(Publicado en "Excélsior," el 29 de agosto de 2007)
Armando Román Zozaya
Dado que se avecina el 1er informe de gobierno del Presidente Calderón, ¿por qué no pedirle cuentas también al otro “presidente,” es decir, al “legítimo”? La pregunta me parece válida porque tengo algunas dudas respecto a la “gestión” de quien se autoproclamó primer mandatario hace casi un año.
¿No sería bueno que “el legítimo” nos notifique a cuánto ascendieron las pérdidas que causó su plantón sobre Paseo de la Reforma? ¿Cuántas horas-hombre se fueron a la basura por el tráfico? ¿Hasta qué nivel llegó la contaminación? ¿Cuántos empleos se perdieron? ¿Cuánto daño se le hizo a la democracia mexicana?
¿Acaso no le gustaría a Usted, amigo lector, que “el presidente de verdad” nos aclarara por qué y cómo utilizó recursos del DF para sostener el plantón mencionado? Si no se recurrió al erario de la ciudad, ¿se nos podría explicar de dónde salió todo lo que se gastó? De la misma manera, ¿no nos vendría bien saber cuánto dinero público –tanto del gobierno de la Ciudad de México como de los estados gobernados por el PRD– ha sido dedicado a las actividades del “señor presidente”? Si la respuesta es cero, ¿de dónde proviene, entonces, su financiamiento?
Eso no es todo, evidentemente: si “el legítimo” mandó al diablo a las instituciones y se rehúsa a dialogar con el PAN a la par que, al menos pública y categóricamente, su partido no lo ha contradicho al respecto, ¿por qué los senadores, diputados, gobernadores, etcétera, del PRD cobran puntualmente sus dietas? ¿Es compatible el no creer en institución alguna, pero, al mismo tiempo, vivir de ellas? ¿Se vale ocupar un asiento en el Congreso –o una gubernatura– con fines que no son constructivos, es decir, para desde ahí socavar los arreglos institucionales del país? De hecho, si “el señor presidente” y el PRD no desean trabajar con el PAN, ¿por qué se dedican a la política, actividad que exige negociación, acuerdos y tolerancia?
En el último año, ¿el “presidente” López Obrador nada más se ha dedicado a encabezar a la nación o también a su partido? Lo pregunto porque no me queda claro que el señor Cota Montaño de verdad pese en el PRD. De igual forma, tampoco estoy convencido de que los resolutivos adoptados en el pasado congreso perredista hayan respondido única y exclusivamente a los deseos y anhelos de los delegados que en él participaron: ¿dio línea “el legítimo”?
Así como son necesarias algunas precisiones respecto a lo que “el presidente” ha hecho en los pasados meses, otras más lo son con relación a su discurso: ¿por qué constantemente se refiere a dos tipos de mexicanos: los que tienen buena voluntad y los que no? ¿Qué quiere decir con eso de que “ni una palabra con el espurio”? ¿En serio piensa que si él no dialoga con el Presidente Calderón entonces éste no es legítimo? ¿López Obrador de verdad cree que él, y sólo él, puede brindar legitimidad? Además de lo anterior, ¿nos podría explicar “nuestro presidente” qué quiere decir con que se considera juarista? ¿Entiende AMLO que Juárez creía fervientemente en el liberalismo y que éste no es compatible con las doctrinas de la izquierda? Es más, ¿comprende qué es el liberalismo? Asimismo, ¿tiene claro que Don Benito era más liberal que algunos de los personajes de la actualidad que, de acuerdo con el PRD, son unos “malditos neoliberales”?
¿Por qué “el señor presidente legítimo” de repente sale con que Felipe Calderón encabeza un gobierno fascista? ¿Tendrá idea de lo que está diciendo? ¿Sabrá qué es el fascismo? ¿No se da cuenta, ya en serio, de que el gobierno mexicano será lo que sea pero, afortunadamente, está muy lejos de ser fascista? Sigamos con esta línea de cuestionamiento: ¿por qué el PRD y Obrador se quejan de que el gobierno federal viola derechos humanos, pero, nunca dicen nada respecto a lo que hace el gobierno cubano? Y si se consideran demócratas, ¿por qué permiten que sus huestes se paseen con fotos de Stalin durante sus manifestaciones?
Ahí están mis dudas; ojalá que “el presidente” rinda un “informe” que las despeje.
miércoles, agosto 29, 2007
miércoles, agosto 15, 2007
"Una izquierda inteligente"
(Publicado en "Excélsior," México, el día 15 de agosto de 2007)
Armando Román Zozaya
Una izquierda inteligente entiende que la mejor forma de organizar la vida económica de una sociedad de masas es por medio del mercado. Asimismo, sabe que éste es un contexto artificial en el que, gracias a diversas reglas respaldadas por la autoridad, los intercambios ocurren voluntariamente, procurando la protección del consumidor y evitando que haya discriminación alguna. De esta manera, una izquierda pensante debería ver con claridad que nuestro país no es –aunque lo pretende– una economía de mercado: la ley es endeble, muchos individuos son discriminados y sufrimos de monopolios. Por esto mismo, una izquierda iluminada no diría que el problema de México es el mercado sino que los mercados ni son de verdad ni son para todos.
Una izquierda sensata comprende que el socialismo no funciona: todas las naciones que en algún momento fueron socialistas se colapsaron; las que han sobrevivido se mantienen bajo dictaduras férreas y se han acercado, precisamente, al mercado (China y Cuba). Aunado a ello, en su momento, la URSS y sus satélites nunca produjeron, ni de cerca, los niveles de bienestar que las economías occidentales sí fueron, y son capaces, de alcanzar.
Una izquierda seria no cuestionará que vivamos en una sociedad donde haya desigualdad de resultados, pero, sí intentará crear (relativa) igualdad de oportunidades. Hablo de “relativa igualdad” porque la igualdad absoluta exige que sacrifiquemos demasiada libertad. Además, en todo caso, es imposible de alcanzar. Ejemplo: si los padres del niño X son académicos y los del niño Z barrenderos, es probable que X tenga una mejor educación que Z, dado el ambiente que prevalece en su hogar, incluso si ambos estudian en la misma escuela: ¿separamos a estos niños de sus familias con el fin de que el Estado los críe y evitar así que X aventaje a Z?
Dado lo anterior, una izquierda inteligente buscará –esté en el poder o no– que la educación y los servicios de salud sean para todos: un gran paso para crear (relativa) igualdad de oportunidades. Esto no implica necesariamente que dichos servicios sean públicos; podrían ser privados y las personas recibir subsidios para acceder a ellos: lo crucial es encontrar la manera de proveer educación y salud de calidad garantizando que todo ciudadano les disfrute. Si ese mecanismo es el mercado, ¡adelante! Y si no pues no: no es una cuestión de ideología sino de pragmatismo.
Una izquierda seria no tolerará ni la discriminación ni los monopolios. Tampoco permitirá que, con base en “usos y costumbres,” un cacique indígena bloquee la libertad económica de otros indígenas. Asimismo, se asegurará de que todo individuo reciba un ingreso mínimo que le garantice cierta autonomía. La izquierda pensante es, entonces, la que comprende que la intervención en los mercados es necesaria, sí, pero no para limitarlos sino para potenciarlos.
Una izquierda respetable es la que acepta la crítica. Asimismo, una izquierda inteligente no alaba un día a José Luis Soberanes –porque cuestionó la actuación de la autoridad en Atenco– para pisotearlo al día siguiente porque consideró que Ernestina Ascencio no fue violada. Una izquierda visionaria no descalifica a quienes protestan contra la legislación que despenaliza el aborto –argumentando que se trata de una ley ya aprobada– a la par que apoya a quienes cuestionan otra ley también ya aprobada: la del ISSSTE. Una izquierda lúcida no justifica los abusos de Hugo Chávez contra un medio de comunicación al mismo tiempo que, si se diera el caso de que el Presidente Calderón criticara a medios afines a la izquierda, le haría pedazos. Una izquierda seria no desarrolla playas artificiales. Tampoco organiza ciclotones y mucho menos se inventa una nueva fecha de aniversario de la Independencia: se pone a trabajar para que el D.F. deje de ser lo que es.
Una izquierda inteligente no se llama, pues, PRD; un país sin izquierda inteligente se llama México. Ojalá que ahora que son tiempos cruciales para el perredismo, el partido haga algo al respecto
Armando Román Zozaya
Una izquierda inteligente entiende que la mejor forma de organizar la vida económica de una sociedad de masas es por medio del mercado. Asimismo, sabe que éste es un contexto artificial en el que, gracias a diversas reglas respaldadas por la autoridad, los intercambios ocurren voluntariamente, procurando la protección del consumidor y evitando que haya discriminación alguna. De esta manera, una izquierda pensante debería ver con claridad que nuestro país no es –aunque lo pretende– una economía de mercado: la ley es endeble, muchos individuos son discriminados y sufrimos de monopolios. Por esto mismo, una izquierda iluminada no diría que el problema de México es el mercado sino que los mercados ni son de verdad ni son para todos.
Una izquierda sensata comprende que el socialismo no funciona: todas las naciones que en algún momento fueron socialistas se colapsaron; las que han sobrevivido se mantienen bajo dictaduras férreas y se han acercado, precisamente, al mercado (China y Cuba). Aunado a ello, en su momento, la URSS y sus satélites nunca produjeron, ni de cerca, los niveles de bienestar que las economías occidentales sí fueron, y son capaces, de alcanzar.
Una izquierda seria no cuestionará que vivamos en una sociedad donde haya desigualdad de resultados, pero, sí intentará crear (relativa) igualdad de oportunidades. Hablo de “relativa igualdad” porque la igualdad absoluta exige que sacrifiquemos demasiada libertad. Además, en todo caso, es imposible de alcanzar. Ejemplo: si los padres del niño X son académicos y los del niño Z barrenderos, es probable que X tenga una mejor educación que Z, dado el ambiente que prevalece en su hogar, incluso si ambos estudian en la misma escuela: ¿separamos a estos niños de sus familias con el fin de que el Estado los críe y evitar así que X aventaje a Z?
Dado lo anterior, una izquierda inteligente buscará –esté en el poder o no– que la educación y los servicios de salud sean para todos: un gran paso para crear (relativa) igualdad de oportunidades. Esto no implica necesariamente que dichos servicios sean públicos; podrían ser privados y las personas recibir subsidios para acceder a ellos: lo crucial es encontrar la manera de proveer educación y salud de calidad garantizando que todo ciudadano les disfrute. Si ese mecanismo es el mercado, ¡adelante! Y si no pues no: no es una cuestión de ideología sino de pragmatismo.
Una izquierda seria no tolerará ni la discriminación ni los monopolios. Tampoco permitirá que, con base en “usos y costumbres,” un cacique indígena bloquee la libertad económica de otros indígenas. Asimismo, se asegurará de que todo individuo reciba un ingreso mínimo que le garantice cierta autonomía. La izquierda pensante es, entonces, la que comprende que la intervención en los mercados es necesaria, sí, pero no para limitarlos sino para potenciarlos.
Una izquierda respetable es la que acepta la crítica. Asimismo, una izquierda inteligente no alaba un día a José Luis Soberanes –porque cuestionó la actuación de la autoridad en Atenco– para pisotearlo al día siguiente porque consideró que Ernestina Ascencio no fue violada. Una izquierda visionaria no descalifica a quienes protestan contra la legislación que despenaliza el aborto –argumentando que se trata de una ley ya aprobada– a la par que apoya a quienes cuestionan otra ley también ya aprobada: la del ISSSTE. Una izquierda lúcida no justifica los abusos de Hugo Chávez contra un medio de comunicación al mismo tiempo que, si se diera el caso de que el Presidente Calderón criticara a medios afines a la izquierda, le haría pedazos. Una izquierda seria no desarrolla playas artificiales. Tampoco organiza ciclotones y mucho menos se inventa una nueva fecha de aniversario de la Independencia: se pone a trabajar para que el D.F. deje de ser lo que es.
Una izquierda inteligente no se llama, pues, PRD; un país sin izquierda inteligente se llama México. Ojalá que ahora que son tiempos cruciales para el perredismo, el partido haga algo al respecto
miércoles, agosto 01, 2007
"El Estado "viene, viene""
(Publicado en "Excélsior," México, el 1 de agosto de 2007)
Armando Román Zozaya
Es lo de siempre: uno se quiere estacionar y no falta el tipo que, franela en mano, se acerca y dice: “le cuidamos su coche, jefecito”. De hecho, las más de las veces no es posible estacionarse sin que el señor de la franela quite el bote con el que aparta “su” pedazo de calle. Ante mis constantes quejas al respecto, un amigo me comentó: “aquí cada quien constituye su Estado: México es un Estado viene, viene”.
Mi amigo tiene razón: en esencia, el Estado y el típico “viene, viene” funcionan de la misma manera. ¿Por qué? Porque si Usted, amigo lector, no paga impuestos, la autoridad arremeterá contra su persona y/o bienes. Además, le dirá que es importante que pague porque, de otra forma, el gobierno no puede proporcionar servicios, especialmente seguridad pública. Por su parte, el “viene, viene” actúa siguiendo la misma lógica: si Usted no le da “una lana” por “cuidar” su automóvil, “algo” le puede pasar al mismo. Así, resulta que en México el individuo no está expuesto nada más a la fuerza del Estado –como ocurre en los países serios– sino también a la de cualquier hijo de vecino que sabe que puede operar su propio Estado, lo que es producto de la debilidad gubernamental que nos caracteriza: ahí donde la autoridad es endeble, algún “gandalla” sacará provecho.
El Estado y el “viene, viene” son, pues, similares. Asimismo, ambos se parecen a la mafia. Efectivamente, ésta suele surgir –después se involucra en otras actividades– a partir de la “venta” de “protección:” quienes pagan a los mafiosos trabajan, operan sus negocios, etcétera, sin ser molestados; quienes no lo hacen hasta la vida pueden perder. (Evidentemente, todo esto “cortesía” de la mafia misma). Un ejemplo: a Don Massimo Fanucci, el “dueño” del barrio de Nueva York en el que Vito Corleone –el famoso Padrino– creció: quien no le pagaba “tributo” padecía su ira; quien sí lo hacía la evitaba.
Claro está que, aunque parecidos, hay una diferencia clave entre el Estado, la mafia y el “viene, viene:” la legitimidad y la legalidad de aquél pues los mafiosos y el “viene, viene” no operan en el interior de un conjunto de leyes elaboradas –en el mejor de los casos– por un cuerpo que representa a la colectividad; al contrario, violentan la legalidad en todo momento. De esta forma, mafia y “viene, viene” son idénticos y, además de ilegales, no son legítimos
El Estado sí es legítimo. Digámoslo en términos burdos: es el grupo de mafiosos que ha logrado dominar al resto. Por lo tanto, todos se someten a su autoridad. Por eso mismo es que Weber lo definió como “el monopolio legítimo de la violencia en un territorio dado”. Así, es el único que puede cobrar por proveer protección sin que esto caiga fuera de la ley: el marco del Estado es uno de legalidad. Paralelamente, su legitimidad respalda sus acciones coercitivas.
Pero el asunto no termina ahí: en los Estados decentes, el gobierno no actúa contra nadie sin causa legítima, lo cual no ocurre ni con la mafia ni con el “viene, viene”. De esta manera, es verdad que el Estado siempre está ahí, asegurándose de hacer cumplir la ley –bueno, en México no necesariamente, pero, esa es la tarea fundamental de todo Estado–, lo cual es molesto. Sin embargo, se trata de un mal necesario ya que sin Estado no hay libertad: al respaldar las leyes, el Estado nos garantiza una vida libre de atropellos por parte de otros, lo que nos brinda espacio para vivir como deseemos siempre y cuando no afectemos a otras personas (obviamente, hablo de una sociedad en la que las leyes favorecen al individuo).
Por su legitimidad y utilidad, así como por los límites que es posible imponerle, la mejor forma de organizar a una colectividad es a la sombra del Estado. Ojalá, entonces, que algún día logremos deshacernos de los “viene, viene,” es decir, de las mafias que le disputan el poder al Estado mismo. Esto exige un gobierno fuerte, capaz y trabajador, algo que nos vendría muy, pero muy, bien.
Armando Román Zozaya
Es lo de siempre: uno se quiere estacionar y no falta el tipo que, franela en mano, se acerca y dice: “le cuidamos su coche, jefecito”. De hecho, las más de las veces no es posible estacionarse sin que el señor de la franela quite el bote con el que aparta “su” pedazo de calle. Ante mis constantes quejas al respecto, un amigo me comentó: “aquí cada quien constituye su Estado: México es un Estado viene, viene”.
Mi amigo tiene razón: en esencia, el Estado y el típico “viene, viene” funcionan de la misma manera. ¿Por qué? Porque si Usted, amigo lector, no paga impuestos, la autoridad arremeterá contra su persona y/o bienes. Además, le dirá que es importante que pague porque, de otra forma, el gobierno no puede proporcionar servicios, especialmente seguridad pública. Por su parte, el “viene, viene” actúa siguiendo la misma lógica: si Usted no le da “una lana” por “cuidar” su automóvil, “algo” le puede pasar al mismo. Así, resulta que en México el individuo no está expuesto nada más a la fuerza del Estado –como ocurre en los países serios– sino también a la de cualquier hijo de vecino que sabe que puede operar su propio Estado, lo que es producto de la debilidad gubernamental que nos caracteriza: ahí donde la autoridad es endeble, algún “gandalla” sacará provecho.
El Estado y el “viene, viene” son, pues, similares. Asimismo, ambos se parecen a la mafia. Efectivamente, ésta suele surgir –después se involucra en otras actividades– a partir de la “venta” de “protección:” quienes pagan a los mafiosos trabajan, operan sus negocios, etcétera, sin ser molestados; quienes no lo hacen hasta la vida pueden perder. (Evidentemente, todo esto “cortesía” de la mafia misma). Un ejemplo: a Don Massimo Fanucci, el “dueño” del barrio de Nueva York en el que Vito Corleone –el famoso Padrino– creció: quien no le pagaba “tributo” padecía su ira; quien sí lo hacía la evitaba.
Claro está que, aunque parecidos, hay una diferencia clave entre el Estado, la mafia y el “viene, viene:” la legitimidad y la legalidad de aquél pues los mafiosos y el “viene, viene” no operan en el interior de un conjunto de leyes elaboradas –en el mejor de los casos– por un cuerpo que representa a la colectividad; al contrario, violentan la legalidad en todo momento. De esta forma, mafia y “viene, viene” son idénticos y, además de ilegales, no son legítimos
El Estado sí es legítimo. Digámoslo en términos burdos: es el grupo de mafiosos que ha logrado dominar al resto. Por lo tanto, todos se someten a su autoridad. Por eso mismo es que Weber lo definió como “el monopolio legítimo de la violencia en un territorio dado”. Así, es el único que puede cobrar por proveer protección sin que esto caiga fuera de la ley: el marco del Estado es uno de legalidad. Paralelamente, su legitimidad respalda sus acciones coercitivas.
Pero el asunto no termina ahí: en los Estados decentes, el gobierno no actúa contra nadie sin causa legítima, lo cual no ocurre ni con la mafia ni con el “viene, viene”. De esta manera, es verdad que el Estado siempre está ahí, asegurándose de hacer cumplir la ley –bueno, en México no necesariamente, pero, esa es la tarea fundamental de todo Estado–, lo cual es molesto. Sin embargo, se trata de un mal necesario ya que sin Estado no hay libertad: al respaldar las leyes, el Estado nos garantiza una vida libre de atropellos por parte de otros, lo que nos brinda espacio para vivir como deseemos siempre y cuando no afectemos a otras personas (obviamente, hablo de una sociedad en la que las leyes favorecen al individuo).
Por su legitimidad y utilidad, así como por los límites que es posible imponerle, la mejor forma de organizar a una colectividad es a la sombra del Estado. Ojalá, entonces, que algún día logremos deshacernos de los “viene, viene,” es decir, de las mafias que le disputan el poder al Estado mismo. Esto exige un gobierno fuerte, capaz y trabajador, algo que nos vendría muy, pero muy, bien.
"La despedida"
(Publicado en "Diario Monitor," el 1 de agosto de 2007)
Armando Román Zozaya
Después de 17 meses de disfrutar del privilegio de publicar en estas páginas, dejo Diario Monitor para incorporarme a otro proyecto periodístico. Así, quisiera despedirme y expresar los agradecimientos correspondientes, así como desarrollar un breve resumen de los temas que he tratado a lo largo de casi un año y medio de tener el gusto de dirigirme a Usted, amigo lector.
Quiero dar las gracias a Grupo Monitor por haberme abierto las puertas. En particular, tengo una deuda de gratitud con Darío Fritz, antiguo editor de la sección Análisis, pues fue él quien, previa recomendación del profesor Jorge Schiavón –editorialista de Monitor–, decidió que mi incorporación al periódico sería provechosa para el mismo. De la misma manera, doy las gracias, precisamente, a Jorge Schiavón.
Agradezco también al señor José Gutiérrez Vivó pues, aunque nunca me ha compartido su opinión respecto a alguno de mis editoriales, entiendo que si mis contribuciones le hubieran parecido de baja calidad seguro que se habría asegurado de que yo ya no publicara en el periódico.
María Elena López Segura, quien tengo entendido tomó el lugar de Darío cuando éste dejó el diario, le dio continuidad a mi trabajo, cosa que le agradezco. Doy igualmente las gracias a Nallely Rayas Bautista, quien siempre ha mostrado una excelente disposición para ayudarme con la recepción de mis textos, mis frecuentes dudas y preguntas, etcétera.
A Usted, querido lector, le agradezco que dedique un poquito de su tiempo a leerme y que hasta se moleste en escribirme para hacerme comentarios: créame que es una gran satisfacción saber que el trabajo de uno causa reacciones y que invita a la reflexión.
Y ahora un pequeño resumen de los temas tratados en este espacio:
1) Los problemas de México son en gran parte responsabilidad de nosotros mismos. Ya basta de echarle la culpa a los “pinches gringos,” o al contexto internacional, o al pasado, etcétera. Mientras no entendamos que el presente, y el futuro, de nuestro país están en nuestras manos y que nos tenemos que hacer responsables de lo que somos como nación, nunca saldremos adelante.
2) Una de nuestras grandes fallas es que no somos ciudadanos de verdad, es decir, estamos muy lejos de ser cívicos. Por eso no respetamos la ley, tiramos basura en la calle, fumamos donde no se debe, no apagamos el celular cuando estamos en el cine o en un salón de clases, evadimos impuestos, etcétera: para los mexicanos, la legalidad y todo intento de algún tipo de orden es un estorbo. De hecho, detestamos apegarnos a todo sistema que implique hacer las cosas, como se dice coloquialmente, “por la derecha”. Y por eso, en parte, no avanzamos.
3) La pobreza y la marginación que se viven en México son estructurales. Pongámoslo así: los pobres, es decir, la abrumadora mayoría de ellos, no son pobres porque “no le chingan” o por “huevones”. Es más, dé Usted una vuelta, amigo lector, por las calles de la ciudad de México entre las 7 y las 9 de la mañana y fíjese como todo mundo o está trabajando o va al trabajo: la tragedia mexicana está dada por el hecho de que cerca del 96% de la Población Económicamente Activa trabaja, pero, un altísimo porcentaje de ella recibe salarios de miseria. ¿Por qué? Por fallas estructurales, o sea, ausencia de oportunidades genuinas para todos, sólo unos cuantos reciben educación de calidad, deficiente servicios de salud para la mayoría, mercados segmentados y que no funcionan como tales, falta de infraestructura básica, bajísima competitividad a nivel internacional, etcétera.
4) Los problemas estructurales del país no pueden ser solucionados sin la intervención de los gobiernos estatales, municipales y federal. Pero no se trata de cualquier tipo de intervención sino de una eficaz, eficiente y bien planeada: sin autoridades comprometidas con México, decentes, trabajadoras y visionarias, el país no va a ningún lado: a ninguno. Pero eso no es todo: se requiere de empresarios capaces, innovadores y dispuestos a tomar riesgos, de banqueros que no vivan de cobrar comisiones sino de hacer lo que se supone les corresponde, es decir, mover los recursos del país, de sindicatos que no sean unos “gandallas” y, en general, de todos y cada uno de nosotros: incluso dados nuestros problemas actuales, México sería mucho mejor si entendiéramos que debemos respetarnos los unos a los otros.
5) El país adolece de una izquierda francamente nefasta. Asimismo, la derecha deja mucho que desear. En ambos casos, el problema es que no hay visión de Estado ni de futuro: el PRD no piensa más que en sí mismo: una lástima y una vergüenza, en verdad. Y el PAN todavía no entiende a plenitud que, así como está, el país no puede seguir: ¿dónde está la “mano dura” para acabar con los privilegios de sindicatos parásito como el de maestros y el de PEMEX? ¿Dónde están los deseos de “cambio” para impulsar en serio la reforma del Estado? ¿Ahora que el presidente Calderón controlará al PAN nos va a gobernar el PAN-gobierno? ¿Por qué, al parecer, se le dará marcha atrás a la CETU cuando implicaba que, por fin, los ricos de este país comenzarían a financiar los cambios estructurales que México requiere? ¿Hasta cuándo tendrán claro en el PAN que dichos cambios no ocurrirán sino hasta que el Estado logre que los más pudientes paguen impuestos elevados de manera continua (tal y como ha sucedido en otros países)?
En esos 5 puntos he resumido de manera muy concreta las opiniones que he vertido en estas páginas desde marzo de 2006. Espero que hayan sido de utilidad para Usted, amigo lector. Por mi parte, el compartírselas ha sido un gusto y un honor. ¡Hasta pronto
Armando Román Zozaya
Después de 17 meses de disfrutar del privilegio de publicar en estas páginas, dejo Diario Monitor para incorporarme a otro proyecto periodístico. Así, quisiera despedirme y expresar los agradecimientos correspondientes, así como desarrollar un breve resumen de los temas que he tratado a lo largo de casi un año y medio de tener el gusto de dirigirme a Usted, amigo lector.
Quiero dar las gracias a Grupo Monitor por haberme abierto las puertas. En particular, tengo una deuda de gratitud con Darío Fritz, antiguo editor de la sección Análisis, pues fue él quien, previa recomendación del profesor Jorge Schiavón –editorialista de Monitor–, decidió que mi incorporación al periódico sería provechosa para el mismo. De la misma manera, doy las gracias, precisamente, a Jorge Schiavón.
Agradezco también al señor José Gutiérrez Vivó pues, aunque nunca me ha compartido su opinión respecto a alguno de mis editoriales, entiendo que si mis contribuciones le hubieran parecido de baja calidad seguro que se habría asegurado de que yo ya no publicara en el periódico.
María Elena López Segura, quien tengo entendido tomó el lugar de Darío cuando éste dejó el diario, le dio continuidad a mi trabajo, cosa que le agradezco. Doy igualmente las gracias a Nallely Rayas Bautista, quien siempre ha mostrado una excelente disposición para ayudarme con la recepción de mis textos, mis frecuentes dudas y preguntas, etcétera.
A Usted, querido lector, le agradezco que dedique un poquito de su tiempo a leerme y que hasta se moleste en escribirme para hacerme comentarios: créame que es una gran satisfacción saber que el trabajo de uno causa reacciones y que invita a la reflexión.
Y ahora un pequeño resumen de los temas tratados en este espacio:
1) Los problemas de México son en gran parte responsabilidad de nosotros mismos. Ya basta de echarle la culpa a los “pinches gringos,” o al contexto internacional, o al pasado, etcétera. Mientras no entendamos que el presente, y el futuro, de nuestro país están en nuestras manos y que nos tenemos que hacer responsables de lo que somos como nación, nunca saldremos adelante.
2) Una de nuestras grandes fallas es que no somos ciudadanos de verdad, es decir, estamos muy lejos de ser cívicos. Por eso no respetamos la ley, tiramos basura en la calle, fumamos donde no se debe, no apagamos el celular cuando estamos en el cine o en un salón de clases, evadimos impuestos, etcétera: para los mexicanos, la legalidad y todo intento de algún tipo de orden es un estorbo. De hecho, detestamos apegarnos a todo sistema que implique hacer las cosas, como se dice coloquialmente, “por la derecha”. Y por eso, en parte, no avanzamos.
3) La pobreza y la marginación que se viven en México son estructurales. Pongámoslo así: los pobres, es decir, la abrumadora mayoría de ellos, no son pobres porque “no le chingan” o por “huevones”. Es más, dé Usted una vuelta, amigo lector, por las calles de la ciudad de México entre las 7 y las 9 de la mañana y fíjese como todo mundo o está trabajando o va al trabajo: la tragedia mexicana está dada por el hecho de que cerca del 96% de la Población Económicamente Activa trabaja, pero, un altísimo porcentaje de ella recibe salarios de miseria. ¿Por qué? Por fallas estructurales, o sea, ausencia de oportunidades genuinas para todos, sólo unos cuantos reciben educación de calidad, deficiente servicios de salud para la mayoría, mercados segmentados y que no funcionan como tales, falta de infraestructura básica, bajísima competitividad a nivel internacional, etcétera.
4) Los problemas estructurales del país no pueden ser solucionados sin la intervención de los gobiernos estatales, municipales y federal. Pero no se trata de cualquier tipo de intervención sino de una eficaz, eficiente y bien planeada: sin autoridades comprometidas con México, decentes, trabajadoras y visionarias, el país no va a ningún lado: a ninguno. Pero eso no es todo: se requiere de empresarios capaces, innovadores y dispuestos a tomar riesgos, de banqueros que no vivan de cobrar comisiones sino de hacer lo que se supone les corresponde, es decir, mover los recursos del país, de sindicatos que no sean unos “gandallas” y, en general, de todos y cada uno de nosotros: incluso dados nuestros problemas actuales, México sería mucho mejor si entendiéramos que debemos respetarnos los unos a los otros.
5) El país adolece de una izquierda francamente nefasta. Asimismo, la derecha deja mucho que desear. En ambos casos, el problema es que no hay visión de Estado ni de futuro: el PRD no piensa más que en sí mismo: una lástima y una vergüenza, en verdad. Y el PAN todavía no entiende a plenitud que, así como está, el país no puede seguir: ¿dónde está la “mano dura” para acabar con los privilegios de sindicatos parásito como el de maestros y el de PEMEX? ¿Dónde están los deseos de “cambio” para impulsar en serio la reforma del Estado? ¿Ahora que el presidente Calderón controlará al PAN nos va a gobernar el PAN-gobierno? ¿Por qué, al parecer, se le dará marcha atrás a la CETU cuando implicaba que, por fin, los ricos de este país comenzarían a financiar los cambios estructurales que México requiere? ¿Hasta cuándo tendrán claro en el PAN que dichos cambios no ocurrirán sino hasta que el Estado logre que los más pudientes paguen impuestos elevados de manera continua (tal y como ha sucedido en otros países)?
En esos 5 puntos he resumido de manera muy concreta las opiniones que he vertido en estas páginas desde marzo de 2006. Espero que hayan sido de utilidad para Usted, amigo lector. Por mi parte, el compartírselas ha sido un gusto y un honor. ¡Hasta pronto
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