(Publicado en “Diario Monitor,” México, el día 28 de junio de 2006)
Armando Román Zozaya
Ni en futbol ni en democracia, México sabe ganar. Veamos.
Después del partido contra Argentina, Jared Borgetti, delantero de la selección mexicana, declaró orgullosamente que México “mostró su nivel”. Efectivamente, eso fue lo que sucedió: el equipo dejó claro que sabe jugar, que lo hace bien e incluso bonito, que corre mucho, que le echa ganas y que puede aspirar a grandes cosas. Sin embargo, también dejó claro que no sabe anotar los goles clave, que no sabe definir los partidos y que no sabe sacar provecho del dominio que puede llegar a imponer: de ahí nunca hemos pasado.
No bastó con darle todo el apoyo (y mucho dinero) a un técnico grosero, prepotente y altanero, el cual, por cierto, en un momento de sinceridad –inducida por el alcohol– despotricó contra el país entero y humilló a “Kikín” Fonseca. Tampoco sirvió que los jugadores dejaran a sus respectivos equipos mucho tiempo antes del mundial con el fin de unirse a la selección. Y el cariño de millones de mexicanos fue, simplemente, inútil.
Seamos honestos: el problema no es si la selección tiene recursos o no, si al técnico se le da libertad para trabajar o no, si los aficionados apoyamos o no, etcétera. El problema es que no dejamos de ser un equipo mediano, mediocre, al que –como siempre le sucede a México en muchos terrenos– le hicieron daño problemas internos (el asunto de Carmona y Galindo en la Confederaciones, el problema entre Fonseca y Lavolpe a días del mundial, la polémica sobre Cuauhtémoc Blanco, etcétera) y que, sencillamente, no sabe ganar, lo cual me parece es un reflejo de que no se concibe como ganador, como verdaderamente capaz. Si no, que alguien me explique por qué contra Angola se jugó con un cuadro conservador que parecía diseñado para buscar el empate. Y por qué contra Portugal nunca se pudo anotar un segundo gol incluso cuando se tuvo un penal a favor.
Porque nuestro equipo no sabe ganar, no encaró el mundial adecuadamente. En el cuerpo técnico de la selección mexicana, ¿nadie se dio cuenta de que Holanda traía un equipo de jóvenes con poca experiencia y que Argentina es un equipazo, repleto de estrellas, con mucho roce internacional, lleno de mañas y buen futbol? Si se hubiera ganado el grupo, México habría jugado con Holanda y sus posibilidades habrían sido mucho mayores. Pero contra Angola no se pudo anotar y, como ya apunté, se jugó más bien para no perder. Contra Portugal se jugó mejor, pero, tampoco se pudo anotar: Omarcito Bravo simplemente no está al nivel y, dicho sea de paso, un técnico que confía en él tampoco lo está.
Contra Argentina, por fin, Lavolpe hizo algunos cambios que muchos considerábamos necesarios, como sentar a Bravo, y presentó un equipo agresivo. Sin embargo, otra vez no se pudo anotar puesto que, incluso con Bravo fuera, México no tuvo contundencia: ¿dónde estaba Blanco? ¿Dónde estaba Jimmy Lozano? ¿Dónde estaba el “Bofo”? Estaban en México, viendo el partido por televisión. ¿Y dónde estaba el yerno de Lavolpe? En la banca, ocupando un inmerecido lugar en la selección. Insisto: México no sabe ganar; todo se hizo mal desde el principio, caray.
El futbol no es el único terreno donde México no ha aprendido a ser triunfador: estamos a unos días de decidir el futuro de nuestro país y las opciones son entre el malo, el peor y el pésimo. Y no me refiero necesariamente a individuos sino a partidos, a grupos: ¿alguien cree sinceramente que PAN, PRI o PRD son la solución para México?
Lo peor es que, dadas sus evidentes limitaciones, carencias y mediocridad, dichos grupos han puesto a la elección en riesgo: ya teníamos elecciones confiables, pero, hoy nadie puede asegurar que el resultado electoral será respetado pues entre las amenazas del PRD y del PRI, el asunto de Oaxaca, las ingerencias de Fox en el proceso, la polarización de la que el país es víctima y la decepción con la democracia, México camina hacia un futuro nebuloso en el que no podemos descartar un conflicto postelectoral.
Duele, pero, somos un país de segunda y no sabemos ganar, incluso cuando ya íbamos ganando. Nos está sucediendo con nuestra democracia y nos sucedió contra Argentina en el futbol. Para lo que sí somos buenos es para el chauvinismo. Por eso, nos encanta “solucionar” nuestras dificultades y ahogar nuestras penas por medio de un grito que demuestra que no hemos comprendido que el gran problema de México somos los mexicanos mismos: ¡viva México, cabrones!
martes, junio 27, 2006
"El presidente López, los riesgos de la elección y el futuro de México"
(Publicado en el número de junio de 2006 de “Datamex: Análisis de coyuntura mensual sobre México,” Revista del Centro de Estudios sobre México de la Fundación Ortega y Gasset, Madrid, España).
Armando Román Zozaya
La elección presidencial está muy cerrada, pero, creo que ganará López. Como muchos otros, he criticado al candidato del PRD pues estoy convencido de que no es la mejor opción. Sin embargo, quiero estar en el error y que López no sólo sea un estupendo Presidente sino que, durante su eventual administración, México comience a dejar atrás los problemas que le agobian.
Ojalá, entonces, que esté yo totalmente equivocado respecto a varias cosas. Veamos.
Deseo que el Presidente López sí respete la división de poderes y que, cuando el Congreso no haga lo que él pretenda, no ejerza presión sacando al “pueblo” a las calles.
Deseo que el Presidente López sea el primero en respetar nuestras leyes, que no las utilice de manera discrecional para premiar a sus amigos y/o para castigar a sus enemigos, que no pretenda que el poder judicial y el IFE estén a su servicio y que no se le ocurra siquiera pensar que porque “el pueblo” votó por él, entonces está por encima de las instituciones.
Deseo que la visión parroquial y desinformada que López tiene del mundo, de la globalización y del lugar y el papel de nuestro país en la arena internacional no termine afectando para mal a la política exterior mexicana.
Deseo que no sea cierto que López piense que el crecimiento económico se puede lograr y sostener principalmente por medio de la inversión pública. A este respecto, deseo también que López sí comprenda que el dar ayuda a los viejitos, a los estudiantes, a las madres solteras, etcétera está bien, pero, que no resuelve nada fundamental puesto que no resulta en la creación de los millones de empleos que el país requiere. Para que la economía funcione es necesario cierto contexto, o sea, cierto ambiente que permita a los negocios dar frutos y a las personas trabajar. La seguridad, la legalidad, la infraestructura física, los mercados y la formalización de las relaciones económicas son parte fundamental de dicho contexto. Deseo fervientemente que López sí entienda esto.
Deseo también que no sea verdad que López crea que lo importante respecto a la educación, sobre todo la universitaria, no es la calidad sino la cantidad. Ojalá que López tenga claro que a México no le va a servir de nada tener millones y millones de licenciados que, como ya ocurre, ni siquiera saben escribir. De hecho, lo fundamental en un país como México no es necesariamente tener más licenciados sino más personas que sepan leer, escribir, sumar, restar, etcétera de manera correcta, que puedan operar maquinaria compleja, que entiendan el inglés, que puedan manejar una computadora, que puedan asimilar/desarrollar nuevas tecnologías con el fin de incrementar la productividad, etcétera.
Deseo que la llegada de López no represente el retorno del PRI arcaico y abusivo, el que creía que el país era suyo, el que dejaba todo “en familia”, el que utilizó a México con fines de grupo y, en varios casos, personales, el que mantuvo al país alejado de la democracia por décadas, que dejó como legado a millones de pobres y que se encargó de fortalecer esa cultura caudillista y de corrupción que tanto daño ha hecho al país.
Deseo que López ni siquiera esté pensando en la posibilidad de reelegirse.
Deseo que si el Presidente López no puede darle solvencia al problema de la inseguridad pública, no se burle de quienes se lo reclamemos llamándonos pirrurris, fresas, pijos y similares.
Deseo que si, a final de cuentas, López no gana, respete el resultado de la elección.
En resumen, ojalá que todo lo malo que parece emanar de López no sea cierto, que sea sólo un espejismo y que, si llega a la presidencia –y creo que lo hará– a mí y a todos quienes lo hemos criticado nos deje con la boca cerrada y tengamos que reconocer que estábamos en el error.
Ahora bien, dicho todo lo anterior, señalemos que la elección está en riesgo de tener que ser repetida. Por un lado está el asunto de los maestros oaxaqueños, quienes se encuentran en guerra con el gobierno estatal: exigen que se les aumente el sueldo y que 70,000 de ellos sean reubicados dentro del estado mismo. En respuesta, las autoridades argumentan que no cuentan con recursos para dar solvencia a esas demandas. Resultado: los maestros han decidido tomar el centro de Oaxaca, enfrentar a la policía, boicotear el proceso electoral e, incluso, bloquearlo, o sea, evitar que se instalen las casillas en prácticamente todo el estado. Si lo hacen, es probable que el IFE tenga que verse obligado a repetir la elección puesto que serían demasiados votos los que no podrían ser emitidos.
Por otro lado, está el hecho mismo de que la elección está muy cerrada. Así, cabe la posibilidad de que el ganador lo sea por muy pocos votos y que eso mismo sea utilizado como excusa por los perdedores para rehusarse a aceptar el resultado. Éstos podrían argumentar, por ejemplo, que esos pocos votos son resultado de irregularidades, trampas, etcétera. El PRD, en particular, se ha dedicado a amenazar al respecto y su presidente llegó a declarar, incluso, que el IFE y el Presidente Fox estaban trabajando juntos para evitar el triunfo del candidato perredista, o sea, López. El PRI ya también dejó claro que está listo para renegar de la elección.
Si el PRD, o el PAN o el PRI no admiten el resultado electoral pueden impugnar el proceso ante el Tribunal Electoral; si éste encuentra realmente irregularidades graves, podría determinar que se repita la elección. Otra posibilidad es que nadie acuda al Tribunal, pero, que la lucha pase al nivel de la calle. Y otra es que sucedan ambas cosas. No debemos descartar, por lo tanto, que alguno de los candidatos –sobre todo López y Madrazo– no acepte un resultado adverso y que intente presionar al IFE, al Tribunal y a quien sea por medio de las protestas callejeras que podrían resultar en que se llegue hasta a la violencia. Claro está que este es el escenario extremo y todos esperamos que no se materialice, pero, no por eso debemos pensar que es imposible que ocurra.
Si después de años de campaña (López lleva en campaña, por ejemplo, por lo menos 5 años), de miles de millones de pesos gastados por los partidos, de cientos de descalificaciones entre los candidatos, de miles de programas de radio/TV y de otro tanto de editoriales en la prensa dedicados a las campañas resulta que hay que repetir la elección, la democracia mexicana estará en serios problemas: el total desencanto democrático puede ser lo que el país coseche puesto que, ya de por sí, los mexicanos están hasta cierto punto cansados y decepcionados de la guerra electoral, de los partidos, de los candidatos, etcétera. Así, si el país tiene que volver a vivir las campañas, aunque sea parcialmente, y volver a votar, que nadie se vea sorprendido cuando la gente le dé la espalda al proceso y, de hecho, a la democracia misma.
Por todo lo anterior es que es indispensable que los partidos, los candidatos y sus huestes estén dispuestos a aceptar la derrota. Es también crucial que el ganador –sea quien sea pero creo que será López, como ya comenté– ponga en marcha de inmediato un proceso de conciliación nacional con el fin de limar asperezas y calmar los ánimos. Al mismo tiempo, los perdedores deberán cooperar y estar dispuestos a participar en dicho proceso puesto que, de otra forma, el país podría caer en una crisis de ingobernabilidad, además de que la democracia estaría herida de gravedad.
La elección está a la vuelta de la esquina: ojalá que gane quien la ciudadanía quiera, que se respete el resultado, que no haya crisis de ningún tipo y que, si se confirma que es López, sea un buen Presidente y que todo lo que se teme respecto a él pase a la historia nada más como eso, es decir, como temores que nunca se materializaron. A final de cuentas, lo que importa es México.
Armando Román Zozaya
La elección presidencial está muy cerrada, pero, creo que ganará López. Como muchos otros, he criticado al candidato del PRD pues estoy convencido de que no es la mejor opción. Sin embargo, quiero estar en el error y que López no sólo sea un estupendo Presidente sino que, durante su eventual administración, México comience a dejar atrás los problemas que le agobian.
Ojalá, entonces, que esté yo totalmente equivocado respecto a varias cosas. Veamos.
Deseo que el Presidente López sí respete la división de poderes y que, cuando el Congreso no haga lo que él pretenda, no ejerza presión sacando al “pueblo” a las calles.
Deseo que el Presidente López sea el primero en respetar nuestras leyes, que no las utilice de manera discrecional para premiar a sus amigos y/o para castigar a sus enemigos, que no pretenda que el poder judicial y el IFE estén a su servicio y que no se le ocurra siquiera pensar que porque “el pueblo” votó por él, entonces está por encima de las instituciones.
Deseo que la visión parroquial y desinformada que López tiene del mundo, de la globalización y del lugar y el papel de nuestro país en la arena internacional no termine afectando para mal a la política exterior mexicana.
Deseo que no sea cierto que López piense que el crecimiento económico se puede lograr y sostener principalmente por medio de la inversión pública. A este respecto, deseo también que López sí comprenda que el dar ayuda a los viejitos, a los estudiantes, a las madres solteras, etcétera está bien, pero, que no resuelve nada fundamental puesto que no resulta en la creación de los millones de empleos que el país requiere. Para que la economía funcione es necesario cierto contexto, o sea, cierto ambiente que permita a los negocios dar frutos y a las personas trabajar. La seguridad, la legalidad, la infraestructura física, los mercados y la formalización de las relaciones económicas son parte fundamental de dicho contexto. Deseo fervientemente que López sí entienda esto.
Deseo también que no sea verdad que López crea que lo importante respecto a la educación, sobre todo la universitaria, no es la calidad sino la cantidad. Ojalá que López tenga claro que a México no le va a servir de nada tener millones y millones de licenciados que, como ya ocurre, ni siquiera saben escribir. De hecho, lo fundamental en un país como México no es necesariamente tener más licenciados sino más personas que sepan leer, escribir, sumar, restar, etcétera de manera correcta, que puedan operar maquinaria compleja, que entiendan el inglés, que puedan manejar una computadora, que puedan asimilar/desarrollar nuevas tecnologías con el fin de incrementar la productividad, etcétera.
Deseo que la llegada de López no represente el retorno del PRI arcaico y abusivo, el que creía que el país era suyo, el que dejaba todo “en familia”, el que utilizó a México con fines de grupo y, en varios casos, personales, el que mantuvo al país alejado de la democracia por décadas, que dejó como legado a millones de pobres y que se encargó de fortalecer esa cultura caudillista y de corrupción que tanto daño ha hecho al país.
Deseo que López ni siquiera esté pensando en la posibilidad de reelegirse.
Deseo que si el Presidente López no puede darle solvencia al problema de la inseguridad pública, no se burle de quienes se lo reclamemos llamándonos pirrurris, fresas, pijos y similares.
Deseo que si, a final de cuentas, López no gana, respete el resultado de la elección.
En resumen, ojalá que todo lo malo que parece emanar de López no sea cierto, que sea sólo un espejismo y que, si llega a la presidencia –y creo que lo hará– a mí y a todos quienes lo hemos criticado nos deje con la boca cerrada y tengamos que reconocer que estábamos en el error.
Ahora bien, dicho todo lo anterior, señalemos que la elección está en riesgo de tener que ser repetida. Por un lado está el asunto de los maestros oaxaqueños, quienes se encuentran en guerra con el gobierno estatal: exigen que se les aumente el sueldo y que 70,000 de ellos sean reubicados dentro del estado mismo. En respuesta, las autoridades argumentan que no cuentan con recursos para dar solvencia a esas demandas. Resultado: los maestros han decidido tomar el centro de Oaxaca, enfrentar a la policía, boicotear el proceso electoral e, incluso, bloquearlo, o sea, evitar que se instalen las casillas en prácticamente todo el estado. Si lo hacen, es probable que el IFE tenga que verse obligado a repetir la elección puesto que serían demasiados votos los que no podrían ser emitidos.
Por otro lado, está el hecho mismo de que la elección está muy cerrada. Así, cabe la posibilidad de que el ganador lo sea por muy pocos votos y que eso mismo sea utilizado como excusa por los perdedores para rehusarse a aceptar el resultado. Éstos podrían argumentar, por ejemplo, que esos pocos votos son resultado de irregularidades, trampas, etcétera. El PRD, en particular, se ha dedicado a amenazar al respecto y su presidente llegó a declarar, incluso, que el IFE y el Presidente Fox estaban trabajando juntos para evitar el triunfo del candidato perredista, o sea, López. El PRI ya también dejó claro que está listo para renegar de la elección.
Si el PRD, o el PAN o el PRI no admiten el resultado electoral pueden impugnar el proceso ante el Tribunal Electoral; si éste encuentra realmente irregularidades graves, podría determinar que se repita la elección. Otra posibilidad es que nadie acuda al Tribunal, pero, que la lucha pase al nivel de la calle. Y otra es que sucedan ambas cosas. No debemos descartar, por lo tanto, que alguno de los candidatos –sobre todo López y Madrazo– no acepte un resultado adverso y que intente presionar al IFE, al Tribunal y a quien sea por medio de las protestas callejeras que podrían resultar en que se llegue hasta a la violencia. Claro está que este es el escenario extremo y todos esperamos que no se materialice, pero, no por eso debemos pensar que es imposible que ocurra.
Si después de años de campaña (López lleva en campaña, por ejemplo, por lo menos 5 años), de miles de millones de pesos gastados por los partidos, de cientos de descalificaciones entre los candidatos, de miles de programas de radio/TV y de otro tanto de editoriales en la prensa dedicados a las campañas resulta que hay que repetir la elección, la democracia mexicana estará en serios problemas: el total desencanto democrático puede ser lo que el país coseche puesto que, ya de por sí, los mexicanos están hasta cierto punto cansados y decepcionados de la guerra electoral, de los partidos, de los candidatos, etcétera. Así, si el país tiene que volver a vivir las campañas, aunque sea parcialmente, y volver a votar, que nadie se vea sorprendido cuando la gente le dé la espalda al proceso y, de hecho, a la democracia misma.
Por todo lo anterior es que es indispensable que los partidos, los candidatos y sus huestes estén dispuestos a aceptar la derrota. Es también crucial que el ganador –sea quien sea pero creo que será López, como ya comenté– ponga en marcha de inmediato un proceso de conciliación nacional con el fin de limar asperezas y calmar los ánimos. Al mismo tiempo, los perdedores deberán cooperar y estar dispuestos a participar en dicho proceso puesto que, de otra forma, el país podría caer en una crisis de ingobernabilidad, además de que la democracia estaría herida de gravedad.
La elección está a la vuelta de la esquina: ojalá que gane quien la ciudadanía quiera, que se respete el resultado, que no haya crisis de ningún tipo y que, si se confirma que es López, sea un buen Presidente y que todo lo que se teme respecto a él pase a la historia nada más como eso, es decir, como temores que nunca se materializaron. A final de cuentas, lo que importa es México.
"Sobre López deseo equivocarme"
(Publicado el 21 de junio de 2006 en “Diario Monitor,” México)
Armando Román Zozaya
La elección presidencial está muy cerrada, pero, creo que ganará López. Como muchos otros, he criticado al candidato del PRD pues estoy convencido de que no es la mejor opción. Sin embargo, quiero estar en el error y que López no sólo sea un estupendo Presidente sino que durante su administración comencemos a dejar atrás los problemas que nos agobian.
Ojalá, entonces, que esté yo totalmente equivocado respecto a varias cosas. Veamos.
Deseo que el Presidente López sí respete la división de poderes y que, cuando el Congreso no haga lo que él pretenda, no ejerza presión sacando al “pueblo” a las calles.
Deseo que no sea verdad que López tiene una lista negra de empresarios y de periodistas que, supuestamente, la van a “pagar” una vez que alcance el poder.
Deseo que el chofer mejor pagado del mundo, Nico, no termine ocupando una plaza de alto nivel cuando su labor es conducir un auto.
Deseo que el Presidente López sea el primero en respetar nuestras leyes, que no las utilice de manera discrecional para premiar a sus amigos y/o para castigar a sus enemigos, que no pretenda que el poder judicial y el IFE estén a su servicio y que no se le ocurra siquiera pensar que porque “el pueblo” votó por él, entonces está por encima de las instituciones.
Deseo que la visión parroquial y desinformada que López tiene del mundo, de la globalización y del lugar y el papel de nuestro país en la arena internacional no termine afectando para mal a nuestra política exterior.
Deseo que no sea cierto que López piense que el crecimiento económico se puede lograr y sostener principalmente por medio de la inversión pública. A este respecto, deseo también que López sí comprenda que el dar ayuda a los viejitos, a los estudiantes, a las madres solteras, etcétera está bien, pero, que no resuelve nada fundamental puesto que no resulta en la creación de los millones de empleos que el país requiere. Para que la economía funcione es necesario cierto contexto, o sea, cierto ambiente que permita a los negocios dar frutos y a las personas trabajar. La seguridad, la legalidad, la infraestructura física, los mercados y la formalización de las relaciones económicas son parte fundamental de dicho contexto. Deseo fervientemente que López sí entienda esto.
Deseo también que no sea verdad que López crea que lo importante respecto a la educación, sobre todo la universitaria, no es la calidad sino la cantidad. Ojalá que López tenga claro que no nos va a servir de nada tener millones y millones de licenciados que, como ya ocurre, ni siquiera saben escribir. De hecho, lo fundamental en un país como México no es necesariamente tener más licenciados sino más personas que sepan leer, escribir, sumar, restar, etcétera de manera correcta, que puedan operar maquinaria compleja, que entiendan el inglés, que puedan manejar una computadora, que puedan asimilar/desarrollar nuevas tecnologías con el fin de incrementar nuestra productividad, etcétera.
Deseo que la llegada de López no represente el retorno del PRI arcaico y abusivo, el que creía que el país era suyo, el que dejaba todo “en familia”, el que utilizó a México con fines de grupo y, en varios casos, personales, el que nos mantuvo alejados de la democracia por décadas, que nos legó millones de pobres y que se encargó de fortalecer esa cultura caudillista y de corrupción que tanto daño ha hecho al país.
Deseo que López ni siquiera esté pensando en la posibilidad de reelegirse.
Deseo que si el Presidente López no puede darle solvencia al problema de la inseguridad pública, no se burle de quienes se lo reclamemos llamándonos pirrurris.
Deseo que si, a final de cuentas, López no gana, respete el resultado de la elección.
En resumen, ojalá que todo lo malo que parece emanar de López no sea cierto, que sea sólo un espejismo y que, si llega a la presidencia –y creo que lo hará– a mí y a todos quienes lo hemos criticado nos deje con la boca cerrada y tengamos que reconocer que estábamos en el error.
Para terminar, un último deseo, pero, respecto al futbol: ojalá que la selección mexicana dé ese pasito que le hace falta, que anote ese gol que hace la diferencia entre un equipo promedio y uno grande, que califique a los octavos de final en el mundial y que juegue de tú a tú con Holanda o con Argentina para así tener posibilidades avanzar en la competencia…ojalá, ojalá. (Un mensaje desde Alemania: ¡Papá, feliz día del padre!).
Armando Román Zozaya
La elección presidencial está muy cerrada, pero, creo que ganará López. Como muchos otros, he criticado al candidato del PRD pues estoy convencido de que no es la mejor opción. Sin embargo, quiero estar en el error y que López no sólo sea un estupendo Presidente sino que durante su administración comencemos a dejar atrás los problemas que nos agobian.
Ojalá, entonces, que esté yo totalmente equivocado respecto a varias cosas. Veamos.
Deseo que el Presidente López sí respete la división de poderes y que, cuando el Congreso no haga lo que él pretenda, no ejerza presión sacando al “pueblo” a las calles.
Deseo que no sea verdad que López tiene una lista negra de empresarios y de periodistas que, supuestamente, la van a “pagar” una vez que alcance el poder.
Deseo que el chofer mejor pagado del mundo, Nico, no termine ocupando una plaza de alto nivel cuando su labor es conducir un auto.
Deseo que el Presidente López sea el primero en respetar nuestras leyes, que no las utilice de manera discrecional para premiar a sus amigos y/o para castigar a sus enemigos, que no pretenda que el poder judicial y el IFE estén a su servicio y que no se le ocurra siquiera pensar que porque “el pueblo” votó por él, entonces está por encima de las instituciones.
Deseo que la visión parroquial y desinformada que López tiene del mundo, de la globalización y del lugar y el papel de nuestro país en la arena internacional no termine afectando para mal a nuestra política exterior.
Deseo que no sea cierto que López piense que el crecimiento económico se puede lograr y sostener principalmente por medio de la inversión pública. A este respecto, deseo también que López sí comprenda que el dar ayuda a los viejitos, a los estudiantes, a las madres solteras, etcétera está bien, pero, que no resuelve nada fundamental puesto que no resulta en la creación de los millones de empleos que el país requiere. Para que la economía funcione es necesario cierto contexto, o sea, cierto ambiente que permita a los negocios dar frutos y a las personas trabajar. La seguridad, la legalidad, la infraestructura física, los mercados y la formalización de las relaciones económicas son parte fundamental de dicho contexto. Deseo fervientemente que López sí entienda esto.
Deseo también que no sea verdad que López crea que lo importante respecto a la educación, sobre todo la universitaria, no es la calidad sino la cantidad. Ojalá que López tenga claro que no nos va a servir de nada tener millones y millones de licenciados que, como ya ocurre, ni siquiera saben escribir. De hecho, lo fundamental en un país como México no es necesariamente tener más licenciados sino más personas que sepan leer, escribir, sumar, restar, etcétera de manera correcta, que puedan operar maquinaria compleja, que entiendan el inglés, que puedan manejar una computadora, que puedan asimilar/desarrollar nuevas tecnologías con el fin de incrementar nuestra productividad, etcétera.
Deseo que la llegada de López no represente el retorno del PRI arcaico y abusivo, el que creía que el país era suyo, el que dejaba todo “en familia”, el que utilizó a México con fines de grupo y, en varios casos, personales, el que nos mantuvo alejados de la democracia por décadas, que nos legó millones de pobres y que se encargó de fortalecer esa cultura caudillista y de corrupción que tanto daño ha hecho al país.
Deseo que López ni siquiera esté pensando en la posibilidad de reelegirse.
Deseo que si el Presidente López no puede darle solvencia al problema de la inseguridad pública, no se burle de quienes se lo reclamemos llamándonos pirrurris.
Deseo que si, a final de cuentas, López no gana, respete el resultado de la elección.
En resumen, ojalá que todo lo malo que parece emanar de López no sea cierto, que sea sólo un espejismo y que, si llega a la presidencia –y creo que lo hará– a mí y a todos quienes lo hemos criticado nos deje con la boca cerrada y tengamos que reconocer que estábamos en el error.
Para terminar, un último deseo, pero, respecto al futbol: ojalá que la selección mexicana dé ese pasito que le hace falta, que anote ese gol que hace la diferencia entre un equipo promedio y uno grande, que califique a los octavos de final en el mundial y que juegue de tú a tú con Holanda o con Argentina para así tener posibilidades avanzar en la competencia…ojalá, ojalá. (Un mensaje desde Alemania: ¡Papá, feliz día del padre!).
miércoles, junio 14, 2006
"La mentira (y el futbol)"
(Publicado en "Diario Monitor," México, el 14 de junio de 2006)
Armando Román Zozaya
Esta columna consta de dos partes. En primer lugar, como es habitual, dedicaré un espacio a la política nacional. En segundo lugar, hablaré un poco sobre el mundial de fútbol puesto que me encuentro en Alemania disfrutando del evento.
Comencemos con lo del ya famoso cuñado incómodo y señalemos lo obvio: alguien miente, pero, ¿quién?
López y el PRD dicen que el cuñado se benefició de la gestión de Calderón al frente de la secretaría de energía. Dicen también que no pagó impuestos sobre ciertos ingresos y que eso sería resultado de su parentesco con el candidato del PAN. Mientras tanto, el PAN y Calderón sostienen que el PRD calumnia.
Si el mentiroso es López, habrá demostrado una vez más que es muy hábil –y, al menos en esta ocasión, un tramposo– pues, a tan poca distancia de las elecciones, ha dado un golpe severo al PAN. Si en consecuencia el PRD gana la elección y, eventualmente, resulta que lo del cuñado no era cierto, ¿quién se va a acordar?
Si López no miente, bien por evidenciar las corruptelas del PAN. Lástima que la denuncia fue hecha por medio de los medios y no por las vías jurídicas apropiadas: las campañas son, no cabe duda, una guerra barata por su contenido y cara por lo que nos cuestan.
Si el que miente es Calderón, se habrá confirmado que todos los políticos mexicanos y todos los partidos son iguales: utilizan el poder con el fin de beneficiar a sus amigos, familiares, etcétera. Las supuestas “manos limpias” calderonistas habrán sido una mentira y una burla: así no se puede ser Presidente de México.
Si Calderón no miente, deberá hacer un esfuerzo enorme por lograr demostrar que López es un hablador, que le ha atacado de manera infame y que el candidato del PRD no merece llegar a la Presidencia puesto que una persona dispuesta a inventar lo que López dice que el cuñado hizo no debería ser Presidente.
La situación, no obstante, se vislumbra difícil para el candidato del PAN: por un lado, le queda poco tiempo para dejar claro que López ha mentido, asumiendo que es así. Por otro lado, si su cuñado realmente salió beneficiado de manera dudosa y, además, gracias a Calderón no ha pagado impuestos que debería haber pagado, el golpe a éste puede ser fatal (y merecido).
Pero olvidémonos un poco de la política y enfoquémonos en el evento que captura la atención del planeta: el mundial de fútbol.
Es verdad que, como reza un eslogan de cierta marca refresquera, “we all speak football,” o sea, “todos hablamos fútbol”: me parece que el ambiente de hermandad que se respira en las calles alemanas sólo es posible gracias al llamado juego del hombre. De hecho, siempre he pensado que el fútbol tiene una enorme virtud: es capaz de sacar a flote nuestros sentimientos más positivos. El viernes pasado, en el centro de München, ciudad sede del partido inaugural del mundial, la alegría, la euforia, la felicidad y la pasión eran palpables; no estoy equivocado: el fútbol sí tiene la virtud que le atribuyo.
Así, alemanes, mexicanos, costarricenses, estadounidenses, ingleses, argentinos, brasileños, etcétera, bebimos, cantamos, bailamos y nos abrazamos gracias a un balón. Obviamente, todos queremos que nuestros respectivos equipos ganen y algunos incluso llegan al llanto cuando su oncena anota: ¡la alegría es simplemente embriagadora!
Los jugadores mismos, por supuesto, no se quedan atrás: si Usted quiere saber qué es la felicidad, vea las celebraciones de quienes marcan un gol en un partido del mundial.
Claro está que el fútbol también puede ser fuente de sucesos lamentables. Sin embargo, hasta el momento en Alemania no ha pasado nada grave. Así, los alemanes y los cientos de miles de aficionados que estamos aquí de visita hemos tenido la oportunidad de vivir todo lo bueno que el fútbol produce: ¡inolvidable!
México tuvo un buen inicio en el torneo pues ganó su primer partido. Entre los mexicanos que aquí estamos y que, por cierto, el domingo invadimos Nürnberg, el optimismo es abrumador: nadie duda de que el equipo puede hacer un estupendo papel. Ojalá así sea puesto que México nunca ha tenido una actuación memorable en un mundial y es algo que la gente anhela.
Esperemos, entonces, que los mexicanos nos vayamos de Alemania con un buen sabor de boca en términos futbolísticos. Esperemos también que aprendamos lo que este gran país nos está enseñando: con trabajo, educación y civismo, es posible construir una sociedad mejor.
Armando Román Zozaya
Esta columna consta de dos partes. En primer lugar, como es habitual, dedicaré un espacio a la política nacional. En segundo lugar, hablaré un poco sobre el mundial de fútbol puesto que me encuentro en Alemania disfrutando del evento.
Comencemos con lo del ya famoso cuñado incómodo y señalemos lo obvio: alguien miente, pero, ¿quién?
López y el PRD dicen que el cuñado se benefició de la gestión de Calderón al frente de la secretaría de energía. Dicen también que no pagó impuestos sobre ciertos ingresos y que eso sería resultado de su parentesco con el candidato del PAN. Mientras tanto, el PAN y Calderón sostienen que el PRD calumnia.
Si el mentiroso es López, habrá demostrado una vez más que es muy hábil –y, al menos en esta ocasión, un tramposo– pues, a tan poca distancia de las elecciones, ha dado un golpe severo al PAN. Si en consecuencia el PRD gana la elección y, eventualmente, resulta que lo del cuñado no era cierto, ¿quién se va a acordar?
Si López no miente, bien por evidenciar las corruptelas del PAN. Lástima que la denuncia fue hecha por medio de los medios y no por las vías jurídicas apropiadas: las campañas son, no cabe duda, una guerra barata por su contenido y cara por lo que nos cuestan.
Si el que miente es Calderón, se habrá confirmado que todos los políticos mexicanos y todos los partidos son iguales: utilizan el poder con el fin de beneficiar a sus amigos, familiares, etcétera. Las supuestas “manos limpias” calderonistas habrán sido una mentira y una burla: así no se puede ser Presidente de México.
Si Calderón no miente, deberá hacer un esfuerzo enorme por lograr demostrar que López es un hablador, que le ha atacado de manera infame y que el candidato del PRD no merece llegar a la Presidencia puesto que una persona dispuesta a inventar lo que López dice que el cuñado hizo no debería ser Presidente.
La situación, no obstante, se vislumbra difícil para el candidato del PAN: por un lado, le queda poco tiempo para dejar claro que López ha mentido, asumiendo que es así. Por otro lado, si su cuñado realmente salió beneficiado de manera dudosa y, además, gracias a Calderón no ha pagado impuestos que debería haber pagado, el golpe a éste puede ser fatal (y merecido).
Pero olvidémonos un poco de la política y enfoquémonos en el evento que captura la atención del planeta: el mundial de fútbol.
Es verdad que, como reza un eslogan de cierta marca refresquera, “we all speak football,” o sea, “todos hablamos fútbol”: me parece que el ambiente de hermandad que se respira en las calles alemanas sólo es posible gracias al llamado juego del hombre. De hecho, siempre he pensado que el fútbol tiene una enorme virtud: es capaz de sacar a flote nuestros sentimientos más positivos. El viernes pasado, en el centro de München, ciudad sede del partido inaugural del mundial, la alegría, la euforia, la felicidad y la pasión eran palpables; no estoy equivocado: el fútbol sí tiene la virtud que le atribuyo.
Así, alemanes, mexicanos, costarricenses, estadounidenses, ingleses, argentinos, brasileños, etcétera, bebimos, cantamos, bailamos y nos abrazamos gracias a un balón. Obviamente, todos queremos que nuestros respectivos equipos ganen y algunos incluso llegan al llanto cuando su oncena anota: ¡la alegría es simplemente embriagadora!
Los jugadores mismos, por supuesto, no se quedan atrás: si Usted quiere saber qué es la felicidad, vea las celebraciones de quienes marcan un gol en un partido del mundial.
Claro está que el fútbol también puede ser fuente de sucesos lamentables. Sin embargo, hasta el momento en Alemania no ha pasado nada grave. Así, los alemanes y los cientos de miles de aficionados que estamos aquí de visita hemos tenido la oportunidad de vivir todo lo bueno que el fútbol produce: ¡inolvidable!
México tuvo un buen inicio en el torneo pues ganó su primer partido. Entre los mexicanos que aquí estamos y que, por cierto, el domingo invadimos Nürnberg, el optimismo es abrumador: nadie duda de que el equipo puede hacer un estupendo papel. Ojalá así sea puesto que México nunca ha tenido una actuación memorable en un mundial y es algo que la gente anhela.
Esperemos, entonces, que los mexicanos nos vayamos de Alemania con un buen sabor de boca en términos futbolísticos. Esperemos también que aprendamos lo que este gran país nos está enseñando: con trabajo, educación y civismo, es posible construir una sociedad mejor.
miércoles, junio 07, 2006
"Atenco: nuestro eterno problema"
(Publicado el 7 de junio de 2006 en “Diario Monitor,” México)
Armando Román Zozaya
Hace unas semanas, en Texcoco, los macheteros de Atenco, cobarde y salvajemente, casi mataron a unos policías. Un día después, la policía irrumpió en Atenco para capturar a Ignacio del Valle, líder de los macheteros, y a otras personas. Durante el operativo, algunas mujeres fueron agredidas sexualmente y hubo brutalidad, en general, de parte de los agentes.
Un grupo de radicales, encabezados por Rafael Sebastián Guillén, exige la liberación de los detenidos. Ya muchos están libres pero del Valle y otros no. Así, la presión continúa para que estos “presos políticos” sean liberados.
Algunos dicen que lo de Texcoco fue una provocación orquestada por Sebastián Guillén para desestabilizar el proceso electoral. Otros sostienen que ese beato que es Guillén no tuvo nada que ver sino que todo fue planeado por Fox para incentivar el voto del miedo. Apoyo la primera versión, pero, no la discutiré aquí. Lo que me interesa señalar es que lo que pasó en Atenco-Texcoco, y lo que ha provocado, es un reflejo de lo que es México.
Por un lado, tenemos a los macheteros. Recordemos que, hace unos años, impidieron la construcción del nuevo aeropuerto del DF. Tenían razón: el gobierno expropiaría sus tierras a precios de risa. Pero no hicieron bien en manifestarse machete en mano, ¿o sí? Sí: en México la ley es endeble, pesa la política a la hora de aplicarla –sobre todo en casos como éste– y es tradición que el que la viola no sufre consecuencias, a menos de que sea pobre o no tenga “conectes”. Así, los macheteros hicieron lo obvio: protestaron atropellando la ley.
Por otro lado, tenemos al gobierno. ¿Qué hizo ante los machetes? Otorgó impunidad, o sea, se comportó a la mexicana. Resultado: los macheteros fuera de control. Y no sólo con relación al aeropuerto sino en Atenco mismo, donde al parecer eran los “dueños” del pueblo. Lo mismo sucedía en lugares a donde acudían a “apoyar” a quienes requerían, según ellos, su ayuda, como en Texcoco.
¿Qué podría haber hecho el gobierno respecto al aeropuerto? Expropiar pagando bien por las tierras y aplicarle la ley a quien, no estando de acuerdo, incurriera en violaciones a la misma al protestar. Habría habido descontento por parte de algunos, pero, la expropiación habría sido correcta y no hubiera surgido el monstruo en el que se convirtieron los macheteros.
Sin embargo, como ya sabemos, la ley no importa: ahí están los zapatistas creando municipios autónomos. Ahí está el gobierno del DF al parecer presionando a empresarios con el fin de quitarles concesiones. Ahí está López Obrador, candidato a gobierno del DF cuando, según miembros de su propio partido, no cumplía con los requisitos. Ahí está el gobierno de Fox al parecer encubriendo a los hijos de Marta. Ahí está Montiel. Ahí está Marín.
Ahora bien, hace unos días, América del Valle –hija de Ignacio, cabecilla de los macheteros y prófuga de la justicia– envió una carta a los medios de comunicación en la que dice que luchará hasta el final y que Fox y Peña Nieto recibirán su merecido. Además, parece amenazar a aquellos que delataron a sus compañeros cuando la policía llegó al pueblo.
América se queja, entonces, de que el gobierno, por fin, aplicó la ley. No tiene razón, pero, su argumento es lógico: ¿por qué está preso su padre si, durante años, se le permitió vivir en la ilegalidad? Si yo estuviera en los zapatos de América también estaría furioso pues, desde su perspectiva, parece una injusticia que se le aplique la ley a ella o a su familia; están acostumbrados a que ése no sea el caso. Es, entonces, lógico, pero no es correcto. En algo, no obstante, estoy de acuerdo con América: la actuación de la policía no estuvo bien, lo cual confirma que ni ésta respeta la legalidad.
Así, Atenco es nuestro eterno problema: el marco legal no nos importa. Si podemos, colgamos un diablito, sobornamos, tiramos basura, etcétera. Si no nos parece algo, salimos con machetes a reclamar, golpeamos a los policías y exigimos impunidad. En el remoto caso de que se nos aplique la ley, nos indignamos y amenazamos. Y, en cualquier momento, podemos ser víctimas de la brutalidad de la policía, de sus abusos cotidianos o del uso autoritario de la legalidad.
No todos somos así, pero, es verdad que en México la ley es laxa. Por eso, Atenco es México y ahí está, insisto, nuestro eterno problema pues, sin leyes sólidas y con civismo pobre, estamos al borde de la jungla y en medio del subdesarrollo. ¿Exagero? Ojalá.
Armando Román Zozaya
Hace unas semanas, en Texcoco, los macheteros de Atenco, cobarde y salvajemente, casi mataron a unos policías. Un día después, la policía irrumpió en Atenco para capturar a Ignacio del Valle, líder de los macheteros, y a otras personas. Durante el operativo, algunas mujeres fueron agredidas sexualmente y hubo brutalidad, en general, de parte de los agentes.
Un grupo de radicales, encabezados por Rafael Sebastián Guillén, exige la liberación de los detenidos. Ya muchos están libres pero del Valle y otros no. Así, la presión continúa para que estos “presos políticos” sean liberados.
Algunos dicen que lo de Texcoco fue una provocación orquestada por Sebastián Guillén para desestabilizar el proceso electoral. Otros sostienen que ese beato que es Guillén no tuvo nada que ver sino que todo fue planeado por Fox para incentivar el voto del miedo. Apoyo la primera versión, pero, no la discutiré aquí. Lo que me interesa señalar es que lo que pasó en Atenco-Texcoco, y lo que ha provocado, es un reflejo de lo que es México.
Por un lado, tenemos a los macheteros. Recordemos que, hace unos años, impidieron la construcción del nuevo aeropuerto del DF. Tenían razón: el gobierno expropiaría sus tierras a precios de risa. Pero no hicieron bien en manifestarse machete en mano, ¿o sí? Sí: en México la ley es endeble, pesa la política a la hora de aplicarla –sobre todo en casos como éste– y es tradición que el que la viola no sufre consecuencias, a menos de que sea pobre o no tenga “conectes”. Así, los macheteros hicieron lo obvio: protestaron atropellando la ley.
Por otro lado, tenemos al gobierno. ¿Qué hizo ante los machetes? Otorgó impunidad, o sea, se comportó a la mexicana. Resultado: los macheteros fuera de control. Y no sólo con relación al aeropuerto sino en Atenco mismo, donde al parecer eran los “dueños” del pueblo. Lo mismo sucedía en lugares a donde acudían a “apoyar” a quienes requerían, según ellos, su ayuda, como en Texcoco.
¿Qué podría haber hecho el gobierno respecto al aeropuerto? Expropiar pagando bien por las tierras y aplicarle la ley a quien, no estando de acuerdo, incurriera en violaciones a la misma al protestar. Habría habido descontento por parte de algunos, pero, la expropiación habría sido correcta y no hubiera surgido el monstruo en el que se convirtieron los macheteros.
Sin embargo, como ya sabemos, la ley no importa: ahí están los zapatistas creando municipios autónomos. Ahí está el gobierno del DF al parecer presionando a empresarios con el fin de quitarles concesiones. Ahí está López Obrador, candidato a gobierno del DF cuando, según miembros de su propio partido, no cumplía con los requisitos. Ahí está el gobierno de Fox al parecer encubriendo a los hijos de Marta. Ahí está Montiel. Ahí está Marín.
Ahora bien, hace unos días, América del Valle –hija de Ignacio, cabecilla de los macheteros y prófuga de la justicia– envió una carta a los medios de comunicación en la que dice que luchará hasta el final y que Fox y Peña Nieto recibirán su merecido. Además, parece amenazar a aquellos que delataron a sus compañeros cuando la policía llegó al pueblo.
América se queja, entonces, de que el gobierno, por fin, aplicó la ley. No tiene razón, pero, su argumento es lógico: ¿por qué está preso su padre si, durante años, se le permitió vivir en la ilegalidad? Si yo estuviera en los zapatos de América también estaría furioso pues, desde su perspectiva, parece una injusticia que se le aplique la ley a ella o a su familia; están acostumbrados a que ése no sea el caso. Es, entonces, lógico, pero no es correcto. En algo, no obstante, estoy de acuerdo con América: la actuación de la policía no estuvo bien, lo cual confirma que ni ésta respeta la legalidad.
Así, Atenco es nuestro eterno problema: el marco legal no nos importa. Si podemos, colgamos un diablito, sobornamos, tiramos basura, etcétera. Si no nos parece algo, salimos con machetes a reclamar, golpeamos a los policías y exigimos impunidad. En el remoto caso de que se nos aplique la ley, nos indignamos y amenazamos. Y, en cualquier momento, podemos ser víctimas de la brutalidad de la policía, de sus abusos cotidianos o del uso autoritario de la legalidad.
No todos somos así, pero, es verdad que en México la ley es laxa. Por eso, Atenco es México y ahí está, insisto, nuestro eterno problema pues, sin leyes sólidas y con civismo pobre, estamos al borde de la jungla y en medio del subdesarrollo. ¿Exagero? Ojalá.
jueves, junio 01, 2006
"El México que se nos va (y el que se nos viene)"
Publicado en el número de mayo de 2006 de "Datamex: análisis de coyuntura mensual sobre México," Revista del Centro de Estudios sobre México de la Fundación Ortega y Gasset, Madrid, España.
Armando Román Zozaya
Un México que se va y otro que se acerca
En diciembre del 2000 se consolidó un nuevo México. En él, el IFE gozaba de credibilidad, las elecciones, por fin, eran respetadas, la ciudadanía creía en la democracia, el PRI ya no era dueño de la Presidencia de la República y surgió una nueva relación de facto –en el papel siempre estuvo ahí– entre los poderes ejecutivo y legislativo. Muchos salieron a las calles a celebrar junto con quien había encabezado el proceso en su última etapa, o sea, después de las reformas electorales de los años noventa: Vicente Fox. En la algazara del momento nadie se dio cuenta, o quienes lo hicieron se lo callaron para no arruinar la fiesta, de que México sí era distinto, pero sufría de males congénitos: un Estado de derecho débil, una sociedad desgarrada por la desigualdad económica, y políticos incapaces de generar acuerdos enfocados hacia el futuro.
A 5 años de la histórica ocasión, está claro que esos males, asociados a la incapacidad de la clase política y de los ciudadanos para darles solución, están provocando que el nuevo México se parezca cada vez más a su ascendencia, al viejo México, y que, poco a poco, deje de ser la promesa democrática en la que muchos, incluso a nivel mundial, creían: el México que vio la luz hace 5 años es el México que se nos va. Con él, se va también la esperanza de tener un país capaz de proveer una vida digna para todos.
A medida que ese nuevo México se aleja, se nos acerca otro. El México que se nos viene es uno en donde lo negativo que todavía prevalecía en el nuevo México se “solidificará”. Será un país en el que quien rompe la ley es recompensado. En el que los legisladores creen que el recinto legislativo es lugar para intercambiar insultos, mostrar pancartas y demás, y en el que el presidente culpa a otros de sus fallas: será un México incluso más difícil que el actual.
En consecuencia, nos podremos ir despidiendo del Estado de derecho que tanto nos hace falta. También diremos adiós al crecimiento económico que la nación requiere pues, sin Estado de derecho, es difícil que la economía crezca a las tasas que necesitamos. Así, el tejido social se verá dañado aún más y probablemente nos deslizaremos en un tobogán con destino trágico: dejaremos de creer en la democracia, pues con ella no llegaron las soluciones a los problemas que nos agobian. Y terminaremos peor que como empezamos: con un México muy similar al anterior a Fox pero decepcionado de, y no esperanzado con, la democracia.
¿En qué nos equivocamos?
El mexicano es plenamente presidencialista: del presidente se espera todo y se le achaca todo porque es percibido como capaz de solucionar problemas tan sólo con desearlo. Esta actitud es comprensible ya que, hasta tiempos recientes, el presidente era el actor político máximo y clave del país y estaba, incluso, por encima de las instituciones. Pero uno de los efectos de la transición democrática es que las cosas ya no son así. No obstante, muchos todavía no lo han comprendido y por eso, por ejemplo, López Obrador es tan popular: alguien que vende la idea de que él, y nadie más que él, es lo que el país requiere, tiene garantizado el lograr apoyos cuando la abrumadora mayoría de las personas cree en los caudillos (justo como sucedió con Fox).
Para muchos, entonces, el problema radicaba en que el Presidente siempre había sido del PRI y que éste es un partido de corruptos, ladrones, etcétera. Así, para tener un mejor México era necesario y suficiente un Presidente que no fuera priista. Eso fue lo que vendió Fox: sacar al PRI de Los Pinos. Y muchos, al parecer incluido él, creyeron que con eso el país ya sería otro. Ciertamente, el hecho mismo de que a Fox se le respetara la victoria era un indicador irrefutable de que México estaba transformándose, pero esa transformación no culminaba con un cambio en la Presidencia: ahí apenas comenzaba la etapa más difícil.
Una vez que Fox había ganado, él, sus colaboradores y su partido tendrían que haberse enganchado en promover, negociar y agenciar una refundación del país. Esto implicaba, e implica, una lógica de confrontación política, ya que para cambiar un país a fondo es necesario romper esquemas, debilitar cotos de poder y resquebrajar resistencias. Eso es lo que hizo Thatcher en el Reino Unido y por eso su largo mandato estuvo cubierto de controversias que se discuten hasta la fecha. Pero nadie duda de que Gran Bretaña requería un severo reacomodo.
Fox y los suyos tenían con qué encabezar un movimiento de magnitudes históricas, porque si ha habido un presidente plenamente legítimo en México en tiempos recientes ése ha sido Vicente Fox. Además, México estaba ilusionado, o sea, el terreno estaba abonado para de veras intentar un cambio. Pero el PAN, Fox y su equipo optaron por la vía fácil y cómoda y dejaron intacto lo que quedaba, y queda, del viejo régimen (se dirá que Fox no es el PAN y viceversa, sin embargo los legisladores y la dirigencia del partido sí han estado con él). La oposición, por su parte, no estuvo dispuesta a cooperar en nada fundamental. Y los ciudadanos no sólo no exigieron las reformas que el país requiere sino que, además, “abandonaron” a Fox al no darle mayoría en el Congreso. Tal vez el voto dividido demuestre la madurez de los mexicanos, pero me temo que no: demuestra que pensamos que cambiando al Presidente todo se solucionaría y, por lo tanto, quien ganara el Congreso no era relevante.
¿Pero era posible cambiar México a fondo? El foxismo tenía todo lo que se requería para intentarlo, incluso sin tener mayoría en el Congreso. Mas de ahí a que fuera posible no es lo mismo. Consideremos que Fox y el PAN terminaron en el peor de los mundos: intentaron gobernar un sistema que dependía del Presidente, pero sin que éste tuviera los poderes, sobre todo informales, que disfrutaron sus antecesores priistas. Dichos poderes son los que permitieron que nuestro sistema presidencial (degenerado en presidencialismo) funcionara: cuando el PRI era omnipotente, el Presidente palomeaba a los congresistas y éstos no se constituían en oposición incluso si no estaban de acuerdo con las iniciativas presidenciales. Y los pocos congresistas de oposición, aunque lo fueran genuinamente, nunca tuvieron los números suficientes para bloquear al PRI. Así, éste gobernaba.
Fox no palomeó a los miembros del Congreso y, además, el PAN no logró la mayoría. Resultado: el Presidente enfrentado con los congresistas. ¿Por qué? Al salir el PRI de Los Pinos, el país comenzó a funcionar como lo marca la Constitución; la división de poderes se materializó, o sea, llegamos finalmente a un sistema presidencial y dejamos el presidencialista. Pero el sistema presidencial es conflictivo per se puesto que divide el poder, y si los actores políticos no están dispuestos a cooperar, está destinado al atasco. El PRI, la fuerza opositora más grande, estaba adolorido, incrédulo y en plan revanchista, y el PRD no le daría concesión alguna a un gobierno de “extrema derecha”. Resultado: el presidente contra la pared y el poder no dividido, sino pulverizado, debido a que ningún partido tenía fuerza suficiente para conducir el país y tampoco nadie tuvo la sensatez para cooperar con alguien más y, así, gobernar.
Es por esto que la pregunta vale la pena: ¿se podía cambiar México a fondo? Seamos honestos: no está claro si hubiera sido posible. Lo que sí es evidente es que la oportunidad de intentarlo estaba sobre la mesa, y que el foxismo prefirió no tomarla e irse por el camino cómodo de la no confrontación, sobre todo con el PRI. Al hacer esto y desperdiciar gran parte de su capital político tratando de solucionar, ingenuamente, el problema de Chiapas, se condenó a sí mismo a no poder hacer nada fundamental por México. No es que no haya hecho absolutamente nada, pero no hizo nada fundamental: México requiere prepararse para encarar los siguientes 20-30 años, y será dentro de ese lapso cuando las reformas que el foxismo no quiso o no pudo intentar, en serio y no en el discurso, nos van a hacer falta; y pagaremos dolorosas facturas en consecuencia.
Fox, sus colaboradores y el PAN se equivocaron entonces en creer que con sacar al PRI de Los Pinos sería suficiente. Una vez que se dieron cuenta de que con eso no bastaba, no fueron capaces de negociar a fondo con la oposición los asuntos claves del país. Recurrieron entonces a la ciudadanía pero sin explicar a fondo por qué y para qué era importante “quitarle el freno al cambio”. Sobre todo, como ya se comentó, el foxismo se equivocó en no irse encima del PRI, de los sindicatos, etcétera, desde el principio. No se trataba de hacerles la guerra, mas sí de esclarecer cuáles eran las prioridades del gobierno y usar todos los medios legales a su disposición para lograr alcanzarlas, incluso la fuerza. Y aquí el otro error del foxismo: no aplicar la ley. Por ejemplo, cuando los señores de Atenco se opusieron violentamente a la construcción del nuevo aeropuerto del DF. Esta demostración de debilidad por parte del gobierno evidenció que ni aun Fox mismo entendía que encabezaba una Administración plenamente legal y legítima, y que entre sus responsabilidades y obligaciones estaba el usar la fuerza. Después de lo de Atenco era evidente que el gobierno foxista no actuaba seriamente y que su compromiso con los cambios que la nación demanda era, al menos, dudoso, pues no estaba dispuesto a pagar los costos que conllevarían: si algunos machetes bloquearon el aeropuerto, ¿se atrevería el foxismo a buscar las reformas estructurales?
Los partidos de oposición también cometieron errores. El que creyeran que cualquier cosa que saliera bien en el país era un logro del Presidente demuestra su pobre cultura política: ni siquiera ellos mismos entienden que México ya no es un presidencialismo.
Otro error: el no darse cuenta de que la ausencia de los cambios fundamentales que no se han realizado daña al país y, por lo tanto, creará problemas para quienquiera que ocupe el gobierno después de Fox y de los actuales legisladores. Lo paradójico es que al entender las reformas como un “logro del Presidente”, la oposición reconoce que son importantes y necesarias. Y aún así las resiste.
Oposición y foxismo no han sabido entender entonces, o lo entienden pero prefieren evitarse problemas, que México necesita equiparse para el futuro. Si la Administración foxista no tuvo los tamaños para “entrarle” de lleno a las reformas, la oposición, simplemente, no tuvo visión de Estado; sólo la tuvo, y la tiene, electorera.
Los ciudadanos también nos equivocamos. Creímos que el cambio en la Presidencia sería suficiente. Pensamos que la transición ahí terminaba cuando, en realidad, apenas comenzaba. No me refiero a la transición democrática, sino a la transición a otro México: uno mejor. Nos equivocamos también al no otorgarle la mayoría al PAN en el Congreso. Y nos estamos equivocando al no entender que el presidente importa, pero no puede hacerlo todo solo. Por ello, estamos cerca de, otra vez, elegir un presidente que como candidato promete mucho, aunque ni él mismo comprende, sus 50 compromisos así lo demuestran, que el Presidente no es un hechicero y, sobre todo, que México ya no es presidencialista y, por lo tanto, no necesita un dirigente que piense en esos términos.
Dadas las equivocaciones señaladas, logramos que un gobierno con mucho potencial fracasara y se encamine a pasar a la historia como uno promedio y, para muchos, hasta mediocre. La palabra fracaso es dura, sin embargo, al menos relativamente, eso es lo que el foxismo, “gracias” a los esfuerzos de todos, ha cosechado hasta ahora. Dos ejemplos:
- Es un fracaso que no se haya logrado la reforma fiscal, ya que ésta permitiría una recaudación mejor y mayor, programas sociales más amplios e incluyentes, liberar recursos de PEMEX para que sean invertidos en la empresa misma, hacer más justa la carga fiscal entre todos los mexicanos y, sobre todo, hacer más competitivo al país en términos internacionales.
- La ausencia de reforma energética es también un fracaso rotundo. Y no me refiero necesariamente a privatizar PEMEX-CFE puesto que ésa no es la única opción. Sin reforma, estamos condenados a seguir exportando petróleo para luego importar gasolina, por ejemplo, y a perder cadenas de valor agregado que se podrían obtener si refináramos y procesáramos más crudo dentro de nuestras fronteras.
Lo que el foxismo deja pendiente puede no ser muy notorio en el corto plazo. Pero eventualmente la nación pagará las consecuencias de la miopía de sus gobernantes, la falta de compromiso con el país por parte de la oposición y el desinterés de la ciudadanía. En particular, México va a pagar caro que todavía muchos, en todos los niveles, creen que se sigue siendo presidencialista. La otra opción es que México se convierta en un mejor país en los siguientes años, pero esto requiere que todos nos comprometamos a ello.
¿Qué sigue?
Parece que, en cuanto a cuestiones fundamentales se refiere, el foxismo ha sido hasta cierto punto una pérdida de tiempo y de recursos. Lo peor es que nunca más tendremos otros seis años tan especiales pues el Gobierno de Fox encarnó las esperanzas de muchos en la democracia. Así, el fracaso de la actual Administración, el cual como aquí se ha señalado es en sí un fracaso de toda la clase política y hasta de la ciudadanía, será dañino no únicamente desde la perspectiva económica –véase el récord del sexenio en términos de crecimiento económico y de creación de empleo, y considérese la falta de algunas reformas clave– sino también política e histórica: el desencanto democrático podría ser lo que cosechemos y, con éste, la pérdida de credibilidad en lo positivo que a lo largo de décadas hemos construido: el voto, el IFE, la división de poderes, etcétera.
No permitamos un país en el que quien viola la ley se sale con la suya, como lo demuestra nuestra vida cotidiana y las acciones de algunos políticos. En el que la economía no responda a plenitud y el tejido social sufra aún más. En el que sigamos operando bajo una lógica presidencialista, lo que contribuirá a que sigamos atascados, y en el que la decepción con la democracia nos puede alcanzar. Sobre todo, no permitamos un país poco promisorio: ¡aferrémonos al México que se nos va, es decir, a la cultura democrática y tolerante que ya habíamos hasta cierto punto comenzado a construir – y que ahora está en riesgo– y que es el camino a un país mejor!
¿Por qué está en riesgo? Por la desilusión que ha representado Fox. Porque parece que, gane quien gane la Presidencia, no hemos entendido que el Presidente es importante pero que más importante aún es cómo se relacionará con el Congreso y cómo estará conformado éste. Porque el país está polarizado entre Calderón y López Obrador y ambos bandos se comportan como si México se acabara el 3 de julio de 2006, o sea, parece que sólo quieren llegar al poder porque sí y no porque tengan una visión de futuro coherente, viable y convincente. Se comportan también como si hubiera que aniquilar al “enemigo” y como si se prepararan para llevar a cabo venganzas una vez que accedan al poder. Porque el PRI no hace más que intentar reventar la elección. Porque Rafael Sebastián Guillén y algunos grupos radicales son unos intolerantes, antisistema y, la verdad, un peligro para la democracia. Y, sobre todo, porque la ciudadanía ya se está hartando de todo lo anterior.
Enfaticemos, entonces, que México no va bien, pero, hay una forma de reorientarlo: meditemos sobre nuestros errores, seamos pacientes con la democracia –aunque todavía nos falta mucho para ser una democracia plena ya estamos en camino– y, sobre todo, tengamos claro que nosotros, los mexicanos, y no sólo los políticos, somos también responsables del destino de la nación. Lo repito: aferrémonos al México que se nos va…y ahuyentemos al que se nos viene; es nuestra responsabilidad.
Armando Román Zozaya
Un México que se va y otro que se acerca
En diciembre del 2000 se consolidó un nuevo México. En él, el IFE gozaba de credibilidad, las elecciones, por fin, eran respetadas, la ciudadanía creía en la democracia, el PRI ya no era dueño de la Presidencia de la República y surgió una nueva relación de facto –en el papel siempre estuvo ahí– entre los poderes ejecutivo y legislativo. Muchos salieron a las calles a celebrar junto con quien había encabezado el proceso en su última etapa, o sea, después de las reformas electorales de los años noventa: Vicente Fox. En la algazara del momento nadie se dio cuenta, o quienes lo hicieron se lo callaron para no arruinar la fiesta, de que México sí era distinto, pero sufría de males congénitos: un Estado de derecho débil, una sociedad desgarrada por la desigualdad económica, y políticos incapaces de generar acuerdos enfocados hacia el futuro.
A 5 años de la histórica ocasión, está claro que esos males, asociados a la incapacidad de la clase política y de los ciudadanos para darles solución, están provocando que el nuevo México se parezca cada vez más a su ascendencia, al viejo México, y que, poco a poco, deje de ser la promesa democrática en la que muchos, incluso a nivel mundial, creían: el México que vio la luz hace 5 años es el México que se nos va. Con él, se va también la esperanza de tener un país capaz de proveer una vida digna para todos.
A medida que ese nuevo México se aleja, se nos acerca otro. El México que se nos viene es uno en donde lo negativo que todavía prevalecía en el nuevo México se “solidificará”. Será un país en el que quien rompe la ley es recompensado. En el que los legisladores creen que el recinto legislativo es lugar para intercambiar insultos, mostrar pancartas y demás, y en el que el presidente culpa a otros de sus fallas: será un México incluso más difícil que el actual.
En consecuencia, nos podremos ir despidiendo del Estado de derecho que tanto nos hace falta. También diremos adiós al crecimiento económico que la nación requiere pues, sin Estado de derecho, es difícil que la economía crezca a las tasas que necesitamos. Así, el tejido social se verá dañado aún más y probablemente nos deslizaremos en un tobogán con destino trágico: dejaremos de creer en la democracia, pues con ella no llegaron las soluciones a los problemas que nos agobian. Y terminaremos peor que como empezamos: con un México muy similar al anterior a Fox pero decepcionado de, y no esperanzado con, la democracia.
¿En qué nos equivocamos?
El mexicano es plenamente presidencialista: del presidente se espera todo y se le achaca todo porque es percibido como capaz de solucionar problemas tan sólo con desearlo. Esta actitud es comprensible ya que, hasta tiempos recientes, el presidente era el actor político máximo y clave del país y estaba, incluso, por encima de las instituciones. Pero uno de los efectos de la transición democrática es que las cosas ya no son así. No obstante, muchos todavía no lo han comprendido y por eso, por ejemplo, López Obrador es tan popular: alguien que vende la idea de que él, y nadie más que él, es lo que el país requiere, tiene garantizado el lograr apoyos cuando la abrumadora mayoría de las personas cree en los caudillos (justo como sucedió con Fox).
Para muchos, entonces, el problema radicaba en que el Presidente siempre había sido del PRI y que éste es un partido de corruptos, ladrones, etcétera. Así, para tener un mejor México era necesario y suficiente un Presidente que no fuera priista. Eso fue lo que vendió Fox: sacar al PRI de Los Pinos. Y muchos, al parecer incluido él, creyeron que con eso el país ya sería otro. Ciertamente, el hecho mismo de que a Fox se le respetara la victoria era un indicador irrefutable de que México estaba transformándose, pero esa transformación no culminaba con un cambio en la Presidencia: ahí apenas comenzaba la etapa más difícil.
Una vez que Fox había ganado, él, sus colaboradores y su partido tendrían que haberse enganchado en promover, negociar y agenciar una refundación del país. Esto implicaba, e implica, una lógica de confrontación política, ya que para cambiar un país a fondo es necesario romper esquemas, debilitar cotos de poder y resquebrajar resistencias. Eso es lo que hizo Thatcher en el Reino Unido y por eso su largo mandato estuvo cubierto de controversias que se discuten hasta la fecha. Pero nadie duda de que Gran Bretaña requería un severo reacomodo.
Fox y los suyos tenían con qué encabezar un movimiento de magnitudes históricas, porque si ha habido un presidente plenamente legítimo en México en tiempos recientes ése ha sido Vicente Fox. Además, México estaba ilusionado, o sea, el terreno estaba abonado para de veras intentar un cambio. Pero el PAN, Fox y su equipo optaron por la vía fácil y cómoda y dejaron intacto lo que quedaba, y queda, del viejo régimen (se dirá que Fox no es el PAN y viceversa, sin embargo los legisladores y la dirigencia del partido sí han estado con él). La oposición, por su parte, no estuvo dispuesta a cooperar en nada fundamental. Y los ciudadanos no sólo no exigieron las reformas que el país requiere sino que, además, “abandonaron” a Fox al no darle mayoría en el Congreso. Tal vez el voto dividido demuestre la madurez de los mexicanos, pero me temo que no: demuestra que pensamos que cambiando al Presidente todo se solucionaría y, por lo tanto, quien ganara el Congreso no era relevante.
¿Pero era posible cambiar México a fondo? El foxismo tenía todo lo que se requería para intentarlo, incluso sin tener mayoría en el Congreso. Mas de ahí a que fuera posible no es lo mismo. Consideremos que Fox y el PAN terminaron en el peor de los mundos: intentaron gobernar un sistema que dependía del Presidente, pero sin que éste tuviera los poderes, sobre todo informales, que disfrutaron sus antecesores priistas. Dichos poderes son los que permitieron que nuestro sistema presidencial (degenerado en presidencialismo) funcionara: cuando el PRI era omnipotente, el Presidente palomeaba a los congresistas y éstos no se constituían en oposición incluso si no estaban de acuerdo con las iniciativas presidenciales. Y los pocos congresistas de oposición, aunque lo fueran genuinamente, nunca tuvieron los números suficientes para bloquear al PRI. Así, éste gobernaba.
Fox no palomeó a los miembros del Congreso y, además, el PAN no logró la mayoría. Resultado: el Presidente enfrentado con los congresistas. ¿Por qué? Al salir el PRI de Los Pinos, el país comenzó a funcionar como lo marca la Constitución; la división de poderes se materializó, o sea, llegamos finalmente a un sistema presidencial y dejamos el presidencialista. Pero el sistema presidencial es conflictivo per se puesto que divide el poder, y si los actores políticos no están dispuestos a cooperar, está destinado al atasco. El PRI, la fuerza opositora más grande, estaba adolorido, incrédulo y en plan revanchista, y el PRD no le daría concesión alguna a un gobierno de “extrema derecha”. Resultado: el presidente contra la pared y el poder no dividido, sino pulverizado, debido a que ningún partido tenía fuerza suficiente para conducir el país y tampoco nadie tuvo la sensatez para cooperar con alguien más y, así, gobernar.
Es por esto que la pregunta vale la pena: ¿se podía cambiar México a fondo? Seamos honestos: no está claro si hubiera sido posible. Lo que sí es evidente es que la oportunidad de intentarlo estaba sobre la mesa, y que el foxismo prefirió no tomarla e irse por el camino cómodo de la no confrontación, sobre todo con el PRI. Al hacer esto y desperdiciar gran parte de su capital político tratando de solucionar, ingenuamente, el problema de Chiapas, se condenó a sí mismo a no poder hacer nada fundamental por México. No es que no haya hecho absolutamente nada, pero no hizo nada fundamental: México requiere prepararse para encarar los siguientes 20-30 años, y será dentro de ese lapso cuando las reformas que el foxismo no quiso o no pudo intentar, en serio y no en el discurso, nos van a hacer falta; y pagaremos dolorosas facturas en consecuencia.
Fox, sus colaboradores y el PAN se equivocaron entonces en creer que con sacar al PRI de Los Pinos sería suficiente. Una vez que se dieron cuenta de que con eso no bastaba, no fueron capaces de negociar a fondo con la oposición los asuntos claves del país. Recurrieron entonces a la ciudadanía pero sin explicar a fondo por qué y para qué era importante “quitarle el freno al cambio”. Sobre todo, como ya se comentó, el foxismo se equivocó en no irse encima del PRI, de los sindicatos, etcétera, desde el principio. No se trataba de hacerles la guerra, mas sí de esclarecer cuáles eran las prioridades del gobierno y usar todos los medios legales a su disposición para lograr alcanzarlas, incluso la fuerza. Y aquí el otro error del foxismo: no aplicar la ley. Por ejemplo, cuando los señores de Atenco se opusieron violentamente a la construcción del nuevo aeropuerto del DF. Esta demostración de debilidad por parte del gobierno evidenció que ni aun Fox mismo entendía que encabezaba una Administración plenamente legal y legítima, y que entre sus responsabilidades y obligaciones estaba el usar la fuerza. Después de lo de Atenco era evidente que el gobierno foxista no actuaba seriamente y que su compromiso con los cambios que la nación demanda era, al menos, dudoso, pues no estaba dispuesto a pagar los costos que conllevarían: si algunos machetes bloquearon el aeropuerto, ¿se atrevería el foxismo a buscar las reformas estructurales?
Los partidos de oposición también cometieron errores. El que creyeran que cualquier cosa que saliera bien en el país era un logro del Presidente demuestra su pobre cultura política: ni siquiera ellos mismos entienden que México ya no es un presidencialismo.
Otro error: el no darse cuenta de que la ausencia de los cambios fundamentales que no se han realizado daña al país y, por lo tanto, creará problemas para quienquiera que ocupe el gobierno después de Fox y de los actuales legisladores. Lo paradójico es que al entender las reformas como un “logro del Presidente”, la oposición reconoce que son importantes y necesarias. Y aún así las resiste.
Oposición y foxismo no han sabido entender entonces, o lo entienden pero prefieren evitarse problemas, que México necesita equiparse para el futuro. Si la Administración foxista no tuvo los tamaños para “entrarle” de lleno a las reformas, la oposición, simplemente, no tuvo visión de Estado; sólo la tuvo, y la tiene, electorera.
Los ciudadanos también nos equivocamos. Creímos que el cambio en la Presidencia sería suficiente. Pensamos que la transición ahí terminaba cuando, en realidad, apenas comenzaba. No me refiero a la transición democrática, sino a la transición a otro México: uno mejor. Nos equivocamos también al no otorgarle la mayoría al PAN en el Congreso. Y nos estamos equivocando al no entender que el presidente importa, pero no puede hacerlo todo solo. Por ello, estamos cerca de, otra vez, elegir un presidente que como candidato promete mucho, aunque ni él mismo comprende, sus 50 compromisos así lo demuestran, que el Presidente no es un hechicero y, sobre todo, que México ya no es presidencialista y, por lo tanto, no necesita un dirigente que piense en esos términos.
Dadas las equivocaciones señaladas, logramos que un gobierno con mucho potencial fracasara y se encamine a pasar a la historia como uno promedio y, para muchos, hasta mediocre. La palabra fracaso es dura, sin embargo, al menos relativamente, eso es lo que el foxismo, “gracias” a los esfuerzos de todos, ha cosechado hasta ahora. Dos ejemplos:
- Es un fracaso que no se haya logrado la reforma fiscal, ya que ésta permitiría una recaudación mejor y mayor, programas sociales más amplios e incluyentes, liberar recursos de PEMEX para que sean invertidos en la empresa misma, hacer más justa la carga fiscal entre todos los mexicanos y, sobre todo, hacer más competitivo al país en términos internacionales.
- La ausencia de reforma energética es también un fracaso rotundo. Y no me refiero necesariamente a privatizar PEMEX-CFE puesto que ésa no es la única opción. Sin reforma, estamos condenados a seguir exportando petróleo para luego importar gasolina, por ejemplo, y a perder cadenas de valor agregado que se podrían obtener si refináramos y procesáramos más crudo dentro de nuestras fronteras.
Lo que el foxismo deja pendiente puede no ser muy notorio en el corto plazo. Pero eventualmente la nación pagará las consecuencias de la miopía de sus gobernantes, la falta de compromiso con el país por parte de la oposición y el desinterés de la ciudadanía. En particular, México va a pagar caro que todavía muchos, en todos los niveles, creen que se sigue siendo presidencialista. La otra opción es que México se convierta en un mejor país en los siguientes años, pero esto requiere que todos nos comprometamos a ello.
¿Qué sigue?
Parece que, en cuanto a cuestiones fundamentales se refiere, el foxismo ha sido hasta cierto punto una pérdida de tiempo y de recursos. Lo peor es que nunca más tendremos otros seis años tan especiales pues el Gobierno de Fox encarnó las esperanzas de muchos en la democracia. Así, el fracaso de la actual Administración, el cual como aquí se ha señalado es en sí un fracaso de toda la clase política y hasta de la ciudadanía, será dañino no únicamente desde la perspectiva económica –véase el récord del sexenio en términos de crecimiento económico y de creación de empleo, y considérese la falta de algunas reformas clave– sino también política e histórica: el desencanto democrático podría ser lo que cosechemos y, con éste, la pérdida de credibilidad en lo positivo que a lo largo de décadas hemos construido: el voto, el IFE, la división de poderes, etcétera.
No permitamos un país en el que quien viola la ley se sale con la suya, como lo demuestra nuestra vida cotidiana y las acciones de algunos políticos. En el que la economía no responda a plenitud y el tejido social sufra aún más. En el que sigamos operando bajo una lógica presidencialista, lo que contribuirá a que sigamos atascados, y en el que la decepción con la democracia nos puede alcanzar. Sobre todo, no permitamos un país poco promisorio: ¡aferrémonos al México que se nos va, es decir, a la cultura democrática y tolerante que ya habíamos hasta cierto punto comenzado a construir – y que ahora está en riesgo– y que es el camino a un país mejor!
¿Por qué está en riesgo? Por la desilusión que ha representado Fox. Porque parece que, gane quien gane la Presidencia, no hemos entendido que el Presidente es importante pero que más importante aún es cómo se relacionará con el Congreso y cómo estará conformado éste. Porque el país está polarizado entre Calderón y López Obrador y ambos bandos se comportan como si México se acabara el 3 de julio de 2006, o sea, parece que sólo quieren llegar al poder porque sí y no porque tengan una visión de futuro coherente, viable y convincente. Se comportan también como si hubiera que aniquilar al “enemigo” y como si se prepararan para llevar a cabo venganzas una vez que accedan al poder. Porque el PRI no hace más que intentar reventar la elección. Porque Rafael Sebastián Guillén y algunos grupos radicales son unos intolerantes, antisistema y, la verdad, un peligro para la democracia. Y, sobre todo, porque la ciudadanía ya se está hartando de todo lo anterior.
Enfaticemos, entonces, que México no va bien, pero, hay una forma de reorientarlo: meditemos sobre nuestros errores, seamos pacientes con la democracia –aunque todavía nos falta mucho para ser una democracia plena ya estamos en camino– y, sobre todo, tengamos claro que nosotros, los mexicanos, y no sólo los políticos, somos también responsables del destino de la nación. Lo repito: aferrémonos al México que se nos va…y ahuyentemos al que se nos viene; es nuestra responsabilidad.
"La recta final: ¿el retorno del PRI?"
(Publicado el 31 de mayo de 2006 en “Diario Monitor,” México)
Armando Román Zozaya
De acuerdo con las encuestas, si las elecciones fueran esta semana se supone que ganaría Calderón, aunque por un margen muy estrecho.
Precisamente porque la diferencia entre Calderón y López es pequeña, éste podría ganar la elección. De hecho, sus posibilidades son buenas porque el PRI está totalmente perdido y muchos de sus votos estarán “disponibles” para el PAN o el PRD. Todo indica, no obstante, que la mayoría de esos votos seguirá a López puesto que los dinosaurios del priismo, y sus bases, están con él. Mientras tanto, con Calderón están aquellos priistas más de corte tecnócrata, sin muchos votos detrás.
Calderón podría dar el golpe final en el próximo debate, sin embargo, el escenario se vislumbra difícil para él pues, por un lado, es probable que López, como ya lo hizo una vez con el jefe Diego, se dedique a atacarlo y hasta insultarlo: que si su patrón es Salinas, que si el FOBAPROA, que si la elección de Estado, que si el crédito de BANOBRAS, etcétera. Además, dirá y repetirá hasta el cansancio que él es el candidato del pueblo y la esperanza mientras que Calderón es el de los ricos, explotadores, ladrones, saqueadores y demás.
Tal vez Madrazo decida aceptar lo evidente: que ya perdió. O más bien decida actuar en consecuencia puesto que parece que ya tiene claro que, para ganar, necesita un milagro. Así, seguramente en el debate se lanzará contra Calderón con el fin de garantizar la victoria del PRD; ya habrá tiempo después para cobrar por el favor. ¿O nos sorprenderá y apoyará a Calderón? Lo dudo pues Gordillo está con el PAN, muchos en el PRI detestan a la “extrema derecha” y el hermano es el PRD, no el PAN: la sangre llama.
A Calderón le sobra material con el cual atacar a López, pero, si lo hace es probable que éste responda con la historia del complot y se haga la víctima; los misiles podrían resultar contraproducentes.
Durante el debate, por lo tanto, Calderón debería tal vez intentar explicarle al electorado por qué él cree que sus propuestas son las mejores e ignorar las bravuconadas de López y de Madrazo. Aun así, los probables ataques de éstos pueden lograr capturar la atención de los votantes y Calderón no podrá detallar lo que trae en mente, independientemente de si sus ideas son buenas o malas.
Ahora bien, en el remoto caso de que López salga a debatir y no a agredir, el electorado tendrá una oportunidad de oro para decidir su voto, asumiendo que Calderón haga lo mismo y no sea él quien golpee.
Creo que si López sale a insultar generará la imagen de que ganó el debate. No obstante, también podría ganarlo si se da un intercambio de ideas serio. En todo caso, si lo gana, y asumiendo que el triunfo es crucial y determinará el rumbo de la elección, es una lástima que no llegará al poder una izquierda inteligente, como lo es la corriente de Patricia Mercado, sino el priismo reciclado en el PRD: los colaboradores principales de López, él mismo, sus aliados, su pasado y su futuro (alianza de facto con el PRI) son priistas.
¿Será que México sólo aguantó 6 años sin el PRI en el ejecutivo? ¿Tan mal lo hicieron Fox y el PAN que queremos que regresen los que construyeron una cultura corrupta o, en todo caso, no hicieron nada por revertirla si siempre ha estado ahí, se creían dueños del país, cometieron fraude en 1988 y nos legaron millones de pobres?
No olvidemos que López fue priista durante la época de oro del partido. Y recordemos que él, Cárdenas y otros abandonaron el barco no porque el sistema priista les pareciera inadecuado sino porque perdieron dentro del mismo: se fueron, crearon un partido “alternativo”, no lograron mucho y hoy, excepto por Cárdenas, unen fuerzas con quienes decían detestar y acusaban de sucios, de fraudulentos y nocivos para el país.
La eventual victoria del PRD-PRI me parece, entonces, un retroceso. Ojalá, sin embargo, que la poca institucionalidad democrática que ya hemos logrado –resultado de que el PRI, eventualmente, no tuvo más remedio que comenzar el tránsito hacia la democracia– sea lo suficientemente fuerte para resistir lo que se avecina: un Presidente priista en un mundo que ya no lo es del todo.
Y, si no, ojalá entonces que yo esté equivocado y que López, a pesar de su priismo, y a diferencia de Fox, sea un estupendo Presidente. Resta una duda: ¿si votamos mayoritariamente por el PRI-PRD, significa eso que México sigue siendo priista hasta la médula?
Armando Román Zozaya
De acuerdo con las encuestas, si las elecciones fueran esta semana se supone que ganaría Calderón, aunque por un margen muy estrecho.
Precisamente porque la diferencia entre Calderón y López es pequeña, éste podría ganar la elección. De hecho, sus posibilidades son buenas porque el PRI está totalmente perdido y muchos de sus votos estarán “disponibles” para el PAN o el PRD. Todo indica, no obstante, que la mayoría de esos votos seguirá a López puesto que los dinosaurios del priismo, y sus bases, están con él. Mientras tanto, con Calderón están aquellos priistas más de corte tecnócrata, sin muchos votos detrás.
Calderón podría dar el golpe final en el próximo debate, sin embargo, el escenario se vislumbra difícil para él pues, por un lado, es probable que López, como ya lo hizo una vez con el jefe Diego, se dedique a atacarlo y hasta insultarlo: que si su patrón es Salinas, que si el FOBAPROA, que si la elección de Estado, que si el crédito de BANOBRAS, etcétera. Además, dirá y repetirá hasta el cansancio que él es el candidato del pueblo y la esperanza mientras que Calderón es el de los ricos, explotadores, ladrones, saqueadores y demás.
Tal vez Madrazo decida aceptar lo evidente: que ya perdió. O más bien decida actuar en consecuencia puesto que parece que ya tiene claro que, para ganar, necesita un milagro. Así, seguramente en el debate se lanzará contra Calderón con el fin de garantizar la victoria del PRD; ya habrá tiempo después para cobrar por el favor. ¿O nos sorprenderá y apoyará a Calderón? Lo dudo pues Gordillo está con el PAN, muchos en el PRI detestan a la “extrema derecha” y el hermano es el PRD, no el PAN: la sangre llama.
A Calderón le sobra material con el cual atacar a López, pero, si lo hace es probable que éste responda con la historia del complot y se haga la víctima; los misiles podrían resultar contraproducentes.
Durante el debate, por lo tanto, Calderón debería tal vez intentar explicarle al electorado por qué él cree que sus propuestas son las mejores e ignorar las bravuconadas de López y de Madrazo. Aun así, los probables ataques de éstos pueden lograr capturar la atención de los votantes y Calderón no podrá detallar lo que trae en mente, independientemente de si sus ideas son buenas o malas.
Ahora bien, en el remoto caso de que López salga a debatir y no a agredir, el electorado tendrá una oportunidad de oro para decidir su voto, asumiendo que Calderón haga lo mismo y no sea él quien golpee.
Creo que si López sale a insultar generará la imagen de que ganó el debate. No obstante, también podría ganarlo si se da un intercambio de ideas serio. En todo caso, si lo gana, y asumiendo que el triunfo es crucial y determinará el rumbo de la elección, es una lástima que no llegará al poder una izquierda inteligente, como lo es la corriente de Patricia Mercado, sino el priismo reciclado en el PRD: los colaboradores principales de López, él mismo, sus aliados, su pasado y su futuro (alianza de facto con el PRI) son priistas.
¿Será que México sólo aguantó 6 años sin el PRI en el ejecutivo? ¿Tan mal lo hicieron Fox y el PAN que queremos que regresen los que construyeron una cultura corrupta o, en todo caso, no hicieron nada por revertirla si siempre ha estado ahí, se creían dueños del país, cometieron fraude en 1988 y nos legaron millones de pobres?
No olvidemos que López fue priista durante la época de oro del partido. Y recordemos que él, Cárdenas y otros abandonaron el barco no porque el sistema priista les pareciera inadecuado sino porque perdieron dentro del mismo: se fueron, crearon un partido “alternativo”, no lograron mucho y hoy, excepto por Cárdenas, unen fuerzas con quienes decían detestar y acusaban de sucios, de fraudulentos y nocivos para el país.
La eventual victoria del PRD-PRI me parece, entonces, un retroceso. Ojalá, sin embargo, que la poca institucionalidad democrática que ya hemos logrado –resultado de que el PRI, eventualmente, no tuvo más remedio que comenzar el tránsito hacia la democracia– sea lo suficientemente fuerte para resistir lo que se avecina: un Presidente priista en un mundo que ya no lo es del todo.
Y, si no, ojalá entonces que yo esté equivocado y que López, a pesar de su priismo, y a diferencia de Fox, sea un estupendo Presidente. Resta una duda: ¿si votamos mayoritariamente por el PRI-PRD, significa eso que México sigue siendo priista hasta la médula?
"México: el país que ya perdió"
(Publicado el día 24 de mayo de 2006 en “Diario Monitor”, México)
Armando Román Zozaya
Roberto Madrazo dice que va a impugnar la elección porque será una de Estado. Es obvio que está desesperado: ¿Fox controla al IFE? ¿Al Tribunal Electoral? ¿A los miles de funcionarios de casilla que se requerirán el 2 de julio?
En México no hay condiciones para una Elección de Estado. Así, Madrazo va a perder no porque el PAN y el gobierno maniobren en su contra sino porque su candidatura no convence a nadie. Él y todo México lo saben.
Lo anterior no significa que el presidente no tenga las manos metidas en la campaña. Cada vez que habla lo hace para dar un golpe a AMLO. Y parece que intentó convencer al Niño Verde –por cierto, ¿es verde porque seguramente tiene muchos dólares?– de que su partido se aliara con el PAN. Así, aunque no es posible una Elección de Estado, Fox sí está en la arena electoral.
En el circo en el que se han convertido las campañas, el PRD y su candidato no se quedan atrás: todo indica que, si pierden, no van a reconocer el resultado. Y así como es obvio que Fox está metido en la campaña, también lo es que el gobierno del DF lo está.
Rafael Sebastián Guillén y un grupo de extremistas de Atenco y de la UNAM, entre otros, también quieren participar en el show. Se han dedicado a desestabilizar y provocar. En retorno, recibieron una paliza hasta cierto punto injustificada. Claro está que algunos de los radicales son tan salvajes como algunos de los policías involucrados, pero, éstos representan al Estado y no pueden actuar con base en la sed de venganza, como parece que lo hicieron.
Todo lo anterior ha resultado en tensión y temor. De hecho, cabe la posibilidad de que la elección, en el mejor de los escenarios, sea impugnada por las vías legales y hasta se tenga que repetir. En el peor escenario, podríamos ver violencia en las calles, inestabilidad, etcétera.
¿Alguien entiende a qué aspira la clase política mexicana? Se comporta como si no hubiera un país de por medio. Es evidente, casi hasta el punto del llanto, que no importa que México sufra de innumerables problemas, que el gasto en partidos y demás es estratosférico, que nos costó años el construir mecanismos confiables para emitir y contar nuestros votos, etcétera: para nuestros políticos, hay que ganar cueste lo que cueste. Y, si se pierde, hay que reventar la elección para tener una segunda oportunidad.
Eso es precisamente lo que el PRI y el PRD parecen desear; por eso se han aliado. Juntos pueden provocar que la elección se repita o, incluso, ganarla. Si es así, atestiguaremos el retorno de lo que queda de la Familia Revolucionaria, aunque acompañada de la supuesta izquierda que, durante años, luchó para sacarla del poder. ¿Paradoja? No: el poder es el poder y los enemigos de ayer pueden ser buenos amigos hoy si nos ayudan a conseguirlo.
De ganar el PRI-PRD, las elecciones servirán para justificar los futuros “triunfos” de los hermanos que ya entendieron –aunque se tardaron casi 20 años– que, si se separan, salen perdiendo: nunca más lo harán. Así, volveremos al mundo anterior al 2000, pero, con elecciones costosas de por medio: una burla, pues.
El presidente que ganó gracias a la democracia será hasta cierto punto responsable del retorno de la vieja clase política y del eventual uso de las elecciones para justificar que, los de siempre, nos gobiernen de nuevo y por mucho tiempo: si no se hubiera metido a la campaña, si no le hubiera temblado la mano a la hora de ciertas decisiones clave, si hubiera sabido ser tan buen presidente como fue candidato, Madrazo y López Obrador no tendrían argumentos ni votos suficientes.
Mientras tanto, Sebastián Guillén y sus amigos dan lástima pues contribuyen a la destrucción de lo que nos podría haber conducido a ser un mejor país: elecciones limpias. Eso es lo que ellos quieren; son antisistema, pero, ¿es lo que México necesita?
Si la elección no es impugnada y gana el PAN, Calderón no gozará de legitimidad suficiente: serán 6 años difíciles. Y si gana el PRI-PRD, los que se habían ido retornarán: ¿de veras queremos que vuelvan? No soy panista, sin embargo, entre el PAN y el PRI-PRD creo que aquél es el mal menor.
Pero dadas las “brillantes” maniobras de todos los involucrados, es casi un hecho que la elección sí será reventada/impugnada, la democracia perderá credibilidad y habrá hartazgo y decepción: ¿y después qué?
Pase lo que pase el 2 de julio, entonces, me parece que México ya perdió. Ojalá me equivoque.
Armando Román Zozaya
Roberto Madrazo dice que va a impugnar la elección porque será una de Estado. Es obvio que está desesperado: ¿Fox controla al IFE? ¿Al Tribunal Electoral? ¿A los miles de funcionarios de casilla que se requerirán el 2 de julio?
En México no hay condiciones para una Elección de Estado. Así, Madrazo va a perder no porque el PAN y el gobierno maniobren en su contra sino porque su candidatura no convence a nadie. Él y todo México lo saben.
Lo anterior no significa que el presidente no tenga las manos metidas en la campaña. Cada vez que habla lo hace para dar un golpe a AMLO. Y parece que intentó convencer al Niño Verde –por cierto, ¿es verde porque seguramente tiene muchos dólares?– de que su partido se aliara con el PAN. Así, aunque no es posible una Elección de Estado, Fox sí está en la arena electoral.
En el circo en el que se han convertido las campañas, el PRD y su candidato no se quedan atrás: todo indica que, si pierden, no van a reconocer el resultado. Y así como es obvio que Fox está metido en la campaña, también lo es que el gobierno del DF lo está.
Rafael Sebastián Guillén y un grupo de extremistas de Atenco y de la UNAM, entre otros, también quieren participar en el show. Se han dedicado a desestabilizar y provocar. En retorno, recibieron una paliza hasta cierto punto injustificada. Claro está que algunos de los radicales son tan salvajes como algunos de los policías involucrados, pero, éstos representan al Estado y no pueden actuar con base en la sed de venganza, como parece que lo hicieron.
Todo lo anterior ha resultado en tensión y temor. De hecho, cabe la posibilidad de que la elección, en el mejor de los escenarios, sea impugnada por las vías legales y hasta se tenga que repetir. En el peor escenario, podríamos ver violencia en las calles, inestabilidad, etcétera.
¿Alguien entiende a qué aspira la clase política mexicana? Se comporta como si no hubiera un país de por medio. Es evidente, casi hasta el punto del llanto, que no importa que México sufra de innumerables problemas, que el gasto en partidos y demás es estratosférico, que nos costó años el construir mecanismos confiables para emitir y contar nuestros votos, etcétera: para nuestros políticos, hay que ganar cueste lo que cueste. Y, si se pierde, hay que reventar la elección para tener una segunda oportunidad.
Eso es precisamente lo que el PRI y el PRD parecen desear; por eso se han aliado. Juntos pueden provocar que la elección se repita o, incluso, ganarla. Si es así, atestiguaremos el retorno de lo que queda de la Familia Revolucionaria, aunque acompañada de la supuesta izquierda que, durante años, luchó para sacarla del poder. ¿Paradoja? No: el poder es el poder y los enemigos de ayer pueden ser buenos amigos hoy si nos ayudan a conseguirlo.
De ganar el PRI-PRD, las elecciones servirán para justificar los futuros “triunfos” de los hermanos que ya entendieron –aunque se tardaron casi 20 años– que, si se separan, salen perdiendo: nunca más lo harán. Así, volveremos al mundo anterior al 2000, pero, con elecciones costosas de por medio: una burla, pues.
El presidente que ganó gracias a la democracia será hasta cierto punto responsable del retorno de la vieja clase política y del eventual uso de las elecciones para justificar que, los de siempre, nos gobiernen de nuevo y por mucho tiempo: si no se hubiera metido a la campaña, si no le hubiera temblado la mano a la hora de ciertas decisiones clave, si hubiera sabido ser tan buen presidente como fue candidato, Madrazo y López Obrador no tendrían argumentos ni votos suficientes.
Mientras tanto, Sebastián Guillén y sus amigos dan lástima pues contribuyen a la destrucción de lo que nos podría haber conducido a ser un mejor país: elecciones limpias. Eso es lo que ellos quieren; son antisistema, pero, ¿es lo que México necesita?
Si la elección no es impugnada y gana el PAN, Calderón no gozará de legitimidad suficiente: serán 6 años difíciles. Y si gana el PRI-PRD, los que se habían ido retornarán: ¿de veras queremos que vuelvan? No soy panista, sin embargo, entre el PAN y el PRI-PRD creo que aquél es el mal menor.
Pero dadas las “brillantes” maniobras de todos los involucrados, es casi un hecho que la elección sí será reventada/impugnada, la democracia perderá credibilidad y habrá hartazgo y decepción: ¿y después qué?
Pase lo que pase el 2 de julio, entonces, me parece que México ya perdió. Ojalá me equivoque.
"Marcos: la izquierda chueca"
(Publicado el día 17 de mayo de 2006 en “Diario Monitor”, México)
Armando Román Zozaya
Rafael Sebastián Guillén, el subcomandante Marcos, es marxista radical. Así, es completamente antisistema: no cree en el capitalismo ni en la democracia representativa. Para él, el capitalismo resulta en la explotación de muchos por pocos. Y la democracia representativa es un invento burgués utilizado para justificar, precisamente, el dominio de los pocos sobre los muchos.
Por ello, Guillén critica todo: él, a diferencia de López Obrador y del PRD, sí es de izquierda en serio; desea un mundo distinto. Pero ese mundo no es viable ni, mucho menos, deseable: Guillén es de izquierda, sí, pero de izquierda chueca.
Nuestro problema no es el capitalismo ni lo es la democracia sino que los indígenas que Guillén dice representar, y millones de mexicanos, no disfrutan de ellos. ¿Por qué, por ejemplo, se han registrado desde 1974 masivas expulsiones de indígenas en los Altos de Chiapas? Porque los expulsados se rebelaron ante los caciques (indígenas) que, sobre las bases de “el costumbre” (la religión católica mezclada con elementos prehispánicos) y con el apoyo del gobierno federal, impusieron desde los años cincuenta férreos controles económicos y políticos en las comunidades (intente Usted abrir una tiendita de refrescos en San Juan Chamula: si le va bien, los caciques nada más lo golpean). Muchos indígenas, cansados de esta situación, optaron por el protestantismo; cambiar de religión equivalía a ya no estar bajo control caciquil. Resultado: los nuevos protestantes fueron expulsados. Esto no es consecuencia ni del capitalismo ni de la democracia sino de la falta de ambos.
Así, Guillén comete tres errores. El primero es creer que lo que tenemos en México es democracia. Ciertamente, ahora elegimos a nuestros representantes por medio del voto, pero, México no es una democracia plena: falta que aprendamos a respetar la ley.
Su segundo error es pensar que México es capitalista. Efectivamente, en México se supone que prevalecen la propiedad privada y los mercados. Sin embargo, en la práctica esto no es así: millones de mexicanos viven en la informalidad y, por lo tanto, no tienen realmente propiedad privada incluso si poseen una casa o terreno o etcétera.
Nuestros mercados no funcionan adecuadamente. Esto se debe a razones que van desde que nos falta infraestructura física hasta factores culturales: a las mujeres se les paga menos por ser mujeres, a los indígenas se les discrimina por ser indígenas, etcétera. Además, la legalidad no se respeta: ¿tenemos de veras una economía de mercado?
El tercer error de Guillén es típico de los marxistas ortodoxos: cree que el capitalismo es lo que Marx atestiguó en Inglaterra a mediados del siglo XIX. Ese capitalismo sí resultaba en explotación de muchos por unos pocos, pero, gracias precisamente a la democracia representativa, en Europa existen Estados de Bienestar: capitalismo y democracia pueden trabajar juntos para beneficiar a todos y no nada más a unos cuantos.
El socialismo ha fracasado en todo lugar donde se le ha buscado implementar. La República Democrática Alemana, por ejemplo, llegó a ser uno de los países socialistas más ricos y prósperos, pero, nunca siquiera se acercó a los niveles de riqueza producidos en la República Federal Alemana.
Además, mientras que en Alemania Occidental los individuos gozaban de libertad de expresión, tránsito y demás, en Alemania Oriental el régimen era autoritario y represivo: ¿por qué quienes, desesperados, se aventuraban a saltar el muro de Berlín lo hacían del lado comunista al capitalista y no al revés? Porque el socialismo no es deseable: siempre ha resultado en que hay que limitar dramáticamente las libertades del individuo. Y no es viable: la historia así lo demuestra; todos los países socialistas se han colapsado (excepto Cuba y China, pero, incluso ahí lo que es el socialismo ya no prevalece realmente).
Guillén, entonces, se equivoca: si bien democracia y capitalismo no son ideales, sí son la forma menos mala de organizar al sistema político y a la economía. Y hasta que en México hayamos podido establecer capitalismo y democracia a plenitud, no podremos saber sus resultados. Yo creo que serían positivos.
Escuchemos, entonces, a Guillén, pero, para saber lo que no hay que hacer. Por cierto, en México nos urge una izquierda inteligente, no una izquierda chueca, ¿dónde está?
Armando Román Zozaya
Rafael Sebastián Guillén, el subcomandante Marcos, es marxista radical. Así, es completamente antisistema: no cree en el capitalismo ni en la democracia representativa. Para él, el capitalismo resulta en la explotación de muchos por pocos. Y la democracia representativa es un invento burgués utilizado para justificar, precisamente, el dominio de los pocos sobre los muchos.
Por ello, Guillén critica todo: él, a diferencia de López Obrador y del PRD, sí es de izquierda en serio; desea un mundo distinto. Pero ese mundo no es viable ni, mucho menos, deseable: Guillén es de izquierda, sí, pero de izquierda chueca.
Nuestro problema no es el capitalismo ni lo es la democracia sino que los indígenas que Guillén dice representar, y millones de mexicanos, no disfrutan de ellos. ¿Por qué, por ejemplo, se han registrado desde 1974 masivas expulsiones de indígenas en los Altos de Chiapas? Porque los expulsados se rebelaron ante los caciques (indígenas) que, sobre las bases de “el costumbre” (la religión católica mezclada con elementos prehispánicos) y con el apoyo del gobierno federal, impusieron desde los años cincuenta férreos controles económicos y políticos en las comunidades (intente Usted abrir una tiendita de refrescos en San Juan Chamula: si le va bien, los caciques nada más lo golpean). Muchos indígenas, cansados de esta situación, optaron por el protestantismo; cambiar de religión equivalía a ya no estar bajo control caciquil. Resultado: los nuevos protestantes fueron expulsados. Esto no es consecuencia ni del capitalismo ni de la democracia sino de la falta de ambos.
Así, Guillén comete tres errores. El primero es creer que lo que tenemos en México es democracia. Ciertamente, ahora elegimos a nuestros representantes por medio del voto, pero, México no es una democracia plena: falta que aprendamos a respetar la ley.
Su segundo error es pensar que México es capitalista. Efectivamente, en México se supone que prevalecen la propiedad privada y los mercados. Sin embargo, en la práctica esto no es así: millones de mexicanos viven en la informalidad y, por lo tanto, no tienen realmente propiedad privada incluso si poseen una casa o terreno o etcétera.
Nuestros mercados no funcionan adecuadamente. Esto se debe a razones que van desde que nos falta infraestructura física hasta factores culturales: a las mujeres se les paga menos por ser mujeres, a los indígenas se les discrimina por ser indígenas, etcétera. Además, la legalidad no se respeta: ¿tenemos de veras una economía de mercado?
El tercer error de Guillén es típico de los marxistas ortodoxos: cree que el capitalismo es lo que Marx atestiguó en Inglaterra a mediados del siglo XIX. Ese capitalismo sí resultaba en explotación de muchos por unos pocos, pero, gracias precisamente a la democracia representativa, en Europa existen Estados de Bienestar: capitalismo y democracia pueden trabajar juntos para beneficiar a todos y no nada más a unos cuantos.
El socialismo ha fracasado en todo lugar donde se le ha buscado implementar. La República Democrática Alemana, por ejemplo, llegó a ser uno de los países socialistas más ricos y prósperos, pero, nunca siquiera se acercó a los niveles de riqueza producidos en la República Federal Alemana.
Además, mientras que en Alemania Occidental los individuos gozaban de libertad de expresión, tránsito y demás, en Alemania Oriental el régimen era autoritario y represivo: ¿por qué quienes, desesperados, se aventuraban a saltar el muro de Berlín lo hacían del lado comunista al capitalista y no al revés? Porque el socialismo no es deseable: siempre ha resultado en que hay que limitar dramáticamente las libertades del individuo. Y no es viable: la historia así lo demuestra; todos los países socialistas se han colapsado (excepto Cuba y China, pero, incluso ahí lo que es el socialismo ya no prevalece realmente).
Guillén, entonces, se equivoca: si bien democracia y capitalismo no son ideales, sí son la forma menos mala de organizar al sistema político y a la economía. Y hasta que en México hayamos podido establecer capitalismo y democracia a plenitud, no podremos saber sus resultados. Yo creo que serían positivos.
Escuchemos, entonces, a Guillén, pero, para saber lo que no hay que hacer. Por cierto, en México nos urge una izquierda inteligente, no una izquierda chueca, ¿dónde está?
"El PRI: ¿el fiel de la balanza?"
(Publicado el día 3 de mayo de 2006 en “Diario Monitor”, México)
Armando Román Zozaya
Me aventuro a hacer una predicción: el PRI no va a ganar la Presidencia. El futuro presidente será López Obrador o Felipe Calderón. Sin embargo, paradójicamente, el resultado final parece depender del PRI. Veamos.
Hace casi un año apunté en un artículo que la fragmentación de la “izquierda” (o sea, el que Cuauhtémoc Cárdenas se alejara de la candidatura de AMLO y el que los zapatistas se negaran a apoyar a éste), la debacle del PAN (en todas las elecciones del año 2005 al PAN le fue mal) y las victorias del PRI en el Estado de México y en Nayarit indicaban que, de cara a las elecciones de 2006, la corriente favorecía al PRI.
Advertí, sin embargo, que el obstáculo más grande del partido rumbo a la Presidencia era, justamente, el PRI mismo: si se fracturaba como resultado del proceso de selección del candidato sus posibilidades disminuirían dramáticamente; el resultado electoral en 2006 dependería, en gran medida, de a quién apoyarían aquellos que dejaran al PRI.
Ahora está claro que el partido sí se fragmentó debido a las elecciones internas: Elba E. Gordillo y los cientos de miles de votos que, al parecer, controla, no están con Roberto Madrazo. Y muchos otros priistas, de todos los niveles, han abandonado el barco. Además, el escándalo de la fortuna de Arturo Montiel dejó al partido muy mal parado. Por si fuera poco, los recientes pleitos por las candidaturas y el papel de Madrazo en el debate han dado la puntilla al PRI en la carrera presidencial.
Sin embargo, y a pesar de los pesares, más de la tercera parte del electorado votará por el PRI para el Congreso: el priismo es la principal fuerza política nacional. ¿Por qué, entonces, no ganará la Presidencia? Sólo una cuarta parte de los votantes –la cual representa más o menos el voto duro del partido– piensa votar por Madrazo: el problema no es el PRI en sí mismo sino su candidato.
Hace varios años, cuando Madrazo peleaba la candidatura con Francisco Labastida, difundió por TV aquellos spots en los que, con las mangas remangadas y la barba medio crecida, explicaba sus logros en Tabasco. Luego, preguntaba: “¿quién dice que no se puede?” Recuerdo que una vez miraba un partido de futbol con unos amigos y uno de esos spots salió al aire. Alguien dijo: “a Madrazo no le creen ni en su casa”. Hoy, como se dice por ahí, ¿tú le crees a Madrazo?
El PRI tuvo una gran oportunidad para volver a Los Pinos, pero, la ha perdido: Madrazo, en su camino a la candidatura, se hizo de muchísimos enemigos que ahora le pasan la factura. Además, nunca logró que el electorado dejara de percibirlo como un mentiroso, traidor y corrupto (no me consta que sea ninguna de esas tres cosas, pero, eso es lo que muchos piensan de él). Por lo tanto, tal vez con otro candidato, es decir, con uno que no tuviera la pésima imagen que tiene Madrazo, la historia sería distinta y el PRI estaría cerca de retomar la Presidencia. Pero, lo que no fue no será.
A medida que el electorado, y los priístas mismos, se convenzan de que Madrazo está perdido, cabe la posibilidad de que quienes piensan votar por él decidan votar por alguien más. De hecho, se podría dar el caso de que el PRI, a propósito, empuje su voto en dirección del PRD. En este escenario, López Obrador aseguraría la victoria y el PRI podría pedir a cambio posiciones que, de otra forma, simplemente no conseguirá.
Al respecto, señalemos que hace unos días Madrazo declaró que el PAN está planeando una elección de Estado: según él, hay que formar un frente en contra de Calderón. Parece que Madrazo quiere dar la impresión de que está todavía en la pelea, al punto de que desde ahora nos advierte que Calderón podría robarle el triunfo. Sin embargo, lo que realmente puede estar sucediendo es que Madrazo ya aceptó que no va a ganar y lo del frente contra Calderón es un llamado al primohermano.
Si es así, viviremos el retorno del PRI: un gobierno del PRD con incrustaciones priistas no sería más que el viejo PRI. Si no es así, es de todos modos probable que del tricolor dependa el futuro de México pues tal vez no todos quienes hoy dicen que votarán por Madrazo finalmente lo hagan.
En ese caso, López Obrador se beneficiaría; no hay muchos priistas dispuestos a votar por el PAN, y se detendría el retroceso de su candidatura: no cabe duda de que, en tiempos de penuria, la familia es el principal aliado.
Armando Román Zozaya
Me aventuro a hacer una predicción: el PRI no va a ganar la Presidencia. El futuro presidente será López Obrador o Felipe Calderón. Sin embargo, paradójicamente, el resultado final parece depender del PRI. Veamos.
Hace casi un año apunté en un artículo que la fragmentación de la “izquierda” (o sea, el que Cuauhtémoc Cárdenas se alejara de la candidatura de AMLO y el que los zapatistas se negaran a apoyar a éste), la debacle del PAN (en todas las elecciones del año 2005 al PAN le fue mal) y las victorias del PRI en el Estado de México y en Nayarit indicaban que, de cara a las elecciones de 2006, la corriente favorecía al PRI.
Advertí, sin embargo, que el obstáculo más grande del partido rumbo a la Presidencia era, justamente, el PRI mismo: si se fracturaba como resultado del proceso de selección del candidato sus posibilidades disminuirían dramáticamente; el resultado electoral en 2006 dependería, en gran medida, de a quién apoyarían aquellos que dejaran al PRI.
Ahora está claro que el partido sí se fragmentó debido a las elecciones internas: Elba E. Gordillo y los cientos de miles de votos que, al parecer, controla, no están con Roberto Madrazo. Y muchos otros priistas, de todos los niveles, han abandonado el barco. Además, el escándalo de la fortuna de Arturo Montiel dejó al partido muy mal parado. Por si fuera poco, los recientes pleitos por las candidaturas y el papel de Madrazo en el debate han dado la puntilla al PRI en la carrera presidencial.
Sin embargo, y a pesar de los pesares, más de la tercera parte del electorado votará por el PRI para el Congreso: el priismo es la principal fuerza política nacional. ¿Por qué, entonces, no ganará la Presidencia? Sólo una cuarta parte de los votantes –la cual representa más o menos el voto duro del partido– piensa votar por Madrazo: el problema no es el PRI en sí mismo sino su candidato.
Hace varios años, cuando Madrazo peleaba la candidatura con Francisco Labastida, difundió por TV aquellos spots en los que, con las mangas remangadas y la barba medio crecida, explicaba sus logros en Tabasco. Luego, preguntaba: “¿quién dice que no se puede?” Recuerdo que una vez miraba un partido de futbol con unos amigos y uno de esos spots salió al aire. Alguien dijo: “a Madrazo no le creen ni en su casa”. Hoy, como se dice por ahí, ¿tú le crees a Madrazo?
El PRI tuvo una gran oportunidad para volver a Los Pinos, pero, la ha perdido: Madrazo, en su camino a la candidatura, se hizo de muchísimos enemigos que ahora le pasan la factura. Además, nunca logró que el electorado dejara de percibirlo como un mentiroso, traidor y corrupto (no me consta que sea ninguna de esas tres cosas, pero, eso es lo que muchos piensan de él). Por lo tanto, tal vez con otro candidato, es decir, con uno que no tuviera la pésima imagen que tiene Madrazo, la historia sería distinta y el PRI estaría cerca de retomar la Presidencia. Pero, lo que no fue no será.
A medida que el electorado, y los priístas mismos, se convenzan de que Madrazo está perdido, cabe la posibilidad de que quienes piensan votar por él decidan votar por alguien más. De hecho, se podría dar el caso de que el PRI, a propósito, empuje su voto en dirección del PRD. En este escenario, López Obrador aseguraría la victoria y el PRI podría pedir a cambio posiciones que, de otra forma, simplemente no conseguirá.
Al respecto, señalemos que hace unos días Madrazo declaró que el PAN está planeando una elección de Estado: según él, hay que formar un frente en contra de Calderón. Parece que Madrazo quiere dar la impresión de que está todavía en la pelea, al punto de que desde ahora nos advierte que Calderón podría robarle el triunfo. Sin embargo, lo que realmente puede estar sucediendo es que Madrazo ya aceptó que no va a ganar y lo del frente contra Calderón es un llamado al primohermano.
Si es así, viviremos el retorno del PRI: un gobierno del PRD con incrustaciones priistas no sería más que el viejo PRI. Si no es así, es de todos modos probable que del tricolor dependa el futuro de México pues tal vez no todos quienes hoy dicen que votarán por Madrazo finalmente lo hagan.
En ese caso, López Obrador se beneficiaría; no hay muchos priistas dispuestos a votar por el PAN, y se detendría el retroceso de su candidatura: no cabe duda de que, en tiempos de penuria, la familia es el principal aliado.
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