miércoles, junio 27, 2007

"El valor de la democracia"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el 27 de junio de 2007)

Armando Román Zozaya

¿Qué es la democracia? Generalmente, cuando hablamos de democracia no hablamos de cualquiera; nos referimos implícita o explícitamente a la democracia liberal. Esta forma de organización social está diseñada alrededor de los individuos: las leyes existen para protegerles. Por ello, por ejemplo, el método para elegir a los gobernantes es el voto en elecciones limpias y periódicas: el individuo ejercita su libertad y se asegura de que ésta continúe al decidir quién le gobernará.

No se trata de un orden social perfecto, pero, es el menos malo pues enfatiza ciertos derechos que, en teoría, toda persona valora, por ejemplo, la propiedad privada, la igualdad ante la ley y la oportunidad de participar en las decisiones de la colectividad. Asimismo, en la mayoría de las democracias liberales existen políticas cuyo objetivo es crear un nivel de vida mínimo debajo del cual nadie debe caer. ¿Por qué? Porque sin dicho mínimo es difícil que los individuos puedan ser libres realmente.

Así, la democracia tiene un valor funcional de gran importancia: crea espacios para que el individuo sea. Pero nótese que, por eso mismo, tiene también valor intrínseco, es decir, per se: la democracia importa en sí misma y no nada más por lo que de ella se desprende.
Se dirá que no, que la democracia no funciona y, mucho menos, si es liberal puesto que eso implica que se complementa con una economía de mercado y ésta, necesariamente, genera desigualdades inaceptables. Sin embargo, este argumento, utilizado sobre todo en los países en desarrollo para minar y hasta satanizar cualquier corriente de corte liberal, sufre de una falla severa: confunde el contexto social prevaleciente en dichos países con el mercado. Pero resulta que éste no puede ser sin plena igualdad ante la ley, sin un Estado sólido, sin infraestructura suficiente, etcétera. En otras palabras, un mercado no se parece a lo que el típico país en desarrollo es: no es correcto decir que los mercados no funcionan cuando ni siquiera están en pie de verdad.

Además, en todo caso, por eso precisamente he destacado la importancia de garantizar un mínimo nivel de vida (educación, salud, ingreso, etcétera): si ese mínimo existe, si la ley sí es igual para todos y si se respetan las libertades individuales, lo cual implica, digámoslo explícitamente, evitar la discriminación de cualquier tipo, nos acercaríamos cada vez más a un mundo de igualdad de oportunidades, un mundo equitativo. Esto es lo que han logrado algunos países considerados como desarrollados, por ejemplo, Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca: en estas naciones, el nivel de vida es en verdad muy elevado, lo cual es producto de que las personas encuentran espacios de libertad y de que, al mismo tiempo, en nombre de la colectividad, el gobierno se asegura de que ésta sea efectiva para todo individuo, lo cual se consigue por medio de políticas que redistribuyen riqueza, tanto en efectivo o metálico, así como en especie.

De esta manera, democracia y mercado no sólo son útiles sino necesarios, pero, hay que construirlos, respaldarlos y mantenerlos vigentes: no existen en el vacío ni en automático. Esta labor es urgente en los países en desarrollo, evidentemente. Por ejemplo, en América Latina es común que la ley sea endeble, lo que debilita el mecanismo de mercado. También suele ocurrir que ciertos grupos son discriminados ya sea por el color de su piel, sus hábitos sexuales, etcétera, lo que resulta en inequidades que no deberían existir. Sin embargo, el problema más grave está dado por la tremenda desigualdad de oportunidades, la cual es producto de años –muchos años– en los que, precisamente, la democracia, el mercado y la distribución de riqueza no han sido enfatizados.

Pero así como el mundo en desarrollo tiene mucho por hacer, los países que, supuestamente, ya son desarrollados, tampoco se pueden quedar cruzados de brazos: en todo lugar y en todo momento hay espacio para mejorar las perspectivas del individuo. Por citar un ejemplo, en España e Italia muchos jóvenes no están encontrando las oportunidades laborales que les permitan desplegar su potencial. Así, no es raro que en estos países encontremos a licenciados –y hasta Maestros– que trabajan en call centres, de camareros, de vendedores de discos, etcétera, ocupaciones que son más que dignas –obviamente– pero que no corresponden al perfil educativo que, en promedio, un joven español/italiano ha adquirido. Asimismo, en el Reino Unido la pobreza es todavía severa –aunque en los últimos años se han registrado avances importantes en ese y en otros terrenos. Además, si bien hay empleo para todos, se trata de trabajos de baja remuneración y que ofrecen pocas perspectivas de desarrollo a futuro. Así, también los países avanzados necesitan implementar políticas destinadas a que el mercado funcione, claro, pero que, al mismo tiempo, lo haga a favor de las personas y no en su contra.

En esencia, lo que importa es, pues, que el individuo pueda ser: democracia y mercado representan la mejor ruta para conseguirlo pero, eso sí, no debemos perder de vista que la acción gubernamental –redistribución de riqueza, aplicación de la ley, políticas públicas que enfatizan la creación y sostenimiento del empleo, etcétera– es, sin lugar a dudas, crucial. Es más, sin ella, la democracia, el mercado y el individuo están en riesgo.

1 comentario:

Reva Doiss dijo...

Siempre me he preguntado si la democracia es algo inherente al individuo o es algo que debe aprender como atarse las agujetas sin que se le desaten a los pocos pasos.

Felicidades, Dr.