio y responsable: hace falta.

 

 

"La institucionalización del despojo"

(Publicado en "Excélsior," el 11 de marzo de 2009)

Armando Román Zozaya

Duele, pero, hay que decirlo: México es el país del despojo. Ejemplos: los ambulantes y franeleros, quienes desposeen a la ciudadanía de los espacios públicos; los secuestradores, quienes nos despojan de la libertad misma y del derecho a vivir tranquilos; los asaltantes, quienes nos arrebatan el fruto de nuestro trabajo; las “autoridades” que no hacen bien su trabajo y, por lo tanto, nos privan del beneficio de vivir en una sociedad ordenada y pacífica; los banqueros, quienes nos extraen lo poco que tenemos por medio de mortíferas tasas de interés; los mexicanos que no son delincuentes pero que no tienen conciencia cívica y, de esta manera, inundan nuestras calles y condominios de basura, ruido exacerbado, automóviles que son conducidos sin prudencia alguna, etcétera, es decir, nos  quitan el derecho a desenvolvernos en un ambiente sano. Y un largo etcétera.

Por si eso fuera poco, resulta que en México el despojo es tan ordinario que hasta lo hemos institucionalizado. Tres casos ilustran lo anterior: 1) como lo evidencia el reportaje de Alejandro Sánchez publicado en estas mismas páginas en días recientes, hasta hace unas semanas, la madre de la Secretaria Técnica de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública de la Cámara de Diputados cobraba como empleada de la comisión misma aunque nunca trabajó ahí realmente; era una “aviadora;” 2) el reportaje de Carlos Avilés sobre los derechos y prerrogativas de los ministros jubilados de la Corte de Justicia, publicado hace unos días en El Universal, revela que los exministros gozan, a costa del erario, de comidas de lujo, pensiones de cientos de miles de pesos, seguro de gastos médicos, etcétera, y 3) los 500 mil pesos que los asambleístas del Distrito Federal recibirán, cada uno, por supuesto, al concluir la actual legislatura.

Y claro, todo lo indicado es legal pues, a final de cuentas, la señora madre de la Secretaria Técnica de la mencionada comisión era una empleada de la misma y, por lo tanto, no había nada de irregular en que cobrara su sueldo. Igualmente, los privilegios que gozan los exministros están dentro de lo que la ley estipula. De la misma forma, los 500 mil pesos de los asambleístas no son ilegales. Digámoslo claramente:  esto no es sino despojo institucionalizado. Es despojo porque se trata de recursos públicos que terminan en manos privadas; está institucionalizado porque la ley misma lo avala.

Ahora bien, el que el despojo esté institucionalizado no es excusa para no acabar con él. Para empezar, vivimos en un país con grandes necesidades, por lo que el uso de nuestros recursos públicos no es el adecuado: nuestras prioridades actuales son inaceptables. Además, dichos recursos provienen del esfuerzo de millones de mexicanos; no son de la Corte, ni de la Cámara de Diputados ni de la Asamblea del Distrito Federal: son del pueblo de México. Por eso mismo, tendrían que ser utilizados con todo cuidado, siempre procurando maximizar el bien común, no el privado.  Pero lo peor es que, si no hacemos algo respecto a cómo y en qué gastamos lo que es de todos, nuestras instituciones terminarán por perder toda legitimidad: para los ciudadanos, las instancias de gobierno no sirven sino para despojarnos, para hacernos daño, no para ayudarnos a resolver los males del país. Advertencia: una vez que nuestras instituciones se hayan quedado sin legitimidad alguna, situación que, dicho sea de paso, ya nos está rondando, será muy difícil que retornemos del lugar al que habremos llegado: el caos absoluto.

Vale enfatizar que el problema de fondo no es el uso de la ley con el fin de que manos privadas se hagan de lo público sino la falta de ética que nos permea. De hecho, utilizar la ley de tal forma es producto, precisamente, de dicha falta, la cual se refleja también en lo siguiente: ¿por qué un exministro de la Corte que recibe una pensión de al menos 150 mil pesos al mes exige que la Corte misma le reembolse lo que se gasta en propinas? Caray, inclusive si la ley lo permite, ¿está bien? ¿En la conciencia de los exministros no cabe el negarse a utilizar una prestación como la descrita cuando gozan de pensiones que, dado el país que somos, son de por sí desproporcionadas? ¿Por qué autogratificarse con 500 mil pesos, como lo harán los asambleístas del D.F.? Es legal, pero, ¿es correcto? ¿Por qué contratar a la madre de uno para que cobre sin trabajar? Es posible hacerlo legalmente, pero, ¿es ético?

Somos, pues, el país del despojo. Incluso, hemos institucionalizado el acto mismo de despojar: ¿es eso lo que heredaremos a nuestros niños? La tarea es de todos: ¡ya no más, ya basta!

miércoles, febrero 11, 2009

"Soy un catastrofista"

(Publicado en "Excélsior," el día 11 de febrero de 2009)

Armando Román Zozaya

No importa si el juicio proviene del mismísimo Presidente de la República: prefiero ser considerado un “catastrofista” que minimizar los problemas que encaramos. Igualmente, opto por que se me acuse de “deliberadamente falsear, dividir o enconar” en vez de callar ante lo que considero una crisis que puede provocar que México se convierta en un espacio permanentemente incapaz de brindar a sus ciudadanos un marco de convivencia sustentado en la ley. 

Y no, al contrario de lo indicado por Germán Martínez, presidente del PAN, en uno de sus textos para El Universal, no argumento lo anterior porque constituyo un poder fáctico que quiere impugnar al Estado. De hecho, lo sostengo porque, como muchos otros mexicanos, estoy cansado de que en nuestro país la ley no impere. Es más, considero inaceptable que cada minuto confirmemos que en México vale más la impunidad que la autoridad. Asimismo, me preocupa que quienes nos gobiernan no sólo no aceptan la gravedad de la situación sino que, además, consideran que quienes no estamos de acuerdo con ellos somos traidores a la patria.

 ¿Cuáles son los problemas que nos pueden hundir? ¿Por qué difiero del diagnóstico de México ofrecido por el grupo en el poder? Dicho grupo piensa –eso se desprende de sus declaraciones, comentarios y textos– que el problema está dado únicamente por la inseguridad y, en concreto, por el narcotráfico. Así, el presidente Calderón, Germán Martínez y muchos otros que están de acuerdo con ellos, argumentan que, si bien experimentamos violencia en las calles, México no es Pakistán, es decir, se trata de violencia no endémica sino ligada a la guerra contra el crimen organizado. Por eso, por ejemplo, lo único que el país requiere para cambiar su imagen ante el exterior es una campaña publicitaria (cuestión que implica –eso indica la lógica– que no se necesitan acciones de fondo que modifiquen nuestra realidad: es un asunto de estética).

Es obvio que es positivo que se esté haciendo algo para aniquilar a la delincuencia organizada. Asimismo, es cierto que no somos Pakistán. Pero tampoco somos Suecia. Eso sí: estamos más cerca del primer país mencionado que del segundo. ¿Por qué? Porque, y he aquí la cuestión de fondo, en México reina la impunidad, como ya comentamos. De hecho, los poderes fácticos que sí son tales nos ilustran esta realidad todos los días. Vale aclarar que por poderes fácticos no me refiero nada más al narcotráfico, el cual, a pesar de los esfuerzos de las autoridades, sigue siendo un poder tal, sino también a otros grupos que igualmente se dedican a minar al Estado: los “viene, viene,” los vendedores ambulantes, los productores y vendedores de piratería, los invasores de terrenos, los que controlan la prostitución infantil y el tráfico de personas, los taxistas pirata, los microbuseros, los revendedores, los gruyeros, los zapatistas, los eperristas, los MPs que se coluden con delincuentes o aceptan sobornos para no hacer su trabajo adecuadamente y todo grupo, sea de la naturaleza que sea, que vive de romper la ley a sabiendas de que no hay autoridad que le haga frente. Esos grupos sí desean, y se benefician de, que México sea un Estado débil, fallido: es su forma de vida.

El problema no es, entonces, la inseguridad sino lo que la ha gestado, es decir, la impunidad y lo que nutre a ésta: la ilegalidad. Todo esto está vinculado a la corrupción, a la endémica debilidad gubernamental que nos caracteriza y a nuestra poca conciencia social y cívica: ante un escenario de ausencia de la ley –no que no haya ley sino que no se le respalda–, muchos optan por destruir al Estado: nuestra cultura y nuestras acciones premian a quien rompe la legalidad. Por eso, hay mexicanos que creemos que nuestro país está en riesgo de deshacerse. Ejemplo de ello es que salimos a la calle con temor, sin saber si volveremos a casa, si hoy será el día en que nos asaltarán, extorsionarán o asesinarán. (Lo que sí sabemos es que, entre otras cosas, no podremos estacionar nuestro auto en la vía pública a menos de que le demos dinero a un mafioso que se hace llamar “franelero” y que, al entrar al metro, sortearemos puestos informales en los que se venden artículos contrabandeados, pirateados y/o robados, es decir, sabemos que aquí la ley vale muy poco, tal vez nada).

¿Y la solución? Comencemos exigiendo que el gobierno, en todos sus niveles, actúe como tal. Paralelamente, urge que la ciudadanía se comporte como una de verdad. ¿Me equivoco? ¿El país no está tan mal? Ojalá: prefiero ser un estúpido catastrofista que atestiguar que México se desmorone. Eso sí: traidor, jamás.

 

miércoles, enero 28, 2009

"Sí somos un Estado fallido"

(Publicado en "Excélsior," el día 28 de enero de 2009)

Armando Román Zozaya

En una reciente colaboración para El Universal, Germán Martínez, presidente del PAN, argumenta que México no es un Estado fallido. De la misma manera, en su texto publicado el día de ayer en estas mismas páginas, don Pablo Hiriart coincide con don Germán. Me parece que ambos se equivocan. Veamos.

En concreto, Martínez comenta que un Estado fallido “sería incapaz de usar la policía, tener recursos y poder cobrar impuestos”. Hiriart apunta algo similar: “Un Estado fallido es aquel dominado por la anarquía. Donde el Estado ha perdido el monopolio del uso de la fuerza. Donde las instituciones no funcionan. Donde el gobierno no gobierna. Donde no se puede hacer cumplir las leyes. Aquel que no puede gobernarse por sí mismo”.

A riesgo de equivocarme, creo que los argumentos de Hiriart y de Martínez pueden resumirse así: México no es un Estado fallido porque no se ha colapsado, es decir, el país funciona. Y en eso tienen razón: México como tal existe y cuenta con autoridades que, a diferentes niveles y conjuntamente, gobiernan, o sea, cobran impuestos, distribuyen gasto, hacen y aplican las leyes, etcétera.

Ahora bien, un Estado no tiene que colapsarse para ser fallido. De hecho, bien puede ser que cobre impuestos, que cuente con policías, con leyes que regulan absolutamente todo, con gobernantes, etcétera. La cuestión de fondo es si los componentes que dan vida y forma al Estado trabajan adecuadamente. Y es justamente en este terreno donde México se revela como un Estado fallido, inclusive si no se trata de un Estado colapsado: en nuestro país, ninguno de los elementos que componen al Estado funciona como debería.

En primera instancia, en México la ley es muy endeble. De hecho, se puede matar a plena luz del día y no pasa nada, es posible violar toda disposición vial sin sufrir sanción alguna, se vale contrabandear y/o piratear todo tipo de productos y venderlos en la vía pública sin que la autoridad haga algo, también hay espacio, como ocurre en Chiapas, para establecer municipios autónomos que ignoran el marco legal vigente y establecen el suyo, etcétera. Eso no ocurre en los estados serios, en los que no son fallidos (al menos no al nivel y en la escala que ocurre en México; en todos lados hay problemas: ningún Estado es perfecto). Pregunta: ¿en México la ley se hace respetar y las instituciones prevalecen?

En segundo lugar, México es un Estado fallido porque, por lo menos, 11 millones de personas laboran en la economía informal y no pagan impuestos directos. Vamos, ni siquiera están registrados en el padrón de Hacienda. Si a esto añadimos la evasión fiscal cometida por quienes sí están registrados y, por lo tanto, se supone que deberían pagar todo lo que les corresponde, vale la pena que preguntemos lo siguiente: ¿las autoridades mexicanas son capaces de cobrar impuestos?

En tercer lugar, y este es un punto que ni Hiriart ni Martínez notan, México es un Estado fallido porque aquí, en promedio, no hay ciudadanos de verdad, cuestión que es producto de que el mexicano típico no concibe al resto de sus conciudadanos como sus iguales. Por eso es que, en la interacción diaria, dicho mexicano niega a los citados conciudadanos, situación que se refleja en la falta de civismo que caracteriza, en general, a los mexicanos. Y eso no es todo: el mexicano promedio tampoco se identifica con quien lo gobierna. Es por ello que, como lo revelan encuestas serias y los comentarios vertidos por lectores en las páginas de internet de los diferentes periódicos del país, la gente piensa que las autoridades sirven para muy poco (dicho sea de paso, por eso nuestros gobernantes nos bombardean con spots en los que nos aseguran que están trabajando y bien: si no hay legitimidad, por lo menos que haya propaganda). ¿Se puede hablar de un Estado de verdad cuando no hay ciudadanos de verdad, cuando la autoridad carece de credibilidad?

Podríamos listar más razones por las que México sí es un Estado fallido. No obstante, deseamos resaltar que, obviamente, no nos da gusto que ese sea el caso. Mucho menos pretendemos dinamitar el gobierno de Felipe Calderón (según el ya mencionado texto de Germán Martínez, quienes sostenemos que México es un Estado fallido no lo hacemos genuinamente; sólo pretendemos coadyuvar a que el gobierno federal caiga). No, de eso no se trata: insistimos en que México es un Estado fallido porque, si no lo entendemos y actuamos en consecuencia, nos convertiremos en uno absolutamente colapsado. Si eso ocurre, es posible que nunca salgamos del hoyo: que ni Dios lo quiera

jueves, enero 15, 2009

"Carta a Carlos Eduardo"

(Publicado en "Excélsior," el día 14 de enero de 2009)

Armando Román Zozaya


Querido Carlos Eduardo,

¡Hijo mío, por fin llegaste! Lo digo con gran alegría, obvio, pues soy muy feliz de ser padre, pero, sobre todo, porque el embarazo del que eres producto fue muy complicado. De hecho, en la semana 11, tu madre tuvo un sangrado severo y la tuve que llevar al Hospital Fernando Quiroz (ISSSTE). Los médicos que la recibieron en urgencias –jóvenes y sin mucha experiencia– nos dijeron que te habíamos perdido. Sin embargo, afortunadamente, un ultrasonido reveló que se equivocaron: si bien a la vista y al tacto parecía que ya no estabas en el útero de tu mamá, en realidad todavía seguías ahí.

Desde entonces, hemos pasado unos meses muy duros y complicados, pero, claro está, todo valió la pena: naciste el día 5 de enero del corriente vía cesárea practicada por el Dr. Mauricio Gutiérrez, a quien le estaremos eternamente agradecidos por todo lo que hizo por ti y por tu madre. Lo mismo vale para el Dr. Eduardo Romero, quien fue el médico del ISSSTE que inició el seguimiento del embarazo de tu mamá y quien, en cuanto se enteró de que ella había ingresado a urgencias, se aseguró de que estuviera perfectamente atendida y no le faltara nada durante su estancia en el hospital, la cual duró casi 10 días. De hecho, hijo, te llamas Eduardo por él (y Carlos por mi padre). Otro médico que también hizo su trabajo estupendamente fue el Dr. Ignacio Morales, quien, entre otras cosas, practicó el ultrasonido que descartó que te hubiéramos perdido. Por supuesto, las enfermeras y personal del ISSSTE en general también hicieron su parte: a todos ellos, les expresamos nuestra gratitud.

Hijo, llegas a un país difícil. Por ejemplo, aunque naciste en un hospital privado, todo el embarazo de tu madre fue atendido y cuidado en el ISSSTE, donde la atención recibida no nos costó ni un peso en el punto de uso, cuestión que habla bien de nuestro México, claro. Sin embargo, ¿qué crees? Resulta que hay millones de mexicanos que no tienen acceso a servicios de salud. De esta manera, entre otras muchas cosas, hay niños chiquitos, como tú, que mueren de enfermedades plenamente curables: una tragedia. Esta circunstancia es producto de uno de los problemas centrales de nuestra sociedad: una terrible y lacerante desigualdad de oportunidades en todos los niveles y en todo terreno.

Otra dificultad grave está dada por la falta de autoridad: lamentablemente, en las calles de nuestro país se vale de todo. Sí, hijo, de todo: desde asesinar hasta dejar en las aceras la basura que se haya generado en la propia casa de uno. Obviamente, esto no es nada más culpa de quienes se supone gobiernan: la responsabilidad es también de nosotros, los ciudadanos, pues no nos comportamos cívicamente y, aprovechándonos de la falta de legalidad, hacemos lo que queremos. Claro está que no todo mundo es así, pero, en general, en este país se respira impunidad y, de la mano de ésta, sobran quienes abusan tanto de lo público como del prójimo.

Por si eso fuera poco, estamos atrapados en una terrible crisis económica. Esta crisis no sólo afecta a México: es global (por eso mismo es brutal). Todavía no está claro cuánto durará, pero, sí sabemos que ha golpeado severamente al empleo y a la inversión. Igualmente, ha resultado en inflación y restricciones para acceder a créditos. Todo esto provocará que los mexicanos suframos una pérdida de calidad de vida (algunos más que otros, por supuesto. De hecho, hay familias que ni se han enterado de la crisis. Entre ellas se encuentran, te lo garantizo –ya comprenderás por qué–, las de los diputados, senadores y altos funcionarios de los tres poderes, federales y de los estados).

A pesar de todo, hijo, México tiene un enorme potencial. Lo que requerimos para salir adelante es que, entre otras cosas, quienes ya tenemos un rato aquí cambiemos nuestras actitudes ante la autoridad, ante lo público y ante los demás. Asimismo, es necesario que, quienes gobiernan, lo hagan en serio. Igualmente, nos urge rediseñar nuestros esquemas educativos pues, de otra forma, nunca seremos competitivos a nivel mundial. Finalmente, es apremiante que, quienes acaban de llegar, como tú, sean educados para respetarse a sí mismos, al prójimo y a lo público, es decir, hay que asegurarnos de formar buenos ciudadanos, trabajadores y responsables, en todos los sentidos, con la sociedad en la que viven: eso es justo lo que intentaremos hacer contigo tu madre y yo pues anhelamos que, para cuando tú tengas un hijo, le escribas una carta en la que describas un país diferente al que te estoy describiendo yo.

Pues bueno, Charlie, sé bienvenido.

Saludos y abrazos,

Tu papá

miércoles, diciembre 31, 2008

"Ebrard: la carreta delante de los bueyes"

(Publicado en "Excélsior," el 31 de diciembre de 2008)

Armando Román Zozaya

Marcelo Ebrard y su gobierno cerraron, por tres días, un importante tramo del Paseo de la Reforma. El objetivo: preparar las celebraciones de año nuevo que tendrán lugar en la Ciudad de México. Esto provocó enorme caos vial, desesperación entre los automovilistas, más contaminación ambiental y más estrés para quienes habitamos en el Distrito Federal. Como es el caso con la pista de hielo ubicada en el zócalo, con los ciclotones y con las playas artificiales, cerrar Reforma par que sobre la avenida se realice una fiesta de año nuevo es una idea de la administración de Marcelo Ebrard, ese señor Jefe de Gobierno que, siempre atento a la “calidad de vida” de las personas que viven en la ciudad que gobierna, no deja de sorprendernos con acciones cuyo único fin –¡aquí no caben los populismos ni los planes hacia 2012!– es entretener sanamente a la población.

Ante las críticas de cientos de miles de capitalinos que se han quejado no sólo del reciente cierre de Reforma sino de la frivolidad y superficialidad de la pista de hielo, las playas y los ciclotones, la administración de Ebrard sostiene que este tipo de cosas son comunes en varias ciudades del planeta, como Nueva York, Paris y otras. Así, se supone que, gracias a la gran visión de don Marcelo, la Ciudad de México estaría a la par de urbes como las mencionadas: ¡por fin hemos alcanzado al primer mundo!

Si bien es cierto que hay defeños que sí disfrutan de la pista, de las playas, de los ciclotones y que, seguramente, estarán en Reforma para recibir el 2009, no hay manera de argumentar que la Ciudad de México esté a la par de otras ciudades que sí son de primer mundo. Y no, señor Ebrard, dichas ciudades no son consideradas de vanguardia porque, como ocurre aquí, cuentan con pistas de hielo, playas artificiales y celebraciones a media calle cuando comienza un nuevo año; lo que las hace urbes envidiables es que, aunque tienen problemas –nada es perfecto, obviamente–, la calidad de vida que proveen es muy superior a la que la Ciudad de México brinda.

¿Cuál es la diferencia de fondo? En Nueva York, Berlín, Paris, Madrid, Londres, Tokio y otras grandes ciudades, las celebraciones, pistas y similares son un complemento a la buena acción del gobierno: allá, las autoridades sí ponen los bueyes delante de la carreta, es decir, sí acomodan las cosas de acuerdo a como se espera que funcionen mejor, siempre teniendo claro cuáles son las prioridades que hay que respetar. Por eso, esas ciudades avanzan. Mientras tanto, en la Ciudad de México, la autoridad hace lo contrario: pone la carreta delante de los bueyes. Así, la ciudad se atasca.

Y es que la pista, las playas, etcétera, estarían muy bien si no ocurriera que en Iztapalapa no hay agua potable. El cierre de Reforma para celebrar un año más daría gusto si, para movilizarnos a la celebración, contáramos con un sistema de transporte de primer nivel y no existieran los microbuses. Ir a patinar al zócalo sería un experiencia maravillosa si no fuera porque es probable que, en nuestro camino al Centro Histórico, en un falso retén, unos “policías” nos pueden secuestrar. Tirarnos en la arena de las playas artificiales sería agradable si no fuera porque uno de nuestros hijos murió aplastado en el News Divine por culpa de la policía del Distrito Federal.

Enfaticemos nuestro punto: en las ciudades de primer mundo, no nada más hay celebraciones y pistas; también ocurre que los gobernantes renuncian cuando no pueden con sus tareas. De la misma manera, los policías no sólo no secuestran sino que no se pasan los altos ni beben alcohol en las patrullas. Asimismo, uno abre la llave y sale agua cristalina. Igualmente, cuando llueve, no hay “encharcamientos” por todos lados. Además, no existe nada similar a los microbuses que nosotros conocemos: nada. Aunado a ello, cuando se tienen que hacer/remodelar obras de infraestructura y esto afectará a la población, se hace de manera planeada y ordenada, sin prisas asociadas al calendario electoral. Por supuesto, en dichas ciudades también sucede que, si se aprueba un nuevo reglamento vial, la policía lo respalda. Y lo mismo vale para prohibiciones como la de no fumar en espacios públicos cerrados. Etcétera.

En concreto, en las ciudades que son de primer mundo, lo primero que es de tal mundo es la autoridad y todo lo que esto conlleva. Por eso, como decíamos, allá los bueyes sí están delante de la carreta. Pero pobres ilusos ellos: ¿preocuparse por la seguridad pública, la disponibilidad de agua, etcétera? No, mejor vayámonos a Reforma a celebrar: ¡gracias por la fiesta, Marcelo! (¡Feliz 2009, amigo lector!).

"Todos somos un Martí Vargas"

(Publicado en "Excélsior," el 17 de diciembre de 2008)

Armando Román Zozaya

Las tragedias que están sufriendo las familias Vargas Escalera y Martí Haik son parte de nuestras vidas. Y es que los cobardes secuestros y asesinatos de Silvia Vargas y Fernando Martí no son eventos aislados; durante años, la sociedad mexicana ha estado padeciendo crímenes similares. Por eso, y por otras razones que discutiremos más adelante, hoy todos somos un Martí Vargas: al igual que Fernando y Silvia, cada uno de nosotros y nuestras familias podemos ser víctimas de un secuestro, de un asesinato y/o, claro está, de algún otro crimen. La razón: la impunidad que nos aqueja.

Evidentemente, el que las dolorosas muertes de Fernando y Silvia sean dos más de muchas que han ocurrido en circunstancias similares no las hace menos trágicas ni les resta relevancia; no es eso lo que estamos diciendo. Lo que queremos transmitir es que, lamentablemente, dado que la sociedad mexicana está atrapada en un proceso de putrefacción que, al parecer, no puede ser revertido por ninguna autoridad ni por ningún grupo de ciudadanos, lo que les pasó a Silvia y a Fernando no es sorprendente. Es más, enfaticémoslo: le puede ocurrir a cualquiera; es nuestro pan de cada día: así es como se “vive” en nuestro país. ¿O ya nos olvidamos del niño Braulio Suárez, asesinado brutalmente por sus secuestradores en 1999? ¿O del señor Alejandro Belmar, ejecutado en pleno viaducto del D.F. en 2007? Etcétera, etcétera.

Una razón más por la que todos somos un Martí Vargas es que, si bien los casos de Silvia y Fernando no causaron la extrañeza que habrían provocado en otros países, sí generaron solidaridad y empatía hacia las familias Vargas y Martí. Igualmente, han motivado indignación: a todos nos dolió y agravió la forma en que perdimos a Fernando y a Silvia, así como la manera en que las “autoridades” han tratado de encontrar a los responsables de secuestrarlos y asesinarlos (en el caso de Fernando, el testigo clave ha caído en contradicciones y, en el de Silvia, el principal sospechoso “escapó” de un hospital).

Vale subrayar que perdimos a Silvia y a Fernando porque su pérdida no es nada más de sus familiares sino de toda la sociedad: lo que les ocurrió es producto, aunque sólo sea parcialmente, de la cultura de corrupción e impunidad de la que, querámoslo o no, todos somos –hay heroicas excepciones, por supuesto– partícipes: si bien es verdad que en México la “autoridad” deja mucho que desear, también es cierto que, en promedio, los mexicanos frecuentemente optamos por no respetar nada ni a nadie, con ley o sin ella de por medio. En otras palabras, como la legalidad no es válida –el “gobierno” no la sustenta ya sea por negligencia, corrupción o ambas–, tenemos vía libre para hacer a placer y, usualmente, escogemos la ruta fácil, es decir, la de violentar todo lo que es “legal”. Obviamente, esto es una cuestión de grados: así como hay quienes, sabiéndose impunes, se pasan un alto pero no son unos asesinos, hay otros que, igualmente sabiéndose impunes, no nada más sí asesinan sino que secuestran.

Es verdad que, como decíamos, se trata de una cuestión de grados. No obstante, el problema es el mismo: ante la impunidad, optamos por actuar mal. Por eso es que, como sociedad, estamos en putrefacción: México es una jungla; ni la “autoridad” ni los “ciudadanos” somos realmente dignos de tales etiquetas. Así, como comentábamos, a Silvia y a Fernando los perdimos: estaban entre nosotros, pero, nuestra forma de vida gestó, y sostiene, el ambiente en el que unos malnacidos vieron la “oportunidad” de hacerse de dinero a cambio de sus vidas. Esa es, pues, la tercera razón por la que todos somos un Martí Vargas: la pérdida de Fernando y de Silvia va más allá de sus respectivas familias; es la pérdida de una sociedad que no ha sabido, o tal vez no ha querido, transitar por la ruta de la legalidad y el respeto a los demás.

Finalmente, todos somos un Martí Vargas porque, como lo están haciendo las familias Martí Haik y Vargas Escalera, tenemos que intentar que las muertes de Silvia y Fernando no sean en vano: utilicemos nuestra indignación para bien. De esta manera, como lo hizo el señor Vargas, gritémosle a las “autoridades” que “no tienen madre” e invitémoslas a que “si no pueden, renuncien,” como lo ha hecho el señor Martí. Asimismo, apoyemos a las asociaciones ciudadanas que, en medio del caos, buscan una salida. De la misma forma, digamos no a la impunidad: hagámoslo por Silvia y Fernando, por todas las víctimas de la delincuencia y, por supuesto, por nuestros hijos: que su México, el del mañana, no sea uno donde sólo haya un par de apellidos: Martí Vargas.

"¿El "pendejo" soy yo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 3 de diciembre de 2008, bajo el título "Seamos cívicos")

Armando Román Zozaya

Todos los días escuchamos, leemos y vemos las acciones del crimen organizado. Asimismo, sabemos de soldados, policías, periodistas y funcionarios que son asesinados. Igualmente, se nos informa de cargamentos de droga que son decomisados. Pero los crímenes, las faltas contra el orden público, etcétera, no ocurren nada más entre los secuestradores, narcotraficantes y sicarios: tienen lugar, día a día, entre la ciudadanía misma.

Obviamente, las infracciones que comete una persona mientras camina en las calles o conduce su auto no son tan impactantes como, por ejemplo, una ejecución o un secuestro. De esta manera, a menos de que resulten en una tragedia, los medios no les ponen atención. Sin embargo, esto no significa que no se trate de acciones que laceran nuestra vida diaria. Es más, el problema tiene nombre y apellido: desprecio por el prójimo, situación que se refleja en el hecho de que, un día sí y el otro también, rompemos las leyes que pretenden protegernos de los abusos y excesos de otros a la vez que brindan protección a esos otros de nuestros abusos y excesos, es decir, quebrantamos las regulaciones que están diseñadas para ayudarnos a convivir cordial y pacíficamente: no fumar en lugares públicos cerrados, no estacionarse en el lugar de los discapacitados, no pasarse el alto, no tirar basura en la calle, no manejar a exceso de velocidad, no conducir sin luces, no hablar por celular mientras se controla un vehículo, etcétera.

Estas leyes, como decíamos, tienen por objeto propiciar una convivencia cordial y sana. Si se me prohíbe hablar por celular cuando manejo mi auto, lo que se busca es que no termine provocando un accidente que dañe a un tercero y/o a mí mismo. Si se me prohíbe fumar en un lugar cerrado, lo que se pretende es evitar que un tercero que no desea fumar lo haga junto conmigo (pasivamente), etcétera. Por eso, cuando quebrantamos estas regulaciones, lo que realmente estamos haciendo es mostrar total desprecio por los demás, por el prójimo, es decir, por ese “pendejo” que, si no quiere fumar, pues “que se chingue”. Y si lo termino atropellando porque me pasé un alto, también. Total: la única persona que importa en este mundo soy yo.

Si fuéramos ángeles, ni siquiera necesitaríamos leyes; el gobierno saldría sobrando. Pero como no lo somos, sí requerimos de un marco legal y de quien lo haga valer. La cuestión es que, aunque dicho marco está en pie, las autoridades son, salvo algunas excepciones, negligentes y/o corruptas. Resultado: la ley es letra muerta; en nuestro país se vale que hagamos de todo –desde tirar basura en la calle hasta asesinar a plena luz del día– sin que encaremos un riesgo serio de sanción alguna, ya no digamos la sanción en sí: México es la encarnación de la impunidad.

Como la ley no vale, nuestra convivencia no se basa en la legalidad sino en lo que nos dicta nuestra conciencia. Así, hay mexicanos que, más allá de las regulaciones correspondientes, siempre se detendrán ante el rojo del semáforo, respetarán el estacionamiento de los discapacitados y, en general, serán considerados con el prójimo: estos son los mexicanos que no necesitan la amenaza de la ley para convivir cívica y cordialmente. Pero, al mismo tiempo, hay otro tipo de mexicano: el que no respeta nada porque ni su conciencia, ni la autoridad, lo obligan a hacerlo. Este mexicano es el que, por ejemplo, cuando cruza la frontera con Estados Unidos, comienza a comportarse como ciudadano de primer mundo; claro: aunque con fallas, en el país vecino la ley sí vale; el que la hace, la paga. Por eso, quienes aquí no respetan nada, allá son individuos ejemplares.

Los mexicanos que consideran que el prójimo no es sino un estorbo –un “pendejo”– dan al traste con la vida diaria del país: cada vez que uno de ellos viola alguna de las regulaciones como las que aquí hemos mencionado, se constituye en un problema para la sociedad. Asimismo, pasa a formar parte de las filas de quienes rompen el marco legal (claro está que, por citar un ejemplo, conducir a exceso de velocidad no es igual que asesinar o secuestrar, pero, aunque a un nivel diferente, se trata de una falta a la legalidad. Además, puede ser una falta de consecuencias graves: ¿qué tal si por manejar muy rápido matamos a alguien?).

Si bien las autoridades son responsables de sostener todo el marco legal, los ciudadanos podemos ayudar: seamos cívicos, es decir, no veamos al otro, al prójimo, como un “pendejo” que no merece la menor consideración. Nos parece que esto coadyuvaría a que México sea mejor: ¿o tal vez el “pendejo” soy yo?

jueves, noviembre 20, 2008

"Jesús Ortega y el PRD"

(Publicado en "Excélsior," el día 19 de noviembre de 2008)

Armando Román Zozaya

Hace unos días, el Tribunal Electoral dictaminó que Jesús Ortega Martínez ganó las elecciones internas del Partido de la Revolución Democrática: Ortega presidirá el PRD. A nuestro parecer, una presidencia de Jesús Ortega es lo mejor que le puede suceder al perredismo pues todo indica que don Jesús no es un radical. De la mano de lo anterior, a diferencia de López Obrador y los suyos, Ortega y sus “chuchos” son más dados al diálogo y están dispuestos a alcanzar acuerdos con otras fuerzas políticas. Todo esto podría coadyuvar a que el PRD deje de perder votantes y comience a dejar atrás la intolerancia, el mesianismo y la virulencia con los que muchos ciudadanos, con razón, lo asocian.

Se dirá que no, que una presidencia de Ortega no es buena para el PRD porque puede resultar en una fractura del partido. De hecho, ya se escuchan las voces que advierten que un número importante de perredistas, encabezados por Andrés Manuel López Obrador, abandonarán las filas del perredismo. Pero si esto llegara a ocurrir, la culpa no sería de Ortega sino de quienes son incapaces de reconocer que los votos no les favorecieron y, además, se rehúsan a obedecer un mandato de las instituciones de nuestro país (en este caso, una decisión del Tribunal Electoral). Asimismo, si bien en el corto plazo el PRD resentiría la salida de Obrador y sus seguidores, también es cierto que, en el largo plazo, el perredismo está mejor sin López Obrador que con él: aunque es verdad que para muchos mexicanos el señor Obrador representó –y representa– una esperanza, también es cierto que su radicalismo y necedad han terminado por costarle, y mucho, al perredismo y a la izquierda en general.

Pero así como la llegada de Ortega a la presidencia del PRD es, por lo ya indicado, positiva, también es necesario dejar claro que parte de su comportamiento no ha sido lo que se esperaría de un político de su estatura. Por ejemplo, desde hace días, don Jesús repite hasta el cansancio que la decisión del Tribunal referente a la elección interna del PRD tiene que ser acatada porque se trata de una institución del Estado mexicano. Inclusive, argumenta que, en su momento, el PRD exigió la creación del Tribunal mismo, por lo que sería contradictorio que los perredistas no hagan caso de sus resoluciones. Muy bien: ¿dónde estaban estas palabras y esta actitud después de la elección de 2006? ¿Por qué cuando López Obrador desconoció los resultados del IFE (otra institución del Estado mexicano para cuya creación el PRD fue crucial) Ortega no declaró públicamente que había que respetarlos? ¿Por qué cuando el Tribunal Electoral confirmó la victoria de Felipe Calderón y, en consecuencia, López Obrador mandó al diablo a las instituciones, Ortega no defendió al Tribunal? Es más, ¿por qué Jesús Ortega no dice abiertamente, hoy mismo, que el Tribunal tuvo la razón y que el PRD sí perdió la elección presidencial de hace 2 años? ¿O será tal vez que el señor Jesús Ortega sólo acata lo que el Tribunal y las instituciones en general mandan cuando así conviene a sus intereses?

Otra cuestión relevante es que, en términos ideológicos, no está claro qué es lo que Jesús Ortega defiende. Por ejemplo, en las colaboraciones semanales que vierte en estas mismas páginas, no es posible apreciar lo que entiende por mercado, Estado, neoliberalismo, democracia, izquierda, derecha, etcétera. Por citar un ejemplo concreto, ¿qué quiere decir Ortega cuando sostiene que el país requiere una “izquierda inteligente”? ¿Es “inteligente” rehusarse a cambiar la Constitución nada más porque es la Constitución, es decir, sin analizar por qué sería conveniente hacerlo? ¿Es “inteligente” apoyar una reforma de PEMEX que dejó intacto al sindicato de la empresa? De igual forma, ¿qué es lo que está pensando Ortega cuando dice, como lo hizo en su editorial del día de ayer, que la izquierda es “la decidida lucha por la libertad, la democracia, el ejercicio de todos los derechos y, desde luego, el derecho a una vida digna y de bienestar”? ¿Significa esto que la derecha no lucha por la libertad, la democracia, el ejercicio de todos los derechos y por una vida digna y de bienestar? ¿Qué entiende Ortega, entonces, por “la derecha:” el fascismo?

El siguiente presidente del PRD será, pues, Jesús Ortega. Pensamos que esto es algo positivo en sí mismo. Sin embargo, lo sería inclusive más si el señor Ortega aclarara qué es exactamente lo que piensa así como por qué hoy sí defiende al Tribunal Electoral y hace dos años no lo hizo: sus nuevas responsabilidades así lo exigen.

lunes, noviembre 17, 2008

"El presidente Obama"

(Publicado en "Excélsior," el día 5 de noviembre de 2008)

Armando Román Zozaya

El mundo atraviesa por momentos críticos: crisis económica, más pobreza, ataques terroristas, la emergencia (de nuevo) de Rusia como potencia, etcétera. Ante este escenario, lo mejor que puede ocurrir es que Barack Obama sea el siguiente presidente de los Estados Unidos. Y es que, a diferencia de John McCain y George W. Bush, él sí entiende que el colapso del sistema financiero norteamericano no fue casualidad. De hecho, una y otra vez ha dicho que lo que está pasando es atribuible a la política económica del actual inquilino de la Casa Blanca. En otras palabras, Obama sabe que su país es responsable de las dificultades económicas que el mundo está padeciendo y que, por lo tanto, debe cooperar a nivel internacional para resolverlas. Lo mismo vale para el asunto del calentamiento global: Barack Obama comprende que es un problema cuya solución exige un esfuerzo colectivo mundial y que, al día de hoy, Estados Unidos no ha hecho sino obstaculizar dicho esfuerzo. El punto es, pues, que Obama sí intentará que su país coopere en cuestiones tan complejas como las mencionadas: ¡qué bueno!

Aunado a lo anterior, Obama reconoce que, si bien es verdad que hay que pelear contra el terrorismo, no es necesario promover una visión en la que sólo hay “buenos,” es decir, aquellos que están con los estadounidenses, y “malos,” o sea, quienes no están de acuerdo en todo lo que Estados Unidos quiere y/o hace. Por eso, Obama repite sin cesar que hay que derrumbar los muros que separan culturas, razas, etcétera. Claro está que esto no implica que no tenga claro que contra los terroristas hay que actuar con firmeza. Por ello, Obama ha prometido que, en cuanto Irak tenga un gobierno bien establecido, capaz de brindar seguridad a su población, objetivo que él y sus colaboradores buscarán concretar a la brevedad, la lucha contra el terrorismo será trasladada a Afganistán pues ahí radican las amenazas más graves en este terreno. Respecto a Irán y su programa nuclear, Obama, al contrario de G.W. Bush y de John McCain, no ha considerado el uso de la fuerza sino el de la diplomacia.

Además de lo comentado, no podemos dejar de resaltar el color del rostro de Obama: su tez es negra; tan negra como la de aquellos estadounidenses que, hace no muchas décadas, eran segregados y humillados por sus conciudadanos de piel blanca. Asimismo, no olvidemos que Obama es hijo de un inmigrante. De esta manera, la victoria de Barack Obama transmitiría el mensaje de que la democracia, si bien no es perfecta, sí es un modo de vida –no nada más de gobierno– que, cuando está acompañado por reglas y medidas que apoyan la libertad individual, crea oportunidades para todos: ¡qué mejor publicidad para la democracia en un mundo en el que hace mucha falta pero no suele ser la norma!

Obama es, pues, el presidente de Estados Unidos que el planeta requiere. Sin embargo, paradójicamente, esto no implica necesariamente que una presidencia de Obama sea lo mejor para la sociedad estadounidense. En concreto, en términos de lo que Estados Unidos es, Obama está muy a la izquierda. Por ejemplo, ha prometido cobrarle más impuestos a los más ricos al mismo tiempo que reducirá los que pagan las clases medias y pobres. También desea una reforma al sistema de salud que haga posible que éste ya no sea, hasta cierto punto, inhumano, como lo es hoy, sino que favorezca a quienes menos tienen. Igualmente, entre otras cosas de naturaleza similar, Obama pretende poner en pie medidas que permitan que las personas de menos recursos puedan estudiar hasta nivel universitario si así lo desean.

Estoy de acuerdo en todo lo que Obama anhela. No obstante, como ya decía, me pregunto si la sociedad estadounidense y, sobre todo, el Congreso de los Estados Unidos, lo estarán también. ¿Por qué? Porque lo que Obama pretende es hacer de Estados Unidos algo similar a un Estado de Bienestar europeo y es probable que, tarde o temprano, los estadounidenses le den la espalda a un proyecto así. De hecho, a pesar de que Estados Unidos es uno de los países avanzados con mayor desigualdad en términos de distribución del ingreso y de la riqueza, nunca ha tenido un partido socialdemócrata viable/duradero. De igual manera, sus sindicatos nunca se han caracterizado por la combatividad y protagonismo de sus similares europeos. Con estos antecedentes, ¿tendrá futuro el programa socioeconómico de Obama? ¿Generará conflictos al interior de su propio país? ¿Ha llegado, finalmente, la hora de la izquierda? No lo sabemos. Lo que sí tenemos claro es que estamos con Barack Obama: ojalá, entonces, que se confirme su victoria; ¡hace falta!

"¿Satanizar el capitalismo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 22 de octubre de 2008)

En estos días de crisis e incertidumbre económicas no han faltado las voces que culpan al capitalismo y, por ende, a los mercados, de los problemas que el mundo está padeciendo: el capitalismo, entendido como sistema económico y como orden social, está siendo satanizado. No obstante, también se han expresado opiniones, según las cuales, en vez de condenar al capitalismo rotundamente, hay que reformarlo, es decir, mejorarlo. Al respecto, valen unos comentarios.

En primer lugar, no hay un solo país que consideremos próspero cuya economía no sea de mercado. Al mismo tiempo, todas las economías socialistas se han colapsado (la URSS y la vieja Alemania Oriental) o están a punto de que esto ocurra (Corea del Norte) o ya no son socialistas realmente (Cuba y China). De la misma manera, el socialismo nunca logró los niveles de bienestar que las economías capitalistas sí alcanzaron y han logrado incrementar sostenidamente. Un ejemplo: a principios de los años noventa del siglo pasado, el PIB/cápita de la República Democrática Alemana, país que, en su momento, fuera el más rico del bloque socialista, era de 9,000 dólares anuales. Mientras tanto, el correspondiente a la República Federal Alemana era superior a los 20,000.

En segundo lugar, no olvidemos que el progreso tecnológico, considerado el motor del crecimiento económico y, por lo tanto, del bienestar de las naciones, encuentra terreno fértil en los ambientes de libre competencia y propiedad privada pues, nos guste o no, la innovación suele realizarse con el fin de obtener ganancias a nivel, precisamente, privado (cabe aclarar que es verdad que una economía que crece no es, necesariamente, una en la que todo individuo disfruta de bienestar, no obstante, también es cierto que, si la economía no se expande, es difícil lograr progreso para todos. En otras palabras, sin avances técnicos, las posibilidades de prosperidad son pocas). Esto no quiere decir que toda persona que busca que la ciencia y la tecnología mejoren lo hace con fines de lucro, pero, sí es ese el caso las más de las veces. De esta manera, sin capitalismo, es decir, sin mercados, el sistema económico podría perder vigor lo que, a su vez, tiene el potencial de terminar dañando a la sociedad.

En tercer lugar, “los mercados” no operan solos. De hecho, no son capaces de acción alguna pues no son agentes o entes sino instituciones que utilizamos para concretar nuestras transacciones económicas. Lo que queremos transmitir es que no es adecuado responsabilizar al capitalismo o a los mercados de lo que nosotros, es decir, los agentes económicos, decidimos y hacemos: ¿es culpa de “los mercados” el que, en Estados Unidos, haya habido prestamistas –de diferentes tipos– que no fueron cuidadosos a la hora de otorgar créditos? ¿Es culpa de “los mercados” que, paralelamente, haya habido individuos que se endeudaron de más? Una cosa es que los mercados nos brinden la posibilidad de hacer algo y otra, muy distinta, que lo hagamos.

En cuarto lugar, es importante resaltar que contamos con evidencia científica –proveniente de las ciencias sociales– que nos permite sostener que, si de lo que se trata es de que las personas tengan incentivos a invertir, trabajar, innovar y ahorrar –acciones todas que le brindan dinamismo a la economía–, no hay mejor orden social que uno basado en la propiedad privada de los medios de producción, es decir, que uno capitalista.

Al día de hoy, ¿podríamos abandonar el capitalismo? Por supuesto, pero, es probable que la economía vinculada a nuestro orden social alternativo no sea la que necesitamos, sobre todo cuando estamos hablando de países muy pobres y con grandes rezagos. ¿Significa esto, entonces, que debemos vivir bajo un capitalismo totalmente “libre,” es decir, sin regulaciones, impuestos, contribuciones a la seguridad social, etcétera? No: ahí está el ejemplo de las naciones europeas que, sin dejar de ser capitalistas, han sabido construir sociedades prósperas, relativamente equitativas y en las que, si bien hay problemas, la gran mayoría de la gente vive decentemente.

El mensaje es, pues, que no hay que satanizar al capitalismo sino reorientarlo, como argumentan quienes piensan que, para tratar de evitar que ocurra de nuevo lo que ahora nos está pasando, es necesario redefinir el orden económico mundial. Y para eso, se supone, existen autoridades. Para eso también es que los humanos somos capaces de razonar entre el bien y el mal, así como entre lo prudente y lo imprudente: no culpemos a los “mercados” de lo que hacemos por medio de ellos.

"Crisis económica: lo que faltaba"

(Publicado en "Excélsior," el día 8 de octubre de 2008)

Armando Román Zozaya

En esta ocasión no fue nuestra culpa totalmente, no obstante, pronto sufriremos problemas económicos más profundos que los que encaramos al día de hoy. Y es que si bien es cierto que la economía mexicana no crece tan rápido como debería, que el subempleo prevalece, que la desigualdad del ingreso no pude ser soslayada y que millones de nuestros compatriotas “viven” con muy poco, también lo es que, en los últimos años, ha habido estabilidad en términos de inflación, tipo de cambio, desempleo y tasas de interés, cuestión que ha significado que, entre otras cosas, cada vez más mexicanos han logrado hacerse de “una casita” y/o “un cochecito” y/o una tarjeta de crédito.

Pero resulta que las dificultades económicas que el mundo está sufriendo nos afectarán. Como decíamos, dichos problemas no son nuestra culpa, pero, si consideramos que no hemos concretado las reformas que nos hacen falta –energética, laboral, educativa y fiscal– y que muchas familias mexicanas sobreviven gracias a las remesas que reciben de Estados Unidos (las cuales ya han comenzado a reducirse) porque aquí en México no encuentran empleos dignos –cuestiones ambas, es decir, dependencia de remesas y ausencia de reformas, que sí son nuestra responsabilidad–, el escenario es nebuloso: nuestra economía no está en condiciones de enfrentar lo mejor posible el huracán que se avecina (cosa que sí es, digámoslo explícitamente, nuestra culpa).

¿Qué va a ocurrir? Por las siguientes razones, el desempleo aumentará: 1) nuestras empresas exportarán menos y, en paralelo, les será muy difícil tener acceso a crédito; 2) el gobierno gastará menos, lo que reducirá la actividad económica, y 3) los bancos e instituciones de crédito van a prestar muy poco –no sólo a empresarios, como ya sugeríamos, sino al público en general–, lo que debilitará el consumo y la inversión. Evidentemente, el aumento en el desempleo significa que habrá quienes no podrán pagar sus tarjetas de crédito, su “casita” y/o “cochecito,” situación que, además de dificultarle la vida a esas personas, pude provocar una crisis financiera, la cual, a su vez, profundizaría la que la economía real ya estará experimentando.

Aunado a lo anterior, recibiremos menos divisas porque, además de que habrá menos remesas, vendrán menos turistas. Asimismo, y esto explica por qué el gobierno tendrá que gastar menos, al caer la actividad económica se reducirán los ingresos tributarios. En la misma línea, la autoridad obtendrá menos recursos por la vía petrolera pues el precio del crudo se reducirá a medida que la economía mundial se desacelere. Por si eso fuera poco, habrá empresas que aumentarán precios con el fin de intentar minimizar sus previsibles pérdidas y, en paralelo, dada la depreciación del peso, las importaciones se encarecerán. Resultado: la inflación se intensificará.

Todo esto constituye pésimas noticias: en pocas palabras, nuestra calidad de vida disminuirá. Para algunos afortunados, esto significa que ya no comerán tan seguido en restaurantes más o menos lujosos y/o que, en enero, los Reyes Magos no serán muy generosos. Sin embargo, para muchos otros, se traducirá en hacer sacrificios enormes para pagar la renta, comer decentemente, cubrir los gastos médicos que sean necesarios, etcétera. Y para millones de individuos, nos referimos a quienes viven con menos de un dólar al día, la crisis puede resultar fatal.

Lo peor: mientras los problemas económicos se profundizan, nuestros maestros no quieren dar clases, nuestras autoridades insisten en que la economía está “blindada,” nuestros políticos desean despedir a los Consejeros del IFE que ellos mismos acaban de nombrar, la inseguridad continúa y un muchacho evidencia la integridad y coherencia de nuestra juventud al gritarle “espurio” al presidente al mismo tiempo que le acepta un premio por 130,000 pesos: no cabe duda, una crisis económica es lo único que nos faltaba.

Amigo lector, ahorre, sea prudente con su tarjeta de crédito y cuide su empleo: la situación pinta muy mal.

miércoles, septiembre 24, 2008

"Amar a México"

(Publicado en "Excélsior," el día 24 de septiembre de 2008)

Armando Román Zozaya

A medida que se acercaba el pasado día 16 de septiembre, autos y ventanas de edificios mostraban banderas tricolores. El 15 por la noche, como todos los años, millones de individuos dieron “el Grito” y se llenaron de orgullo y amor por nuestra tierra. Lamentablemente, lo que también se repite no sólo año tras año sino minuto tras minuto, es nuestra enorme y perjudicial falta de civismo. De hecho, los mismos automovilistas que portaban banderas de México, se estacionaron en triple fila, invadieron carril, no dejaron pasar a los peatones, etcétera. Y quienes colgaron el lábaro patrio en sus ventanas, salieron después a tirar basura en la calle, a no recoger las heces que dejaron sus perros en el parque y a cometer otras muchas faltas que, si bien en comparación a un asesinato o secuestro son menores –obviamente–, constituyen atentados contra la colectividad.

Lo peor: que nadie se atreva a decirle a alguien más que se comporte cívicamente: “si tiro basura, ni me digas nada porque, por lo menos, te voy a insultar”. Va un ejemplo: el otro día salí a pasear a mi perro. En la esquina de la casa nos topamos con otro can, suelto pero con collar, el cual se le aventó al mío. Esto implicó que tuve que batallar para que mi mascota no se zafara de su correa y procediera a pelear. Igualmente, me arriesgué a ser mordido. Eventualmente, una señora aparece detrás del perro suelto. Le dije: “por favor, póngale una correa a su perro”. No dijo nada y se fue. A las tres horas, su marido aparece en la puerta de mi casa y me amenaza, por medio de mi esposa pues yo no estaba: “dígale al del perro, que si le vuelve a decir algo a mi esposa o a mí, se va a meter en un lío de miedo”. Desde entonces, todos los días me topo con el perro suelto y con la señora.

Otro ejemplo: en una esquina voy cruzando la calle con mi mujer, quien está embarazada con alto riesgo y, por lo tanto, anda en silla de ruedas. Un coche que viene dando vuelta toca el claxon para que nos apuremos. Volteo y le digo: “aguanta, ¿qué no ves cómo está la cosa?”. Esta fue su respuesta: “pues apúrense, pendejo”. Y no hay una sola esquina en la que cruzar no sea un calvario, ya sea por tipos como el descrito o porque, dicho sea de paso, el pavimento está en pésimas condiciones para las ruedas de la silla, o porque no hay rampas, o porque las que hay están mal hechas, etcétera.

Va uno más: en la cafetería de un hospital, enfrente de un letrerote que dice “No fumar,” un joven está feliz con su cigarro. Me acerco y le digo: “por favor, apaga tu cigarro. Además de que el humo molesta, está prohibido fumar aquí”. Se disculpó y lo apagó, pero, llegó su novia a la mesa y se puso a decirme: “no sea mamón. Total, ¿qué le importa a usted lo que haga él o no?”. Le dije: “el que está mal es él, no yo”. Respuesta: “pues me vale madre, pinche mamón”.

Y así tengo muchos ejemplos que evidencian que, en muchos casos, el prójimo, el de junto, ese mexicano con el que convivimos y que se supone deberíamos respetar porque, uy, caray, ¡cuánto amamos a México!, no nos importa, nos es irrelevante, nos “vale madre”. Muchas personas me dicen: “pues no digas nada cuando te pasen cosas como las que describes: no te busques problemas; en una de esas, te pueden hasta matar”. Me pregunto: ¿si no digo nada, acaso no estoy legitimando esa dolorosa ausencia de civismo que tanto daño nos hace? ¿Acaso no sería yo igual que quienes no respetan nada ni a nadie? Si se me dice que “en una de esas te pueden hasta matar,” ¿significa eso que todos nos damos cuenta del problema pero preferimos no decir nada porque nos tenemos miedo? ¡Qué triste, en verdad! Pero eso sí: ¡Viva México, cabrones!

Mi esposa, quien es extranjera, me preguntó hace unos días: ¿por qué no compramos una banderita para el coche? ¿No quieres a tu país o qué pasa? Mi respuesta: “prefiero mostrar mi amor por México tratando de ser cívico y cordial con quienes me rodean; en esencia, eso es, me parece, lo que realmente importa”.

"Torpeza antineoliberal"

(Publicado en Excélsior, el día 10 de septiembre de 2008)

Armando Román Zozaya


El día de ayer, en estas mismas páginas, don Jesús Ortega, destacado perredista, publicó un texto titulado “Torpeza neoliberal”. En él, culpa al neoliberalismo de la inseguridad que sufrimos y de la mala situación económica por la que atravesamos. Igualmente, argumenta que ni el PAN ni el PRI son útiles para el país: la solución a nuestros problemas radica en el PRD. Al respecto, apuntemos lo siguiente:

En primer lugar, México no es un país neoliberal pues la ley no se respeta, los contratos pueden ser violentados sin mayor problema, la propiedad privada no es inviolable y los mercados no funcionan (les falta infraestructura y están plagados de discriminación de todo tipo: sexual, racial, etcétera). Asimismo, existe un sistema de seguridad social que, aunque con fallas y lejos de la perfección, brinda servicios de salud a millones de personas de manera gratuita en el punto de uso, cuestión que también ocurre con la educación y con los muchos otros servicios vinculados a la política social del gobierno federal y de los gobiernos locales. De esta manera, sostener que en México prevalece el neoliberalismo es una muestra de ignorancia. Asimismo, y en la misma línea, promover la idea de que gran parte de nuestros males son producto de un orden neoliberal es reflejo de que no se entiende a fondo la problemática del país. Peor aún: prometer solucionar dichos males sin entenderlos plenamente es una irresponsabilidad y evidencia que, quienes esto prometen, no nos deben gobernar: ni siquiera saben de qué están hablando.

En segundo lugar, si bien un orden totalmente neoliberal no es deseable, algunos aspectos del neoliberalismo son positivos. De hecho, en México el problema no es el neoliberalismo sino, entre otras cosas, la ausencia de algunos de sus componentes. En concreto, como ya dejamos ver, el neoliberalismo no tolera la discriminación, ni el amiguismo, ni la falta de legalidad, ni los abusos de autoridad; un orden neoliberal es uno meritocrático. De igual manera, el neoliberalismo exige infraestructura y legislación a favor de los mercados; si no hay infraestructura y falta dicha legislación, éstos no rinden y suelen resultar en monopolios. ¿Acaso no nos vendría bien terminar con la discriminación? ¿No sería positivo que viviéramos en un mundo de legalidad y que contáramos con caminos, puertos, trenes, etcétera, de calidad así como con mercados genuinos en los que todos participáramos?

En tercer lugar, es cierto que la economía mexicana no está rindiendo lo que podría y debería. Pero esto no es producto de las políticas supuestamente neoliberales del gobierno federal sino de que estamos fallando a nivel estructural e individual.

Con relación al estructural, pongámoslo así: ¿cómo queremos que la economía mexicana levante si, entre otras cosas, nuestro sistema educativo es patético?¿Esto es producto del neoliberalismo o de que tanto los gobiernos estatales y el federal no han sido capaces de poner orden en el sector educación? ¿Cómo queremos que el país atraiga más inversiones si aquí reinan la impunidad y la inseguridad?¿Cómo vamos a incrementar nuestro rendimiento económico si nuestro sistema financiero es pequeño, elitista y, en consecuencia, no conecta a los ahorradores con los inversionistas? ¿El que contemos con servicios financieros de pobre calidad y vivamos en un país inseguro es resultado del neoliberalismo?

Con relación al nivel individual, digamos esto: ¿vamos a salir adelante cuando quebrantamos la legalidad un día sí y el otro también? ¿Vamos a mejorar como país cuando somos incapaces de mostrarnos cívicos? ¿La economía crecerá rápidamente si parte de nuestra mentalidad se resume en “el que no tranza no avanza”?

La causa de que no nos vaya bien –y no sólo en el terreno económico– no es el neoliberalismo; éste ni siquiera está en pie en el país. La causa somos todos: “autoridades” y “ciudadanos”. Tengamos cuidado, pues, con la torpeza antineoliberal: sus ideas pueden ser contraproducentes.

miércoles, agosto 27, 2008

"¡Sí: que renuncien!"

(Publicado en "Excélsior," el día 27 de agosto de 2008)

Armando Román Zozaya

Hace unos días, el procurador del estado de Querétaro, Juan Martín Granados, y Diego Fernández De Cevallos, destacado panista, descalificaron el más que atinado “si no pueden, renuncien” que el empresario Alejandro Martí lanzó a nuestras autoridades durante el Consejo Nacional de Seguridad Pública. En concreto, Granados comentó que “no hay que atribuir culpas ni deslizar responsabilidades”. También apuntó que lo dicho por Martí ha tomado la forma de “una campaña irracional de cuestionamiento, ante un problema que tiene su génesis en las raíces de nuestra cultura”. Por su parte, Cevallos señaló que "ningún país del mundo puede abatir la criminalidad sin el concurso de la sociedad; los males nacen y proliferan desde la sociedad…hoy vemos a familias enteras secuestrando a seres humanos, que no me digan que es culpa de los políticos".

Es verdad que el crimen encuentra sus orígenes, al menos parcialmente, en aspectos socioculturales. En particular, en el caso mexicano, el caos en el que estamos inmersos es en parte resultado de que a millones de mexicanos les encanta hacer y deshacer sin consideración alguna por los demás. Así, vivimos entre individuos que tiran basura, evaden impuestos, manejan irresponsablemente y un largo etcétera. De la misma manera, muchos de nuestros policías, quienes, al igual que los ciudadanos, se saben impunes, no sólo no cumplen con sus tareas sino que delinquen. Lo mismo vale para los funcionarios que cometen fraudes, favorecen a sus amigos y utilizan el gasto público para lo que no deben. Y ni qué decir de quienes llevan al máximo la impunidad que nos permea: los secuestradores, violadores y similares.

Sí: el problema nos involucra a todos (aunque a diferentes niveles; obviamente, secuestrar es mucho más grave que darse una vuelta prohibida). En consecuencia, la solución también requiere de todos, pero, en especial, de la autoridad: ella es la encargada de luchar contra de la delincuencia; para eso le pagamos…y bien, particularmente a los procuradores, gobernadores, legisladores, presidente de la república y alta burocracia. Así, no se vale, de hecho es totalmente inaceptable, que quienes gobiernan este país nos vengan con que “no hay que atribuir culpas ni deslizar responsabilidades” o con que “que no me digan que es culpa de los políticos”.

Sí es culpa de la autoridad y de los políticos. ¿Por qué? Porque, al no hacer su trabajo bien, han permitido que la impunidad –la cual, es verdad, nos encanta– sea nuestra reina. Por eso, hay “familias enteras secuestrando a seres humanos”. ¿Pero qué pasaría si, a pesar de que gozamos la impunidad, supiéramos que la autoridad no permitirá que nos salgamos con la nuestra? ¿Cuántos lo pensarían dos veces antes de pasarse un alto, de evadir impuestos o de matar, violar, secuestrar? ¿Cuántos ya no lo harían?

Aquí vale la pena señalar que no sólo a los mexicanos nos gusta ser impunes; en otros países ocurre algo similar: a pocas personas les agrada que les digan qué hacer, qué no hacer, qué límites deben respetar, etcétera. Por ello, en todos lados hay criminales: nunca falta el que se siente por encima de los demás y actúa siguiendo su egoísmo y nada más. La diferencia es que, en esos otros países, la autoridad sí sirve, sí funciona, sí hace su trabajo: generalmente, el que la hace, la paga. Y eso coadyuva a que la gente cumpla la ley inclusive si la considera un estorbo.

No hay que darle muchas vueltas: si no hay autoridad o si ésta no cumple sus funciones, estamos a merced del vecino; si éste quiere secuestrarnos, lo hará; si quiere tirar basura, lo hará, etcétera. Y es que si todos fuéramos unos ángeles, ni siquiera necesitaríamos gobierno. Pero como no lo somos, no sólo sí lo necesitamos sino que nos urge. Por eso, tiene razón el señor Alejandro Martí: ¡autoridades de este país, si no pueden, renuncien; seguro que eventualmente habrá quienes sí estén a la altura del reto! (Amigo lector, no olvide Usted la marcha de este sábado: ¡participemos!).

jueves, agosto 14, 2008

"Fin del pacto social"

(Publicado en "Excélsior," el día 14 de agosto de 2008)

Armando Román Zozaya

El Estado se ha colapsado: México es una jungla. Muchas fueron las advertencias, los reclamos y las exigencias; en los medios, en las calles. Sin embargo, nuestras “autoridades” no escucharon a los millones de mexicanos que pedimos a gritos que tuvieran cuidado, que no permitieran que llegáramos a donde estamos. Lo mismo vale para los otros muchos mexicanos que no son cívicos, que les “vale madre” el prójimo y que, ante el contexto de orfandad institucional que nos caracteriza, eligen robar, secuestrar, violar, matar y un larguísimo etcétera: la falta de legalidad y la nula conciencia de quienes optan por delinquir han resultado en que el pacto social mexicano –que de por sí nunca había sido pleno– se haya disuelto totalmente.

Y es que el Estado –el pacto social básico– es un contexto en el que el gobierno brinda seguridad a los ciudadanos a cambio de que éstos renuncien a su legítimo derecho a defender su patrimonio y a sus familias por cuenta propia. Para que esto sea posible, la ciudadanía paga impuestos y se obliga a apegarse a la legalidad; si no lo hace, encara consecuencias jurídicas. Pero en México el gobierno no cumple con sus funciones básicas. Paralelamente, hay muchos mexicanos que tampoco lo hacen: nos encanta tolerar la corrupción, evadir impuestos, pasarnos los altos, estacionarnos en triple fila, bloquear las rampas y lugares de estacionamiento dedicados a los inválidos, comerciar “litros” de gasolina que son de 800 mililitros y, en general, cometer una infinidad de faltas que, si bien son menos graves que un secuestro o un asesinato, claro está, nos dejan ver que estamos atrapados en un círculo vicioso que, como ya decíamos, ha terminado por destruirnos como sociedad supuestamente civilizada: la debilidad gubernamental alimenta la impunidad lo que, a su vez, favorece a la delincuencia, cuestión que merma a la autoridad. Y así sucesivamente.

El punto es éste: los responsables somos todos; no nada más el gobierno. No obstante, esto no significa que éste no sea el primero que debería cambiar para bien: de quienes se aprovechan de los débiles, matan con gusto y ningunean a sus semejantes no se puede esperar nada; por eso urge que la autoridad actúe adecuadamente: sólo así romperemos el círculo vicioso que nos ha hundido. Pero el problema tiene una característica que hay que destacar: quienes se aprovechan de los débiles, matan con gusto y ningunean a sus semejantes son parte de las policías, del gobierno, que nos debería brindar protección: “jaque mate,” le dicen los criminales a los ciudadanos.

La solución es de largo plazo y pasa por varios terrenos: educación, creación de fuerzas policiales de verdad, reformas al aparato de justicia en todos los sentidos, etcétera. El objetivo de todo esto tiene que ser el siguiente: terminar con la impunidad y proveer a la ley con verdadero poder disuasivo, es decir, hacer del Estado una amenaza creíble: es apremiante dejar claro que, quien se dedique a delinquir, lo pagará. De esta manera, menos personas optarán por la ruta del crimen.

Mientras no ocurra lo anterior, podemos implantar la pena de muerte para los secuestradores o hasta estipular que se les quemará vivos; de nada servirá: los criminales no le temen al Estado. Lo peor: los ciudadanos sí. Por eso, no nos sorprendamos si comenzamos a enterarnos de policías que son atropellados al intentar detener algún vehículo. O de padres de familia que andan armados y, a la menor provocación, disparan. O de conflictos entre condóminos que terminan en tragedia. O de franeleros asesinados por automovilistas que están hartos de ellos. O de automovilistas asesinados por franeleros. O de más secuestros, ejecuciones, delitos sexuales, etcétera: dado que no hay autoridad, el país es de quienes se aprovechan de ello. Bueno, sí hay autoridad, pero, está ocupada en consultas inútiles, tomar tribunas y tratar de “guanajuatizar” al país.

México, pues, ha dejado de ser un Estado; es la selva. En ésta, todo se vale: tenga Usted cuidado, amigo lector.

miércoles, julio 30, 2008

"La educación y el sindicato"

(Publicado en "Excélsior," el día 30 de julio de 2008)

Armando Román Zozaya

Se nos dice que se trata de una Alianza por la Calidad de la Educación: llegó la hora, por fin, de revolucionar el sistema educativo mexicano. ¡Qué buena idea! Y es que, según la OCDE, el nivel de preparación de los mexicanos es pésimo. Igualmente, de acuerdo con el Foro Económico Mundial, México no es un país competitivo, cuestión vinculada a su falta de educación.

¿Podemos confiar en la alianza? ¿Gracias a ella nuestros niños desarrollarán un perfil educativo conducente a que incrementemos nuestra productividad en el mediano plazo y atraigamos más inversiones? ¿La alianza nos garantiza que los ciudadanos del mañana serán cívicos, que entenderán lo que es respetar el derecho ajeno, que sabrán diferenciar entre lo público y lo privado, etcétera?

La respuesta a todas las interrogantes planteadas es que probablemente no: ¿qué exactamente se quiere decir con “revolucionar” el sistema educativo? ¿Qué va a evaluar el examen que los futuros maestros tendrán que tomar para hacerse de una plaza? ¿Quién lo diseñó y quién lo calificará? ¿Es verdad que incluso quienes lo reprueben podrán ser maestros? ¿Los planes de estudio que seguirán los alumnos responden a las necesidades de nuestro sector productivo?

Aunado a lo anterior, si la señora Gordillo ha admitido que las plazas se venden –y son pagadas hasta con “cuerpo”–, ¿qué esperan las autoridades para proceder contra quienes trafican con ellas? ¿La misma Elba Esther Gordillo está libre de toda responsabilidad al respecto? Asimismo, ¿qué credibilidad tiene una persona que ha declarado que con el fin de lograr “transparencia y la rendición de cuentas,” hay que eliminar “todo aquello que hemos hecho, a valores entendidos, en beneficio de la política, por la política electoral”?

Si el objetivo es revolucionar la educación, ¿es la señora Gordillo la indicada para encabezar, junto con el gobierno, la reorganización educativa que el país exige? ¿De un día para otro se ha convertido en la dirigente sindical que el sistema educativo mexicano requiere? ¿Ahora sí le importa éste y no, como lo revela su citada declaración, nada más “la grilla”? ¿Se va a asegurar de que los maestros hagan bien su trabajo, de que no se la pasen en manifestaciones y plantones y de que el sindicato mismo se comporte responsablemente?

Asumiendo que el gobierno del señor Felipe Calderón quiere cambiar el perfil educativo del país –de hecho, suponiendo que anhela que el México del mañana sea, en general, mejor que el de hoy–, tiene que comenzar por reformar a todos los sindicatos, incluido, obviamente, el de maestros: urge reestructurar la vida interna de los sindicatos mexicanos: desde cómo eligen a sus dirigentes hasta cuáles son sus derechos y obligaciones. De lo contrario, continuarán como el ancla que son, cuestión especialmente dolorosa al hablar del sector educación.

Se dirá que es difícil, que hay mucha politiquería de por medio, muchos recursos, etcétera. Pues claro: por eso se trata de una reforma. Y por eso no favorecería a los sindicatos. Pero mientras éstos sean libres para hacer y deshacer, será muy difícil que la revolución educativa que pretende don Felipe Calderón, así como las reformas laboral, energética y todas las demás, sean exitosas. Por ejemplo, los cambios estructurales que el gobierno británico ejecutó en el período 1980-2001 tuvieron como punto de partida una reestructuración de los sindicatos. Antes de ésta, fue imposible para todo gobierno del Reino Unido, del color que fuera, introducir alguna reforma importante en cualquier terreno. Al paso de los años, las reformas rindieron dividendos: con todo y sus problemas, la economía británica es, al día de hoy, una de las más dinámicas del mundo desarrollado.

Pero nosotros no atacamos los problemas de raíz: es más cómodo maquillar las cosas y luego decir que avanzamos a paso firme. Por eso es que el gobierno pone la Iglesia en manos de Lutero antes que tener que enfrentarlo: lástima, pues, que por ahí ha comenzado la “revolución” educativa.

"País de viejos: el futuro"

(Publicado en "Excélsior," el 16 de julio de 2008)

Armando Román Zozaya

A Carolyn, quien está hospitalizada
luchando por no perder a nuestro bebé

La dirección general del IMSS y el sindicato del mismo han concretado un acuerdo con relación al régimen de pensiones del que disfrutan los trabajadores del Seguro. A partir de ahora, todo nuevo empleado tendrá una pensión basada en una cuenta individualizada de aportaciones voluntarias. A cambio, el IMSS entregará bonos de productividad a los trabajadores.

Seguramente, pronto surgirán quienes, con la intención de criticar para destruir, dirán que las pensiones del IMSS han sido privatizadas. Pero si bien es verdad que éstas ya no estarán respaldadas por las arcas públicas, esto no es nocivo necesariamente. De hecho, en otros países, por ejemplo Reino Unido, Chile y, poco a poco, Alemania, las pensiones en general, es decir, no nada más las de los burócratas, han sido privatizadas. Los resultados han sido buenos; han permitido liberar recursos públicos. Asimismo, han hecho posible que los pensionistas del mañana tengan claro que el futuro está en sus manos, es decir, se ha creado conciencia entre la población respecto a las responsabilidades que la vejez conlleva.

En pocas décadas, México dejará de ser un país de jóvenes para convertirse en uno de viejos. Así, es importante que construyamos una conciencia como la mencionada: tenemos que entender que, hacia 2040, habrá menos trabajadores activos por cada adulto mayor que al día de hoy. Esto resultará en gastos de salud y pensiones de magnitudes hasta ahora desconocidas en nuestro país; será difícil que, el día de mañana, el sistema de seguridad social que hemos conocido desde hace muchos años nos siga siendo útil. Por eso es que el acuerdo IMSS-sindicato, así como la nueva ley del ISSSTE, son pasos en la dirección correcta.

Pero aunque son pasos importantes, no son suficiente pues, más allá de cómo se paguen –vía erario, ahorros del trabajador y/o de su familia– las pensiones se tienen que cubrir; lo mismo vale para los servicios de salud: los adultos mayores requieren atención que significa gastos, es decir, que exige que parte de nuestro producto sea dedicada a ellos. De esta manera, además de hacer ajustes a los sistemas de seguridad social, es también urgente que incrementemos nuestros niveles de productividad, sobre todo porque, relativamente pronto, como ya decíamos, habrá menos trabajadores activos por cada anciano que al día de hoy: si no somos productivos, no podremos sostener a nuestros viejos, más allá de si hicimos cambios al IMSS y al ISSSTE.

Al respecto, es también importante mencionar que, precisamente gracias al cambio en los regímenes de pensiones, es posible que nuestro sistema financiero mejore, como ha ocurrido en Chile, donde las pensiones privadas resultaron en una actividad financiera más productiva: los nuevos ahorros disponibles encontraron vías de ser utilizados de modo tal que refinaron el aparato financiero y mejoraron el rendimiento del sistema económico. Claro está que esto exige las regulaciones y la supervisión adecuada, pero, es posible y coadyuva a concretar lo que enfatizábamos: elevar la productividad.

Mencionemos igualmente que el acuerdo IMSS-sindicato evidencia que, en este país, sí es posible negociar y construir. Evidentemente, todavía queda pendiente saber si la edad para jubilación se incrementará, qué exactamente significa lo de “bonos de productividad,” etcétera, pero, por lo pronto, celebremos que se logró un acuerdo de relevancia. Por ejemplo, además de lo ya comentado, gracias a dicho acuerdo el IMSS podrá contratar a la brevedad parte de los trabajadores que le hacen falta.

Finalmente, esperemos que el resto de sindicatos del país, y la clase política en general, entiendan por fin que éste ya no es el mismo de hace unas décadas, por lo que hay replantear gran parte, si no es que todo, el funcionamiento del mismo: los países que saben ajustarse a los retos que encaran progresan; los que no, se atascan.

miércoles, junio 18, 2008

"Alexia: morir en la jungla"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior," el día 18 de junio de 2008)

Se llamaba Alexia Moreno; tenía 12 años. Ya no quería vivir en Ciudad Juárez; la violencia que ahí impera le provocaba miedo. De hecho, pronto dejaría México para irse a los Estados Unidos, donde vive su madre y estaría más segura. Pero no fue posible: hace unos días, las balas de un fusil AK-47 le quitaron la vida. ¿Cuál fue su pecado? Caminar por la vía pública justo en el momento en el que unos malnacidos intercambiaban balazos.

El caso de Alexia evidencia que México no es un Estado; es una jungla: aquí no hay ley que valga. Digámoslo claramente: vivimos en el reino de la impunidad. Eso sí, tenemos mucha legislación y muchos legisladores, todo tipo de reglamentos, miles de policías, etcétera, pero el marco jurídico mexicano es letra muerta, lo que implica que México es un espacio geográfico en el que millones de personas interactúan bajo la ley del más fuerte: todo lo contrario, pues, a un Estado. Y es que no seamos ingenuos: estamos hablando de un lugar donde los jueces, ya sea por dinero o por temor, dejan libres a los delincuentes, donde los policías prefieren una “mordida” en vez de remitir al MP a quien lo merece, donde los uniformados mismos hablan por celular al conducir sus patrullas, donde se vale asesinar a plena luz del día, donde se puede ser líder sindical y tener un yate y un departamento de súper lujo, donde los mismos diputados fuman cuando está prohibido hacerlo, donde los semáforos sólo sirven para desperdiciar electricidad, donde es válido tomar las calles, bloquear el tránsito e imponerle todo tipo de costos a terceros, donde una franela basta para hacerse dueño de lo “público,” donde un Jefe de Gobierno puede tener un Secretario de Finanzas que juega en Las Vegas, donde un exgobernador tiene propiedades y propiedades pero la comisión que lo investiga concluye que no hay nada turbio, donde los hijos de una exprimera dama hacen y deshacen a placer, etcétera.

Alexia sufrió las consecuencias últimas de vivir en una jungla: le arrebataron la vida. Su familia, al igual que el resto de los mexicanos, sabe bien que el crimen quedará impune. Por eso, por ejemplo, el tío de la joven declaró a la prensa que “reclamar no tiene ningún sentido. De todas maneras la justicia no va a hacer nada”. Todos sabemos que la impunidad prevalecerá porque, por principio de cuentas, si no fuera así, Alexia estaría viva: ¿por qué en este “país” es posible cargar con un AK-47 sin problema alguno? ¿Por qué algún oficial de aduanas, a propósito o por omisión, permitió que el arma ingresara al territorio nacional? ¿Por qué la policía ni siquiera estaba cerca del sitio donde Alexia fue baleada? ¿Por qué los delincuentes, de todo calibre, comprenden a la perfección que la “sociedad” está a su merced? Porque en México la ley es irrelevante; la impunidad es la norma.

Estamos atrapados en un círculo vicioso que acabará destruyéndonos: muchos criminales, incluso si son capturados, no son penalizados porque el sistema de impartición de justicia es pésimo, lo que a su vez cancela el poder de disuasión de las leyes, lo que contribuye a incentivar el comportamiento delictivo, y así sucesivamente. La solución involucra a toda la sociedad –el problema es, al menos parcialmente, cultural– pero tiene que empezar con las autoridades: urge que los policías, los MPs y los jueces hagan el trabajo que les corresponde, y lo hagan bien; si la impunidad reina es porque la justicia es inoperante. Mientras esto siga así, no habrá suficientes soldados, policías, tanques y demás que rindan frutos.

Por favor, ¡ya no más discursos y promesas! El caso de Alexia tiene que abrirnos los ojos: si en verdad somos una comunidad que se rige por leyes, no podemos permitir que esto se repita ni que quede impune. De esta manera, hago un llamado a nuestras “autoridades:” ¡muestren que estamos equivocados: encuentren a los asesinos de Alexia y procedan de acuerdo a derecho! Si no lo hacen, lo habrán confirmado: México es una jungla; ojalá, entonces, que Dios nos agarre confesados.

miércoles, junio 04, 2008

"Marcelo y la opinión del pueblo"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior," el día 4 de junio de 2008)

Marcelo Ebrard, Jefe de Gobierno del D.F., considera que “no hay que tenerle miedo a la opinión de la gente,” por lo que ha decidido respaldar –con palabras y hechos– la propuesta de López Obrador y el PRD para que haya un referéndum nacional sobre la reforma energética. Como la figura del referéndum no está contemplada en la Constitución, don Marcelo se limitará a dos acciones: 1) después del debate que está teniendo lugar en el Senado, organizará una consulta a nivel Ciudad de México; los defeños expresarán su opinión sobre la ya mencionada reforma, y 2) invitará a los gobernadores de los estados a que también lleven a cabo consultas ciudadanas.

¡Qué bien que quienes vivimos en la Ciudad de México contemos con un gobernante que muestra tal sensibilidad! No obstante, ¡qué mal que esa sensibilidad sólo salga a flote cuando así conviene a la autoridad local! Y es que si no hay que temer a la opinión de la gente, y además se considera que incluso para un asunto tan complejo como la reforma energética cualquier opinión es tan válida como la de los expertos en la materia, ¿por qué el gobierno de la ciudad no organiza una consulta sobre la despenalización del aborto y sobre la ley antitabaco? ¿Por qué no se nos pregunta si estamos de acuerdo en que, en vez de apuntalar el transporte público, se construya un túnel del Auditorio a Santa Fe? ¿Por qué no se nos permite opinar sobre si sería conveniente reglamentar las marchas y manifestaciones? ¿Qué espera la administración de Ebrard para preguntar a la ciudadanía cuánto nos cuesta, en términos de tiempo, dinero, angustia y violencia, desde la cotidiana hasta la que puede ser brutal, vivir al “amparo” de una fuerza policial que, además de poco productiva y eficaz, utiliza parte de su tiempo para extorsionarnos? ¡Venga, señor Ebrard, no tenga Usted miedo de la opinión de la gente! ¡Pregúntenos qué sentimos cuando vemos cuánto gana un legislador local, cuánto un funcionario de su gobierno y cuánto Usted para luego darnos cuenta de que en esta ciudad poco funciona como debería!

Lo que propone y va a hacer Marcelo Ebrard me causa risa y exasperación. No quiero decir, de manera alguna, que consultar al pueblo sea una mala idea. Es más, es necesario que la figura del referéndum, y la del plebiscito, sean incluidas en la Constitución, pero no para decidir sobre todo asunto, mucho menos para uno tan complejo como la reforma energética. De hecho, lo que exaspera es que a don Marcelo le haya salido lo demócrata justo ahora, es decir, justo cuando se está debatiendo un tema que debería estar únicamente en manos de los legisladores, quienes apoyados por expertos en la materia, tendrían que decidir qué es lo que más conviene al país. Y lo que da risa es que Ebrard, quien ha hecho hasta lo imposible por no reconocer a Felipe Calderón como Presidente de la República, finalmente haya terminado por admitir quién encabeza el ejecutivo federal: al organizar una consulta plenamente vinculada a una propuesta que fue hecha originalmente por la Presidencia de la República, Ebrard ha reconocido quién es el presidente de México.

Seamos francos: a Marcelo Ebrard no le preocupa realmente, para nada, lo que la ciudadanía piensa; ha tenido muchas oportunidades para consultarnos y no lo ha hecho. Queda claro, entonces, que la consulta que va a organizar es, como se dice coloquialmente, puro rollo. Se trata de un ejercicio que tiene fines políticos y que Ebrard mismo, el PRD y, sobre todo, López Obrador, planean utilizar para tratar de dinamitar la propuesta de reforma elaborada por el presidente Calderón; están comprando tiempo para luego irse con todo sobre el ejecutivo federal para ver si, ahora sí, logran tumbarlo o, por lo menos, debilitarlo. Si no es así, que expliquen por qué, de repente y de la nada, les urge tanto enterarse de la opinión del pueblo.

Y mientras tanto, que PEMEX siga decayendo, que el D.F. continúe como tierra de nadie y que Marcelo prosiga con su campaña para 2012: este pobre país aguanta eso y más.

miércoles, mayo 21, 2008

"El debate y la democracia"

(Publicado en "Excélsior," el 21 de mayo de 2008)

Armando Román Zozaya

Ha comenzado el debate sobre la reforma energética. Se trata de un ejercicio que no será fructífero. Y es que debatir es parte de la democracia, claro, pero, ¿de qué sirve si quienes debaten no son demócratas? ¿Para qué discutir sobre una reforma cuando ni siquiera estamos de acuerdo en las reglas que utilizaremos para darle rumbo, es decir, cuando todavía no todos los actores políticos creen plenamente en la democracia?

Somos una “democracia” en la que no hay –o son muy pocos– los verdadero demócratas. Por ejemplo, ahí está el actual gobernador de Jalisco: ¡vaya que él sí sabe de democracia! ¿Y qué decir del PRD? ¿Y de la infame “chiquillada”? ¿Y del PRI, ese partido que ahora se presenta como el adalid de la democracia? ¿Y del PAN, partido que, más allá de lo que digan las leyes y de la sentencia del TEPJF, nunca siquiera expresó que hubiera sido bueno volver a contar todos los votos de la elección de 2006?

En concreto, el problema es este: es increíble que en pleno siglo XXI –después de una guerra de independencia, de varios conflictos intestinos, de 70 años de PRI y de la “transición” a la democracia, entre otras cosas– todavía haya mexicanos que duden de la validez y la conveniencia de la democracia, que sólo se apeguen a ella cuando les conviene, etcétera. En otras palabras, el ser demócrata o no es una cuestión que ya tendría que estar resuelta pero que nosotros, lamentablemente, aún no hemos solventado. Por eso todo se nos complica, todo se nos entrampa y el país no marcha como debería.

Esto no quiere decir que la democracia sea la panacea. No obstante, sí coadyuva a que las sociedades, aunque con imperfecciones y a velocidades diferentes, avancen. De hecho, no es sorpresa que en todos los países que consideramos de primer mundo y, hasta cierto punto, ejemplos a seguir, sólo un puñado de retrógradas no crea en la democracia; el grueso de la población y, por supuesto, la clase política, sí respalda plenamente al sistema democrático.

Mientras no resolvamos esta cuestión tan elemental, podremos debatir todo lo que se quiera y sobre todo lo que se desee, pero no servirá de nada. Es más, el día de mañana, el PRD va a salir con que no aceptará la reforma energética a menos de que ésta sea justo la que desea. ¿Y si su postura es la de la minoría? ¿Y si ya se debatió y, de todos modos, el PRD no logró tener votos suficientes para sacar la reforma que anhela? Es lo de menos: tomará el Congreso y/o las calles.

De igual forma, el PAN no accederá a crear un consejo –una especie de IFE– que controle la política social. Debatir y debatir al respecto será una pérdida de tiempo porque, para dicho partido, no importa que se trate de una idea que puede propiciar un mejor manejo de los recursos, así como contribuir a que las elecciones sean limpias (al evitar el uso electorero de dicha política). Igualmente, ¿por qué es sólo hasta ahora, cuando ya no están al frente del gobierno federal, que a los priistas se les ocurrió crear un consejo como el mencionado?
El problema no termina ahí: ¿cuántos ciudadanos estamos realmente comprometidos con la democracia? ¿Cuántos intentamos estar informados, votamos pensando en el bien de México –y no en el propio– y respetamos la ley? Insistamos: qué penoso que, como país, estemos todavía tan lejos de la democracia.

Pero bueno: que siga el debate. Total, así se justifican los miles de millones de pesos que pagamos por concepto de impuestos, los millones que cobran los diputados y senadores, los cacahuates y las hamburguesas de la CENCA, los jugosos salarios de los gobernadores, los tremendos gastos de los partidos políticos, las percepciones de los presidentes municipales, de los Secretarios de Estado y asesores que les acompañan, etcétera. Eso sí: que nadie dude que esta justificación es más que válida: todos los personajes mencionados –y los que se quedaron fuera, claro– son demócratas de verdad; ni más ni menos.

¿Y cuando se acabe el debate? Pues abriremos otro, obvio: así lo exige la democracia, ¿verdad?

miércoles, mayo 07, 2008

"Me vale madre"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior," el día 7 de mayo de 2008)

Lo dijo contundentemente: le valen madre las críticas. Es más, mandó a “chingar a su madre” a quienes lo han cuestionado. Sí, así se expresó el señor Emilio González, gobernador del estado de Jalisco. ¿El motivo? La prensa y muchos ciudadanos se quejaron del apoyo económico que le brindó a la Iglesia Católica –a nombre del gobierno que encabeza– para ayudarla en la construcción de un santuario en Tlaquepaque. La reacción de los medios y de la ciudadanía no se hizo esperar: “!que renuncie!” “!No puede ser!” Los reclamos son atinados y necesarios, claro, pero, ¿de qué nos sorprendemos?

No hay por qué mostrar incredulidad ante lo dicho y hecho por González Márquez. En primer lugar, la clase política mexicana está muy lejos de ser perfecta. Asimismo, es más que obvio que en este país la impunidad es la regla y no la excepción, sobre todo cuando hablamos de políticos, funcionarios públicos, etcétera (por eso, y porque no es una persona cívica, al señor González le vale madre que lo cuestionemos: total, incluso si lo que ha hecho está fuera de la ley, ¿quién lo va a sancionar?). Pero más allá de esto, lo ocurrido no sorprende porque a los mexicanos –salvo algunas excepciones que siempre están y han estado presentes– muchas cosas nos valen madre. Y entre ellas destacan el respeto al prójimo y, de la mano de lo anterior, a lo público. De esta manera, lo que el gobernador González ha hecho es, simplemente, evidenciar que es mexicano.

¿Exagero? Muy bien, le invito a Usted, amigo lector, a que reflexione sobre su vida cotidiana: qué ve, escucha, hace, dice, etcétera, cuando, por ejemplo, pasea al perro o va manejando. En concreto, fíjese cómo interactúa con quienes le rodean. Esto es lo que yo he detectado:

a) Es muy difícil estacionarse en la vía pública. Parte del problema se origina porque hay más autos que espacio, sí, pero también porque los “franeleros” se han apoderado de las calles. Lo han hecho porque no respetan nada ni a nadie y porque la autoridad se los ha permitido (de nuevo: el imperio de la impunidad).

b) Por doquier hay vehículos estacionados en doble fila, lo que evidencia que hay quienes no respetan a los propietarios de los autos que están estacionados decentemente ni, mucho menos, el espacio público que es de todos, es decir, la calle misma.

c) Abundan los perros sin correa. Muchos son callejeros, claro, pero muchos otros no. Los dueños de estos perros dejan claro que no les importa si sus canes destruyen algo, se meten adonde no deberían, muerden a alguien, etcétera.

d) Si uno es peatón, corre riesgo de ser atropellado inclusive cuando está caminando sobre las banquetas. Y es que nunca falta quien, al conducir, no respeta los límites de velocidad ni los semáforos. Las áreas peatonales tampoco son respetadas. Así, se han dado casos en los que los vehículos invaden las aceras y terminan lastimando, o matando, algún peatón.
e) ¡Cómo nos gusta escuchar música a todo volumen! Si son las 2 ó 3 de la mañana es lo de menos; el que los vecinos no puedan dormir, también.

f) En los condominios siempre hay quien no paga el mantenimiento. Total: que paguen los demás.

g) ¿Y cuánta gente no paga el agua? ¿Cuánta se roba la electricidad?

Así hay muchos, pero muchos ejemplos que ilustran que los demás, y lo público, nos valen madre. Bueno, ¿no incluso nos encanta entonar una canción que dice “con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero, y mi palabra es la ley”?

Lo peor: si alguien nos pide que no nos estacionemos en doble fila, o que agarremos a nuestro perro, o algo así, entonces pasamos del “me vale madre” al “vas y chingas a tu madre,” tal y como lo hizo el gobernador de Jalisco.

Ya basta, pues, de hipocresías: si a los gobernantes les vale madre, a la ciudadanía también. ¿De qué, pues, nos sorprendemos? Ya basta también de excusas: si la ley no se aplica, ¿acaso no tenemos conciencia? ¿No somos capaces de respetarnos mutuamente? De seguir así, todo valdrá madre; ¡bonito país el que le dejaremos a nuestros hijos! ¿Y a Usted, amable lector, le vale madre?

miércoles, abril 23, 2008

"La democracia no es consenso"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior," el 23 de abril de 2008)

Los perredistas sostienen que no aceptarán una reforma a PEMEX en la que ellos no estén de acuerdo. De hecho, se declaran dispuestos a lo que sea –sus acciones los respaldan– con tal de evitar el “mayoriteo” del PRI y del PAN. Asimismo, argumentan que urge un debate largo e incluyente, el cual debe resultar en cambios a PEMEX que tengan en cuenta los puntos de vista de todo aquel que desee opinar.

Esta actitud del PRD deja claro, por si hiciera falta, que estamos hablando de un partido francamente antidemocrático: el perredismo no sabe lo que es la democracia; si lo sabe, opta por no comportarse democráticamente. Y es que una de las reglas básicas de la democracia es que la mayoría gobierna. Obviamente, esto no significa que ésta pueda hacer lo que quiera: en todo momento, debe respetar los derechos fundamentales de la minoría. Pero más allá de eso, no tiene por qué hacer lo que ésta exija.

En concreto, la democracia no es consenso. De hecho, se trata de un sistema de gobierno que permite que, en ausencia de aquél, las controversias se resuelvan pacíficamente, sin que las minorías vean agraviados sus derechos y libertades primordiales. Por eso, y por cierto, la democracia es el menos malo de los regímenes políticos: en todos los demás, la falta de consenso suele terminar en encarcelamientos injustos, censura, desapariciones, etcétera.

El debate es, por supuesto, parte fundamental de la democracia. Pero, incluso si después de un amplio intercambio de ideas, quien tiene la mayoría toma una decisión contraria a los intereses de la minoría, ésta tiene que acatarla (a menos, insistamos, de que dicha decisión violente alguno de sus derechos fundamentales, en cuyo caso, la minoría tendrá la razón pues la mayoría no está siendo democrática). Lo anterior no conlleva que la minoría no pueda quejarse, reclamar, recurrir a las instancias legales que puedan ayudarle en su lucha contra la decisión que no respalda, etcétera. No obstante, si los recursos que la ley provee se agotan y la mayoría logra sostener su decisión, la minoría está obligada a respetarla. Si se rehúsa a ello, o inclusive llega al punto de evitar que la decisión en sí sea tomada, no sólo no es democrática sino que se le puede acusar de rebelión.

El PRD, como decíamos, no parece entender lo anterior o, si lo entiende, sólo se compromete con ello cuando le conviene. Consideramos que lo que ocurre es lo segundo pues, por ejemplo, en la Ciudad de México, donde los perredistas son mayoría, han aprobado varias leyes muy polémicas, las cuales, incluso, son consideradas como nefastas por algunas minorías. Pero nefastas o no, resulta que el PRD tiene la facultad de implementarlas: para eso es mayoría.

¿La despenalización del aborto en el D.F. fue producto de un “mayoriteo” del PRD? ¿La ley de protección de los no fumadores también? No. Lo que sucedió es que los perredistas controlan la Asamblea Legislativa y, por lo tanto, aprobaron las leyes en cuestión –con toda justicia y con todas las de la ley– a pesar de que hay grupos que se les oponen vehementemente. Y sí, estos grupos se quejaron –en los medios, en la Asamblea misma, en las calles, etcétera–. Y sí también, el PRD los escuchó. Pero luego los ignoró, es decir, no tomó en cuenta sus reclamos. ¿Por qué? Porque la democracia no es consenso.

Amigo lector, imagínese Usted los alaridos del PRD si PROVIDA hubiera enviado un ejército de Cristeritas a rodear la Asamblea Legislativa para evitar la aprobación de la despenalización del aborto. O si, con relación a esta misma medida, diputados del PAN hubieran clausurado la tribuna de dicha Asamblea para evitar que el PRD “mayoriteara”. ¿Qué habrían dicho ciertos periódicos, ciertos periodistas y, por supuesto, los perredistas mismos? Por lo menos, seguro que habrían acusado a PROVIDA de fascista. Igualmente, habrían dicho que el PAN no entiende que, en el D.F., no es la mayoría. Claro, también habrían argumentado que, como ya comentamos, la democracia no es consenso.

miércoles, abril 09, 2008

"El América: lamentable"

(Publicado en "Excélsior," el día 9 de abril de 2008)

Armando Román Zozaya

El día de hoy, querido amigo lector, haré algo poco común para un editorialista: dejaré de lado la política y la economía para tratar un tema que, si bien es cierto que no es tan importante como la elección del PRD o el recién anunciado programa de política social “Vivir Mejor,” sí constituye parte fundamental de la vida de nuestro país: el fútbol. En concreto, hablaré de uno de los equipos más importantes de la liga mexicana: el América.

Quiero dejar claro que me gusta el fútbol, que soy aficionado de toda la vida, que lo he practicado desde siempre y que mi equipo es, precisamente, las Águilas del América. Soy americanista porque, desde que me acuerdo, mi familia lo es. Se dirá que soy un borrego, pero, ¿quién decide racionalmente a qué equipo seguir? Asimismo, ¿cuántas personas no odian al América nada más porque otros millones de individuos también lo hacen? En esto del fútbol, las más de las veces, la racionalidad sale sobrando.

Ahora bien, como es bien sabido en el medio, la actual temporada ha sido la peor en la historia del Club América: el equipo nunca había estado en el último lugar de la tabla general por tanto tiempo. De hecho, el América es un equipo importante y, si bien es verdad que no gana el campeonato tan seguido como su nómina y su infraestructura lo exigen, también lo es que incluso sus detractores consideran que se trata de un actor relevante que debe estar siempre en los primeros planos (y usualmente lo está). Por eso, duele, y mucho, lo que está ocurriendo.

Duele, sí, pero no sorprende: está claro que, en los últimos años, la directiva del equipo no ha funcionado. Esto conlleva, necesariamente, que al dueño del mismo, quien lo es también de una importante televisora, o no le importa lo que está ocurriendo, o sí le importa pero no sabe qué hacer, o sí le importa pero lo que ha hecho para remediarlo no ha servido. Y es que si el presidente del Club no está rindiendo, el propietario tendría que tomar cartas en el asunto; si no las toma –como todo indica que ha venido sucediendo– entonces él es el responsable último de lo que está pasando.

En todo caso, lo que es evidente es que, como ya decía, quienes están a cargo del América han hecho mal las cosas: ¿por qué removieron de la dirección técnica a Daniel “Ruso” Brailovsky para poner en su lugar a un técnico que llevaba 14 partidos de liga seguidos sin ganar? ¿Por qué tardaron tanto en contratar a alguien que supliera al lesionado “Pocho” Insúa? ¿Por qué contratan “refuerzos” cuyo nivel es lamentable y/o, incluso, no están en condiciones físicas óptimas? ¿Por qué permiten que ciertos jugadores que dejan mucho que desear sigan siendo parte del Club? ¿Por qué, y esto es realmente absurdo, han corrido o dejado ir a jugadores que se cansaron de demostrar que ellos sí rinden, que sí se ponen la camiseta y que sí entienden para qué se les paga como, por ejemplo, “Gansito” Padilla, Kléber y “Piojo” López?

No todo es responsabilidad de los dirigentes, por supuesto: varios de los miembros del equipo no tienen lo que se requiere ya no digamos para jugar en un Club importante sino para estar en la primera división. Por ejemplo, ¿alguien podría enseñarle al “Gringo” Castro cómo se pasa el balón? (Es que nada más lo patea; no lo pasa). ¿Alguien podría explicarle a los defensas cómo marcar a los delanteros contrarios? Pero aquí volvemos al origen del problema: si no hay buenos jugadores, los directivos tienen la responsabilidad de solventar la situación: hay que saber contratar y, especialmente, desarrollar cuadros propios, cosas que antes se hacían bien pero ahora no.

Para quienes queremos al equipo es en verdad triste, pues, lo que pasa en América. Para quienes lo detestan seguramente que no, pero incluso ellos no negarán que, sin un buen América, la liga pierde sabor. Es más, si las Águilas no vuelan, el fútbol mexicano sale perdiendo. Así, esperemos que, para la temporada que viene, el dueño del Club ya ponga orden. Mientras tanto, y por siempre, ¡arriba el América!

miércoles, marzo 26, 2008

"El Mesías (victimario) y sus apóstoles"

(Publicado en "Excélsior," el 26 de marzo de 2008)

Si no fuera porque se trata de algo muy serio, la situación sería de risa: quienes en julio de 2006 se presentaron como la izquierda y respaldaron a un candidato que se creía el Mesías, le acaban de dar, junto con éste, una puñalada –una más, pues– a la izquierda mexicana. Y dado que sin izquierda no hay progreso duradero y relativamente equitativo –ahí está la Historia para respaldar mi argumento–, dicha puñalada ha puesto en jaque no nada más a la izquierda sino a México mismo.

Parece una paradoja: el Mesías y sus apóstoles convertidos en victimarios. Pero no lo es: desde siempre fue evidente que el señor López Obrador es un peligro. Sólo sus fanáticos, quienes estaban con él porque sentían que los conduciría al poder y, por supuesto, muchos ciudadanos que, de buena fe, creyeron sus palabras, pensaban –o por lo menos decían– que AMLO no representaba un riesgo, que no es verdad que considera que está por encima de todo, que sí es un demócrata.

Pero el tiempo a todos pone en su lugar: Obrador no reconoció su derrota, inventó un fraude, descalificó al IFE, al Tribunal Electoral, a miles de funcionarios de casilla, tomó las calles de la Ciudad de México y se proclamó Presidente: el PRD le apoyó. A medida que hacía todo esto, AMLO dilapidó gran parte de su capital político. Sí, ese capital que debería haber utilizado para negociar con el Presidente Calderón ciertas políticas y posiciones que habrían garantizado que la izquierda institucionalizada estuviera representada en los más altos niveles del gobierno. No obstante, como Obrador optó por radicalizarse, cada vez más gente dejó de creer en él, en el PRD y en todo lo que es etiquetado como izquierda: menudo favor le ha hecho al país este Mesías. Eso sí: algunos individuos todavía lo siguen, pero son relativamente pocos: ¿dónde quedaron los millones de votos que alcanzó el PRD gracias a AMLO? ¿Dónde están los ciudadanos que confiaron en él y que, ahora, se arrepienten de haberlo hecho?

Por si eso no fuera suficiente, Obrador y el PRD, como ya decíamos, le acaban de dar un golpe más –tal vez letal– a la izquierda mexicana: como era de esperarse, AMLO quebrantó los acuerdos de su propio partido. Así, apoyó directamente –y vía sus huestes– a Alejandro Encinas con el fin de que éste sea presidente del PRD. Evidentemente, el respaldo de López Obrador a Encinas provocó crispación y contribuyó a que la elección perredista resultara en lo que ya todos conocemos. Claro, no todo fue culpa de Obrador: tanto encinistas (amloistas) como orteguistas hicieron de las suyas. Sin embargo, dado el peso de AMLO dentro del perredismo, sus acciones y las de sus seguidores –antes, durante y después de las elecciones del partido– tuvieron repercusiones importantes.

Y ahora, obvio, vendrán las descalificaciones y amenazas en contra de los chuchos: “le están haciendo el juego a la derecha,” “se trata de un complot,” “son unos traidores,” etcétera. Mientras tanto, la ciudadanía observa que quienes se decían democráticos y víctimas de un fraude –porque recordemos que Jesús Ortega y los suyos también sostienen que hubo fraude en 2006–, quienes exigían un recuento voto por voto, quienes descalificaron al árbitro electoral, etcétera, ahora se acusan entre ellos mismos de prácticas deleznables, le reclaman a su propio árbitro, etcétera.

¿Qué habría ocurrido en la elección del PRD si López Obrador se hubiera mantenido al margen? ¿Qué pasaría ahora si AMLO dijera públicamente que es necesario repetirla? ¿Qué tal si se disculpara ante la militancia del partido y ante los ciudadanos porque, al menos parcialmente, por su culpa y la de sus seguidores, la elección no sirvió de nada? Pero no, por supuesto que no: hasta los Mesías anhelan el dinero de los partidos políticos.

Pobre México: si esa es la izquierda –porque en esto de la elección perredista, insistimos, no sólo AMLO es el responsable–, ese es el Mesías, esos son sus apóstoles y todos ellos pretenden salvar al pueblo, mejor vayámonos confesando.

miércoles, marzo 12, 2008

"México: conversaciones en el vacío"

(Publicado en "Excélsior," el 12 de marzo de 2008)

Armando Román Zozaya

No sabemos dialogar. El problema se origina en el hecho de que no escuchamos. Tampoco tenemos habilidad para expresar nuestras ideas. Esto resulta en que, en las contadas ocasiones en que alguien presenta un argumento, no lo asimilamos ni, si así lo deseamos, somos capaces de rebatirlo. De hecho, en vez de argumentar, marchamos en la calle; en vez de intercambiar puntos de vista, tomamos la tribuna del Congreso.

Por ejemplo, cuando alguien destaca que López Obrador no es un demócrata, sus seguidores son incapaces de defenderle coherente y sensatamente. Así, en lugar de discutir sobre el tema en cuestión, se limitan a decir que el PRI y el PAN son unos ladrones y usurpadores. Más allá de si esto es cierto o no, no es lo que se está debatiendo, no es sobre lo que se está hablando.

Otro ejemplo: si a un lopezobradorista usted le dice que la administración del Gobierno del DF que encabezó el señor López Obrador debería ser investigada porque hay sospechas de que se dieron malos manejos, obtendrá esta respuesta: “Malos manejos los hay en todos lados”. No, el asunto no va por ahí: si los seguidores de López Obrador asimilaran lo que se les dice, se darían cuenta de que deberían rebatir, con argumentos y evidencias, las críticas que a él se le hacen, es decir, no sosteniendo que, si AMLO deja mucho que desear, no importa porque todo el mundo es igual: ¿qué clase de “argumento” es ése?

También ocurre que, si resaltamos que la izquierda de este país es patética, nadie se molesta en conversar sobre ello sino que se nos grita que la derecha está igual. El punto no es que hablar de la derecha sea irrelevante sino que, de nuevo, sobre eso no se está planteando la discusión. Insisto: no sabemos conversar. Es más, nos concentramos, no en lo que alguien nos dice, sino en lo que no nos dijo.

Lo mismo vale para el PAN y la defensa que está haciendo del actual secretario de Gobernación. Repasemos la situación: al señor Mouriño se le acusa de haber firmado ciertos contratos en circunstancias que, por lo menos, dejan ver su falta de ética. Sí, suena duro, pero, ¿ahora resulta que porque el secretario Mouriño ya no era apoderado legal de las empresas de su familia cuando firmó los contratos en cuestión entonces no había ningún conflicto de intereses en su actuación? ¿Acaso ignoraba de quién eran las empresas contratadas?

Lo hecho por Juan Camilo Mouriño es penoso, sobre todo porque él es parte fundamental del gabinete de un Presidente que se ha presentado como de “manos limpias”, que respalda el Estado de derecho y cree en la ley. De hecho, así como López Obrador debía haber renunciado a la Jefatura de Gobierno del DF cuando se destapó el bejaranazo-ahumadazo, ahora el señor Mouriño tendría que separarse de su cargo, apoyar una investigación seria de lo ocurrido y, si sale bien librado, regresar a su posición. Y, si no, pagar las consecuencias.

Pero no, por supuesto que no: ¿qué respondieron el PAN y el secretario Mouriño ante las acusaciones del PRD? Que “malos manejos los hay en todos lados”. Por ello, Germán Martínez, presidente del PAN, declaró que, si se investigaba al secretario de Gobernación, también había que investigar a toda una serie de perredistas. Por si eso fuera poco, el propio señor Mouriño comentó, en un primer momento, que había dejado grandes negocios para servir en la administración pública, es decir, para servir a la patria. Después aclaró lo ya apuntado: cuando firmó los contratos, no era más el apoderado legal de las empresas de su familia.

En fin: no discutimos, no conversamos y no escuchamos; nada más atacamos y “dialogamos” en el vacío. Y ni qué decir de la tonadita de que “si yo soy un mal funcionario, otros también lo son”, “si yo no tengo ética, sobran quienes son como yo” y “si rompí la ley, no importa: todos lo hacen”. De seguir por esta ruta, nuestro futuro es nebuloso. Eso sí, cuando el día de mañana nuestros hijos nos lo reclamen, seguramente les vamos a responder que “malos manejos los hay en todos lados,” ¿verdad?

miércoles, febrero 27, 2008

"PRD: cría cuervos..."

(Publicado en "Excélsior," el día 27 de febrero de 2008)

Países como Alemania, Noruega, Dinamarca y otros similares suelen ser considerados como ejemplos a seguir. En cada uno de ellos, la izquierda ha desempeñado un papel crucial: ninguno sería lo que es sin sus ideas, propuestas y batallas políticas. En otras palabras, no hay nación relativamente equitativa y próspera que no haya contado, y cuente, con una izquierda seria. Por eso es que duele ver lo que es el PRD. Y por eso mismo es que mis dos últimos artículos, y el presente, están dedicados a la izquierda: mi intención es tratar de contribuir, por medio de la palabra y aunque sea sólo marginalmente, a que la izquierda mexicana se refine: urge.

Ahora bien, hace unos días, el senador Navarrete y el diputado Garza, miembros prominentes del PRD, fueron agredidos por integrantes de su propio partido. Según los agresores, Garza y Navarrete, así como cualquier otro individuo que no esté con AMLO, claro está, son unos traidores a la patria. Con gran indignación, el senador y el diputado en cuestión exigieron que la intolerancia, las amenazas, etcétera, terminen. Evidentemente, tienen la razón y todos debemos condenar lo que les ocurrió, pero, señores Navarrete y Garza, ¿qué esperaban? ¿De veras no se habían dado cuenta de que López Obrador y sus huestes encapsulan todo lo malo que podemos encontrar en la izquierda (y en la derecha, claro)? ¿No habían notado que AMLO no dialoga sino que impone, que divide al mundo en los buenos, es decir, los que están con él, y los malditos, o sea, quienes no compartimos sus ideas ni, mucho menos, sus métodos? ¿Ya se les olvidó que cuando una turba linchó a dos policías en Tláhuac y Obrador era el Jefe de Gobierno del D.F. dijo que esa era la justicia del pueblo? ¿No recuerdan que López se registró como candidato al gobierno de la ciudad sin cumplir con los requisitos legales? ¿Han olvidado que mandó al diablo a las instituciones, que creó una presidencia “patito” –la cual ha sido apoyada por Ustedes, por cierto– que acusó de traición a México al IFE, al Tribunal Electoral, etcétera? Y me imagino que mucho menos se acuerdan Ustedes, señor diputado y señor senador, del apoyo que brindaron a AMLO en todas y cada una de sus acciones, sobre todo durante la campaña de 2006 y después del 2 de julio de dicho año. Pero, claro, como Don Andrés olía a presidente…

“Cría cuervos y te sacarán los ojos”. No cabe duda, señores Garza y Navarrete, de que este refrán les viene como anillo al dedo pues Ustedes mismos se echaron la soga al cuello al celebrarle todo a AMLO. Lo peor es que el problema no termina ahí sino que, gracias a irresponsables como Ustedes dos, ahora México tiene que soportar y solventar las ocurrencias del presidente legítimo. Los califico como irresponsables porque siempre ha sido evidente que Obrador es un peligro. Sí, sí lo es. Y no lo digo porque vi un spot del Consejo Coordinador Empresarial; lo sostengo porque el discurso y las acciones de AMLO muestran que está convencido de que, como ya decía, si no se está con él se es un traidor o, por lo menos, un idiota. “Ciudadanos y ciudadanas de buena voluntad:” así suele comenzar López los discursos que da ante sus seguidores. ¿Quiere esto decir que, si uno no le aplaude, no tiene buena voluntad? “Ciudadanos conscientes que aman a México” es la forma en que describe a quienes le apoyan. ¿Si yo no comulgo con él, no soy consciente ni amo a México?

Era tan claro como el agua: López no tolera la oposición, no es demócrata, no respeta nada. Sin embargo, Ustedes, señor senador y señor diputado, junto con millones de personas, lo inflaron y adoraron: en el pecado llevan la penitencia. Y ahora a ver qué hacen, y qué hacemos, para que el legítimo no siga invitando a la insurrección ni vacunando a la población contra todo lo que huela a izquierda pues, de seguir como va, el cuervo que el PRD y Ustedes han criado no sólo se hará de sus ojos; nos los sacará a todos, por lo que no resta más que decir que, con esta izquierda, ¿para qué quieres enemigos, querido México?

miércoles, febrero 13, 2008

"AMLO: Destruyo, ergo existo"

(Publicado en "Excélsior," el día 13 de febrero de 2008)

Armando Román Zozaya

Andrés Manuel López Obrador tiene razón con respecto a algunas cuestiones. Por ejemplo, hace bien en señalar que el Fobaproa deben revisarlo y que los funcionarios públicos ganan demasiado. Sin embargo, su forma de actuar siempre ha dejado mucho que desear pues, por mencionar un par de ejemplos, son nocivos su desdén por la legalidad y su obsesión con la nación y los símbolos que la representan (algo esto último que, en otros países, caracteriza a la derecha extrema, por cierto). Obviamente, también es muy dañino que, desde julio de 2006, no se ha dedicado sino a destruir. De hecho, parece que él y los suyos anhelan dinamitar a la actual administración, objetivo contraproducente tanto para México como para el propio López Obrador: ¿si el gobierno de Calderón cayera, México saldría ileso? ¿Es inteligente no contribuir al debate de manera sensata y, en vez de ello, radicalizarse? ¿Cuántos potenciales votos pierde el PRD día a día gracias a las acciones de López Obrador? ¿Y si eventualmente formara éste su propio partido, quién votará por él? ¿Tiene futuro una opción así?

O no se da cuenta o no le importa, pero AMLO daña a su partido, al país y a su propia imagen al andar inventando, por ejemplo, que el petróleo se va a privatizar; ya hasta Cuauhtémoc Cárdenas ha dicho que nadie ha planteado eso. De la misma manera, es mentira que los nuevos consejeros del IFE responden al PRI y al PAN: el PRD tomó parte en las negociaciones y en la decisión final. Igualmente, ante la debilidad de las policías locales —o su colusión con el crimen organizado— y el tremendo poder de la delincuencia, no es adecuado exigir que el Ejército salga de las calles: es verdad que no es ideal que las Fuerzas Armadas combatan frontalmente a todo tipo de criminales, pero, ¿qué hacemos? ¿Dejamos al país a merced de las mafias?

Mentir, destruir y, luego, supuestamente, capitalizar: ¡vaya estrategia! ¿Y con qué fin? Para uno asumiría hacerse del poder y construir un México mejor. Pero vamos a ver: ¿quiénes van a darnos ese México? ¿Los xenófobos, ultranacionalistas, machistas, sectarios y autoritarios que, junto con AMLO, se dicen progresistas aunque todos los días dejan ver su conservadurismo? ¿Esos que dicen oponerse a los abusos del poder, pero se han quedado callados ante el predialazo ocurrido en el DF? ¿Aquellos que “defienden” a los pobres, mas en vez de tratar de mejorar sustancialmente el transporte público de la Ciudad de México erigieron segundos pisos que son del agrado de la clase media y la alta?

Tener razón con respecto a algunas cosas no basta para asumirse como el salvador de la patria. Además, en todo caso, esta patria nuestra no necesita un redentor sino que todos los mexicanos trabajemos a favor de ella. No entender esto constituye —desde siempre— el error fundamental de AMLO y sus seguidores. De igual forma, nada justifica reventarlo todo: la democracia exige saber perder y saber ganar; y el que se enoja no sólo pierde las elecciones sino que, además, le provoca pérdidas al país. La democracia exige asimismo respetar las decisiones de la mayoría (siempre y cuando éstas no violenten los derechos de las minorías, claro está).

Don Andrés y compañía: Ustedes no son la mayoría; tienen que respetar las decisiones de quienes lo son. Evidentemente, se espera que debatan, negocien, etcétera, y ojalá lo hicieran seriamente, pero no pueden imponer ni aplastar. No lo pueden hacer porque, aunque fueran mayoría, en una democracia nadie impone ni aplasta. De esta manera, si realmente son demócratas, ha llegado la hora de demostrarlo: ¡no cometan el error de 2006! ¡Así, por favor, evidencien que estoy equivocado y déjenme en ridículo, es decir, den muestras de que a ustedes sí les importa México, que no quieren el poder a cualquier precio, que no son mentirosos, que no están apostando a que al presidente Calderón, y al país, les vaya mal ni que, mucho menos, están buscando que ello ocurra! ¡Por favor, ya basta, pues, de “destruyo, ergo existo”!

miércoles, enero 30, 2008

"Nuestas dos izquierdas"

(Publicado en "Excélsior," el día 30 de enero de 2008)

Al día de hoy, definir izquierda y derecha es complicado; el contenido de cada categoría ha cambiado a lo largo del tiempo (de hecho, está en constante transformación). Además, cualquiera se autodenomina de derecha o de izquierda sin siquiera comprenderlas cabalmente. De esta manera, cuando hablamos de la “izquierda” mexicana, no es evidente a qué y a quiénes nos referimos: ¿el EZLN, el EPR, López Obrador, el PRD, el FAP, una parte del PRI, tal vez incluso una facción del PAN, la APPO?

Dado lo anterior, el mejor método para dar con nuestra izquierda consiste en tomarles la palabra a quienes se autodefinen como parte de ella. Así, por lo menos, el PRD, el EPR, el FAP, López Obrador y su gobierno “legítimo,” así como el EZLN, entre otros, constituyen la izquierda mexicana. Esto no implica que todos ellos sean iguales: hay de izquierdas a izquierdas; no es lo mismo el EPR que el PRD, por ejemplo. Pero con todo y la variedad, es posible agrupar a la izquierda del país en dos bloques: la izquierda inteligente y la izquierda chueca.

La izquierda chueca está compuesta por grupos autodenominados de izquierda que, con distintos grados de compromiso, se identifican con las siguientes ideas:

- El capitalismo resulta en desigualdad, la cual es indeseable. De esta manera, mientras tal sistema impere, el mundo no mejorará: hay que aniquilarlo incluso si, para lograrlo, alguien debe morir o es necesario dinamitar ductos de PEMEX.

- La economía de mercado es útil, pero es indispensable que el Estado regule y/o actúe directamente en sectores clave: el energético, las telecomunicaciones y otros. La inversión privada no debe participar en estas áreas...mucho menos si es extranjera. De hecho, la inversión privada es de cuidado: por definición, los empresarios se de dedican a ver cómo “joden” a la mayoría de los mexicanos; los ricos son maliciosos.

- El Presidente de la República es lo máximo: todo puede ser, y debe ser, resuelto por él. Es verdad que hay diputados, senadores, cortes, gobiernos locales y una sociedad civil, pero la voluntad presidencial es suprema. Por ello, ni una palabra sobre una reforma del Estado que resulte en menos poder para el titular del ejecutivo.

- La izquierda es beatitud, la alegría misma. Por lo tanto, a menos de que uno sea imbécil, tendría que ser de izquierda. Y si no se es imbécil y tampoco de izquierda, entonces se es un traidor a la patria.

- La democracia que conocemos –cada persona un voto– no es genuina. De hecho, es un invento del que el factor capital se sirve para perpetuarse; por ello va de la mano de la economía de mercado. La democracia de verdad es la que se ejercía en el México precolombino y de la cual, afortunadamente, los indígenas de Chiapas todavía retienen algo: el autogobierno por medio de los ancianos, el cual resulta en comunidades paradisiacas en las que las mujeres viven felices, no hay cacicazgos, no hay abusos, etcétera.

- La democracia mexicana marchaba bien. Lástima, pues, que miles de funcionarios de casilla, el IFE, el expresidente Fox, el PAN y el Tribunal Electoral, entre otros, cometieron un descomunal fraude en 2006. Desde entonces, la democracia tendrá validez únicamente si López Obrador gana los comicios de 2012. Y si alguien dentro de la izquierda se atreve a reconocer al “espurio” –y “fascista”– que nos gobierna, se trata, sin duda, de un traidor que se merece lo peor.

La izquierda inteligente es la que cree en los votos, en la ley y en la política. Es la que sabe que la prosperidad que disfrutan naciones como Reino Unido, Francia, Alemania, Finlandia, Suecia y Noruega es producto, precisamente, de una izquierda que supo trabajar dentro de las instituciones, que entendió que el mercado es positivo y, sacando provecho de la democracia, negoció para que, incluso cuando no detentaba el poder, se siguieran políticas públicas favorables a quienes menos tenían.

Nos urge una izquierda inteligente: ojalá que, quienes se identifican con ella, den la cara y no se dejen amedrentar por la otra izquierda, la chueca.

miércoles, enero 16, 2008

"México: en doble fila"

(Publicado en "Excélsior," el 16 de enero de 2008)

Armando Román Zozaya

En todo México, una gran cantidad de personas estaciona sus autos en doble fila. No les importa que el tráfico empeore, que aumente la contaminación ambiental, que todos lleguemos tarde a nuestros destinos, que haya quienes no puedan mover sus coches, etcétera; lo que les interesa es que se haga su voluntad. Pero más allá de los problemas directamente provocados por quienes recurren a la doble fila, el hecho en sí mismo es reflejo de que, en general, siempre estamos estacionados de tal manera.

Y es que en doble fila está el que es bien “chingón” porque evade impuestos. O el que se pasó el alto y obligó a otros a frenar violentamente. O el que es “aviador”. O el que insiste en que le robaron la elección y, por lo tanto, se hace llamar “Presidente legítimo”. O el que cree que los comicios de 2006 estuvieron totalmente libres de problema alguno. O el que está convencido de que los partidos políticos mexicanos son auténticos baluartes de la democracia. O el que es diputado pero ni si quiera lee lo que aprueba. O el que “es” de izquierda pero no sabe qué es, precisamente, la izquierda. O el que sí lo sabe y se apega a ella, pero, bajo una perspectiva radical. O el que es de derecha extrema. O el que cree en el mercado sin entender lo que es un mercado. O el que odia a los mercados sin siquiera comprender la diferencia entre éstos y la jungla en que vivimos. O el que considera que los programas gubernamentales son un éxito porque así lo aseguran los spots del gobierno federal. O el que copia en el examen. O el que, en vez de gobernar, pone pistas de hielo. O el que es maestro de primaria pero se dedica a construir casas enfrente del ISSSTE. O el que no sabe nada sobre el TLCAN pero exige renegociarlo. O el que no admite que, si bien el TLCAN ha sido útil, también ha generado problemas. O el que está de acuerdo en que, por “usos y costumbres,” una mujer no pueda encabezar su municipio. O el que considera que el “góber precioso” no violó las garantías individuales de Lydia Cacho. O el que es policía pero se dedica al secuestro y a la extorsión. O el que se refiere a las personas de raza negra como “negritos” (como si ser “negrito” fuera similar a ser “manquito” o “cojito,” es decir, una discapacidad). Y un muy largo etcétera.

Somos, pues, un país en doble fila: de distintas maneras nos estorbamos los unos a los otros. Así, ya sea a propósito y/o por negligencia, es decir, por lo que hacemos y/o dejamos de hacer, nos la pasamos poniéndonos piedras en el camino, metiéndonos el pie. Y por eso no avanzamos sino que permanecemos sumidos en el atraso, el subdesarrollo, la pobreza, la marginación, el clasismo, la corrupción, el machismo y el racismo.

No, no es culpa de los “pinches gringos”. Tampoco de los “gachupines”. Mucho menos es responsabilidad del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional o de las “malditas” trasnacionales: es culpa nuestra. Me refiero a todos y cada uno de nosotros, no nada más a los 70 años de priistas o a los 7 de panistas. De hecho, asumir que el gobierno es el único responsable de lo que somos y hacemos es una posición muy cómoda, sí, pero vacía.

Para dejar de ser un país en doble fila y movernos hacia delante se requiere, entonces, que entendamos que el problema somos nosotros mismos. De igual forma, es importante tener claro que esto no significa que estemos condenados. En consecuencia, no hay que caer en razonamientos como este: “pues así somos, ¿y qué?”.

Sí es posible cambiar. Es más, aunque, evidentemente, nadie es perfecto, no todos los mexicanos se comportan como lo hace el promedio. Incluso hay muchos que sí son cívicos, respetan a los demás y se dedican a lo suyo sin hacerle mal a nadie. Sin embargo, el problema es que nuestra cultura no enfatiza todo esto sino lo opuesto. Por eso nos urge un cambio, el cual es posible –en otros países se ha dejado atrás el racismo, el machismo, se ha consolidado la democracia, etcétera–, pero, tomará mucho tiempo. Por ello, a ver si, de una buena vez, ya vamos empezando.

miércoles, diciembre 19, 2007

"El diputado y el ciudadano"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior," el día 19 de diciembre de 2007)

Para empezar, manifiesto un deseo: ¡quiero ser diputado! Ahora, detallo por qué:

Quiero ser diputado para que, mientras el ingreso familiar promedio de los mexicanos es de 9,000 pesos al mes, el mío sea de más de 70,000.

Quiero ser diputado para que, con el dinero de todos los ciudadanos, me pueda comprar un auto –el que yo quiera– que valga más o menos 250,000 pesos y, en él, trasladarme a visitar a quienes represento (¡no crea Usted, amigo lector, que dicho auto sería para mi uso personal, claro está!).

Quiero ser diputado para que, gracias a los impuestos, disfrute de un seguro médico de lujo (y mi familia también, por supuesto): no vaya yo a terminar como uno de esos millones de mexicanos que ni siquiera tienen acceso a los servicios públicos de salud.

Quiero ser diputado para, con cargo al erario, hacer todo tipo de viajes: ni modo, así lo exigiría mi ardua tarea.

Quiero ser diputado para sólo laborar unos meses al año.

Quiero ser diputado para que mi trabajo consista en votar leyes que ni siquiera habré leído (eso sí: cuando sea senador y me dé cuenta de que la ley que se aprobó cuando era diputado es una basura, promoveré una reforma para cambiarla).

Quiero ser diputado para que, cuando ya esté harto de las críticas que me hacen los periodistas, opinadores, etcétera, impulse una ley que limite la libertad de expresión.

Quiero ser diputado para que, cuando ande borracho y me suba un avión, la azafata no me diga nada y, si lo hace, salga yo en televisión nacional a decir que está loca.

Quiero ser diputado para que, cuando considere que las instituciones autónomas –por ejemplo, el IFE– no están haciendo bien su trabajo, pueda cambiar las leyes y, de esta manera, remover a quienes las encabezan.

Quiero ser diputado para que, si no termino mi trabajo en la fecha que yo mismo me impuse como límite, no pase nada: nadie me llamará la atención ni me exigirá cuentas. Bueno, tal vez uno que otro ciudadano esté molesto con mi desempeño, pero, ¿qué me va a hacer? ¿Cómo me va a penalizar?

Quiero ser diputado para que, cuando deje de serlo, dé el brinco al Senado –por medio de la representación proporcional, obviamente– y, de esta forma, no privar al país de mis valiosos servicios.

Se dirá que mi crítica a los diputados es inútil y, tal vez, injusta: nuestros representantes no son sino un reflejo de lo que somos. De esta manera, todo lo malo que hay en ellos es inevitable: si México es un país “de chocolate” o bananero –lamentablemente, lo es–, ¿por qué esperar que nuestros diputados no lo sean? ¿Por qué anhelar que se comporten como ciudadanos y funcionarios de primer mundo? De hecho, así como entre los legisladores hay quienes en verdad dejan mucho, pero mucho, que desear, lo mismo ocurre entre los académicos, los periodistas, los policías, los funcionarios públicos, etcétera: y es que esto es México.

De acuerdo. Sin embargo, en ese caso, ¿cuándo vamos a progresar? Pongámoslo así: si ni siquiera quienes ocupan cargos de suma importancia son capaces de tratar de cambiar para bien, ¿hacia dónde vamos? ¿Dónde comenzará, entonces, la transformación que nos hace falta?

Aunque los diputados sean mexicanos, su obligación es no comportarse como, precisamente, el mexicano promedio, es decir, tienen que ser responsables, hacer las cosas bien y a tiempo, etcétera. De hecho, la más grande falla de los diputados radica en no saber dejar de ser como los demás para, por esa vía, contribuir a que México camine en la dirección correcta.

Lo anterior no implica que tendríamos que deshacernos de la Cámara de Diputados: además de ser sana y necesaria, la división de poderes coadyuva a solidificar la democracia. Pero justamente por eso es que es urgente levantar la voz ante los abusos de los diputados: a ver para cuándo se empiezan a comportar como deberían.

Ahora bien, la cuestión no termina ahí; los ciudadanos tenemos la responsabilidad de mejorar día con día, de respetarnos mutuamente, etcétera: a final de cuentas, un México mejor es labor de todos.

miércoles, diciembre 05, 2007

"¿Y ahora qué hacemos?"

(Publicado en "Excélsior," México, el día 5 de diciembre de 2007)

Las elecciones celebradas en Puebla hace unas semanas evidencian que la democracia mexicana es inexistente. De otra forma, ¿cómo explicar que el PRI se haya hecho de 26 de 41 diputados, así como de 143 de 217 alcaldías? ¿Acaso los poblanos votaron por el partido de Mario Marín para premiar a éste por la miseria rampante que muchos de ellos sufren? ¿O porque, como Kamel Nacif, creen que Marín es “precioso”?

Los poblanos no votaron por el PRI. De hecho, no votaron: el abstencionismo fue del 60%. De igual manera, el priismo de Puebla continúa con sus prácticas de siempre. Por ejemplo, existen controles corporativos y el ejecutivo propone y dispone; el legislativo no importa. Es más, en todo y para todo, el gobernador es amo y señor de su territorio. Lo peor es que, lo que pasa en Puebla, también ocurre en otros estados, independientemente de qué partido gobierne: ¿qué nos depara el futuro cuando estamos tan lejos de la democracia?

Además de lo anterior, hace unos días, la Suprema Corte de Justicia ratificó que, efectivamente, México no es una democracia; es una jungla: los poderosos siempre ganan. Y es que cuatro ministros estuvieron de acuerdo en que el señor Mario Marín y otros funcionarios públicos de Puebla y de Quintana Roo violaron las garantías individuales de la periodista Lydia Cacho, pero seis consideraron que, en todo caso, lo ocurrido no fue grave. De esta forma, la Corte expidió un certificado de impunidad a favor de todos los acusados.

No hay palabras para expresar los sentimientos provocados por la decisión de la Corte. Lo que sí es obvio es que los pederastas del país, especialmente aquellos vinculados a la red de pedofilia de la que el señor Succar Kuri –amigo de Kamel Nacif– era parte, están felices: si la Suprema Corte considera que las violaciones a las garantías de Cacho no fueron graves, ¿quién se molestará en siquiera investigar el asunto que dio origen a la agresión sufrida por ella, es decir, la existencia de la mencionada red, la cual ha sido documentada por Cacho misma?

Aunado a lo comentado, duele mucho que durante años miles de ciudadanos hayan sido víctimas de extorsión vía telefónica sin que autoridad alguna actuara, pero, tan pronto como algunos diputados fueron los extorsionados, entonces sí se comenzó a hablar de medidas en contra del crimen en cuestión. Lo más triste es que dichas medidas son una burla. Un ejemplo: los legisladores quieren crear un padrón de usuarios de telefonía celular (como si adquirir una identificación apócrifa fuera cosa difícil). Otro ejemplo: la Secretaría de Seguridad Pública del D.F. subió a su página de internet algunos de los números telefónicos utilizados por los extorsionadores; ahora todos sabremos si la llamada en la que se nos dice que tienen secuestrado a uno de nuestros familiares es genuina o si se trata de un secuestro virtual. Pregunta: ¿los delincuentes no dejarán de usar los números que ya son públicos? (No cabe duda de que Joel Ortega y Marcelo Ebrard son geniales, en verdad).

¿Y qué decir de la forma en que fueron removidos los Consejeros del IFE y del mecanismo para elegir a sus sustitutos? Igualmente, ¿cómo no mencionar que la policía del D.F. se dedica al secuestro y a la extorsión? ¿Qué esperar de un gobierno federal que parece más preocupado por autohalagarse que por lo que realmente importa?

Dado que quienes gobiernan, juzgan y legislan dejan mucho que desear, creemos que la respuesta a la pregunta que da título al presente texto es la siguiente: eliminemos la ley pues, de todos modos, ya vivimos en una jungla. La diferencia con la situación actual sería, no obstante, que no tendríamos que pagar los jugosos salarios, aguinaldos, etcétera de las autoridades, jueces y demás. De esta manera, seguiríamos como hasta ahora pero con más pesos en la bolsa, lo que nos daría la oportunidad de que, en lo que nos alcanza el caos –el cual con leyes o sin ellas está a la vuelta de la esquina–, la pasemos un poco mejor. ¿Y después? Pues como hasta hoy en día: ¡sálvese quien pueda!

miércoles, noviembre 21, 2007

"Marcelo: panem et circenses"

(Publicado en "Excélsior," el 21 de noviembre de 2007)

Armando Román Zozaya

Panem et circenses o “pan y circo” es una expresión a la que recurrimos para resaltar que los gobernantes no se ocupan de lo que realmente importa a la par de que, con el fin de que la ciudadanía no se dé cuenta de esto, la proveen con entretenimiento y con algo de alimento. La frase también sirve para enfatizar que a los ciudadanos no les interesa nada relevante y que, mientras se diviertan, todo está bien. Panem et circenses es para mí, pues, una locución que captura lo que está sucediendo en la Ciudad de México. Veamos.

De acuerdo con la Cuarta Encuesta Sobre Inseguridad del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad, en el Distrito Federal al menos 3 de cada 10 personas han sido víctimas de algún crimen. Asimismo, 92% de los delitos quedan sin denunciar o no resultaron en averiguación previa incluso si fueron denunciados. Aunado a ello, 9 de cada 10 capitalinos se sienten inseguros y la confianza de la ciudadanía en la policía local es prácticamente nula.

Además de lo anterior, en Iztapalapa, el agua “potable” llega a muchos hogares sólo una vez a la semana y está plagada de gusanos. Mientras tanto, en las viviendas que se ubican sobre Paseo de las Palmas, se lavan coches y se “barren” banquetas a manguera suelta.

Día con día, los microbuseros ponen en riesgo la vida de millones de personas. De la misma manera, el tráfico está insoportable, situación que es producto de que nadie quiere dejar de usar su auto; el transporte público disponible en la ciudad es pésimo. Paralelamente, si bien la cultura vial de los habitantes del D.F. es alarmantemente pobre, cuestión que agrava el asunto del tráfico, el gobierno no hace todo lo que podría cuando alguien se pasa un alto, conduce a exceso de velocidad, etcétera.

Los franeleros son una pesadilla: hay partes de la ciudad en las que ni siquiera fuera de la propia casa de uno es posible estacionarse sin “dar una lana”. La contaminación ambiental es también una dificultad seria. Igualmente, caminar por las calles de la capital es una odisea: hay que sortear coladeras destapadas, basura, excrementos de perro, banquetas cuarteadas, rampas vehiculares, etcétera. ¿Y, cuando llueve, qué tal se ponen las cosas en la ciudad?

El punto es que si bien la Ciudad de México es bonita y está llena de historia, de color y de vida, así como de capitalinos que trabajan honestamente y se dedican a cuidar de sus familias sin hacerle mal a nadie, también sufre de muchos problemas, los cuales son algunos más importantes que otros, sí, pero que tienen algo en común: se podrían comenzar a solucionar si las autoridades se pusieran a trabajar y todos fuéramos más cívicos. De hecho, estas dos variables van de la mano: si el gobierno hace su tarea, es decir, aplica la ley a la vez que ataca cuestiones tan cruciales como, por ejemplo, la falta y el desperdicio de agua, los ciudadanos entienden que la legalidad se debe respetar y que con el agua no se juega. Al mismo tiempo, si la ciudadanía exige que el marco legal sea respaldado, intenta no violentarlo y demanda que la autoridad solucione los problemas de fondo, ésta tendrá que hacer lo que le corresponde, además de que su labor se vería facilitada.

Pero no, por supuesto que no. ¿A qué se dedica Don Marcelo Ebrard, jefe de gobierno del D.F.? A organizar fiestas de 15 años y desfiles revolucionarios. Eso sí, lo hace muy bien puesto que, por ejemplo, incluso apadrinó a todas las quinceañeras que hace unos meses bailaron en la plancha del zócalo. Se dirá que soy injusto: Ebrard no nada más se dedica a las fiestas. Es verdad: también hace milagros; apareció playas donde la naturaleza no las colocó…¡y ya vienen las pistas de patinaje sobre hielo!

¿Mientras Don Marcelo anda en eso, qué hacen los ciudadanos del D.F.? En su momento, atiborraron las playas artificiales y celebraron a las quinceañeras. Ahora, se preparan para patinar sobre hielo. Además, claro está, en unos años votarán por Ebrard para hacerlo presidente: él sí se preocupa por la calidad de vida de la gente; faltaba más, ¿verdad?

miércoles, noviembre 07, 2007

"FCH: ¿el PAN-gobierno?"

(Publicado en "Excélsior," el 7 de noviembre de 2007)

Armando Román Zozaya

En unas semanas se renovará la dirigencia del PAN. Todo indica que su próximo presidente será Germán Martínez Cázares, quien es uno de los colaboradores –y amigos– más cercanos del actual Presidente de República. Por ello, es posible que, de confirmarse el futuro papel de Martínez, quien mande en el PAN no sea él sino Felipe Calderón.

Dado lo anterior, vale preguntarnos lo siguiente: ¿qué pretenden exactamente el Presidente Calderón y quienes apoyan a Martínez Cázares? La pregunta es pertinente porque, si bien es verdad que no es conveniente que el partido gobernante esté en conflicto con el gobierno, tampoco lo es que el Presidente de la República sea al mismo tiempo su líder indiscutible. De hecho, lo anterior sería un riesgo para el PAN, para el sistema de partidos y para nuestra incipiente democracia: Calderón y su gente podrían terminar por darle vida de nuevo a una forma de hacer las cosas que fue muy nociva para el país: el PRI-gobierno (reeditado como PAN-gobierno).

Si Calderón se convierte en la cabeza del panismo –y dado que en México no hay reelección–, aquellos panistas que quieran continuar su carrera política tendrán que servir al Presidente y no a los mexicanos, lo que no es lo mismo necesariamente. De igual manera, el PAN perdería peso como interlocutor ante la oposición puesto que, en esencia, las ideas del Presidente de la República prevalecerían: lo que piensen los panistas no importaría; lo crucial sería lo que piense el Presidente. Esto puede derivar en que el PAN no se dedique sino a arropar a Calderón, lo que, en una democracia, sobre todo en una en formación, es contraproducente: una cosa es apoyar al titular del Ejecutivo y otra ser su patiño.

Aunado a lo comentado, hay que destacar que, más allá de sus defectos, el PAN ha sido uno de los baluartes del sistema político mexicano: en parte gracias a él, el país logró avances democráticos. Sin embargo, desde que Vicente Fox le impuso su candidatura, ha decrecido, lo que es resultado tanto de tal imposición como de que el poder le ha hecho daño. Por ello, lo que Acción Nacional requiere es replantearse a sí mismo rescatando lo bueno que hay en él. Pero si Martínez Cázares se convierte en su presidente, es muy probable que ocurra lo contrario: ¿de verdad podrá el PAN ser un partido democrático e institucional si Felipe Calderón lo controla vía Germán Martínez?

Otra cuestión relevante es que un PAN desdibujado sería una mala noticia para el sistema de partidos: la señal que se emitiría desde el poder es que, en vez de concluir el tránsito hacia un país de instituciones, hay que darle continuidad al México de los hombres fuertes. Esto puede coadyuvar a que, además de que el PAN se debilite, ningún partido se consolide como tal, lo que de todos modos no sería difícil pues el PRD es y siempre ha sido caudillista, mientras que el PRI todavía no asimila que ya no tiene un jefe máximo. De igual manera, los partidos sabrán que donde hay que negociar es en la Presidencia de la República, lo que le daría incluso más poder a Felipe Calderón. Asimismo, los ciudadanos tendrán claro que, en el México “democrático,” lo más valioso no es la institucionalidad sino la voluntad presidencial. Todo esto provocaría que, en vez de acercarnos a un país de partidos sólidos, institucionales y democráticos, nos alejemos de él.

Sin partidos como los descritos, la democracia mexicana nunca será tal: seguiremos atrapados por grupos que se hacen llamar partidos pero que no se comportan democráticamente y que no se concentran en lo que importa: México. A su vez, esto no ayudará en nada a que desarrollemos la cultura cívica que tanto nos hace falta.

Como ciudadano que soy –aclaro que apartidista–, me inquieta, pues, lo que está ocurriendo en el PAN: podría truncar nuestra evolución democrática y hasta resultar en un retroceso histórico: el retorno del PRI-gobierno, aunque con una etiqueta diferente. De esta manera, no sabe Usted, estimado lector, cuánto deseo estar equivocado; ojalá que así sea.

miércoles, octubre 24, 2007

"Nación sí, Estado no"

(Publicado en "Excélsior," el 24 de octubre de 2007)

Armando Román Zozaya

Habrá quien no esté de acuerdo, pero creo que somos una Nación: entre otras cosas, hablamos el mismo idioma, honramos tradiciones comunes y hasta se podría decir que todos somos guadalupanos. Pero México es Nación no por lo apuntado sino porque, gracias a ello, toma la forma de lo que, en su ya clásico Imagined Communities, Benedict Anderson denomina como “comunidad imaginaria:” México vive en nuestras mentes. Por ello, por ejemplo, cuando estamos en el extranjero y nos topamos con un mexicano, sentimos que encontramos a alguien cercano, alguien que es lo que somos.

Ahora bien, México es Nación pero no es Estado. El asunto es paradójico: la “existencia” de México dentro de cada uno de nosotros debería coadyuvar a que lo fuéramos. Sin embargo, no lo somos. Y es que para ser Estado nos falta concebirnos como ciudadanos y tratarnos como tales los unos a los otros. En términos prácticos, esto significa respetar la ley pues ésta existe para ordenar nuestra convivencia; romperla implica no entender –o no dar un comino al respecto– que en el mundo hay otras personas y que éstas son nuestros iguales. Pero eso no es todo: para que seamos un Estado de verdad es indispensable que la autoridad sustente el marco legal. De hecho, si nuestros distintos gobiernos trabajaran adecuadamente, la gente entendería que la ley importa. Y si la “ciudadanía” comprendiera lo anterior, el trabajo de las autoridades se facilitaría. No obstante, ¡esto es México, señores: a la “goma” con la ley, con el resto de los mortales!

Además de ser una Nación, somos una jungla: vivimos juntos, es decir, compartimos un mismo territorio –y creencias, tradiciones, etcétera– pero no estamos regidos por un orden jurídico válido en todo momento y en todo lugar. Lo anterior no significa que no tengamos un gobierno, que no contemos con leyes para todo, etcétera; lo que quiere decir es que nuestras autoridades no sirven. Por ello, la ley a veces se aplica, a veces no y, frecuentemente, es utilizada para extorsionar. Pero así como el gobierno no funciona, nosotros tampoco hacemos lo que nos corresponde; enfaticémoslo: somos mexicanos, sí, pero no somos ciudadanos. De esta manera, nada nos detiene cuando queremos adueñarnos de una calle o cuando se nos antoja “manosear” a una “vieja” en el Metro. Igualmente, no tenemos consideración por nada ni por nadie cuando nos pasamos los altos, tiramos basura por doquier, le aventamos el coche al “tarado” de junto, evadimos impuestos, desconocemos al Tribunal Electoral, andamos en un Jeep rojo, dinamitamos ductos de PEMEX, etcétera.

Lo peor es que, dado que vivimos en una jungla, lo “racional” es romper la ley: ¿quién quiere ser el único “pendejo” que le paga a Hacienda? De la misma manera, ¿por qué no matar a alguien por una trifulca vial o por un disgusto? De hecho, ya no sorprende que no falte quien, a medio Viaducto, balee a alguien más y siga con su vida como si nada. O quien, en un restaurante, asesine a una mujer embarazada y luego se vaya a dormir. Tampoco extraña que, ante el secuestro de un familiar, uno se vea obligado a conducir las investigaciones que, en los Estados que sí son tales, le corresponden a la policía, como lo tuvo que hacer la madre del empresario Alberto Wallace, plagiado y asesinado hace no mucho tiempo.

De lo comentado surgen algunas, inevitables, preguntas: ¿la violencia que nos agobia está vinculada al crimen organizado y nada más? ¿La forma en que “convivimos” no tiene nada que ver con ella? ¿Acaso no somos responsables de lo que México es? Si nos identificamos como Nación, ¿por qué no nos respetamos mutuamente?

Vale subrayar que la ausencia del Estado importa no sólo por motivos de seguridad y vida cotidiana: sin Estado, las políticas públicas no son efectivas, la economía no crece y los países no avanzan. Así, es porque no somos un Estado que, a pesar de nuestro potencial, sufrimos de pobreza y desigualdad. Pero evidentemente que no hay de qué preocuparse. Total, así somos. Es más: ¡viva México, cabrones!





[1] armando.roman@anahuac.mx

miércoles, octubre 10, 2007

Spots, credibilidad y legitimidad

(Publicado en "Excélsior," el día 10 de octubre de 2007)

Armando Román Zozaya

Todos los días sufrimos los spots que nos dirigen la Presidencia de la República, el Gobierno del Distrito Federal, el Congreso de la Unión y los gobernadores. A toda hora, en cualquier canal de TV y en cualquier estación de radio, nuestros legisladores nos informan que el México que ellos quieren es el que nosotros queremos; ¡faltaba más! De la misma manera, el Presidente Calderón hace acto de presencia cada tres minutos para dejarnos claro que el país está en ruta de ser próspero. Para que no nos quede duda, sus mensajes se complementan con audios y videos en los que un ciudadano le explica a otro la reforma fiscal, la reforma electoral, etcétera. El asunto no termina ahí: Marcelo Ebrard, Enrique Peña y un largo etcétera también se dejan ver cada vez que pueden; no vaya a ser que no nos demos cuenta de lo bien que están trabajando.

¿Por qué tanta publicidad? Porque cuando quienes gobiernan no disfrutan de credibilidad, recurren a la propaganda con el fin de intentar que la gente les crea. De esta manera, no es sorprendente que nuestras autoridades nos agobien con sus repetitivos mensajes: saben, y bien, que sólo muy pocos ciudadanos confían en ellas. Así, desde su perspectiva, es necesario que cada minuto del día nos recuerden que sí trabajan, que sí sirven para algo.

Aclaro que cuando hablo de ausencia de credibilidad no me refiero a un problema que se origine porque, como piensan algunos, Felipe Calderón llegó a Los Pinos gracias a un fraude electoral, o porque, como lo piensan otros, el señor Marcelo Ebrard es una marioneta de cierto presidente “legítimo,” por mencionar un par de circunstancias concretas, no, a lo que me refiero es a que, en México, las autoridades sufren de una falta de credibilidad estructural, la cual es producto de que no disfrutan de legitimidad plena, situación que es resultado de años de falsas promesas, de décadas –tal vez siglos– de corrupción en la esfera pública, de que la ley nunca se ha aplicado adecuadamente, de que, desde siempre, los funcionarios y políticos ganan fortunas mientras que millones de mexicanos no tienen ni qué llevarse a la boca, etcétera. Por eso pocos ciudadanos creen en quienes nos gobiernan, y creen poco. De hecho, la ausencia estructural de legitimidad y de credibilidad es la causante de que no falte quien opine que el señor Calderón es un fraudulento y/o que el señor Ebrard es un títere.

Ahora bien, desde hace unos lustros, mucha de la publicidad política está diseñada para capturar nuestros votos. Pongámoslo así: en los últimos años, mientras que quienes están en el poder se desviven por que alguien les crea algo, aquellos que anhelan gobernar pretenden hacernos pensar que ellos sí harán bien las cosas. Pero en México los ciudadanos no confían ni en el gobierno ni en la oposición. Es más, en nuestro país sólo pocos consideran que la palabra de los políticos tiene valor: ¿cómo esperar lo contrario cuando un día se nos dice que sería muy útil aumentar los impuestos a la gasolina, por lo que hay que hacerlo a la brevedad, para que al día siguiente se anuncie que el aumento se retrazará unos meses? ¿Por qué creerle a quienes hacen nuestras leyes sin leerlas? ¿Por qué confiar en quien nos dijo que si perdía la elección presidencial reconocería su derrota para luego hacer berrinche?

Para que nuestras autoridades gocen de legitimidad y credibilidad, para que nuestros políticos dejen de ser vistos como parásitos y para que los partidos consigan nuestros votos, no es necesario que el Presidente Calderón aparezca en la radio ni que Marcelo Ebrard esté en la tele un minuto sí y el siguiente también. Tampoco se requiere que los legisladores insistan en que sus deseos son los nuestros; basta con que la ciudadanía experimente que hay empleo, que los servicios de salud funcionan, que la inseguridad ya no es un problema, etcétera. En concreto, lo que se necesita es que las autoridades se pongan a trabajar y que lo hagan bien: ese sería su mejor spot; a ver para cuándo, ¿verdad?

miércoles, septiembre 26, 2007

"El seguro candidato a Los Pinos"

Armando Román Zozaya

(Publicado en "Excélsior" el día 26 de septiembre de 2007)

Hace unos días, el Jefe de Gobierno del D.F. anunció que implementará un “seguro de desempleo”. Sin duda, un seguro de tal naturaleza es una buena idea, pero, lo anunciado por Marcelo Ebrard dista de ser un esfuerzo genuino de comenzar a construirlo; se trata más bien de una maniobra política.

Lo que Ebrard desea no es un seguro; es un estipendio mensual –una transferencia– para algunos desempleados. Para calificar como seguro debería ser financiado –aunque sea parcialmente– por medio de las contribuciones de trabajadores y patrones a la Seguridad Social. Además, para beneficiarse de él, el desempleado tendría que haber aportado a ésta por un número mínimo de meses. Igualmente, el asegurado tendría que adquirir una serie de obligaciones a cumplir durante el tiempo que reciba el apoyo. Esto es crucial puesto que, como lo evidencian las reformas hechas en los últimos años a los seguros de desempleo en vigor en los países europeos, del beneficiario se espera que, con la ayuda del gobierno mismo, busque trabajo intensivamente a la par de que, mientras lo encuentra, toma cursos de actualización y capacitación en las áreas de su especialidad o, inclusive, otras. De esta manera, un seguro de desempleo no sólo exige una mensualidad en efectivo sino un mecanismo permanente de financiación y una política laboral plenamente activa: ¿todo esto es parte del plan de Ebrard?

El “seguro” sólo brindará ayuda a quienes hayan perdido su empleo desde que Felipe Calderón es Presidente y demuestren haber cotizado ante el IMSS, es decir, cubrirá a aquellas personas involucradas en el sector formal de la economía –pero no todas; las que trabajaban por honorarios quedarían fuera del programa– y que no sufran de desempleo de muy largo plazo. Por eso, como ya decíamos, se trata de un estipendio para algunos desempleados. Esto es importante porque evidencia que el objetivo no es ayudar a quienes lo requieren sino, de entre ellos, a un grupo específico: el que probablemente siente resentimiento hacia la administración Calderonista. ¿Cómo no pensar que lo que el Jefe de Gobierno anhela es pavimentar su camino a Los Pinos? Claro está que el punto no es que lo anterior no se valga; como buen político, Ebrard ambiciona llegar lejos: lo que molesta es que sea vendido como algo más.

De lo anterior se desprende que el “seguro” no es para quienes, de por sí, están más desprotegidos: a) los que no gozan del privilegio –porque en este país eso es lo que es– de ser parte de una nómina, y b) quienes han estado desempleados por más de 18 meses. Evidentemente, hay quienes a pesar de pertenecer a la economía informal no sólo no requieren de auxilio alguno sino que, además, son millonarios, pero ese no es el caso de muchas de las personas que viven en la informalidad: los limpiaparabrisas, boleros, mendigos, etcétera. ¿Por qué una vendedora de quesadillas no tiene el derecho de recurrir al gobierno del D.F. cuando el negocio vaya muy mal? ¿Por qué un mesero de una fondita no disfrutará del “seguro” si lo corren? ¿Por qué no, como se hace en Europa, se enfatiza la atención a los desempleados de muy largo plazo? ¿Será acaso porque lo que en verdad pretende el gobierno del D.F. es, simplemente, construir una clientela más?

Sí hace falta un seguro de desempleo, pero, tendría que ser nacional: ¿por qué el PRD no busca extender a todo el país la idea de Ebrard? Además, no debería incluir sólo a quienes no tienen trabajo desde que Felipe Calderón es Presidente y habría que garantizar su viabilidad financiera. De la misma manera, sería necesario complementarlo con programas laborales activos así como con apoyos similares al seguro mismo para quienes viven en la informalidad (dejarlos fuera sería discriminarlos. Además, no olvidemos que más de la mitad de la fuerza de trabajo del país labora informalmente y que la gran mayoría lo hace porque, sencillamente, no hay de otra).

En conclusión, lo que se avecina en el D.F. no es un seguro de desempleo sino un seguro candidato a Los Pinos.

miércoles, septiembre 12, 2007

"Reformar a los reformadores"

(Publicado en "Excélsior," el 12 de septiembre de 2007)

Armando Román Zozaya

Todo indica que si el PRI avala que por cada litro de gasolina la ciudadanía pague 35 centavos más, el PAN coadyuvará a materializar uno de los muchos deseos del priismo, es decir, que se vayan los consejeros del IFE. Paralelamente, es obvio que el PRD se lavará las manos con respecto al tema de la gasolina, pero, eso sí, no dejará de asegurase —y lo va a celebrar, obviamente— de que caiga el Consejo General del Instituto: el legítimo será "reivindicado".

Ante tal escenario sólo resta decir que, para variar, nuestra clase política está muy por debajo de lo que México requiere. Y es que las reformas electoral y fiscal son de enorme relevancia para la vida del país, por lo que no deberían ser discutidas en conjunto ni condicionar una a la aprobación de la otra. Pero no, por supuesto que no: "sin reforma electoral no hay fiscal", nos dicen el PRI y el PRD. ¿Y el PAN? "De acuerdo".

Lo peor es que, además de que las negociaciones para alcanzarlas han sido de dar pena, ambas reformas se quedan cortas. Por ejemplo, si bien es necesario que el gobierno se haga de más recursos, gravar la gasolina —más— no es una solución de fondo; lo requerido es que quienes podemos contribuir al fisco lo hagamos, es decir, urge minimizar a la economía informal: ¿qué parte de la reforma fiscal se concentra en esto?

Aunado a lo anterior, es crucial que quienes más ingresos generan paguen más impuestos: la historia de las naciones prósperas evidencia que sólo hasta que los individuos pudientes comenzaron a contribuir al fisco considerablemente fue posible que las masas —gracias a una serie de políticas redistributivas financiadas, precisamente, con las contribuciones de las personas acaudaladas— vieran incrementado su nivel de vida sustancialmente. Al respecto, la CETU era una buena idea, pues significaba que, por fin, quienes más tienen cubrirían los impuestos que el país necesita que paguen. Es más, el hecho mismo de que haya generado tanta oposición de los sectores a los que estaba dirigida demuestra que la CETU sí habría resultado en que éstos aportarían más a la hacienda pública. Sin embargo, el gobierno modificó su propuesta original y optó por gravar las gasolinas, lo que, además de sólo ser un paliativo, como ya lo comentábamos, puede resultar en presiones inflacionarias, cuestión que el mismo gobernador del Banco de México ha enfatizado.

Ahora bien, es verdad que la reforma electoral sí constituye un avance —especialmente en relación con el acceso de los partidos a los medios electrónicos—, sin embargo, nada se ha dicho sobre la posibilidad de que existan candidaturas independientes y poco se ha comentado acerca de qué hacer si, como ya nos ocurrió, enfrentamos una elección muy cerrada. De la misma forma, se dejó de lado la reelección en el Congreso, no se ha detallado con cuántos recursos contarán los partidos, pocas palabras se han vertido sobre cuáles van a ser, en concreto, las sanciones que éstos encararán si se equivocan a la hora de nombrar al Consejo General del IFE o si recurren a prácticas fraudulentas antes, durante y después de las elecciones, etcétera. De hecho, no se ha considerado qué sucederá con aquellos partidos que mandan al diablo a las instituciones.

Eso sí, los consejeros del IFE se van, situación más que inaceptable. No se trata de defender al IFE ciegamente: durante las últimas elecciones incurrió en fallas, pero no abogar por él equivale a emitir un cheque en blanco a favor de los partidos, lo que es sumamente nocivo para la democracia. Además, en todo caso, si hay algo que amerite la remoción de los consejeros, que se proceda por la vía adecuada: el juicio político. Y si no, que se les deje en paz: ¡no permitamos que los partidos hagan y deshagan a placer! De lo contrario, terminaremos por arrepentirnos.

Lástima, pues, que quienes están reformando al país no comprendan la trascendencia de lo que traen entre manos. Asimismo, qué pena que la reforma del Estado no incluya una reforma de los reformadores: he ahí el cambio que más necesitamos.

miércoles, agosto 29, 2007

"El "informe legítimo""

(Publicado en "Excélsior," el 29 de agosto de 2007)

Armando Román Zozaya

Dado que se avecina el 1er informe de gobierno del Presidente Calderón, ¿por qué no pedirle cuentas también al otro “presidente,” es decir, al “legítimo”? La pregunta me parece válida porque tengo algunas dudas respecto a la “gestión” de quien se autoproclamó primer mandatario hace casi un año.

¿No sería bueno que “el legítimo” nos notifique a cuánto ascendieron las pérdidas que causó su plantón sobre Paseo de la Reforma? ¿Cuántas horas-hombre se fueron a la basura por el tráfico? ¿Hasta qué nivel llegó la contaminación? ¿Cuántos empleos se perdieron? ¿Cuánto daño se le hizo a la democracia mexicana?

¿Acaso no le gustaría a Usted, amigo lector, que “el presidente de verdad” nos aclarara por qué y cómo utilizó recursos del DF para sostener el plantón mencionado? Si no se recurrió al erario de la ciudad, ¿se nos podría explicar de dónde salió todo lo que se gastó? De la misma manera, ¿no nos vendría bien saber cuánto dinero público –tanto del gobierno de la Ciudad de México como de los estados gobernados por el PRD– ha sido dedicado a las actividades del “señor presidente”? Si la respuesta es cero, ¿de dónde proviene, entonces, su financiamiento?

Eso no es todo, evidentemente: si “el legítimo” mandó al diablo a las instituciones y se rehúsa a dialogar con el PAN a la par que, al menos pública y categóricamente, su partido no lo ha contradicho al respecto, ¿por qué los senadores, diputados, gobernadores, etcétera, del PRD cobran puntualmente sus dietas? ¿Es compatible el no creer en institución alguna, pero, al mismo tiempo, vivir de ellas? ¿Se vale ocupar un asiento en el Congreso –o una gubernatura– con fines que no son constructivos, es decir, para desde ahí socavar los arreglos institucionales del país? De hecho, si “el señor presidente” y el PRD no desean trabajar con el PAN, ¿por qué se dedican a la política, actividad que exige negociación, acuerdos y tolerancia?

En el último año, ¿el “presidente” López Obrador nada más se ha dedicado a encabezar a la nación o también a su partido? Lo pregunto porque no me queda claro que el señor Cota Montaño de verdad pese en el PRD. De igual forma, tampoco estoy convencido de que los resolutivos adoptados en el pasado congreso perredista hayan respondido única y exclusivamente a los deseos y anhelos de los delegados que en él participaron: ¿dio línea “el legítimo”?

Así como son necesarias algunas precisiones respecto a lo que “el presidente” ha hecho en los pasados meses, otras más lo son con relación a su discurso: ¿por qué constantemente se refiere a dos tipos de mexicanos: los que tienen buena voluntad y los que no? ¿Qué quiere decir con eso de que “ni una palabra con el espurio”? ¿En serio piensa que si él no dialoga con el Presidente Calderón entonces éste no es legítimo? ¿López Obrador de verdad cree que él, y sólo él, puede brindar legitimidad? Además de lo anterior, ¿nos podría explicar “nuestro presidente” qué quiere decir con que se considera juarista? ¿Entiende AMLO que Juárez creía fervientemente en el liberalismo y que éste no es compatible con las doctrinas de la izquierda? Es más, ¿comprende qué es el liberalismo? Asimismo, ¿tiene claro que Don Benito era más liberal que algunos de los personajes de la actualidad que, de acuerdo con el PRD, son unos “malditos neoliberales”?

¿Por qué “el señor presidente legítimo” de repente sale con que Felipe Calderón encabeza un gobierno fascista? ¿Tendrá idea de lo que está diciendo? ¿Sabrá qué es el fascismo? ¿No se da cuenta, ya en serio, de que el gobierno mexicano será lo que sea pero, afortunadamente, está muy lejos de ser fascista? Sigamos con esta línea de cuestionamiento: ¿por qué el PRD y Obrador se quejan de que el gobierno federal viola derechos humanos, pero, nunca dicen nada respecto a lo que hace el gobierno cubano? Y si se consideran demócratas, ¿por qué permiten que sus huestes se paseen con fotos de Stalin durante sus manifestaciones?

Ahí están mis dudas; ojalá que “el presidente” rinda un “informe” que las despeje.

miércoles, agosto 15, 2007

"Una izquierda inteligente"

(Publicado en "Excélsior," México, el día 15 de agosto de 2007)

Armando Román Zozaya

Una izquierda inteligente entiende que la mejor forma de organizar la vida económica de una sociedad de masas es por medio del mercado. Asimismo, sabe que éste es un contexto artificial en el que, gracias a diversas reglas respaldadas por la autoridad, los intercambios ocurren voluntariamente, procurando la protección del consumidor y evitando que haya discriminación alguna. De esta manera, una izquierda pensante debería ver con claridad que nuestro país no es –aunque lo pretende– una economía de mercado: la ley es endeble, muchos individuos son discriminados y sufrimos de monopolios. Por esto mismo, una izquierda iluminada no diría que el problema de México es el mercado sino que los mercados ni son de verdad ni son para todos.

Una izquierda sensata comprende que el socialismo no funciona: todas las naciones que en algún momento fueron socialistas se colapsaron; las que han sobrevivido se mantienen bajo dictaduras férreas y se han acercado, precisamente, al mercado (China y Cuba). Aunado a ello, en su momento, la URSS y sus satélites nunca produjeron, ni de cerca, los niveles de bienestar que las economías occidentales sí fueron, y son capaces, de alcanzar.

Una izquierda seria no cuestionará que vivamos en una sociedad donde haya desigualdad de resultados, pero, sí intentará crear (relativa) igualdad de oportunidades. Hablo de “relativa igualdad” porque la igualdad absoluta exige que sacrifiquemos demasiada libertad. Además, en todo caso, es imposible de alcanzar. Ejemplo: si los padres del niño X son académicos y los del niño Z barrenderos, es probable que X tenga una mejor educación que Z, dado el ambiente que prevalece en su hogar, incluso si ambos estudian en la misma escuela: ¿separamos a estos niños de sus familias con el fin de que el Estado los críe y evitar así que X aventaje a Z?

Dado lo anterior, una izquierda inteligente buscará –esté en el poder o no– que la educación y los servicios de salud sean para todos: un gran paso para crear (relativa) igualdad de oportunidades. Esto no implica necesariamente que dichos servicios sean públicos; podrían ser privados y las personas recibir subsidios para acceder a ellos: lo crucial es encontrar la manera de proveer educación y salud de calidad garantizando que todo ciudadano les disfrute. Si ese mecanismo es el mercado, ¡adelante! Y si no pues no: no es una cuestión de ideología sino de pragmatismo.

Una izquierda seria no tolerará ni la discriminación ni los monopolios. Tampoco permitirá que, con base en “usos y costumbres,” un cacique indígena bloquee la libertad económica de otros indígenas. Asimismo, se asegurará de que todo individuo reciba un ingreso mínimo que le garantice cierta autonomía. La izquierda pensante es, entonces, la que comprende que la intervención en los mercados es necesaria, sí, pero no para limitarlos sino para potenciarlos.

Una izquierda respetable es la que acepta la crítica. Asimismo, una izquierda inteligente no alaba un día a José Luis Soberanes –porque cuestionó la actuación de la autoridad en Atenco– para pisotearlo al día siguiente porque consideró que Ernestina Ascencio no fue violada. Una izquierda visionaria no descalifica a quienes protestan contra la legislación que despenaliza el aborto –argumentando que se trata de una ley ya aprobada– a la par que apoya a quienes cuestionan otra ley también ya aprobada: la del ISSSTE. Una izquierda lúcida no justifica los abusos de Hugo Chávez contra un medio de comunicación al mismo tiempo que, si se diera el caso de que el Presidente Calderón criticara a medios afines a la izquierda, le haría pedazos. Una izquierda seria no desarrolla playas artificiales. Tampoco organiza ciclotones y mucho menos se inventa una nueva fecha de aniversario de la Independencia: se pone a trabajar para que el D.F. deje de ser lo que es.

Una izquierda inteligente no se llama, pues, PRD; un país sin izquierda inteligente se llama México. Ojalá que ahora que son tiempos cruciales para el perredismo, el partido haga algo al respecto

miércoles, agosto 01, 2007

"El Estado "viene, viene""

(Publicado en "Excélsior," México, el 1 de agosto de 2007)

Armando Román Zozaya

Es lo de siempre: uno se quiere estacionar y no falta el tipo que, franela en mano, se acerca y dice: “le cuidamos su coche, jefecito”. De hecho, las más de las veces no es posible estacionarse sin que el señor de la franela quite el bote con el que aparta “su” pedazo de calle. Ante mis constantes quejas al respecto, un amigo me comentó: “aquí cada quien constituye su Estado: México es un Estado viene, viene”.

Mi amigo tiene razón: en esencia, el Estado y el típico “viene, viene” funcionan de la misma manera. ¿Por qué? Porque si Usted, amigo lector, no paga impuestos, la autoridad arremeterá contra su persona y/o bienes. Además, le dirá que es importante que pague porque, de otra forma, el gobierno no puede proporcionar servicios, especialmente seguridad pública. Por su parte, el “viene, viene” actúa siguiendo la misma lógica: si Usted no le da “una lana” por “cuidar” su automóvil, “algo” le puede pasar al mismo. Así, resulta que en México el individuo no está expuesto nada más a la fuerza del Estado –como ocurre en los países serios– sino también a la de cualquier hijo de vecino que sabe que puede operar su propio Estado, lo que es producto de la debilidad gubernamental que nos caracteriza: ahí donde la autoridad es endeble, algún “gandalla” sacará provecho.

El Estado y el “viene, viene” son, pues, similares. Asimismo, ambos se parecen a la mafia. Efectivamente, ésta suele surgir –después se involucra en otras actividades– a partir de la “venta” de “protección:” quienes pagan a los mafiosos trabajan, operan sus negocios, etcétera, sin ser molestados; quienes no lo hacen hasta la vida pueden perder. (Evidentemente, todo esto “cortesía” de la mafia misma). Un ejemplo: a Don Massimo Fanucci, el “dueño” del barrio de Nueva York en el que Vito Corleone –el famoso Padrino– creció: quien no le pagaba “tributo” padecía su ira; quien sí lo hacía la evitaba.

Claro está que, aunque parecidos, hay una diferencia clave entre el Estado, la mafia y el “viene, viene:” la legitimidad y la legalidad de aquél pues los mafiosos y el “viene, viene” no operan en el interior de un conjunto de leyes elaboradas –en el mejor de los casos– por un cuerpo que representa a la colectividad; al contrario, violentan la legalidad en todo momento. De esta forma, mafia y “viene, viene” son idénticos y, además de ilegales, no son legítimos

El Estado sí es legítimo. Digámoslo en términos burdos: es el grupo de mafiosos que ha logrado dominar al resto. Por lo tanto, todos se someten a su autoridad. Por eso mismo es que Weber lo definió como “el monopolio legítimo de la violencia en un territorio dado”. Así, es el único que puede cobrar por proveer protección sin que esto caiga fuera de la ley: el marco del Estado es uno de legalidad. Paralelamente, su legitimidad respalda sus acciones coercitivas.

Pero el asunto no termina ahí: en los Estados decentes, el gobierno no actúa contra nadie sin causa legítima, lo cual no ocurre ni con la mafia ni con el “viene, viene”. De esta manera, es verdad que el Estado siempre está ahí, asegurándose de hacer cumplir la ley –bueno, en México no necesariamente, pero, esa es la tarea fundamental de todo Estado–, lo cual es molesto. Sin embargo, se trata de un mal necesario ya que sin Estado no hay libertad: al respaldar las leyes, el Estado nos garantiza una vida libre de atropellos por parte de otros, lo que nos brinda espacio para vivir como deseemos siempre y cuando no afectemos a otras personas (obviamente, hablo de una sociedad en la que las leyes favorecen al individuo).

Por su legitimidad y utilidad, así como por los límites que es posible imponerle, la mejor forma de organizar a una colectividad es a la sombra del Estado. Ojalá, entonces, que algún día logremos deshacernos de los “viene, viene,” es decir, de las mafias que le disputan el poder al Estado mismo. Esto exige un gobierno fuerte, capaz y trabajador, algo que nos vendría muy, pero muy, bien.

"La despedida"

(Publicado en "Diario Monitor," el 1 de agosto de 2007)

Armando Román Zozaya

Después de 17 meses de disfrutar del privilegio de publicar en estas páginas, dejo Diario Monitor para incorporarme a otro proyecto periodístico. Así, quisiera despedirme y expresar los agradecimientos correspondientes, así como desarrollar un breve resumen de los temas que he tratado a lo largo de casi un año y medio de tener el gusto de dirigirme a Usted, amigo lector.
Quiero dar las gracias a Grupo Monitor por haberme abierto las puertas. En particular, tengo una deuda de gratitud con Darío Fritz, antiguo editor de la sección Análisis, pues fue él quien, previa recomendación del profesor Jorge Schiavón –editorialista de Monitor–, decidió que mi incorporación al periódico sería provechosa para el mismo. De la misma manera, doy las gracias, precisamente, a Jorge Schiavón.

Agradezco también al señor José Gutiérrez Vivó pues, aunque nunca me ha compartido su opinión respecto a alguno de mis editoriales, entiendo que si mis contribuciones le hubieran parecido de baja calidad seguro que se habría asegurado de que yo ya no publicara en el periódico.

María Elena López Segura, quien tengo entendido tomó el lugar de Darío cuando éste dejó el diario, le dio continuidad a mi trabajo, cosa que le agradezco. Doy igualmente las gracias a Nallely Rayas Bautista, quien siempre ha mostrado una excelente disposición para ayudarme con la recepción de mis textos, mis frecuentes dudas y preguntas, etcétera.

A Usted, querido lector, le agradezco que dedique un poquito de su tiempo a leerme y que hasta se moleste en escribirme para hacerme comentarios: créame que es una gran satisfacción saber que el trabajo de uno causa reacciones y que invita a la reflexión.

Y ahora un pequeño resumen de los temas tratados en este espacio:

1) Los problemas de México son en gran parte responsabilidad de nosotros mismos. Ya basta de echarle la culpa a los “pinches gringos,” o al contexto internacional, o al pasado, etcétera. Mientras no entendamos que el presente, y el futuro, de nuestro país están en nuestras manos y que nos tenemos que hacer responsables de lo que somos como nación, nunca saldremos adelante.

2) Una de nuestras grandes fallas es que no somos ciudadanos de verdad, es decir, estamos muy lejos de ser cívicos. Por eso no respetamos la ley, tiramos basura en la calle, fumamos donde no se debe, no apagamos el celular cuando estamos en el cine o en un salón de clases, evadimos impuestos, etcétera: para los mexicanos, la legalidad y todo intento de algún tipo de orden es un estorbo. De hecho, detestamos apegarnos a todo sistema que implique hacer las cosas, como se dice coloquialmente, “por la derecha”. Y por eso, en parte, no avanzamos.

3) La pobreza y la marginación que se viven en México son estructurales. Pongámoslo así: los pobres, es decir, la abrumadora mayoría de ellos, no son pobres porque “no le chingan” o por “huevones”. Es más, dé Usted una vuelta, amigo lector, por las calles de la ciudad de México entre las 7 y las 9 de la mañana y fíjese como todo mundo o está trabajando o va al trabajo: la tragedia mexicana está dada por el hecho de que cerca del 96% de la Población Económicamente Activa trabaja, pero, un altísimo porcentaje de ella recibe salarios de miseria. ¿Por qué? Por fallas estructurales, o sea, ausencia de oportunidades genuinas para todos, sólo unos cuantos reciben educación de calidad, deficiente servicios de salud para la mayoría, mercados segmentados y que no funcionan como tales, falta de infraestructura básica, bajísima competitividad a nivel internacional, etcétera.

4) Los problemas estructurales del país no pueden ser solucionados sin la intervención de los gobiernos estatales, municipales y federal. Pero no se trata de cualquier tipo de intervención sino de una eficaz, eficiente y bien planeada: sin autoridades comprometidas con México, decentes, trabajadoras y visionarias, el país no va a ningún lado: a ninguno. Pero eso no es todo: se requiere de empresarios capaces, innovadores y dispuestos a tomar riesgos, de banqueros que no vivan de cobrar comisiones sino de hacer lo que se supone les corresponde, es decir, mover los recursos del país, de sindicatos que no sean unos “gandallas” y, en general, de todos y cada uno de nosotros: incluso dados nuestros problemas actuales, México sería mucho mejor si entendiéramos que debemos respetarnos los unos a los otros.

5) El país adolece de una izquierda francamente nefasta. Asimismo, la derecha deja mucho que desear. En ambos casos, el problema es que no hay visión de Estado ni de futuro: el PRD no piensa más que en sí mismo: una lástima y una vergüenza, en verdad. Y el PAN todavía no entiende a plenitud que, así como está, el país no puede seguir: ¿dónde está la “mano dura” para acabar con los privilegios de sindicatos parásito como el de maestros y el de PEMEX? ¿Dónde están los deseos de “cambio” para impulsar en serio la reforma del Estado? ¿Ahora que el presidente Calderón controlará al PAN nos va a gobernar el PAN-gobierno? ¿Por qué, al parecer, se le dará marcha atrás a la CETU cuando implicaba que, por fin, los ricos de este país comenzarían a financiar los cambios estructurales que México requiere? ¿Hasta cuándo tendrán claro en el PAN que dichos cambios no ocurrirán sino hasta que el Estado logre que los más pudientes paguen impuestos elevados de manera continua (tal y como ha sucedido en otros países)?

En esos 5 puntos he resumido de manera muy concreta las opiniones que he vertido en estas páginas desde marzo de 2006. Espero que hayan sido de utilidad para Usted, amigo lector. Por mi parte, el compartírselas ha sido un gusto y un honor. ¡Hasta pronto

jueves, julio 26, 2007

"El nuevo reglamento vial"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el día 25 de julio de 2006)

Hace unos días entró en vigor el nuevo reglamento vial metropolitano. Al respecto, vale la pena hacer algunos comentarios. Veamos.

Comencemos por lo positivo:

1) Es en verdad prometedor que las autoridades del D.F. y del Edo. de México se hayan puesto de acuerdo para que el reglamento sea válido en toda el área metropolitana. Lo es porque constituye evidencia de que sí es posible encontrar soluciones coordinadas a los problemas que afectan por igual tanto a los habitantes del Distrito como a los de los municipios conurbados. Esperemos que esto no sea sino el comienzo de una nueva forma de gobernar.

2) No cabe duda de que, como en muchos otros terrenos, el ámbito vial reclamaba desde hace tiempo mejores regulaciones. Así, el reglamento es bienvenido.

3) La nueva reglamentación tiene objetivos muy claros: tratar de minimizar el número de accidentes, salvar vidas –tanto de peatones como de automovilistas– y darle orden al caos vial que se sufre todos los días en la ciudad. Por ello, y porque sí sanciona lo que es necesario penalizar –por ejemplo, el estacionarse en doble fila, circular a exceso de velocidad, pararse en los cruces peatonales, manejar bajo los efectos del alcohol, etcétera– me parece que se trata de un reglamento bien pensado, orientado y diseñado.

Ahora vayamos a lo negativo:

1) En México la policía nunca se ha destacado por ser confiable. De hecho, no conozco a persona alguna que no sienta miedo ante la presencia de la “autoridad:” los ciudadanos sabemos muy bien que, en la abrumadora mayoría de los casos, si una patrulla nos detiene seguramente será para extorsionarnos, es decir, lo más probable es que no hayamos hecho nada y, aun así, se nos detenga. Es más, incluso cuando realmente hemos cometido una falta, los policías no nos paran para proceder de acuerdo a la ley sino para pedir para “el refresco”. De esta manera, el nuevo reglamento vial representa un arma de dos filos: es útil y necesario –claro– pero los policías del D.F.-Edo. de México están muy, pero muy, lejos de ser unos auténticos profesionales por lo que, tristemente, las nuevas reglas abrirán la puerta a más corrupción, más abusos, más extorsión, etcétera: con policías que no saben lo que es la honestidad, pero sí conocen muy bien lo que es el “agandalle,” el nuevo reglamento causará más problemas que los que soluciona.

2) El caos vial –agobiante– que reina en la ciudad no se va a terminar gracias a ningún reglamento: el D.F. y su zona metropolitana exigen a gritos un sistema de transporte público de calidad. Mientras éste no exista, el tráfico continuará. De hecho, empeorará. En consecuencia, seguiremos tardándonos horas en llegar a cualquier parte y continuaremos pasando una parte importante de nuestras vidas en nuestros autos o en el micro. Y es que todo mundo quiere andar en coche; sólo aquellos que de veras no pueden no lo hacen. ¿Por qué? Precisamente porque los microbuses son un asco –en todos los sentidos–, el metro está saturado y no llega a todos los lugares a los que debería, los taxis son un riesgo, etcétera: en la Ciudad de México, Naucalpan, Tlalnepantla, etcétera, lo racional es nunca andar en transporte público, nunca, sino en coche, lo que intensifica el tráfico cada vez más.

3) Reglas o no reglas, el problema somos nosotros mismos: no respetamos nada, absolutamente nada. ¿De qué nos va a servir el nuevo reglamento si todo nos “vale madre”? Por ejemplo, hoy circulaba por Insurgentes entre eje 4 y eje 5 cuando un taxista decidió que manejaba yo muy lento e intentó rebasarme por la derecha: el tipo apareció a mi lado y comenzó a acelerar. En eso noté que otro irresponsable, como el taxista mismo, estaba parado en el carril de la derecha haciendo no sé qué. El “futuro” era predecible: o el taxista se me aventaba para intentar evitar pegarle al carro que estaba parado donde no debía o se incrustaba en éste. Afortunadamente para mí, ocurrió lo segundo: el taxi no trató de completar el rebase fuera como fuera sino que se amarró, pero, fue en vano: golpeó con fuerza al coche que estaba ahí “estacionado”. El tripulante de éste bajó a reclamarle al taxista, quien a su vez se quejaba de que el auto golpeado no debía haber estado parado ahí. El punto es que ni el uno ni el otro reconocían que se habían equivocado, que son unos imprudentes y que por personas como ellos es que a veces ocurren tragedias. Dicho sea de paso, el reglamento vial prohíbe el exceso de velocidad y el detenerse en vías como Insurgentes: ¿sirvió de algo? No. Insisto: el problema no son las reglas sino que no sabemos respetarlas; cómo nos cuesta seguir lineamiento alguno, caray. Asimismo, cómo somos egoístas: primero yo y que “chingue a su madre” el mundo.

En conclusión, el reglamento es una estupenda idea, sí, lástima que será aplicado y “respetado” por nosotros, es decir, los mexicanos. A ver, entonces, cómo nos va: mientras no entendamos –me refiero a ciudadanos y autoridades– que la ley existe para hacer más llevadera nuestra interacción diaria y no se trata, de manera alguna, de un estorbo o de una “herramienta” para extorsionar, seguramente que bastante mal: ¡qué vergüenza!

miércoles, julio 18, 2007

"México: entre las grietas"

(Publicado en "Diario Monitor," el día 18 de julio de 2007)

Hace unos días se abrió una enorme grieta en Iztapalapa: un joven perdió la vida y se registraron daños materiales; toda una tragedia. Lo más grave es, no obstante, que esto se podría repetir: hay cientos de puntos de alto riesgo por toda la ciudad. Duele decirlo, pero, me parece que aquí hay espacio para una metáfora: así como el D.F. está lleno de grietas, el país mismo lo está. Veamos.

El primer tema a destacar es el asunto del señor Zhenli Ye Gon, el cual evidencia, de nuevo, que México está agrietado por la corrupción: es más que obvio que los negocios del chino naturalizado mexicano no podían ser sin la complicidad de varias autoridades de diferente nivel. ¿Hasta cuándo entenderemos que un país corrupto no va a ningún lado? ¿Todavía no nos cansamos de hacerle daño a México? Es una pena, en verdad, que todo –absolutamente todo– tenga un precio, que la gente no confíe en la autoridad, que ésta extorsione y sea corrupta, que muchos anden siempre atentos para ver qué o a quién se “chingan,” etcétera: por eso, en parte, no logramos salir adelante; he ahí una grieta profunda, muy profunda.

Pero eso no es todo: el cuento chino que se inventó Ye Gon –que el dinero que se le decomisó era del PAN– es de dar risa. Sin embargo, hay varios mexicanos que piensan que es cierto, lo cual no es causa de hilaridad sino de tristeza: ¡qué afán de vivir atrapados por la estulticia y la teoría de la conspiración! Lo más doloroso es que el señor López Obrador haya incluso declarado que los atentados contra un par de importantes ductos de PEMEX fueron provocados por el gobierno mismo como cortina de humo, es decir, para desviar la atención del asunto Zhenli Ye Gon. Todo esto refleja que nuestro país está fragmentado, agrietado: para muchos, las autoridades no tienen credibilidad alguna. Asimismo, el PRD –particularmente el ala obradorista– nada más piensa en cómo golpear al Presidente Calderón: el destino de México y los mexicanos es lo de menos. ¿A dónde vamos, pues?

Los atentados ya mencionados representan también toda una grieta: si bien es cierto que, afortunadamente, el radicalismo del EPR no está masificado, sí deja claro que hay quienes están tan inconformes con el país que somos que están dispuestos a atentar contra la nación misma y, claro está, a perder la vida en lo que consideran una lucha legítima. Evidentemente, el terrorismo está totalmente fuera de lugar –de hecho, toda ruta que implique el uso de la violencia lo está–; no es el camino para tratar de lograr nuestras metas. Así, no hay más que condenar al EPR, sin embargo, no debemos cerrar los ojos: sí es cierto que México está plagado de injusticias e inequidades y, al menos parcialmente, es por eso que nuestros tejidos social y político están, precisamente, agrietados.

Con relación a lo anterior, vale mencionar que la exacerbada desigualdad de oportunidades es otra de las grietas que dividen a nuestra sociedad. Y es que en México ser familiar o amigo de un político, de un importante empresario o hasta de un intelectual, por citar algunos ejemplos, se ha convertido en garantía de “éxito” en el mercado laboral, lo cual puede resultar tremendamente injusto para quienes, sin tener “conectes” como los mencionados, intentan competir con base únicamente en sus capacidades, habilidades, educación, etcétera. Pero eso, por grave que sea, no es lo peor: lo más lamentable está dado por el hecho de que millones de mexicanos no tienen acceso a viviendas dignas, a educación de calidad, a un servicio de salud de verdad, etcétera, lo que resulta en que vivimos en una colectividad en la que muy pocos, relativamente, tienen oportunidades genuinas de construirse un presente y un futuro mientras que muchos –muchísimos– se ven obligados a subemplearse, a entrarle a la economía informal, etcétera, o de plano a quedarse en el desempleo: un país en el que la desigualdad de oportunidades es brutal es un país agrietado, perforado y débil; eso es México.

Las grietas también alcanzan el terreno político, obviamente. De hecho, ahí empiezan muchos de los problemas que sufrimos. Así, por un lado, el PRD-obradorismo, como ya decíamos, se empeña en no negociar nada con el PAN. Esto ha provocado lo que se perfila como una ruptura dentro del perredismo: en un frente quedarán los que todavía creen en López Obrador y en otro los que no. A partir de ahí, la izquierda (o supuesta izquierda) del país se fragmentará, lo cual representará un costo tanto para la izquierda misma como para México. Por si eso fuera poco, el señor Ebrard continúa sin aceptar que en México hay un único Presidente y que éste se llama Felipe Calderón.

Por otro lado, el PRI va por la vida “cooperando” con el PAN, pero, eso sí, cobrando caro. Esto es culpa, en parte, del PRD: al no querer negociar ni participar en la vida legislativa del país, el perredismo le ha dado un gran peso al priismo. Además de lo anterior, el PRI mismo sigue sin definir el rumbo que seguirá en los siguientes años: ¿alguien sabe qué es lo que quiere Beatriz Paredes? ¿Quién manda realmente en el partido? ¿Los coordinadores de los senadores y diputados? ¿La señora Paredes? ¿Los gobernadores? ¿Al PRI realmente le importa México?

Evidentemente, el PAN también está agrietado: después de un fuerte pulso entre Espino y el Presidente Calderón, éste terminó por derrotar a aquél. Muy bien, ¿ahora qué sigue? ¿Volveremos a los tiempos en los que el partido en el poder hacía todo lo que el Presidente en turno quería? ¿Ha llegado la era del PAN-gobierno?

En fin: grietas, grietas y más grietas; pobre de nuestro México.

miércoles, julio 11, 2007

"El Mesías victimario"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el día 11 de julio de 2007)

López Obrador se ha convertido en una carga para el PRD. De hecho, gracias a él, la izquierda mexicana –la cual está lejos de ser perfecta, pero, por lo menos intenta pensar en dirección de una mayor justicia social– se ha visto mermada y, de seguir así, puede terminar por colapsarse electoralmente hablando. Veamos.

Muchos lo dijimos y repetimos hasta el cansancio: la necedad, mesianismo y espíritu rupturista de López Obrador terminarían por dañar al PRD y a la izquierda. Pero se nos tachó de locos, reaccionarios y hasta de fascistas. Se nos dijo que no entendíamos nada y que López encarnaba la solución a todos nuestros problemas. Es más, él era la alegría misma.

Pero el tiempo es más necio que el propio Obrador y, poco a poco, está acomodando las cosas de acuerdo a lo que era evidente y lógico: el PRD cosechó malos resultados en las elecciones locales que se celebraron en las últimas semanas en distintos puntos del país. Y eso es producto de que la gente está cansada de, por lo menos, la intransigencia, las habladurías, las marchas y tomas de calles de López, así como de los pleitos intestinos inherentes al perredismo –los cuales, en esta ocasión, son asimismo culpa de Obrador: no es casualidad que uno de sus alfiles, Monreal, esté a punto de ser expulsado del partido.

Ahora bien, al día de hoy, el PRD –es decir, gran parte de él– no es un partido de izquierda: es un proyecto nacional-revolucionario que desea que México vuelva a los tiempos del PRI (pero con el perredismo en lugar de éste, claro). Sin embargo, en el espectro político mexicano, se trata de lo más cercano, precisamente, a la izquierda. Así, es una lástima que López esté minando a su propio partido: en un país plagado de desigualdades e injusticias, la izquierda es crucial; hace falta. Esto implica que el PRD tiene que definirse: o concreta su suicidio, es decir, continúa haciendo lo que el “legítimo” desea, o se deshace de él y comienza a transformarse en la izquierda moderna e inteligente que el país exige a gritos.

Al parecer, ocurrirá lo segundo: dentro del propio PRD hay muchos que ya están hartos de la intolerancia y autoritarismo de López Obrador. Pero aquí el perredismo debe tener cuidado: Obrador se ha convertido en un lastre, sí, sin embargo, no debe ser minimizado para poner en su lugar a otro caudillo y nada más. No: lo que el partido requiere es dejar atrás esa tradición caudillista para volverse institucional. Además, es imperativo que produzca ideas serias, que genere debates de nivel y que sus propuestas sean inteligentes y acordes a la realidad nacional e internacional. Dicho sea de paso, sí se puede: ahí está la izquierda británica, remodelada y rediseñada por Tony Blair, Gordon Brown y Anthony Giddens, entre otros.

Pero aquí surge un gran problema: deshacerse de López no será tarea fácil. De hecho, puede resultar muy costoso pues, si Obrador pierde terreno en el PRD, es capaz de crear un partido alternativo, suyo. De esta manera, el perredismo está atrapado en camisa de once varas: si aprueba y respalda las necedades de López Obrador saldrá dañado, es decir, todavía más de lo que ya está. Si las reprueba y se deslinda del “presidente legítimo de México” éste fragmentará al partido y a la izquierda misma. El punto es, entonces, este: pase lo que pase, López ha perjudicado ya al PRD de manera importante.

Además de lo anterior, Obrador le ha hecho daño a la izquierda, es decir, a lo que más se asemeja a ésta en México. Por lo tanto y lamentablemente, también ha lastimado al país: en verdad todo un logro el de este señor; ¡bravo! Y es que si no contamos con una izquierda de verdad nunca saldremos adelante, nunca. Pero el “legítimo” no lo entiende o no le importa, o ambas cosas. Por eso insiste en que la salvación es él, en que no hay que negociar con el “espurio,” en que nada más sus políticas son buenas, en ignorar o aplastar las voces que no concuerdan con sus ideas, etcétera. Esa no es una izquierda seria. Tampoco es serio –de hecho es nocivo para México, como ya señalé– hacerle daño al único partido que, si bien no es plenamente de izquierda, podría adquirir tal característica.

Vaya paradoja: el supuesto Mesías de México resultó ser el victimario de la izquierda misma y, por lo tanto, del país: ¡qué falta nos hace una izquierda de verdad! ¡Y cuánto ha contribuido Obrador a que ésta no exista! Lo peor es que lo logrado en 2006 representaba una oportunidad histórica para el perredismo, para la izquierda y para México: a partir de lo conseguido entonces pudo haber comenzado la construcción de la corriente de izquierda que tanto nos urge.

Los errores del PRD han implicado, pues, que todos hemos salido perdiendo: lástima que, al parecer, los perredistas mismos son los únicos incapaces de comprenderlo. Ojalá, entonces, que dentro de 5 años no nos salgan de nuevo con que el Mesías, ahora sí, ha vuelto: no nos lo merecemos, en verdad que no. Al contrario: esperemos que abran los ojos, se deshagan de López, trabajen para minimizar el costo que esto conllevará y se transformen en una izquierda de verdad: México se los agradecerá.

miércoles, julio 04, 2007

"Argumentos para la izquierda"

(Publicado en "Diario Monitor," el 4 de julio de 2007)

Armando Román Zozaya

Antes que nada, quisiera dejar constancia del dolor que siento por la desaparición de las transmisiones radiofónicas de "Monitor". Para mí, como para muchos otros, el programa del señor Gutiérrez Vivó era referencia obligada. De hecho, recuerdo que hace algunos años, cuando era estudiante de licenciatura, escuchaba a Don José todas las mañanas durante mi trayecto a la universidad. Siempre admiré su valentía, su estilo -el cual a veces era rudo, pero, siempre respetuoso- y su imparcialidad. Por ello mismo es que, eventualmente, me acerqué a "Diario Monitor:" mi alegría fue enorme al enterarme que podría escribir en el periódico. Así, y aunque no tengo el gusto de conocerlo, doy las gracias a José Gutiérrez Vivó por haber permitido que me uniera a su proyecto. Igualmente, le envío un abrazo y mi solidaridad.

Dicho lo anterior, procedo a desarrollar el tema de mi columna del día de hoy.

Nadie que sea medianamente sensato podrá negar que a México le urge cambiar: el país no puede seguir como está. En concreto, la terrible desigualdad de oportunidades que nos aqueja constituye el mayor problema: si los mexicanos no tenemos posibilidades de desarrollar nuestras capacidades, talentos, ideas, etcétera, nunca vamos a salir adelante, es decir, nos quedaremos atascados tanto desde el punto de vista personal como nacional puesto que, si no hay oportunidades, entonces tampoco hay crecimiento económico equilibrado, ni desarrollo, ni libertad individual, etcétera.

Para dejar atrás nuestra situación actual urge redistribuir ingreso y riqueza, tanto en efectivo como en especie, puesto que, si bien México no es un país afluente, tampoco es uno pobre: la pobreza y marginación que sufrimos son producto de que lo que nuestra economía genera está distribuido inadecuadamente: muchos tienen poco y pocos tienen mucho. Pero ojo: no se trata de distribuir con fines paliativos sino productivos: hay que elevar y diversificar el perfil educativo de la población, mejorar su salud y alimentación, vincularla a los mercados por medio de la creación de infraestructura, etcétera. Esa es la redistribución que vale la pena y paga dividendos. Asimismo, es la que menos oposición encuentra: en el mediano-largo plazo nos beneficia a todos.

El redistribuir implica necesariamente que quienes más tienen transfieran parte de lo que poseen a quienes no tienen nada o poco: no hay de otra. Esto conlleva el uso de la coerción: aquí tampoco hay de otra. ¿Por qué? Porque nadie estará dispuesto a ceder parte de su ingreso/riqueza para que sea redistribuido. O tal vez haya disposición a ceder, sí, pero no todo lo que se requiere. De esta manera, el gobierno se tendrá que encargar de ejecutar las transferencias, es decir, se verá obligado a reacaudar impuestos (he aquí lo de la coerción) y reacomodarlos por medio de diferentes políticas/programas.

La acción del gobierno conlleva, sin lugar a dudas, una violación a la libertad de quienes son coercidos: se les dice qué hacer con parte de lo que es suyo y se les deja claro que, si no "cooperan," encararán sanciones severas. Nos encontramos, por lo tanto, ante una paradoja: si distribuimos estaríamos creando oportunidades para quienes menos tienen y, de esta forma, contribuiríamos a que sean libres. Sin embargo, el mero acto de redistribuir significa que estamos coartando, precisamente, la libertad de quienes se ven obligados a entregar una fracción de lo que poseen.

La solución a la paradoja está dada por una jerarquía de derechos: ¿importa más que los ricos/pudientes puedan comer caviar, por poner un ejemplo, o que un niño pobre vaya a la escuela? ¿Qué derecho es más relevante? Aunado a ello, es importante que nos preguntemos lo siguiente: ¿cuál de las dos situaciones anteriores favorece a toda la ciudadanía, es decir, a la colectividad como tal? Además, ¿la actual distribución de ingreso/riqueza es legítima, es decir, responde a un contexto de (relativa) igualdad de oportunidades o es producto de procesos históricos que, por diversos motivos, han favorecido a ciertos grupos y condenado a otros a no estar enganchados a los mercados, a vivir en la pobreza, etcétera?

Puesto así, a mí me parece que, incluso para bien de quienes más tienen (en el mediano-largo plazo les conviene, como ya decía hace unas líneas), lo adecuado es redistribuir riqueza/ingreso incluso si eso conlleva una violación a la libertad de las personas que se ven obligadas a "compartir" lo que es suyo. Paralelamente, es lo justo y lo que se requiere para que dejemos de ser el país que somos.

Los argumentos que he expuesto en este breve texto son -o por lo menos se asemejan a- los que una izquierda de verdad y responsable debería utilizar para exigir los cambios que México necesita. Cualquier otra cosa -por ejemplo, gritar en el zócalo que sólo López Obrador tiene la razón y que nada más sus seguidores son hombres de buena voluntad, tomar las armas y balear a policías y soldados inocentes, hacerse de las calles y bloquearlas, etcétera- no corresponde a una izquierda que realmente se preocupe por nuestro país sino a grupos radicales e intolerantes, los cuales son un riesgo tanto para la democracia como para el desarrollo mismo. A ver, entonces, para cuándo, "izquierda" mexicana.

miércoles, junio 27, 2007

"El valor de la democracia"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el 27 de junio de 2007)

Armando Román Zozaya

¿Qué es la democracia? Generalmente, cuando hablamos de democracia no hablamos de cualquiera; nos referimos implícita o explícitamente a la democracia liberal. Esta forma de organización social está diseñada alrededor de los individuos: las leyes existen para protegerles. Por ello, por ejemplo, el método para elegir a los gobernantes es el voto en elecciones limpias y periódicas: el individuo ejercita su libertad y se asegura de que ésta continúe al decidir quién le gobernará.

No se trata de un orden social perfecto, pero, es el menos malo pues enfatiza ciertos derechos que, en teoría, toda persona valora, por ejemplo, la propiedad privada, la igualdad ante la ley y la oportunidad de participar en las decisiones de la colectividad. Asimismo, en la mayoría de las democracias liberales existen políticas cuyo objetivo es crear un nivel de vida mínimo debajo del cual nadie debe caer. ¿Por qué? Porque sin dicho mínimo es difícil que los individuos puedan ser libres realmente.

Así, la democracia tiene un valor funcional de gran importancia: crea espacios para que el individuo sea. Pero nótese que, por eso mismo, tiene también valor intrínseco, es decir, per se: la democracia importa en sí misma y no nada más por lo que de ella se desprende.
Se dirá que no, que la democracia no funciona y, mucho menos, si es liberal puesto que eso implica que se complementa con una economía de mercado y ésta, necesariamente, genera desigualdades inaceptables. Sin embargo, este argumento, utilizado sobre todo en los países en desarrollo para minar y hasta satanizar cualquier corriente de corte liberal, sufre de una falla severa: confunde el contexto social prevaleciente en dichos países con el mercado. Pero resulta que éste no puede ser sin plena igualdad ante la ley, sin un Estado sólido, sin infraestructura suficiente, etcétera. En otras palabras, un mercado no se parece a lo que el típico país en desarrollo es: no es correcto decir que los mercados no funcionan cuando ni siquiera están en pie de verdad.

Además, en todo caso, por eso precisamente he destacado la importancia de garantizar un mínimo nivel de vida (educación, salud, ingreso, etcétera): si ese mínimo existe, si la ley sí es igual para todos y si se respetan las libertades individuales, lo cual implica, digámoslo explícitamente, evitar la discriminación de cualquier tipo, nos acercaríamos cada vez más a un mundo de igualdad de oportunidades, un mundo equitativo. Esto es lo que han logrado algunos países considerados como desarrollados, por ejemplo, Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca: en estas naciones, el nivel de vida es en verdad muy elevado, lo cual es producto de que las personas encuentran espacios de libertad y de que, al mismo tiempo, en nombre de la colectividad, el gobierno se asegura de que ésta sea efectiva para todo individuo, lo cual se consigue por medio de políticas que redistribuyen riqueza, tanto en efectivo o metálico, así como en especie.

De esta manera, democracia y mercado no sólo son útiles sino necesarios, pero, hay que construirlos, respaldarlos y mantenerlos vigentes: no existen en el vacío ni en automático. Esta labor es urgente en los países en desarrollo, evidentemente. Por ejemplo, en América Latina es común que la ley sea endeble, lo que debilita el mecanismo de mercado. También suele ocurrir que ciertos grupos son discriminados ya sea por el color de su piel, sus hábitos sexuales, etcétera, lo que resulta en inequidades que no deberían existir. Sin embargo, el problema más grave está dado por la tremenda desigualdad de oportunidades, la cual es producto de años –muchos años– en los que, precisamente, la democracia, el mercado y la distribución de riqueza no han sido enfatizados.

Pero así como el mundo en desarrollo tiene mucho por hacer, los países que, supuestamente, ya son desarrollados, tampoco se pueden quedar cruzados de brazos: en todo lugar y en todo momento hay espacio para mejorar las perspectivas del individuo. Por citar un ejemplo, en España e Italia muchos jóvenes no están encontrando las oportunidades laborales que les permitan desplegar su potencial. Así, no es raro que en estos países encontremos a licenciados –y hasta Maestros– que trabajan en call centres, de camareros, de vendedores de discos, etcétera, ocupaciones que son más que dignas –obviamente– pero que no corresponden al perfil educativo que, en promedio, un joven español/italiano ha adquirido. Asimismo, en el Reino Unido la pobreza es todavía severa –aunque en los últimos años se han registrado avances importantes en ese y en otros terrenos. Además, si bien hay empleo para todos, se trata de trabajos de baja remuneración y que ofrecen pocas perspectivas de desarrollo a futuro. Así, también los países avanzados necesitan implementar políticas destinadas a que el mercado funcione, claro, pero que, al mismo tiempo, lo haga a favor de las personas y no en su contra.

En esencia, lo que importa es, pues, que el individuo pueda ser: democracia y mercado representan la mejor ruta para conseguirlo pero, eso sí, no debemos perder de vista que la acción gubernamental –redistribución de riqueza, aplicación de la ley, políticas públicas que enfatizan la creación y sostenimiento del empleo, etcétera– es, sin lugar a dudas, crucial. Es más, sin ella, la democracia, el mercado y el individuo están en riesgo.

miércoles, junio 20, 2007

"Ebrard: reprimir y gobernar"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el 20 de junio de 2007)

Armando Román Zozaya

Marcelo Ebrard dice que su gobierno no reprimirá, o sea, no quitará de las calles a aquellos quienes, abusando de su derecho a manifestarse, toman a nuestra ciudad como rehén y no nos dejan circular, no nos permiten llegar a tiempo a nuestros empleos, etcétera. Vale preguntarnos: ¿es represión remover de las calles a quienes las bloquean? ¿Reprimir es evitar que se construyan bardas, casas, etcétera donde están prohibidas? ¿Por qué cuando grupos que no están vinculados al PRD obstruyen alguna vialidad entonces sí se les retira de la misma? Veamos.

En México no entendemos la diferencia entre reprimir y aplicar la ley. Esto es producto de que la legalidad trabaja selectivamente: en nuestro país no hay, ni nunca ha habido, plena igualdad ante la ley. De esta manera, por ejemplo, el policía sí detiene a quienes circulan sin placas, pero, los vehículos de súper lujo no so detenidos jamás, incluso si andan sin placa alguna. Asimismo, si yo invado un predio la policía me sacará a patadas. Sin embargo, si pertenezco al Frente Popular Francisco Villa, puedo construirme una casita donde quiera.

La aplicación selectiva de la ley resulta en que, cuando a alguien sí se le penaliza, ese alguien se siente “especial:” “¿por qué a mí?” es la pregunta inmediata. “Represión, represión” suele ser la respuesta. Y claro: si a nadie se le obliga a respetar la legalidad, es natural que creamos que es válido hacer lo que nos plazca. Dado lo anterior, pensamos que cualquier acto de gobierno que implique el uso de la fuerza se trata de opresión: si siempre hago X y nunca se me dice nada, entonces ahora que sí se me dice algo se me está reprimiendo. Lo peor es que, históricamente, esa ha sido nuestra realidad: cuando el PRI-gobierno aplicaba la ley, usualmente lo hacía con fines represivos, es decir, no con la intención de cumplir con su trabajo y nada más.

Ahora bien, los gobiernos existen para respaldar y sustentar la ley en todo momento, es decir, no únicamente contra tal o cual grupo, lo cual implica necesariamente el uso de algún mecanismo coercitivo; nadie, o muy pocos, cumplen la ley por gusto. Puede ser que tal mecanismo sea una amenaza creíble. Por ejemplo, se supone que si uno se pasa un alto, y se le atrapa, pagará una multa. También es posible recurrir a la privación de la libertad, claro. Pero el punto es este: las multas y el encarcelamiento dependen en última instancia de la fuerza pública, es decir, de la capacidad del gobierno para extraernos dinero y/o para detenernos: si para ello, sobre todo para detenernos, es necesario perseguirnos o aventarnos gases lacrimógenos, la autoridad está en su derecho de hacerlo. De hecho es su obligación (claro está que, una vez que hemos sido detenidos, nuestra integridad debe ser respetada).

Así, no es verdad que si la policía quita de las calles a quienes las bloquean se les está reprimiendo. Lo que sí es verdad es que, al parecer, el señor Marcelo Ebrard está, por lo menos, confundido: si él cree genuinamente que enviar a los granaderos a que liberen Reforma, por ejemplo, constituye un acto de opresión, entonces no sabe para qué es la fuerza pública. Mucho menos entiende lo que es gobernar y lo que es reprimir. No, Don Marcelo, si usted le pide a la policía que remueva de las vialidades a los de la CNTE no los está reprimiendo; está sustentando la legalidad. Se trataría de represión, eso sí, si ellos se estuvieran manifestando pacíficamente sobre una banqueta o en la plancha del zócalo y la policía los quitara de a gratis.

Pero yo creo que Don Marcelo y el PRD no están confundidos: son, simplemente, unos represores. ¿Por qué? Porque aplican la ley selectivamente, es decir, sólo contra grupos que no son afines al perredismo: mientras que López Obrador bloqueó Reforma por semanas sin que nadie le dijera nada, hace unos días unas personas interrumpieron el tráfico sobre Tlalpan y, ahí sí, los granaderos actuaron. Asimismo, los de la CNTE están construyendo campamentos (de concreto o no) en plena vía pública y la autoridad no hace nada. Pero a Usted, amigo lector, no se le vaya a ocurrir querer remodelar su propia casa porque el gobierno de inmediato se le irá encima para sacarle una lana (de permisos; no piense Usted mal) o clausurar la obra (lo cual, en esencia, no es represión porque para remodelar hay que pagar por un permiso, pero, se convierte en tal –y la aplicación de otras leyes también– cuando se exige unas veces sí y otras no; ese es el problema de fondo). Por cierto, no es sorprendente que Ebrard y el PRD sean unos represores que respaldan la ley de manera selectiva: así lo aprendieron del PRI, partido en el que se enseñaron a “gobernar”.

Tal vez esté siendo demasiado duro: es posible que Ebrard y el PRD no sean unos opresores sino sólo unos incompetentes; en algunas ocasiones aplican la ley y en otras no. Paralelamente, probablemente no es sino casualidad que, cuando lo hacen, se trata de grupos que no son cercanos al PRD y, cuando no, resulta que estamos hablando de movimientos relacionados al partido.

En todo caso, por omisión o a propósito, el punto es que el señor Ebrard no gobierna. Y cómo va a hacerlo si, concediendo que sea sincero, no comprende lo que es aplicar la ley y lo que es reprimir. Lo que sí entiende, y bien, es que el ciclotón y las playas artificiales son una forma de que la ciudadanía se distraiga y no le reclame por no hacer su trabajo.

Para terminar: la aplicación selectiva de la ley constituye una forma de opresión. Así, exijamos a nuestras autoridades que sustenten la legalidad en todo momento: nos hace mucha falta.

miércoles, junio 13, 2007

"Una derecha inteligente"

(Publicado en "Diario Monitor," el 13 de junio de 2007)

Armando Román Zozaya

En mi editorial de la semana pasada detallé las características de la izquierda inteligente. Hoy toca el turno a la derecha. Veamos.

La derecha pensante valora los mercados, sí, pero entiende que darles prioridad no significa empequeñecer al Estado: los mercados no pueden funcionar, mucho menos ser, si el gobierno no los sustenta y respalda. En concreto, se requieren comisiones reguladoras con poderes amplios para sancionar a aquellos que pretendan fijar precios, desarrollar prácticas monopólicas, etcétera. Asimismo, las autoridades tienen que hacer valer la propiedad privada, los pesos, las medidas y los contratos. Además, deben asegurarse de que no falte la infraestructura necesaria para que las personas se enganchen a los mercados mismos.

Aunado a lo anterior, una derecha despierta es la que cree que está bien que a una persona le vaya mejor que a otra, pero, al mismo tiempo, comprende la relevancia de un contexto de (relativa) igualdad de oportunidades: que el individuo A gane más que B es legítimo si, y sólo si, ambos han tenido opciones similares y la diferencia de salarios se debe, sobre todo, a que A trabaja más, es más talentoso, etcétera (la absoluta igualdad de oportunidades es imposible; por eso hablo de igualdad relativa). Así, una derecha seria intentará que los servicios de educación y de salud sean de calidad y estén al alcance de todos: que nadie se vea privado de oportunidades porque no está saludable y/o no está capacitado para competir en los mercados. Para conseguirlo, es posible apoyarse en instancias/iniciativas privadas. En ese caso, la derecha inteligente garantizará que, quienes no puedan cubrir los costos correspondientes, disfruten de los subsidios necesarios. Paralelamente, se asegurará de que las actividades de los proveedores estén estrictamente reguladas. Otra alternativa es, por supuesto, que la autoridad pague, organice y ejecute directamente la provisión de salud y educación. Lo relevante es, pues, buscar la mejor fórmula para que la ciudadanía, toda, acceda a estos servicios tan importantes; si el mercado sirve, bien, y si no, también: es una cuestión de pragmatismo, no de ideología.

Pero salud y educación no bastan para generar (relativa) igualdad de oportunidades: un ingreso mínimo –y digno– para todo individuo es también esencial, sobre todo para quienes por su edad o por culpa del destino –un accidente, una enfermedad, etcétera– no pueden trabajar. Por ello, una derecha sensata no permitirá, por ejemplo, que los ancianos sufran carencias. Si para evitarlo tiene que recurrir a políticas redistributivas, lo hará. Tampoco se quedará sin hacer nada ante los pobres: luchará por darles un apoyo que les permita alimentarse, vestirse y tener un techo. ¿Por qué? Porque, de lo contrario, nos alejamos –más– de un mundo de (relativa) igualdad de oportunidades. Esto es relevante por razones funcionales: si a los pobres no se les ayuda a que dejen de serlo, es poco probable que desarrollen capacidades productivas, lo que condena a la economía a no desplegar su potencial.

Dado lo comentado, la derecha lúcida es la que entiende que los mercados no son automáticos: hay que alterar la naturaleza, por medio de la ley, para crearlos. Asimismo, una vez creados, es necesario intervenirlos con los fines ya apuntados, lo cual no sólo no es ineficiente sino productivo. Así, la derecha inteligente no cree ciegamente en enunciados como estos: “los impuestos perjudican el crecimiento económico,” “la política social es un desperdicio de recursos,” “los pobres lo son por holgazanes; las circunstancias estructurales no importan”.

Además de lo ya expuesto, una derecha capaz no confundirá la importancia de los empresarios con el darles impunidad. De esta forma, no cerrará los ojos si ciertos grupos –banqueros, televisoras o como se llamen– evaden impuestos, violan la ley y/o se ven favorecidos por leyes injustas. Eso sí, la derecha pensante intentará crear un ambiente favorable a la actividad empresarial pues es a partir de ésta que se crean los empleos que toda sociedad necesita. Pero esto no significa, vale enfatizarlo, que a los empresarios hay que dejarlos hacer y deshacer.

La derecha responsable promoverá y practicará la tolerancia hacia quienes no piensan como ella. Igualmente, nunca mezclará la religión con los asuntos del Estado. Por ejemplo, si va a expresar su desacuerdo con el aborto –lo cual es legítimo– no lo hará con base en lo que diga el Vaticano sino apoyándose en argumentos jurídicos. Aunado a ello, la derecha inteligente no permitirá que si uno de sus miembros logra alcanzar la Presidencia, éste se arrodille ante el Papa y le bese la mano. De la misma manera, tampoco formará grupitos “secretos” cuyo fin es que una bola de fanáticos del catolicismo se haga del control del país.

Pero eso no es todo: la derecha que no está sumida en la oscuridad no privatizará Pemex nada más porque sí, es decir, sin evaluar otras opciones. Tampoco privatizará la UNAM, pero, sí buscará mecanismos, por medio de los cuales, los universitarios contribuyan a pagar sus estudios. Sobre todo, una derecha inteligente entiende que a México le urge, precisamente, que la derecha tome tal perfil. Así, se dejará de dogmas y actuará de acuerdo a lo que los mexicanos requieren.

En resumen, el binomio PAN-Fox en 2000-2006 no fue una derecha inteligente; esperemos que Calderón y el PAN actual sí se hagan acreedores a tal etiqueta.

miércoles, junio 06, 2007

"Una izquierda inteligente"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el 6 de junio de 2007)

Armando Román Zozaya

Se dice por ahí que a México le hace falta una izquierda inteligente. Vale preguntarnos, pues, qué es una izquierda de tal naturaleza. Veamos.

Una izquierda inteligente es la que entiende que la mejor forma de organizar la vida económica de una sociedad de masas es por medio del mercado. Asimismo, tiene claro que, aunque es natural que las personas intercambien lo que producen –cosa que sucede desde que el hombre es hombre–, el mercado no está dado en la naturaleza: se trata de un contexto artificial en el que, por medio de diversas reglas que se supone deben ser respaldadas por la autoridad, los intercambios ocurren sin abusos, voluntariamente, siempre procurando la protección del consumidor y evitando que haya discriminación alguna, es decir, intentando que los individuos disfruten de libertad económica. Así, una izquierda inteligente debería ver con claridad que aunque nuestro país pretende ser una economía de mercado, está todavía lejos de serlo pues, para empezar, la ley es endeble, lo que le resta solidez a todos los mercados. Además, muchos individuos son discriminados –las mujeres, los ancianos y los homosexuales, por lo menos–, lo que bloquea su libertad económica. Y, por supuesto, sufrimos de monopolios que, en una economía realmente de mercado, son inaceptables. Por esto mismo, una izquierda que sí piensa no diría que el problema de México es que hay mucho mercado: el problema es justo el contrario; los mercados no son reales todavía.

Una izquierda pensante es la que, le guste o no, comprende que el socialismo no funciona. La experiencia histórica así lo demuestra: todas las naciones que en algún momento fueron socialistas se colapsaron y, las que no, se mantienen bajo dictaduras férreas además de que, aunque lo nieguen, han introducido mecanismos de mercado en sus sistemas económicos. Ahí están, por ejemplo, China y Cuba. Aunado a ello, incluso durante el apogeo del experimento socialista, la URSS y sus satélites nunca produjeron, ni de cerca, los niveles de bienestar que las economías occidentales sí fueron, y son capaces, de alcanzar.

Una izquierda seria es la que buscará que vivamos en una sociedad de (relativa) igualdad de oportunidades, es decir, una en la que toda persona participe en los mercados y, por lo tanto, se conecte al aparato productivo y se pueda construir un presente y un futuro. Hablo de relativa igualdad de oportunidades porque la igualdad absoluta es imposible de conseguir y, además, implica que hay que sacrificar demasiada libertad para acercarnos a ella. Por ejemplo, si los padres del niño X son académicos y los del niño Z son barrenderos, lo más probable es que X tenga más posibilidades de educación que Z, dado el ambiente que prevalece en su hogar, incluso si ambos van a la misma escuela, tienen los mismos profesores, etcétera: ¿separamos a los niños de sus familias y los juntamos en un Centro Estatal de Crianza de Infantes para que ninguno tenga ventaja sobre el otro?

Dado lo anterior, una izquierda sensata intentará –esté en el poder o no– que la educación y los servicios de salud sean para todos: ese sería un gran paso para crear (relativa) igualdad de oportunidades. Esto no implica necesariamente que dichos servicios sean públicos; podrían ser privados y las personas recibir subsidios para acceder a ellos: lo crucial es encontrar la manera de proveer y financiar la educación y la salud de la manera más eficiente, buscando los mejores resultados y garantizando que toda persona les disfrute. Si ese mecanismo es el mercado, ¡adelante! Y si no pues no...y punto. No es una cuestión de ideología: es una cuestión de pragmatismo. Aunado a lo comentado, una izquierda inteligente luchará en contra de la discriminación de cualquier tipo, no tolerará los monopolios, no permitirá que, con base en “usos y costumbres,” un cacique indígena bloquee la libertad económica de otros indígenas, se asegurará de que todo individuo reciba un ingreso mínimo que le garantice cierta autonomía, etcétera.

La izquierda que es inteligente es, entonces, la que ya entendió que la intervención en los mercados sí es necesaria, pero, no para limitarlos sino para potenciarlos, es decir, para asegurarse de que los individuos se enganchen en los mercados mismos. Esto implica construir un contexto de (relativa) igualdad de oportunidades, como ya comenté, pero también el permitir disparidad de resultados.

Finalmente, una izquierda respetable es la que no se le lanza a la yugular a quien le critique. Así, hay que entender esto: señalar los defectos de la izquierda no significa necesariamente hacerle “el juego” a la derecha. Tampoco perdamos de vista lo siguiente: una izquierda inteligente no alaba un día a José Luis Soberanes porque señaló que hubo violaciones de derechos humanos en Atenco para pisotearlo al día siguiente porque considera que a Ernestina Ascencio no la violaron unos soldados. Una izquierda inteligente no dice que quienes protestan contra la legislación que despenaliza el aborto están mal pues se trata de una ley ya aprobada a la par que apapacha a quienes protestan contra la reforma al ISSSTE (otra ley ya aprobada). Una izquierda inteligente no justifica los abusos de Hugo Chávez contra un medio de comunicación al mismo tiempo que, si se diera el caso de que el presidente Calderón se atreviera a criticar el contenido de periódicos como La Jornada, le haría pedazos. Una izquierda inteligente no organiza ciclotones ni desarrolla playas artificiales sino que se pone a trabajar para que la Ciudad de México deje de ser un lugar caótico.

En resumen, una izquierda inteligente no se llama PRD y un país sin izquierda inteligente se llama México.

miércoles, mayo 30, 2007

"El América: la derrota"

(Publicado en "Diario Monitor," el 30 de mayo de 2007)

Armando Román Zozaya

En esta ocasión, apreciado amigo lector, voy a tomarme la libertad de dejar de lado los temas que usualmente trato en mis editoriales para dar paso a uno que, aunque para muchos es irrelevante, para otros es de gran interés: el futbol.

Soy aficionado del América, a morir. Así, me encuentro muy triste por la derrota de mi equipo ante el Pachuca, club que, dicho sea de paso, merecía ser campeón. Pero no sólo estoy de capa caída: como a muchos otros americanistas, me molestó la manera en que se perdió la final así como el rendimiento de la escuadra a lo largo del torneo que acaba de concluir. Veamos.

No puede ser que un club que se considera grande tenga como técnico a un individuo que juega a no perder y a ver si el equipo rival se equivoca. Asimismo, no es aceptable que dicho técnico, en el partido más importante del año, deje en la banca a uno de sus mejores defensas, quien además había jugado toda la campaña (Ismael Rodríguez), para sustituirlo por otro que casi no jugó (Óscar Rojas). De la misma manera, no se vale que el estratega de un equipo que presume ser el mejor de México mantenga como centro delantero permanente a un jugadorcito (Salvador Cabañas) que no responde a la hora de la verdad. Tampoco está bien que, para la final, el mencionado estratega alinee a un jugador (“More” Mosqueda) que él mismo tuvo en el banquillo gran parte del torneo y que, cada vez que juega, no dura ni medio tiempo en la cancha porque se cansa de demostrar que la camiseta le queda grande, muy grande, enorme. Mucho menos es correcto que la directiva no se dé cuenta de todo esto y que, en vez de buscar un técnico acorde a lo que se supone que es el equipo, sostenga que el actual es un gran entrenador y esté a punto de renovarle el contrato (¿?).

No, señores dueños y directivos del América, no se vale: no se burlen de nosotros, su afición. Por favor, abran los ojos y aprecien que Luis Fernando Tena regaló el partido de vuelta de la final: la inclusión de Rojas por Rodríguez, y la de Mosqueda por Santiago Fernández, le costaron al equipo. Y luego, cuando Tena más o menos corrigió con la entrada de “Pipino” por Mosqueda (lo que confirma, por cierto, que éste no debió haber iniciado) y ya iba ganando, se echó para atrás cediéndole el balón al Pachuca: ¡por favor! Otro que también sale muy caro es Cabañas, como ya he dejado ver en el párrafo previo: desde aquella semifinal contra Chivas en la que falló un penal y una clarísima, evidenció que se trata de un delantero que resta más de lo que aporta y que, con toda seguridad, se empequeñecería cuando se le necesitara con urgencia: justo lo que pasó contra el Pachuca pues falló todas las que tuvo.

Pero no todo es culpa de Tena: ustedes, directiva, son responsables también. ¿Por qué contrataron refuerzos lastimados y que tenían meses sin jugar? ¿Por qué, para la Libertadores, se hicieron de los servicios de Navia cuando éste, por reglamento, ni siquiera podía unirse al equipo? Si ya habían conseguido que el partido de vuelta de la final se jugara en viernes, ¿por qué permitieron que Tena tirara por la borda la Libertadores? Es decir, ¿por qué el América no viajó a Brasil para jugar contra el Santos con un equipo mejor que el que envió si ya se había logrado mover la final para el viernes? De igual forma, ¿para qué pelear y pelear por entrar a la Libertadores si, de todos modos, no se le considera prioritaria? Además, en todo caso, ¿no se han dado cuenta de que, a pesar de los pesares, el partido contra el Santos estaba ganado pero Tena lo perdió al echar al equipo para atrás?

Qué pena, en verdad. Qué vergüenza que un equipo con tanto dinero, con tantos aficionados, con tanta tradición, con tanta historia, etcétera, cometa errores de risa a nivel directivo. Aunado a ello, qué doloroso que se le permitan tantas pifias al técnico. Es más, las razones por las que el América llegó a donde llegó tienen poco que ver con Tena: se llaman Guillermo Ochoa, ese gran, talentoso y joven arquero, y Cuauhtémoc Blanco, el último ídolo del americanismo. Por eso, cuando “Memo” falló, como ocurrió contra Pachuca, hasta ahí llegó el América. Eso sí: Blanco dejó claro por qué, al contrario de muchos de sus compañeros, él sí es grande y, como futbolista, merece mucha admiración: tú sí anhelabas ganar, “Temo”. Pero te faltó equipo, como te sucedió en muchos otros torneos previos. En fin: ¡que te vaya bien en Chicago!

Y ahora a ver cuánto tiempo tarda el América en volver a otra final: sin “Temo,” pero, sobre todo, con Luis Fernando Tena, podrían ser muchos años. Así, esperemos que la directiva del equipo despierte y tome cartas en el asunto, es decir, contrate a un técnico que entienda bien y a plenitud lo que es el América. De esta manera, si el equipo pierde, por lo menos lo hará jugando como debe y no como lo hizo el domingo. Y es que si uno es el América, hay que tener clase y vergüenza hasta para perder, caray. Si no es la directiva la que va a actuar, ¿lo hará Emilio Azcárraga Jean? Ojalá.

Ni modo: perdió el América. Lo que más duele es que, si la actitud del técnico fuera otra, tal vez habría ganado. Pero en todo caso, lo bueno es que el equipo es mucho más que Tena y que cualquier otra persona. Así, a pesar de lo que he comentado, aquí seguimos y seguiremos: “vaaamos, vaaamos, Améééérica, esta taaaarde tenemos que ganaaaar”.

miércoles, mayo 23, 2007

"El transporte público"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el día 23 de mayo de 2007)

Armando Román Zozaya

El lunes pasado tuve que arreglármelas sin mi auto: está en el taller. Así, después de años de no hacerlo, anduve en microbús por las calles de la Ciudad de México. Asimismo, me subí al metrobús por primera vez. La experiencia me ha permitido confirmar por qué todos los que podemos andamos en coche. Veamos.

Lo primero que hay que resaltar es que, en el D.F., tomar un micro es en verdad peligroso. Las razones son varias: además de que es común que los microbuses sean asaltados, los choferes manejan muy mal y agresivamente. De igual manera, van distraídos todo el tiempo: entre la música a todo volumen, la chica que llevan a un costado y el estar cobrando y dando cambio, su cabeza está en todo menos en lo que debería. Aunado a ello, los interiores de los micros son demasiado pequeños pero, eso sí, no hay uno que no vaya hasta el gorro de gente. Y cómo no mencionar que, a veces, el pasaje es aventado a media calle, es decir, se le baja lejos de las banquetas, lo que expone a los viajeros a ser golpeados por algún otro vehículo.

Además de inseguros, los microbuses son insalubres: el ruido que emana de sus stereos puede ser extenuante y hasta provocar dolores de cabeza. Además, muchos de ellos apestan a gas, lo que me hace suponer que los pasajeros van expuestos a éste, por lo menos un poco. Paralelamente, cuando uno está en la parada o “base” esperando un micro, no puede evitar que sus pulmones absorban directamente cualquier cantidad de desechos tóxicos. Por eso es que, cada vez en números más grandes, muchas personas portan cubrebocas al deambular por las calles y, por supuesto, cuando esperan un microbús.

Por si eso fuera poco, el micro promedio es sumamente ineficiente: se detiene cada 10 metros, lo que agudiza el tráfico e incrementa el consumo de combustible de todos los vehículos. De igual forma, a los microbuseros les fascina rebasarse unos a otros en espacios muy reducidos. Por ejemplo, nunca falta el que, ya estando cerca de la parada, rebasa al de enfrente nada más para poder avanzar unos metros y volver a detenerse justo delante del micro que acaba de rodear. Y luego otro más hace lo mismo, y luego otro: ninguno de ellos es capaz de esperar un poco para moverse. El resultado es que, ahí donde hay “bases,” hay también congestión vehicular masiva pues, entre tanto rebase, en realidad los micros terminan ocupando, por lo menos, dos carriles en vez de uno.

El metrobús es otra historia: al parecer los choferes no son unos bárbaros y circula a una velocidad aceptable, es decir, ni muy rápido ni muy lento. Sin embargo, sufre de un problema claro: es insuficiente. Esto se evidencia por el hecho de que, incluso fuera de horas pico, va lleno, lo que provoca que el pasaje se vaya horneando. Además, no entiendo por qué se optó por recurrir a tarjetas recargables para cobrar por el servicio. Va una hipótesis: es una forma de sacarle dinero a los viajeros que no lo utilizarán frecuentemente. ¿Por qué? Porque el viaje cuesta 3.5 pesos, pero, para hacerse de la tarjeta es necesario pagar más de 10. Así, de entrada, alguien que sólo necesita usar el metrobús un par de veces ya pagó bastante más de 7 pesos. Lo peor es que no hay muchas máquinas para recargar las tarjetas, lo que resulta en largas filas para hacerlo. El punto es, entonces, que el metrobús no está del todo mal, pero, podría ser mucho mejor.

Ahora bien, lo más valioso del metrobús es que evidencia que no tenemos que sufrir a los micros por los siglos de los siglos. Igualmente, deja claro que sí es posible establecer una cultura de paradas preasignadas, lo cual nos hace una falta terrible. De esta manera, esperemos que el metrobús marque el comienzo de una nueva organización del transporte público en la ciudad. Ojalá también que el servicio actual, y los que le complementen, mejoren con el paso del tiempo.

Para terminar, quisiera enfatizar que no es sorprendente que nadie quiera dejar de utilizar su coche. Tampoco es sorpresa que, año con año, más y más autos circulan en la ciudad. Se trata de un fenómeno cuya explicación es obvia: el transporte público del D.F. deja mucho que desear; lo razonable es evitarlo y sólo recurrir a él cuando no hay de otra. Claro está que el que esto sea obvio no significa que sea irrelevante: si queremos combatir la contaminación ambiental, no pasar tanto tiempo en el tráfico, reducir nuestros niveles de estrés y, en general, disfrutar de un mejor nivel de vida, tenemos que crear incentivos para que el coche sea nuestra última opción y no la que más nos gusta. Para lograrlo, es necesario, por lo menos, deshacernos de los micros, mejorar el metrobús e introducirlo ahí donde sea posible, desarrollar trenes que unan a la ciudad con sus múltiples suburbios y ampliar la red del metro.

Evidentemente, todo eso tomará tiempo, pero, si no empezamos ya, le garantizo, amable lector, que nos vamos a arrepentir y que, con justa razón, nuestros hijos y nietos nos lo reclamarán. Además, en todo caso, mientras arreglamos lo que hay que solucionar, sí podemos hacer algo de impacto inmediato, que no es difícil y que puede coadyuvar a que el tráfico no sea lo que es: respetemos el reglamente de tránsito. ¿O Usted qué opina, estimado amigo lector?