(Publicado en "Excélsior," el 17 de diciembre de 2008)
Armando Román Zozaya
Las tragedias que están sufriendo las familias Vargas Escalera y Martí Haik son parte de nuestras vidas. Y es que los cobardes secuestros y asesinatos de Silvia Vargas y Fernando Martí no son eventos aislados; durante años, la sociedad mexicana ha estado padeciendo crímenes similares. Por eso, y por otras razones que discutiremos más adelante, hoy todos somos un Martí Vargas: al igual que Fernando y Silvia, cada uno de nosotros y nuestras familias podemos ser víctimas de un secuestro, de un asesinato y/o, claro está, de algún otro crimen. La razón: la impunidad que nos aqueja.
Evidentemente, el que las dolorosas muertes de Fernando y Silvia sean dos más de muchas que han ocurrido en circunstancias similares no las hace menos trágicas ni les resta relevancia; no es eso lo que estamos diciendo. Lo que queremos transmitir es que, lamentablemente, dado que la sociedad mexicana está atrapada en un proceso de putrefacción que, al parecer, no puede ser revertido por ninguna autoridad ni por ningún grupo de ciudadanos, lo que les pasó a Silvia y a Fernando no es sorprendente. Es más, enfaticémoslo: le puede ocurrir a cualquiera; es nuestro pan de cada día: así es como se “vive” en nuestro país. ¿O ya nos olvidamos del niño Braulio Suárez, asesinado brutalmente por sus secuestradores en 1999? ¿O del señor Alejandro Belmar, ejecutado en pleno viaducto del D.F. en 2007? Etcétera, etcétera.
Una razón más por la que todos somos un Martí Vargas es que, si bien los casos de Silvia y Fernando no causaron la extrañeza que habrían provocado en otros países, sí generaron solidaridad y empatía hacia las familias Vargas y Martí. Igualmente, han motivado indignación: a todos nos dolió y agravió la forma en que perdimos a Fernando y a Silvia, así como la manera en que las “autoridades” han tratado de encontrar a los responsables de secuestrarlos y asesinarlos (en el caso de Fernando, el testigo clave ha caído en contradicciones y, en el de Silvia, el principal sospechoso “escapó” de un hospital).
Vale subrayar que perdimos a Silvia y a Fernando porque su pérdida no es nada más de sus familiares sino de toda la sociedad: lo que les ocurrió es producto, aunque sólo sea parcialmente, de la cultura de corrupción e impunidad de la que, querámoslo o no, todos somos –hay heroicas excepciones, por supuesto– partícipes: si bien es verdad que en México la “autoridad” deja mucho que desear, también es cierto que, en promedio, los mexicanos frecuentemente optamos por no respetar nada ni a nadie, con ley o sin ella de por medio. En otras palabras, como la legalidad no es válida –el “gobierno” no la sustenta ya sea por negligencia, corrupción o ambas–, tenemos vía libre para hacer a placer y, usualmente, escogemos la ruta fácil, es decir, la de violentar todo lo que es “legal”. Obviamente, esto es una cuestión de grados: así como hay quienes, sabiéndose impunes, se pasan un alto pero no son unos asesinos, hay otros que, igualmente sabiéndose impunes, no nada más sí asesinan sino que secuestran.
Es verdad que, como decíamos, se trata de una cuestión de grados. No obstante, el problema es el mismo: ante la impunidad, optamos por actuar mal. Por eso es que, como sociedad, estamos en putrefacción: México es una jungla; ni la “autoridad” ni los “ciudadanos” somos realmente dignos de tales etiquetas. Así, como comentábamos, a Silvia y a Fernando los perdimos: estaban entre nosotros, pero, nuestra forma de vida gestó, y sostiene, el ambiente en el que unos malnacidos vieron la “oportunidad” de hacerse de dinero a cambio de sus vidas. Esa es, pues, la tercera razón por la que todos somos un Martí Vargas: la pérdida de Fernando y de Silvia va más allá de sus respectivas familias; es la pérdida de una sociedad que no ha sabido, o tal vez no ha querido, transitar por la ruta de la legalidad y el respeto a los demás.
Finalmente, todos somos un Martí Vargas porque, como lo están haciendo las familias Martí Haik y Vargas Escalera, tenemos que intentar que las muertes de Silvia y Fernando no sean en vano: utilicemos nuestra indignación para bien. De esta manera, como lo hizo el señor Vargas, gritémosle a las “autoridades” que “no tienen madre” e invitémoslas a que “si no pueden, renuncien,” como lo ha hecho el señor Martí. Asimismo, apoyemos a las asociaciones ciudadanas que, en medio del caos, buscan una salida. De la misma forma, digamos no a la impunidad: hagámoslo por Silvia y Fernando, por todas las víctimas de la delincuencia y, por supuesto, por nuestros hijos: que su México, el del mañana, no sea uno donde sólo haya un par de apellidos: Martí Vargas.
miércoles, diciembre 31, 2008
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