miércoles, diciembre 31, 2008

"¿El "pendejo" soy yo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 3 de diciembre de 2008, bajo el título "Seamos cívicos")

Armando Román Zozaya

Todos los días escuchamos, leemos y vemos las acciones del crimen organizado. Asimismo, sabemos de soldados, policías, periodistas y funcionarios que son asesinados. Igualmente, se nos informa de cargamentos de droga que son decomisados. Pero los crímenes, las faltas contra el orden público, etcétera, no ocurren nada más entre los secuestradores, narcotraficantes y sicarios: tienen lugar, día a día, entre la ciudadanía misma.

Obviamente, las infracciones que comete una persona mientras camina en las calles o conduce su auto no son tan impactantes como, por ejemplo, una ejecución o un secuestro. De esta manera, a menos de que resulten en una tragedia, los medios no les ponen atención. Sin embargo, esto no significa que no se trate de acciones que laceran nuestra vida diaria. Es más, el problema tiene nombre y apellido: desprecio por el prójimo, situación que se refleja en el hecho de que, un día sí y el otro también, rompemos las leyes que pretenden protegernos de los abusos y excesos de otros a la vez que brindan protección a esos otros de nuestros abusos y excesos, es decir, quebrantamos las regulaciones que están diseñadas para ayudarnos a convivir cordial y pacíficamente: no fumar en lugares públicos cerrados, no estacionarse en el lugar de los discapacitados, no pasarse el alto, no tirar basura en la calle, no manejar a exceso de velocidad, no conducir sin luces, no hablar por celular mientras se controla un vehículo, etcétera.

Estas leyes, como decíamos, tienen por objeto propiciar una convivencia cordial y sana. Si se me prohíbe hablar por celular cuando manejo mi auto, lo que se busca es que no termine provocando un accidente que dañe a un tercero y/o a mí mismo. Si se me prohíbe fumar en un lugar cerrado, lo que se pretende es evitar que un tercero que no desea fumar lo haga junto conmigo (pasivamente), etcétera. Por eso, cuando quebrantamos estas regulaciones, lo que realmente estamos haciendo es mostrar total desprecio por los demás, por el prójimo, es decir, por ese “pendejo” que, si no quiere fumar, pues “que se chingue”. Y si lo termino atropellando porque me pasé un alto, también. Total: la única persona que importa en este mundo soy yo.

Si fuéramos ángeles, ni siquiera necesitaríamos leyes; el gobierno saldría sobrando. Pero como no lo somos, sí requerimos de un marco legal y de quien lo haga valer. La cuestión es que, aunque dicho marco está en pie, las autoridades son, salvo algunas excepciones, negligentes y/o corruptas. Resultado: la ley es letra muerta; en nuestro país se vale que hagamos de todo –desde tirar basura en la calle hasta asesinar a plena luz del día– sin que encaremos un riesgo serio de sanción alguna, ya no digamos la sanción en sí: México es la encarnación de la impunidad.

Como la ley no vale, nuestra convivencia no se basa en la legalidad sino en lo que nos dicta nuestra conciencia. Así, hay mexicanos que, más allá de las regulaciones correspondientes, siempre se detendrán ante el rojo del semáforo, respetarán el estacionamiento de los discapacitados y, en general, serán considerados con el prójimo: estos son los mexicanos que no necesitan la amenaza de la ley para convivir cívica y cordialmente. Pero, al mismo tiempo, hay otro tipo de mexicano: el que no respeta nada porque ni su conciencia, ni la autoridad, lo obligan a hacerlo. Este mexicano es el que, por ejemplo, cuando cruza la frontera con Estados Unidos, comienza a comportarse como ciudadano de primer mundo; claro: aunque con fallas, en el país vecino la ley sí vale; el que la hace, la paga. Por eso, quienes aquí no respetan nada, allá son individuos ejemplares.

Los mexicanos que consideran que el prójimo no es sino un estorbo –un “pendejo”– dan al traste con la vida diaria del país: cada vez que uno de ellos viola alguna de las regulaciones como las que aquí hemos mencionado, se constituye en un problema para la sociedad. Asimismo, pasa a formar parte de las filas de quienes rompen el marco legal (claro está que, por citar un ejemplo, conducir a exceso de velocidad no es igual que asesinar o secuestrar, pero, aunque a un nivel diferente, se trata de una falta a la legalidad. Además, puede ser una falta de consecuencias graves: ¿qué tal si por manejar muy rápido matamos a alguien?).

Si bien las autoridades son responsables de sostener todo el marco legal, los ciudadanos podemos ayudar: seamos cívicos, es decir, no veamos al otro, al prójimo, como un “pendejo” que no merece la menor consideración. Nos parece que esto coadyuvaría a que México sea mejor: ¿o tal vez el “pendejo” soy yo?