miércoles, febrero 28, 2007

"Oxford: el final"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el día 28 de febrero de 2007)

Armando Román Zozaya

Fue hace 6 años y medio: gracias a un par de becas y a mucho esfuerzo, dejé México para estudiar en el extranjero. Así, llegué a la Universidad de Oxford, en donde cursé una maestría en 2000-2002. Después me iría a España a hacer un doctorado (el cual estoy a punto de concluir), sin embargo, 10 meses después de haberlo comenzado, volví a Oxford puesto que, cuando estuve aquí, conocí a una británica con la que eventualmente me casé. De esta manera, aunque durante los últimos años he sido estudiante en Madrid, he vivido en Inglaterra.

El lunes 5 de marzo volveré a México definitivamente. Por un lado siento alegría. Pero por otro sé que extrañaré Oxford. Blackwell’s –una de las librerías más grandes del mundo– destaca entre las cosas que me duele dejar atrás ya que, para empezar, está ubicada en el corazón de la ciudad, sobre Broad Street. Así, tan sólo el caminar en dirección a ella es una experiencia grata pues está rodeada por Trinity College, la Biblioteca Bodleiana y el Sheldonian Theatre: 3 construcciones admirables. Para seguirle, una vez dentro, no se sabe hacia dónde mirar: libros, libros y más libros. Además, hay un café en el cual muchos de mis textos para nuestro Diario Monitor, así como prácticamente toda mi tesis doctoral, fueron escritos: no cabe duda de que es un sitio que me hará falta.

La biblioteca Bodleiana es otro de los lugares que siempre recordaré. En especial me gustan mucho dos de sus salones/edificios: el Philosophy Reading Room (el cual cuando yo llegué no se llamaba así sino Politics, Philosophy and Economics Reading Room) y la Radcliffe Camera: no sé por qué exactamente, pero, cuando se está en una biblioteca que tiene por lo menos un par de siglos de antigüedad y que, paralelamente, ha sido utilizada por una gran cantidad de destacados economistas, politólogos, filósofos, etcétera, dan ganas de ponerse a trabajar y de hacerlo con entusiasmo.

Y así como Blackwells’ y la Bodleiana, varios espacios de la ciudad me agradan bastante. Por ejemplo, la iglesia de la universidad (University Church of St Mary the Virgin), en la cual mi esposa y yo nos casamos (ya lo habíamos hecho también en México, por lo civil). Igualmente, hay calles que nunca me he cansado de admirar, edificios de gran belleza y amplias y ricas áreas verdes .

Claro está que no todo es miel sobre hojuelas. Por citar un ejemplo, algo que siempre me ha disgustado es que muchos nativos de este país no saben beber. Así, resulta que Inglaterra es una de día y otra muy distinta de noche. Esto se aprecia muy bien en los autobuses: si usted toma uno en la media tarde, notará que la gente es amable y respetuosa, además de que viaja en silencio. Pero si se sube a un camión alrededor de las 12 de la noche, verá que los pasajeros fuman, beben, gritan, amenazan, etcétera: están borrachos. De hecho, aquí pocas cosas son tan peligrosas como deambular por los centros de las ciudades los viernes por la madrugada: el riesgo de agresión es realmente alto.

Otro problema está dado por los adolescentes. Algunos de ellos se reúnen en ciertos puntos de las ciudades –por ejemplo en parques, entradas a los supermercados, calles céntricas, etcétera– y dan rienda suelta a sus espíritus vandálicos. De esta manera, bien puede ser que si, según ellos, usted los vio feo, le apedreen o, por lo menos, le insulten. También sucede que entre ellos pelean y, en casos extremos pero, desafortunadamente, no poco comunes, un joven termine muerto a puñaladas. Al parecer, se trata de un problema de anomia social pues, si bien estamos hablando de un país próspero, parte de la juventud no encuentra oportunidades suficientes/satisfactorias y, en consecuencia, se siente “agredida” por la sociedad, contra la cual actúa al hacer lo ya indicado. El asunto también podría estar vinculado al hecho de que, en las últimas décadas, más y más niños son producto de relaciones inestables e informales, lo que resulta en que no llevan una vida familiar plena y crecen sin haber recibido formación de casa, esa que le da valores y sociabilidad a las personas. Lo bueno es que, a final de cuentas, estamos hablando de una minoría: en esencia, los británicos son personas decentes. Además, en todos lados se cuecen habas, ¿verdad?

Para terminar, resalto dos cosas: 1) la lección más importante que me llevo no la aprendí en aula alguna sino que la asimilé como parte de la vida misma: el que a uno no le salgan las cosas como las tiene planeadas (quería hacer un doctorado aquí, pero, por diversas razones, no fue posible) no significa que el mundo se ha terminado. Sí, es una obviedad, pero, a veces, lo obvio es lo más difícil de apreciar, y 2) espero en verdad algún día volver a vivir en esta ciudad, lugar congelado en ámbar –como diría el escritor español Javier Marías en su estupendo Todas las almas–, lugar asimismo pequeño y, a la vez, gigante; único y, sin embargo, universal: ¡hasta pronto, querido Oxford!

miércoles, febrero 21, 2007

"Madrid: la despedida"

(Publicado en "Diario Monitor," México, el día 21 de febrero de 2007)

Armando Román Zozaya

Estoy en Madrid. Vine a entregar la copia final de mi tesis doctoral. Esto significa que ha llegado el momento de la despedida: después de haber vivido casi 12 meses en esta bella ciudad y de varias visitas periódicas a la misma en los últimos tres años, me voy.

Madrid es un lugar muy agradable. Lo es tanto por sus paisajes urbanos como por el buen trato de los madrileños (aunque, por supuesto, siempre están presentes aquellos que en vez de hablar gritan y los que suelen corregir a uno cada vez que, supuestamente, no entienden bien a bien lo que queremos decir quienes no hablamos castellano "puro". Por ejemplo, si usted pide unos cigarros, tal vez el vendedor le diga: "se dice cigarrillos, cigarrillos"). En fin: con todo y todo, Madrid ha sido una experiencia estupenda.

El día de ayer, por ejemplo, tuve la oportunidad de caminar y caminar por la ciudad: un auténtico placer en sí mismo. Lo fue incluso más de lo habitual porque lo hice al lado de un amigo muy querido: el profesor Ugo Pipitone, investigador de la División de Historia del CIDE, México.

Además de deambular, el profesor y yo conversamos largo y tendido. Así, mientras apreciábamos el Paseo del Prado, comentamos que, a nuestro parecer, el Partido Popular (PP) de España es una oposición irresponsable: no respalda al gobierno de Zapatero en nada. Es especialmente alarmante su postura ante el terrorismo: por lo menos a este respecto, el PP tendría que mostrar cierta unidad en torno a dicho gobierno. Claro está que el PSOE apostó como pocos al intentar conversar con ETA y, de hecho, perdió –ETA puso un par de bombas en Barajas–, sin embargo, en nada ayuda el PP a solventar el problema si –sobre todo pensando en las futuras elecciones– nada más arremete contra Zapatero, sin criticar constructivamente.

Después de eso, a medida que caminábamos sobre la calle de Huertas, resaltamos lo interesante que resulta el hecho de que, hace tan sólo 40 años, España no gozaba de la prosperidad que hoy le caracteriza. Esto es algo que se aprecia muy bien si consideramos lo siguiente: mientras que en los años sesenta del siglo pasado muchos españoles emigraban a Suiza, Alemania y Francia para trabajar en lo que pudieran, hoy es España la que recibe inmigrantes (procedentes, sobre todo, de África, Europa Oriental y América del Sur). ¿Cómo es que el país logró lo que ha conseguido? No todo puede ser porque ingresó a la Unión Europea, como muchos creen, puesto que, para empezar, lo hizo hasta 1986 y, para seguirle, la transformación de su economía comenzó hacia los últimos años del franquismo, si no es que desde antes. ¿Qué podemos aprender de España? Como mexicanos, esta es una pregunta que no podemos soslayar.

En algún momento, Ugo y yo nos encaminamos rumbo a la Puerta de Alcalá. Ahí señalé que, a veces, los españoles no entienden plenamente los problemas de México pues asumen que nuestras instituciones políticas son sólidas y que somos una democracia consolidada. De esta manera, no comprenden, por ejemplo, por qué en los días previos a la toma de posesión de Felipe Calderón hubo una batalla campal en San Lázaro. El profesor enfatizó que, efectivamente, México es un país muy difícil ya no digamos de comprender sino de solucionar: los mexicanos pensábamos que nuestros problemas eran producto del PRI, pero, ahora está claro que la dificultad de fondo es nuestra propia cultura, nuestra forma de ser; nosotros mismos, pues. Yo agregué: claro, de otra forma no se entiende por qué, por citar un ejemplo, el premier del Reino Unido tiene un salario que representa más o menos 8 veces el ingreso promedio de una familia británica mientras que nuestro presidente –que no es ya más del PRI– disfruta de haberes que son, nada más, 20 veces mayores que los de una familia mexicana promedio.

Ah, casi lo olvido: antes de ir a la Puerta de Alcalá, comimos cerca de Atocha (la estación central de trenes) en uno de esos lugares que aquí les llaman “cafeterías” y que nosotros identificamos como restaurantes. Nos acercamos a ese punto de la ciudad porque en tales “cafeterías” se sirve comida tradicional española de calidad y a buen precio. Evidentemente, optamos por una paella: estaba muy buena. Mientras la disfrutábamos, seguimos conversando sobre México. Así, el profesor me comentó que es muy triste que el PRD nada más ande dando tumbos, sin proyecto claro, etcétera. Y es que él está convencido de que nos urge una izquierda inteligente, que no caiga en extremismos ni fanatismos. Obviamente, yo estuve de acuerdo y terminamos lamentándonos no sólo de la izquierda que tenemos sino de nuestros partidos políticos en general: si bien es cierto que en todos ellos hay individuos valiosos, la verdad es que pobre México

El profesor Pipitone y yo seguimos hablando y hablando, pero, el espacio se me ha terminado. De esta forma, sólo me resta decir que, más allá de que todavía tengo que volver para defender mi tesis, espero regresar y pasearme de nuevo por las calles de la ciudad. Si se pudiera con un buen amigo, con mi esposa y/o con mi familia pues qué mejor: ¡hasta pronto, Madrid!

miércoles, febrero 14, 2007

"Un México mejor: lo que importa"

(Publicado el 14 de febrero de 2007 en "Diario Monitor," México)

Armando Román Zozaya

En una ocasión, el premier británico, Tony Blair, declaró que “una sociedad civilizada no puede permitir que sus viejos vivan en la pobreza”. No cabe duda de que la frase es atinada. ¿Por qué la menciono? Porque después de un año de ausencia, en diciembre pasado estuve en México y, al caminar por el Centro Histórico del D.F., he visto que, como siempre, hay muchos hombres y mujeres de edad avanzada vendiendo dulces en las calles. Lo mismo sucede con muchos niños. En cada crucero hay, además, individuos de todas las edades vendiendo flores, limpiando parabrisas, etcétera: lo usual, pues.

Lo que no es usual es que, desde 1995, nuestro país ha disfrutado de estabilidad y crecimiento económicos. Los últimos diez años han visto, además, una política social que sí redistribuye y que lo hace de la manera adecuada: intentando que los individuos desarrollen las habilidades y capacidades que les permitan salir adelante.

Conclusión obvia: lo que hemos logrado no es suficiente. ¿Qué nos falta? Acabar con nuestros problemas estructurales.

El primero de ellos es nuestro gobierno: no funciona a plenitud. Esto se traduce en que, por ejemplo, nuestro sistema fiscal tampoco funciona adecuadamente y, por lo tanto, no hay suficientes recursos para expandir y profundizar la política social: incluso si lográramos una reforma fiscal de primer nivel, no servirá de nada si el gobierno no tiene ni la capacidad, ni los medios y tal vez ni siquiera la voluntad política para respaldarla.

Otro problema es la legislación que regula la creación de empresas: en México, abrir formalmente un negocio no es tan simple como en otros países. Asimismo, el poder de los sindicatos es toda una dificultad. Evidentemente, no se trata de eliminarlos sino de hacerlos entender que el país no es de ellos y, por lo tanto, que tienen que cooperar al permitir una legislación laboral más flexible, regímenes de pensiones viables, etcétera.

Dadas nuestras debilidades, la productividad de nuestra economía es relativamente baja y, por lo tanto, no somos competitivos a nivel mundial. Consecuencia: mientras China captura más y más mercados e inversiones, México está como el chino: “nada más mirando” (cierto es que China tiene “ventajas” comparativas como el no respetar los derechos humanos, pero, si nuestra productividad fuera elevada, los inversionistas estarían dispuestos a pagar los relativamente más altos salarios mexicanos: lo relevante no es el salario sino la relación productividad-salario).

Ahora bien, México no es pobre; es un país de ingreso medio. Pero como consecuencia de los problemas apuntados, tiene una de las peores distribuciones de la riqueza a nivel mundial: hay millones de mexicanos que no tienen acceso ni siquiera a un servicio de salud óptimo o a una educación de calidad. Mientras tanto, un número de familias relativamente pequeño disfruta de un nivel de vida que supera no sólo al de un elevadísimo porcentaje de nuestros compatriotas sino también de españoles, británicos, estadounidenses, franceses, etcétera.

Cuando muchos tienen poco, pocos tienen mucho y el gobierno hace poco al respecto, es difícil dejar atrás el atraso. No se trata nada más de darle pensiones a los viejitos, lo cual es correcto, sino de hacer eso y atacar, al mismo tiempo, las debilidades estructurales que nos afectan pues, así, nuestras oportunidades de crear empleo, profundizar nuestro mercado interno e integrarnos plenamente a la economía mundial serán mayores. Eso es lo que se requiere, al menos, para crecer más y lograr una mejor distribución de la riqueza.

La solución a nuestros problemas implica un gobierno activo: es necesario hacer respetar la ley, profundizar y ampliar la política social, apuntalar el sistema educativo, etcétera. Pero la historia y la teoría económicas han demostrado que cuando el gobierno interviene demasiado en la economía ésta se ahoga; es una realidad: el presupuesto público no es, pues, toda la solución. Y por eso precisamente es que nos urge que todos los mexicanos podamos engancharnos a la economía plenamente.

Tengamos presente también que la sociedad no es irrelevante sino todo lo contrario: sigamos el marco legal, trabajemos arduamente, etcétera. Esa sería nuestra aportación para construir lo que realmente importa, es decir, un México mejor. Insistamos: eso, eso es lo que, en esencia, importa.

miércoles, febrero 07, 2007

"Izquierda, derecha y centro"

(Publicado el día 7 de febrero de 2007 en "Diario Monitor," México)

Armando Román Zozaya

Izquierda y derecha son inseparables: si proclamamos que somos de izquierda, la única forma de entender a plenitud lo que queremos decir es teniendo claro qué es la derecha, y viceversa. Pero aunque vinculadas, derecha e izquierda están en conflicto. Por eso, el centro del espectro político es esencial: constituye el espacio para la negociación y los acuerdos. Veamos.

A riesgo de que Usted, estimado amigo lector, tenga una mejor opinión, nos parece que al día de hoy –con el paso del tiempo los significados han cambiado– ser de izquierda se traduce en lo siguiente:

1) Atribuir a las “cosas,” es decir, al orden social, un papel de gran relevancia a la hora de explicar lo que los individuos hacen o logran. Así, quienes son de izquierda suelen enfatizar los argumentos de carácter estructural. Por ejemplo, no es raro que sostengan que el crimen es producto más de la falta de oportunidades que de la voluntad de las personas que delinquen.

2) Mostrar aversión a la desigualdad e intentar eliminarla: a la gente de izquierda le disgusta que haya ricos y pobres. Por lo tanto, anhelan que con parte de –si no es que con toda– la riqueza de los primeros se mejore la situación de los segundos: hay que cambiar las “cosas”. En otras palabras, ser de izquierda es darle prioridad a la igualdad sobre la libertad pues, incluso si es con fines loables, tomar forzosamente lo que es de los ricos para dárselo a los pobres no deja de ser una violación a la libertad de aquéllos respecto a qué hacer con lo que poseen.

En clara oposición a lo anterior, ser de derecha consiste en:

1) Enfatizar el papel del individuo con relación a su propio destino: si uno es un criminal no es por falta de oportunidades sino porque está optando por hacer el mal. Paralelamente, las “cosas” no son responsables de que haya gente en la miseria sino las personas mismas: si éstas se esforzaran más, saldrían adelante.

2) Favorecer el status quo: las “cosas” son adecuadas. De hecho, está de más tomar riqueza de los más favorecidos para ayudar a los necesitados puesto que lo correcto es que los pobres –libremente y por sus propios medios– trabajen, como cualquier otra persona, y se creen un futuro. La derecha le da prioridad, entonces, a la libertad sobre la igualdad.

Eso es lo que, en esencia, significa ser de izquierda y ser de derecha: a partir de lo explicado es que surgen todas las diferencias entre los dos bandos. Por ejemplo, dado que la economía de mercado favorece a la libertad económica, la derecha la prefiere. Mientras tanto, la izquierda se inclina por limitarla: genera desigualdad.

Ambas posturas tienen algo de razón y, al mismo tiempo, son riesgosas: la izquierda es capaz de matar con tal de cambiar las “cosas”. Cuando esto sucede, hablamos de una “revolución”. La derecha también puede llegar a matar, pero, para evitar modificaciones que afecten sus intereses. Cuando esto ocurre, hablamos de un “golpe de estado”. Así, aunque sus fines son distintos –la “revolución” pretende transformaciones para bien de “las masas” y el “golpe de estado” se da para evitar los “abusos” de éstas– revolución y golpe son similares: suelen ser violentos, cuestan vidas y destruyen el orden establecido. Dicho sea de paso, si Usted celebra las brutalidades de los revolucionarios, es de izquierda (radical). Y si le dan alegría las de los golpistas, es de derecha (también radical).

Ahora bien, decíamos que tanto izquierda como derecha tienen algo de razón: las estructuras importan, como apunta la izquierda, pero los individuos y sus decisiones también, como lo señala la derecha. Asimismo, la desigualdad no es deseable, sobre todo si está exacerbada. Sin embargo, la libertad es igualmente crucial. Aunado a ello, la economía de mercado permite libertad, sí, pero puede resultar en desigualdades abismales.

Dado que las dos partes defienden puntos clave es difícil que logren acuerdos, a menos de que estén dispuestas a flexibilizar sus posturas, lo cual sucede cuando cuentan entre sus filas con individuos más, digamos, de centro: es hacia la mitad del espectro donde se ubican quienes consideran que tanto izquierda como derecha tienen qué aportar. Por eso, y porque son las personas más proclives al diálogo y a la negociación, son individuos esenciales. Y por eso mismo, sin centro el espectro político es peligroso: tiende al conflicto.

De esta manera, es una lástima que en México no haya gente de centro: ¿dónde están los políticos de centro? De hecho, ¿dónde están los individuos de centro? ¿Dónde están los que creen que privatizar PEMEX no es un tabú, pero, tampoco la única opción? ¿En dónde se reúnen quienes piensan que sí hay que cobrarle impuestos a los ricos y dar apoyos a los pobres, pero, que eso no es todo lo que se requiere? Etcétera.

Evidentemente, la ausencia de centro está vinculada a la falta de auténticas derecha e izquierda: ¿en dónde se esconde la derecha seria y de mente abierta que el país reclama? ¿Dónde está la izquierda que nos urge, la que debería pensar y proponer de acuerdo a los tiempos?

Por el bien del país, ojalá que izquierda, derecha y centro aparezcan ya.