miércoles, agosto 27, 2008

"¡Sí: que renuncien!"

(Publicado en "Excélsior," el día 27 de agosto de 2008)

Armando Román Zozaya

Hace unos días, el procurador del estado de Querétaro, Juan Martín Granados, y Diego Fernández De Cevallos, destacado panista, descalificaron el más que atinado “si no pueden, renuncien” que el empresario Alejandro Martí lanzó a nuestras autoridades durante el Consejo Nacional de Seguridad Pública. En concreto, Granados comentó que “no hay que atribuir culpas ni deslizar responsabilidades”. También apuntó que lo dicho por Martí ha tomado la forma de “una campaña irracional de cuestionamiento, ante un problema que tiene su génesis en las raíces de nuestra cultura”. Por su parte, Cevallos señaló que "ningún país del mundo puede abatir la criminalidad sin el concurso de la sociedad; los males nacen y proliferan desde la sociedad…hoy vemos a familias enteras secuestrando a seres humanos, que no me digan que es culpa de los políticos".

Es verdad que el crimen encuentra sus orígenes, al menos parcialmente, en aspectos socioculturales. En particular, en el caso mexicano, el caos en el que estamos inmersos es en parte resultado de que a millones de mexicanos les encanta hacer y deshacer sin consideración alguna por los demás. Así, vivimos entre individuos que tiran basura, evaden impuestos, manejan irresponsablemente y un largo etcétera. De la misma manera, muchos de nuestros policías, quienes, al igual que los ciudadanos, se saben impunes, no sólo no cumplen con sus tareas sino que delinquen. Lo mismo vale para los funcionarios que cometen fraudes, favorecen a sus amigos y utilizan el gasto público para lo que no deben. Y ni qué decir de quienes llevan al máximo la impunidad que nos permea: los secuestradores, violadores y similares.

Sí: el problema nos involucra a todos (aunque a diferentes niveles; obviamente, secuestrar es mucho más grave que darse una vuelta prohibida). En consecuencia, la solución también requiere de todos, pero, en especial, de la autoridad: ella es la encargada de luchar contra de la delincuencia; para eso le pagamos…y bien, particularmente a los procuradores, gobernadores, legisladores, presidente de la república y alta burocracia. Así, no se vale, de hecho es totalmente inaceptable, que quienes gobiernan este país nos vengan con que “no hay que atribuir culpas ni deslizar responsabilidades” o con que “que no me digan que es culpa de los políticos”.

Sí es culpa de la autoridad y de los políticos. ¿Por qué? Porque, al no hacer su trabajo bien, han permitido que la impunidad –la cual, es verdad, nos encanta– sea nuestra reina. Por eso, hay “familias enteras secuestrando a seres humanos”. ¿Pero qué pasaría si, a pesar de que gozamos la impunidad, supiéramos que la autoridad no permitirá que nos salgamos con la nuestra? ¿Cuántos lo pensarían dos veces antes de pasarse un alto, de evadir impuestos o de matar, violar, secuestrar? ¿Cuántos ya no lo harían?

Aquí vale la pena señalar que no sólo a los mexicanos nos gusta ser impunes; en otros países ocurre algo similar: a pocas personas les agrada que les digan qué hacer, qué no hacer, qué límites deben respetar, etcétera. Por ello, en todos lados hay criminales: nunca falta el que se siente por encima de los demás y actúa siguiendo su egoísmo y nada más. La diferencia es que, en esos otros países, la autoridad sí sirve, sí funciona, sí hace su trabajo: generalmente, el que la hace, la paga. Y eso coadyuva a que la gente cumpla la ley inclusive si la considera un estorbo.

No hay que darle muchas vueltas: si no hay autoridad o si ésta no cumple sus funciones, estamos a merced del vecino; si éste quiere secuestrarnos, lo hará; si quiere tirar basura, lo hará, etcétera. Y es que si todos fuéramos unos ángeles, ni siquiera necesitaríamos gobierno. Pero como no lo somos, no sólo sí lo necesitamos sino que nos urge. Por eso, tiene razón el señor Alejandro Martí: ¡autoridades de este país, si no pueden, renuncien; seguro que eventualmente habrá quienes sí estén a la altura del reto! (Amigo lector, no olvide Usted la marcha de este sábado: ¡participemos!).

jueves, agosto 14, 2008

"Fin del pacto social"

(Publicado en "Excélsior," el día 14 de agosto de 2008)

Armando Román Zozaya

El Estado se ha colapsado: México es una jungla. Muchas fueron las advertencias, los reclamos y las exigencias; en los medios, en las calles. Sin embargo, nuestras “autoridades” no escucharon a los millones de mexicanos que pedimos a gritos que tuvieran cuidado, que no permitieran que llegáramos a donde estamos. Lo mismo vale para los otros muchos mexicanos que no son cívicos, que les “vale madre” el prójimo y que, ante el contexto de orfandad institucional que nos caracteriza, eligen robar, secuestrar, violar, matar y un larguísimo etcétera: la falta de legalidad y la nula conciencia de quienes optan por delinquir han resultado en que el pacto social mexicano –que de por sí nunca había sido pleno– se haya disuelto totalmente.

Y es que el Estado –el pacto social básico– es un contexto en el que el gobierno brinda seguridad a los ciudadanos a cambio de que éstos renuncien a su legítimo derecho a defender su patrimonio y a sus familias por cuenta propia. Para que esto sea posible, la ciudadanía paga impuestos y se obliga a apegarse a la legalidad; si no lo hace, encara consecuencias jurídicas. Pero en México el gobierno no cumple con sus funciones básicas. Paralelamente, hay muchos mexicanos que tampoco lo hacen: nos encanta tolerar la corrupción, evadir impuestos, pasarnos los altos, estacionarnos en triple fila, bloquear las rampas y lugares de estacionamiento dedicados a los inválidos, comerciar “litros” de gasolina que son de 800 mililitros y, en general, cometer una infinidad de faltas que, si bien son menos graves que un secuestro o un asesinato, claro está, nos dejan ver que estamos atrapados en un círculo vicioso que, como ya decíamos, ha terminado por destruirnos como sociedad supuestamente civilizada: la debilidad gubernamental alimenta la impunidad lo que, a su vez, favorece a la delincuencia, cuestión que merma a la autoridad. Y así sucesivamente.

El punto es éste: los responsables somos todos; no nada más el gobierno. No obstante, esto no significa que éste no sea el primero que debería cambiar para bien: de quienes se aprovechan de los débiles, matan con gusto y ningunean a sus semejantes no se puede esperar nada; por eso urge que la autoridad actúe adecuadamente: sólo así romperemos el círculo vicioso que nos ha hundido. Pero el problema tiene una característica que hay que destacar: quienes se aprovechan de los débiles, matan con gusto y ningunean a sus semejantes son parte de las policías, del gobierno, que nos debería brindar protección: “jaque mate,” le dicen los criminales a los ciudadanos.

La solución es de largo plazo y pasa por varios terrenos: educación, creación de fuerzas policiales de verdad, reformas al aparato de justicia en todos los sentidos, etcétera. El objetivo de todo esto tiene que ser el siguiente: terminar con la impunidad y proveer a la ley con verdadero poder disuasivo, es decir, hacer del Estado una amenaza creíble: es apremiante dejar claro que, quien se dedique a delinquir, lo pagará. De esta manera, menos personas optarán por la ruta del crimen.

Mientras no ocurra lo anterior, podemos implantar la pena de muerte para los secuestradores o hasta estipular que se les quemará vivos; de nada servirá: los criminales no le temen al Estado. Lo peor: los ciudadanos sí. Por eso, no nos sorprendamos si comenzamos a enterarnos de policías que son atropellados al intentar detener algún vehículo. O de padres de familia que andan armados y, a la menor provocación, disparan. O de conflictos entre condóminos que terminan en tragedia. O de franeleros asesinados por automovilistas que están hartos de ellos. O de automovilistas asesinados por franeleros. O de más secuestros, ejecuciones, delitos sexuales, etcétera: dado que no hay autoridad, el país es de quienes se aprovechan de ello. Bueno, sí hay autoridad, pero, está ocupada en consultas inútiles, tomar tribunas y tratar de “guanajuatizar” al país.

México, pues, ha dejado de ser un Estado; es la selva. En ésta, todo se vale: tenga Usted cuidado, amigo lector.