miércoles, septiembre 24, 2008

"Amar a México"

(Publicado en "Excélsior," el día 24 de septiembre de 2008)

Armando Román Zozaya

A medida que se acercaba el pasado día 16 de septiembre, autos y ventanas de edificios mostraban banderas tricolores. El 15 por la noche, como todos los años, millones de individuos dieron “el Grito” y se llenaron de orgullo y amor por nuestra tierra. Lamentablemente, lo que también se repite no sólo año tras año sino minuto tras minuto, es nuestra enorme y perjudicial falta de civismo. De hecho, los mismos automovilistas que portaban banderas de México, se estacionaron en triple fila, invadieron carril, no dejaron pasar a los peatones, etcétera. Y quienes colgaron el lábaro patrio en sus ventanas, salieron después a tirar basura en la calle, a no recoger las heces que dejaron sus perros en el parque y a cometer otras muchas faltas que, si bien en comparación a un asesinato o secuestro son menores –obviamente–, constituyen atentados contra la colectividad.

Lo peor: que nadie se atreva a decirle a alguien más que se comporte cívicamente: “si tiro basura, ni me digas nada porque, por lo menos, te voy a insultar”. Va un ejemplo: el otro día salí a pasear a mi perro. En la esquina de la casa nos topamos con otro can, suelto pero con collar, el cual se le aventó al mío. Esto implicó que tuve que batallar para que mi mascota no se zafara de su correa y procediera a pelear. Igualmente, me arriesgué a ser mordido. Eventualmente, una señora aparece detrás del perro suelto. Le dije: “por favor, póngale una correa a su perro”. No dijo nada y se fue. A las tres horas, su marido aparece en la puerta de mi casa y me amenaza, por medio de mi esposa pues yo no estaba: “dígale al del perro, que si le vuelve a decir algo a mi esposa o a mí, se va a meter en un lío de miedo”. Desde entonces, todos los días me topo con el perro suelto y con la señora.

Otro ejemplo: en una esquina voy cruzando la calle con mi mujer, quien está embarazada con alto riesgo y, por lo tanto, anda en silla de ruedas. Un coche que viene dando vuelta toca el claxon para que nos apuremos. Volteo y le digo: “aguanta, ¿qué no ves cómo está la cosa?”. Esta fue su respuesta: “pues apúrense, pendejo”. Y no hay una sola esquina en la que cruzar no sea un calvario, ya sea por tipos como el descrito o porque, dicho sea de paso, el pavimento está en pésimas condiciones para las ruedas de la silla, o porque no hay rampas, o porque las que hay están mal hechas, etcétera.

Va uno más: en la cafetería de un hospital, enfrente de un letrerote que dice “No fumar,” un joven está feliz con su cigarro. Me acerco y le digo: “por favor, apaga tu cigarro. Además de que el humo molesta, está prohibido fumar aquí”. Se disculpó y lo apagó, pero, llegó su novia a la mesa y se puso a decirme: “no sea mamón. Total, ¿qué le importa a usted lo que haga él o no?”. Le dije: “el que está mal es él, no yo”. Respuesta: “pues me vale madre, pinche mamón”.

Y así tengo muchos ejemplos que evidencian que, en muchos casos, el prójimo, el de junto, ese mexicano con el que convivimos y que se supone deberíamos respetar porque, uy, caray, ¡cuánto amamos a México!, no nos importa, nos es irrelevante, nos “vale madre”. Muchas personas me dicen: “pues no digas nada cuando te pasen cosas como las que describes: no te busques problemas; en una de esas, te pueden hasta matar”. Me pregunto: ¿si no digo nada, acaso no estoy legitimando esa dolorosa ausencia de civismo que tanto daño nos hace? ¿Acaso no sería yo igual que quienes no respetan nada ni a nadie? Si se me dice que “en una de esas te pueden hasta matar,” ¿significa eso que todos nos damos cuenta del problema pero preferimos no decir nada porque nos tenemos miedo? ¡Qué triste, en verdad! Pero eso sí: ¡Viva México, cabrones!

Mi esposa, quien es extranjera, me preguntó hace unos días: ¿por qué no compramos una banderita para el coche? ¿No quieres a tu país o qué pasa? Mi respuesta: “prefiero mostrar mi amor por México tratando de ser cívico y cordial con quienes me rodean; en esencia, eso es, me parece, lo que realmente importa”.

"Torpeza antineoliberal"

(Publicado en Excélsior, el día 10 de septiembre de 2008)

Armando Román Zozaya


El día de ayer, en estas mismas páginas, don Jesús Ortega, destacado perredista, publicó un texto titulado “Torpeza neoliberal”. En él, culpa al neoliberalismo de la inseguridad que sufrimos y de la mala situación económica por la que atravesamos. Igualmente, argumenta que ni el PAN ni el PRI son útiles para el país: la solución a nuestros problemas radica en el PRD. Al respecto, apuntemos lo siguiente:

En primer lugar, México no es un país neoliberal pues la ley no se respeta, los contratos pueden ser violentados sin mayor problema, la propiedad privada no es inviolable y los mercados no funcionan (les falta infraestructura y están plagados de discriminación de todo tipo: sexual, racial, etcétera). Asimismo, existe un sistema de seguridad social que, aunque con fallas y lejos de la perfección, brinda servicios de salud a millones de personas de manera gratuita en el punto de uso, cuestión que también ocurre con la educación y con los muchos otros servicios vinculados a la política social del gobierno federal y de los gobiernos locales. De esta manera, sostener que en México prevalece el neoliberalismo es una muestra de ignorancia. Asimismo, y en la misma línea, promover la idea de que gran parte de nuestros males son producto de un orden neoliberal es reflejo de que no se entiende a fondo la problemática del país. Peor aún: prometer solucionar dichos males sin entenderlos plenamente es una irresponsabilidad y evidencia que, quienes esto prometen, no nos deben gobernar: ni siquiera saben de qué están hablando.

En segundo lugar, si bien un orden totalmente neoliberal no es deseable, algunos aspectos del neoliberalismo son positivos. De hecho, en México el problema no es el neoliberalismo sino, entre otras cosas, la ausencia de algunos de sus componentes. En concreto, como ya dejamos ver, el neoliberalismo no tolera la discriminación, ni el amiguismo, ni la falta de legalidad, ni los abusos de autoridad; un orden neoliberal es uno meritocrático. De igual manera, el neoliberalismo exige infraestructura y legislación a favor de los mercados; si no hay infraestructura y falta dicha legislación, éstos no rinden y suelen resultar en monopolios. ¿Acaso no nos vendría bien terminar con la discriminación? ¿No sería positivo que viviéramos en un mundo de legalidad y que contáramos con caminos, puertos, trenes, etcétera, de calidad así como con mercados genuinos en los que todos participáramos?

En tercer lugar, es cierto que la economía mexicana no está rindiendo lo que podría y debería. Pero esto no es producto de las políticas supuestamente neoliberales del gobierno federal sino de que estamos fallando a nivel estructural e individual.

Con relación al estructural, pongámoslo así: ¿cómo queremos que la economía mexicana levante si, entre otras cosas, nuestro sistema educativo es patético?¿Esto es producto del neoliberalismo o de que tanto los gobiernos estatales y el federal no han sido capaces de poner orden en el sector educación? ¿Cómo queremos que el país atraiga más inversiones si aquí reinan la impunidad y la inseguridad?¿Cómo vamos a incrementar nuestro rendimiento económico si nuestro sistema financiero es pequeño, elitista y, en consecuencia, no conecta a los ahorradores con los inversionistas? ¿El que contemos con servicios financieros de pobre calidad y vivamos en un país inseguro es resultado del neoliberalismo?

Con relación al nivel individual, digamos esto: ¿vamos a salir adelante cuando quebrantamos la legalidad un día sí y el otro también? ¿Vamos a mejorar como país cuando somos incapaces de mostrarnos cívicos? ¿La economía crecerá rápidamente si parte de nuestra mentalidad se resume en “el que no tranza no avanza”?

La causa de que no nos vaya bien –y no sólo en el terreno económico– no es el neoliberalismo; éste ni siquiera está en pie en el país. La causa somos todos: “autoridades” y “ciudadanos”. Tengamos cuidado, pues, con la torpeza antineoliberal: sus ideas pueden ser contraproducentes.