(Publicado en "Excélsior," el 18 de noviembre de 2009)
Armando Román Zozaya
Hace unos días, la señora Margarita Zavala, primera dama del país, comentó que la impunidad es producto del temor de los ciudadanos a denunciar. También hace unos días, el esposo de la señora Zavala, es decir, el presidente Calderón, declaró que hay que acabar con los monopolios, pues dañan la competitividad. Valen algunos comentarios.
La apreciación de doña Margarita es correcta, pero superficial. Si la gente tiene miedo de denunciar, hay que preguntarnos qué causa este temor, pues ahí radicaría la respuesta última a la impunidad y no en dicho miedo en sí mismo. No hay vuelta de hoja: efectivamente, los ciudadanos no denunciamos porque tenemos miedo a los delincuentes —represalias, venganzas, etcétera—, pero ese miedo es producto de otro temor: el que le tenemos a la autoridad misma, el cual es consecuencia de que no confiamos en quienes nos “protegen”. ¿Cómo no temerle a la policía cuando algunos de sus integrantes colaboran con el crimen organizado? ¿Cómo no dudar de los ministerios públicos cuando es bien sabido que algunos de ellos prefieren mordidas en vez de hacer consignaciones? ¿Cómo confiar en los jueces cuando sabemos que son sobornables o, en su defecto, se dejan intimidar por los criminales? El punto es que no hay certeza de que la autoridad esté de nuestro lado y no del de la delincuencia: ¿es sorprendente que haya mucho miedo y muy pocas denuncias? No dejemos que nos echen toda la culpa de la impunidad que reina en nuestro país: sí tenemos que denunciar, sin embargo también es necesario que la autoridad reconozca que no es fiable y debe trabajar al respecto. Si no lo hace, no tiene, precisamente, autoridad —de ningún tipo— para exigirnos que denunciemos incluso si está claro que es nuestra obligación y deber cívicos. No entender esto implica no comprender lo grave que es la situación de México en el terreno de la seguridad pública y la impartición de justicia.
Con respecto a lo comentado por el señor presidente Calderón, quisiéramos apuntar que estamos de acuerdo en que hay que acabar con los monopolios y, así, mejorar el rendimiento de nuestra economía. Pero los monopolios que dañan a México van más allá de lo económico. De hecho, uno de los más perjudiciales es el que ejercen los partidos políticos sobre los canales de acceso al poder y a la toma de decisiones colectivas. De la misma forma, otro que es muy nocivo es el que está en manos del SNTE, agrupación que tiene influencia desmedida sobre la educación que reciben nuestros niños, los métodos de enseñanza de los maestros, la asignación de plazas, las evaluaciones a los docentes, etcétera. Así, si el Presidente anhela que nuestro país no sufra monopolios, tendrá que trabajar, no sólo con relación a la economía, sino que, además, deberá buscar que los partidos políticos no sean los únicos que puedan postular candidatos a puestos de elección popular. Asimismo, tratará de redefinir el papel del SNTE en el sector educación. Si Felipe Calderón pasa estos dos casos por alto, habrá demostrado que, diga lo que diga, su deseo de liberar a México de yugos monopólicos no es genuino, cosa que sería una lástima: hace falta.