(Publicado en "Excélsior," el día 30 de julio de 2008)
Armando Román Zozaya
Se nos dice que se trata de una Alianza por la Calidad de la Educación: llegó la hora, por fin, de revolucionar el sistema educativo mexicano. ¡Qué buena idea! Y es que, según la OCDE, el nivel de preparación de los mexicanos es pésimo. Igualmente, de acuerdo con el Foro Económico Mundial, México no es un país competitivo, cuestión vinculada a su falta de educación.
¿Podemos confiar en la alianza? ¿Gracias a ella nuestros niños desarrollarán un perfil educativo conducente a que incrementemos nuestra productividad en el mediano plazo y atraigamos más inversiones? ¿La alianza nos garantiza que los ciudadanos del mañana serán cívicos, que entenderán lo que es respetar el derecho ajeno, que sabrán diferenciar entre lo público y lo privado, etcétera?
La respuesta a todas las interrogantes planteadas es que probablemente no: ¿qué exactamente se quiere decir con “revolucionar” el sistema educativo? ¿Qué va a evaluar el examen que los futuros maestros tendrán que tomar para hacerse de una plaza? ¿Quién lo diseñó y quién lo calificará? ¿Es verdad que incluso quienes lo reprueben podrán ser maestros? ¿Los planes de estudio que seguirán los alumnos responden a las necesidades de nuestro sector productivo?
Aunado a lo anterior, si la señora Gordillo ha admitido que las plazas se venden –y son pagadas hasta con “cuerpo”–, ¿qué esperan las autoridades para proceder contra quienes trafican con ellas? ¿La misma Elba Esther Gordillo está libre de toda responsabilidad al respecto? Asimismo, ¿qué credibilidad tiene una persona que ha declarado que con el fin de lograr “transparencia y la rendición de cuentas,” hay que eliminar “todo aquello que hemos hecho, a valores entendidos, en beneficio de la política, por la política electoral”?
Si el objetivo es revolucionar la educación, ¿es la señora Gordillo la indicada para encabezar, junto con el gobierno, la reorganización educativa que el país exige? ¿De un día para otro se ha convertido en la dirigente sindical que el sistema educativo mexicano requiere? ¿Ahora sí le importa éste y no, como lo revela su citada declaración, nada más “la grilla”? ¿Se va a asegurar de que los maestros hagan bien su trabajo, de que no se la pasen en manifestaciones y plantones y de que el sindicato mismo se comporte responsablemente?
Asumiendo que el gobierno del señor Felipe Calderón quiere cambiar el perfil educativo del país –de hecho, suponiendo que anhela que el México del mañana sea, en general, mejor que el de hoy–, tiene que comenzar por reformar a todos los sindicatos, incluido, obviamente, el de maestros: urge reestructurar la vida interna de los sindicatos mexicanos: desde cómo eligen a sus dirigentes hasta cuáles son sus derechos y obligaciones. De lo contrario, continuarán como el ancla que son, cuestión especialmente dolorosa al hablar del sector educación.
Se dirá que es difícil, que hay mucha politiquería de por medio, muchos recursos, etcétera. Pues claro: por eso se trata de una reforma. Y por eso no favorecería a los sindicatos. Pero mientras éstos sean libres para hacer y deshacer, será muy difícil que la revolución educativa que pretende don Felipe Calderón, así como las reformas laboral, energética y todas las demás, sean exitosas. Por ejemplo, los cambios estructurales que el gobierno británico ejecutó en el período 1980-2001 tuvieron como punto de partida una reestructuración de los sindicatos. Antes de ésta, fue imposible para todo gobierno del Reino Unido, del color que fuera, introducir alguna reforma importante en cualquier terreno. Al paso de los años, las reformas rindieron dividendos: con todo y sus problemas, la economía británica es, al día de hoy, una de las más dinámicas del mundo desarrollado.
Pero nosotros no atacamos los problemas de raíz: es más cómodo maquillar las cosas y luego decir que avanzamos a paso firme. Por eso es que el gobierno pone la Iglesia en manos de Lutero antes que tener que enfrentarlo: lástima, pues, que por ahí ha comenzado la “revolución” educativa.
miércoles, julio 30, 2008
"País de viejos: el futuro"
(Publicado en "Excélsior," el 16 de julio de 2008)
Armando Román Zozaya
A Carolyn, quien está hospitalizada
luchando por no perder a nuestro bebé
La dirección general del IMSS y el sindicato del mismo han concretado un acuerdo con relación al régimen de pensiones del que disfrutan los trabajadores del Seguro. A partir de ahora, todo nuevo empleado tendrá una pensión basada en una cuenta individualizada de aportaciones voluntarias. A cambio, el IMSS entregará bonos de productividad a los trabajadores.
Seguramente, pronto surgirán quienes, con la intención de criticar para destruir, dirán que las pensiones del IMSS han sido privatizadas. Pero si bien es verdad que éstas ya no estarán respaldadas por las arcas públicas, esto no es nocivo necesariamente. De hecho, en otros países, por ejemplo Reino Unido, Chile y, poco a poco, Alemania, las pensiones en general, es decir, no nada más las de los burócratas, han sido privatizadas. Los resultados han sido buenos; han permitido liberar recursos públicos. Asimismo, han hecho posible que los pensionistas del mañana tengan claro que el futuro está en sus manos, es decir, se ha creado conciencia entre la población respecto a las responsabilidades que la vejez conlleva.
En pocas décadas, México dejará de ser un país de jóvenes para convertirse en uno de viejos. Así, es importante que construyamos una conciencia como la mencionada: tenemos que entender que, hacia 2040, habrá menos trabajadores activos por cada adulto mayor que al día de hoy. Esto resultará en gastos de salud y pensiones de magnitudes hasta ahora desconocidas en nuestro país; será difícil que, el día de mañana, el sistema de seguridad social que hemos conocido desde hace muchos años nos siga siendo útil. Por eso es que el acuerdo IMSS-sindicato, así como la nueva ley del ISSSTE, son pasos en la dirección correcta.
Pero aunque son pasos importantes, no son suficiente pues, más allá de cómo se paguen –vía erario, ahorros del trabajador y/o de su familia– las pensiones se tienen que cubrir; lo mismo vale para los servicios de salud: los adultos mayores requieren atención que significa gastos, es decir, que exige que parte de nuestro producto sea dedicada a ellos. De esta manera, además de hacer ajustes a los sistemas de seguridad social, es también urgente que incrementemos nuestros niveles de productividad, sobre todo porque, relativamente pronto, como ya decíamos, habrá menos trabajadores activos por cada anciano que al día de hoy: si no somos productivos, no podremos sostener a nuestros viejos, más allá de si hicimos cambios al IMSS y al ISSSTE.
Al respecto, es también importante mencionar que, precisamente gracias al cambio en los regímenes de pensiones, es posible que nuestro sistema financiero mejore, como ha ocurrido en Chile, donde las pensiones privadas resultaron en una actividad financiera más productiva: los nuevos ahorros disponibles encontraron vías de ser utilizados de modo tal que refinaron el aparato financiero y mejoraron el rendimiento del sistema económico. Claro está que esto exige las regulaciones y la supervisión adecuada, pero, es posible y coadyuva a concretar lo que enfatizábamos: elevar la productividad.
Mencionemos igualmente que el acuerdo IMSS-sindicato evidencia que, en este país, sí es posible negociar y construir. Evidentemente, todavía queda pendiente saber si la edad para jubilación se incrementará, qué exactamente significa lo de “bonos de productividad,” etcétera, pero, por lo pronto, celebremos que se logró un acuerdo de relevancia. Por ejemplo, además de lo ya comentado, gracias a dicho acuerdo el IMSS podrá contratar a la brevedad parte de los trabajadores que le hacen falta.
Finalmente, esperemos que el resto de sindicatos del país, y la clase política en general, entiendan por fin que éste ya no es el mismo de hace unas décadas, por lo que hay replantear gran parte, si no es que todo, el funcionamiento del mismo: los países que saben ajustarse a los retos que encaran progresan; los que no, se atascan.
Armando Román Zozaya
A Carolyn, quien está hospitalizada
luchando por no perder a nuestro bebé
La dirección general del IMSS y el sindicato del mismo han concretado un acuerdo con relación al régimen de pensiones del que disfrutan los trabajadores del Seguro. A partir de ahora, todo nuevo empleado tendrá una pensión basada en una cuenta individualizada de aportaciones voluntarias. A cambio, el IMSS entregará bonos de productividad a los trabajadores.
Seguramente, pronto surgirán quienes, con la intención de criticar para destruir, dirán que las pensiones del IMSS han sido privatizadas. Pero si bien es verdad que éstas ya no estarán respaldadas por las arcas públicas, esto no es nocivo necesariamente. De hecho, en otros países, por ejemplo Reino Unido, Chile y, poco a poco, Alemania, las pensiones en general, es decir, no nada más las de los burócratas, han sido privatizadas. Los resultados han sido buenos; han permitido liberar recursos públicos. Asimismo, han hecho posible que los pensionistas del mañana tengan claro que el futuro está en sus manos, es decir, se ha creado conciencia entre la población respecto a las responsabilidades que la vejez conlleva.
En pocas décadas, México dejará de ser un país de jóvenes para convertirse en uno de viejos. Así, es importante que construyamos una conciencia como la mencionada: tenemos que entender que, hacia 2040, habrá menos trabajadores activos por cada adulto mayor que al día de hoy. Esto resultará en gastos de salud y pensiones de magnitudes hasta ahora desconocidas en nuestro país; será difícil que, el día de mañana, el sistema de seguridad social que hemos conocido desde hace muchos años nos siga siendo útil. Por eso es que el acuerdo IMSS-sindicato, así como la nueva ley del ISSSTE, son pasos en la dirección correcta.
Pero aunque son pasos importantes, no son suficiente pues, más allá de cómo se paguen –vía erario, ahorros del trabajador y/o de su familia– las pensiones se tienen que cubrir; lo mismo vale para los servicios de salud: los adultos mayores requieren atención que significa gastos, es decir, que exige que parte de nuestro producto sea dedicada a ellos. De esta manera, además de hacer ajustes a los sistemas de seguridad social, es también urgente que incrementemos nuestros niveles de productividad, sobre todo porque, relativamente pronto, como ya decíamos, habrá menos trabajadores activos por cada anciano que al día de hoy: si no somos productivos, no podremos sostener a nuestros viejos, más allá de si hicimos cambios al IMSS y al ISSSTE.
Al respecto, es también importante mencionar que, precisamente gracias al cambio en los regímenes de pensiones, es posible que nuestro sistema financiero mejore, como ha ocurrido en Chile, donde las pensiones privadas resultaron en una actividad financiera más productiva: los nuevos ahorros disponibles encontraron vías de ser utilizados de modo tal que refinaron el aparato financiero y mejoraron el rendimiento del sistema económico. Claro está que esto exige las regulaciones y la supervisión adecuada, pero, es posible y coadyuva a concretar lo que enfatizábamos: elevar la productividad.
Mencionemos igualmente que el acuerdo IMSS-sindicato evidencia que, en este país, sí es posible negociar y construir. Evidentemente, todavía queda pendiente saber si la edad para jubilación se incrementará, qué exactamente significa lo de “bonos de productividad,” etcétera, pero, por lo pronto, celebremos que se logró un acuerdo de relevancia. Por ejemplo, además de lo ya comentado, gracias a dicho acuerdo el IMSS podrá contratar a la brevedad parte de los trabajadores que le hacen falta.
Finalmente, esperemos que el resto de sindicatos del país, y la clase política en general, entiendan por fin que éste ya no es el mismo de hace unas décadas, por lo que hay replantear gran parte, si no es que todo, el funcionamiento del mismo: los países que saben ajustarse a los retos que encaran progresan; los que no, se atascan.
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