jueves, noviembre 20, 2008

"Jesús Ortega y el PRD"

(Publicado en "Excélsior," el día 19 de noviembre de 2008)

Armando Román Zozaya

Hace unos días, el Tribunal Electoral dictaminó que Jesús Ortega Martínez ganó las elecciones internas del Partido de la Revolución Democrática: Ortega presidirá el PRD. A nuestro parecer, una presidencia de Jesús Ortega es lo mejor que le puede suceder al perredismo pues todo indica que don Jesús no es un radical. De la mano de lo anterior, a diferencia de López Obrador y los suyos, Ortega y sus “chuchos” son más dados al diálogo y están dispuestos a alcanzar acuerdos con otras fuerzas políticas. Todo esto podría coadyuvar a que el PRD deje de perder votantes y comience a dejar atrás la intolerancia, el mesianismo y la virulencia con los que muchos ciudadanos, con razón, lo asocian.

Se dirá que no, que una presidencia de Ortega no es buena para el PRD porque puede resultar en una fractura del partido. De hecho, ya se escuchan las voces que advierten que un número importante de perredistas, encabezados por Andrés Manuel López Obrador, abandonarán las filas del perredismo. Pero si esto llegara a ocurrir, la culpa no sería de Ortega sino de quienes son incapaces de reconocer que los votos no les favorecieron y, además, se rehúsan a obedecer un mandato de las instituciones de nuestro país (en este caso, una decisión del Tribunal Electoral). Asimismo, si bien en el corto plazo el PRD resentiría la salida de Obrador y sus seguidores, también es cierto que, en el largo plazo, el perredismo está mejor sin López Obrador que con él: aunque es verdad que para muchos mexicanos el señor Obrador representó –y representa– una esperanza, también es cierto que su radicalismo y necedad han terminado por costarle, y mucho, al perredismo y a la izquierda en general.

Pero así como la llegada de Ortega a la presidencia del PRD es, por lo ya indicado, positiva, también es necesario dejar claro que parte de su comportamiento no ha sido lo que se esperaría de un político de su estatura. Por ejemplo, desde hace días, don Jesús repite hasta el cansancio que la decisión del Tribunal referente a la elección interna del PRD tiene que ser acatada porque se trata de una institución del Estado mexicano. Inclusive, argumenta que, en su momento, el PRD exigió la creación del Tribunal mismo, por lo que sería contradictorio que los perredistas no hagan caso de sus resoluciones. Muy bien: ¿dónde estaban estas palabras y esta actitud después de la elección de 2006? ¿Por qué cuando López Obrador desconoció los resultados del IFE (otra institución del Estado mexicano para cuya creación el PRD fue crucial) Ortega no declaró públicamente que había que respetarlos? ¿Por qué cuando el Tribunal Electoral confirmó la victoria de Felipe Calderón y, en consecuencia, López Obrador mandó al diablo a las instituciones, Ortega no defendió al Tribunal? Es más, ¿por qué Jesús Ortega no dice abiertamente, hoy mismo, que el Tribunal tuvo la razón y que el PRD sí perdió la elección presidencial de hace 2 años? ¿O será tal vez que el señor Jesús Ortega sólo acata lo que el Tribunal y las instituciones en general mandan cuando así conviene a sus intereses?

Otra cuestión relevante es que, en términos ideológicos, no está claro qué es lo que Jesús Ortega defiende. Por ejemplo, en las colaboraciones semanales que vierte en estas mismas páginas, no es posible apreciar lo que entiende por mercado, Estado, neoliberalismo, democracia, izquierda, derecha, etcétera. Por citar un ejemplo concreto, ¿qué quiere decir Ortega cuando sostiene que el país requiere una “izquierda inteligente”? ¿Es “inteligente” rehusarse a cambiar la Constitución nada más porque es la Constitución, es decir, sin analizar por qué sería conveniente hacerlo? ¿Es “inteligente” apoyar una reforma de PEMEX que dejó intacto al sindicato de la empresa? De igual forma, ¿qué es lo que está pensando Ortega cuando dice, como lo hizo en su editorial del día de ayer, que la izquierda es “la decidida lucha por la libertad, la democracia, el ejercicio de todos los derechos y, desde luego, el derecho a una vida digna y de bienestar”? ¿Significa esto que la derecha no lucha por la libertad, la democracia, el ejercicio de todos los derechos y por una vida digna y de bienestar? ¿Qué entiende Ortega, entonces, por “la derecha:” el fascismo?

El siguiente presidente del PRD será, pues, Jesús Ortega. Pensamos que esto es algo positivo en sí mismo. Sin embargo, lo sería inclusive más si el señor Ortega aclarara qué es exactamente lo que piensa así como por qué hoy sí defiende al Tribunal Electoral y hace dos años no lo hizo: sus nuevas responsabilidades así lo exigen.

lunes, noviembre 17, 2008

"El presidente Obama"

(Publicado en "Excélsior," el día 5 de noviembre de 2008)

Armando Román Zozaya

El mundo atraviesa por momentos críticos: crisis económica, más pobreza, ataques terroristas, la emergencia (de nuevo) de Rusia como potencia, etcétera. Ante este escenario, lo mejor que puede ocurrir es que Barack Obama sea el siguiente presidente de los Estados Unidos. Y es que, a diferencia de John McCain y George W. Bush, él sí entiende que el colapso del sistema financiero norteamericano no fue casualidad. De hecho, una y otra vez ha dicho que lo que está pasando es atribuible a la política económica del actual inquilino de la Casa Blanca. En otras palabras, Obama sabe que su país es responsable de las dificultades económicas que el mundo está padeciendo y que, por lo tanto, debe cooperar a nivel internacional para resolverlas. Lo mismo vale para el asunto del calentamiento global: Barack Obama comprende que es un problema cuya solución exige un esfuerzo colectivo mundial y que, al día de hoy, Estados Unidos no ha hecho sino obstaculizar dicho esfuerzo. El punto es, pues, que Obama sí intentará que su país coopere en cuestiones tan complejas como las mencionadas: ¡qué bueno!

Aunado a lo anterior, Obama reconoce que, si bien es verdad que hay que pelear contra el terrorismo, no es necesario promover una visión en la que sólo hay “buenos,” es decir, aquellos que están con los estadounidenses, y “malos,” o sea, quienes no están de acuerdo en todo lo que Estados Unidos quiere y/o hace. Por eso, Obama repite sin cesar que hay que derrumbar los muros que separan culturas, razas, etcétera. Claro está que esto no implica que no tenga claro que contra los terroristas hay que actuar con firmeza. Por ello, Obama ha prometido que, en cuanto Irak tenga un gobierno bien establecido, capaz de brindar seguridad a su población, objetivo que él y sus colaboradores buscarán concretar a la brevedad, la lucha contra el terrorismo será trasladada a Afganistán pues ahí radican las amenazas más graves en este terreno. Respecto a Irán y su programa nuclear, Obama, al contrario de G.W. Bush y de John McCain, no ha considerado el uso de la fuerza sino el de la diplomacia.

Además de lo comentado, no podemos dejar de resaltar el color del rostro de Obama: su tez es negra; tan negra como la de aquellos estadounidenses que, hace no muchas décadas, eran segregados y humillados por sus conciudadanos de piel blanca. Asimismo, no olvidemos que Obama es hijo de un inmigrante. De esta manera, la victoria de Barack Obama transmitiría el mensaje de que la democracia, si bien no es perfecta, sí es un modo de vida –no nada más de gobierno– que, cuando está acompañado por reglas y medidas que apoyan la libertad individual, crea oportunidades para todos: ¡qué mejor publicidad para la democracia en un mundo en el que hace mucha falta pero no suele ser la norma!

Obama es, pues, el presidente de Estados Unidos que el planeta requiere. Sin embargo, paradójicamente, esto no implica necesariamente que una presidencia de Obama sea lo mejor para la sociedad estadounidense. En concreto, en términos de lo que Estados Unidos es, Obama está muy a la izquierda. Por ejemplo, ha prometido cobrarle más impuestos a los más ricos al mismo tiempo que reducirá los que pagan las clases medias y pobres. También desea una reforma al sistema de salud que haga posible que éste ya no sea, hasta cierto punto, inhumano, como lo es hoy, sino que favorezca a quienes menos tienen. Igualmente, entre otras cosas de naturaleza similar, Obama pretende poner en pie medidas que permitan que las personas de menos recursos puedan estudiar hasta nivel universitario si así lo desean.

Estoy de acuerdo en todo lo que Obama anhela. No obstante, como ya decía, me pregunto si la sociedad estadounidense y, sobre todo, el Congreso de los Estados Unidos, lo estarán también. ¿Por qué? Porque lo que Obama pretende es hacer de Estados Unidos algo similar a un Estado de Bienestar europeo y es probable que, tarde o temprano, los estadounidenses le den la espalda a un proyecto así. De hecho, a pesar de que Estados Unidos es uno de los países avanzados con mayor desigualdad en términos de distribución del ingreso y de la riqueza, nunca ha tenido un partido socialdemócrata viable/duradero. De igual manera, sus sindicatos nunca se han caracterizado por la combatividad y protagonismo de sus similares europeos. Con estos antecedentes, ¿tendrá futuro el programa socioeconómico de Obama? ¿Generará conflictos al interior de su propio país? ¿Ha llegado, finalmente, la hora de la izquierda? No lo sabemos. Lo que sí tenemos claro es que estamos con Barack Obama: ojalá, entonces, que se confirme su victoria; ¡hace falta!

"¿Satanizar el capitalismo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 22 de octubre de 2008)

En estos días de crisis e incertidumbre económicas no han faltado las voces que culpan al capitalismo y, por ende, a los mercados, de los problemas que el mundo está padeciendo: el capitalismo, entendido como sistema económico y como orden social, está siendo satanizado. No obstante, también se han expresado opiniones, según las cuales, en vez de condenar al capitalismo rotundamente, hay que reformarlo, es decir, mejorarlo. Al respecto, valen unos comentarios.

En primer lugar, no hay un solo país que consideremos próspero cuya economía no sea de mercado. Al mismo tiempo, todas las economías socialistas se han colapsado (la URSS y la vieja Alemania Oriental) o están a punto de que esto ocurra (Corea del Norte) o ya no son socialistas realmente (Cuba y China). De la misma manera, el socialismo nunca logró los niveles de bienestar que las economías capitalistas sí alcanzaron y han logrado incrementar sostenidamente. Un ejemplo: a principios de los años noventa del siglo pasado, el PIB/cápita de la República Democrática Alemana, país que, en su momento, fuera el más rico del bloque socialista, era de 9,000 dólares anuales. Mientras tanto, el correspondiente a la República Federal Alemana era superior a los 20,000.

En segundo lugar, no olvidemos que el progreso tecnológico, considerado el motor del crecimiento económico y, por lo tanto, del bienestar de las naciones, encuentra terreno fértil en los ambientes de libre competencia y propiedad privada pues, nos guste o no, la innovación suele realizarse con el fin de obtener ganancias a nivel, precisamente, privado (cabe aclarar que es verdad que una economía que crece no es, necesariamente, una en la que todo individuo disfruta de bienestar, no obstante, también es cierto que, si la economía no se expande, es difícil lograr progreso para todos. En otras palabras, sin avances técnicos, las posibilidades de prosperidad son pocas). Esto no quiere decir que toda persona que busca que la ciencia y la tecnología mejoren lo hace con fines de lucro, pero, sí es ese el caso las más de las veces. De esta manera, sin capitalismo, es decir, sin mercados, el sistema económico podría perder vigor lo que, a su vez, tiene el potencial de terminar dañando a la sociedad.

En tercer lugar, “los mercados” no operan solos. De hecho, no son capaces de acción alguna pues no son agentes o entes sino instituciones que utilizamos para concretar nuestras transacciones económicas. Lo que queremos transmitir es que no es adecuado responsabilizar al capitalismo o a los mercados de lo que nosotros, es decir, los agentes económicos, decidimos y hacemos: ¿es culpa de “los mercados” el que, en Estados Unidos, haya habido prestamistas –de diferentes tipos– que no fueron cuidadosos a la hora de otorgar créditos? ¿Es culpa de “los mercados” que, paralelamente, haya habido individuos que se endeudaron de más? Una cosa es que los mercados nos brinden la posibilidad de hacer algo y otra, muy distinta, que lo hagamos.

En cuarto lugar, es importante resaltar que contamos con evidencia científica –proveniente de las ciencias sociales– que nos permite sostener que, si de lo que se trata es de que las personas tengan incentivos a invertir, trabajar, innovar y ahorrar –acciones todas que le brindan dinamismo a la economía–, no hay mejor orden social que uno basado en la propiedad privada de los medios de producción, es decir, que uno capitalista.

Al día de hoy, ¿podríamos abandonar el capitalismo? Por supuesto, pero, es probable que la economía vinculada a nuestro orden social alternativo no sea la que necesitamos, sobre todo cuando estamos hablando de países muy pobres y con grandes rezagos. ¿Significa esto, entonces, que debemos vivir bajo un capitalismo totalmente “libre,” es decir, sin regulaciones, impuestos, contribuciones a la seguridad social, etcétera? No: ahí está el ejemplo de las naciones europeas que, sin dejar de ser capitalistas, han sabido construir sociedades prósperas, relativamente equitativas y en las que, si bien hay problemas, la gran mayoría de la gente vive decentemente.

El mensaje es, pues, que no hay que satanizar al capitalismo sino reorientarlo, como argumentan quienes piensan que, para tratar de evitar que ocurra de nuevo lo que ahora nos está pasando, es necesario redefinir el orden económico mundial. Y para eso, se supone, existen autoridades. Para eso también es que los humanos somos capaces de razonar entre el bien y el mal, así como entre lo prudente y lo imprudente: no culpemos a los “mercados” de lo que hacemos por medio de ellos.

"Crisis económica: lo que faltaba"

(Publicado en "Excélsior," el día 8 de octubre de 2008)

Armando Román Zozaya

En esta ocasión no fue nuestra culpa totalmente, no obstante, pronto sufriremos problemas económicos más profundos que los que encaramos al día de hoy. Y es que si bien es cierto que la economía mexicana no crece tan rápido como debería, que el subempleo prevalece, que la desigualdad del ingreso no pude ser soslayada y que millones de nuestros compatriotas “viven” con muy poco, también lo es que, en los últimos años, ha habido estabilidad en términos de inflación, tipo de cambio, desempleo y tasas de interés, cuestión que ha significado que, entre otras cosas, cada vez más mexicanos han logrado hacerse de “una casita” y/o “un cochecito” y/o una tarjeta de crédito.

Pero resulta que las dificultades económicas que el mundo está sufriendo nos afectarán. Como decíamos, dichos problemas no son nuestra culpa, pero, si consideramos que no hemos concretado las reformas que nos hacen falta –energética, laboral, educativa y fiscal– y que muchas familias mexicanas sobreviven gracias a las remesas que reciben de Estados Unidos (las cuales ya han comenzado a reducirse) porque aquí en México no encuentran empleos dignos –cuestiones ambas, es decir, dependencia de remesas y ausencia de reformas, que sí son nuestra responsabilidad–, el escenario es nebuloso: nuestra economía no está en condiciones de enfrentar lo mejor posible el huracán que se avecina (cosa que sí es, digámoslo explícitamente, nuestra culpa).

¿Qué va a ocurrir? Por las siguientes razones, el desempleo aumentará: 1) nuestras empresas exportarán menos y, en paralelo, les será muy difícil tener acceso a crédito; 2) el gobierno gastará menos, lo que reducirá la actividad económica, y 3) los bancos e instituciones de crédito van a prestar muy poco –no sólo a empresarios, como ya sugeríamos, sino al público en general–, lo que debilitará el consumo y la inversión. Evidentemente, el aumento en el desempleo significa que habrá quienes no podrán pagar sus tarjetas de crédito, su “casita” y/o “cochecito,” situación que, además de dificultarle la vida a esas personas, pude provocar una crisis financiera, la cual, a su vez, profundizaría la que la economía real ya estará experimentando.

Aunado a lo anterior, recibiremos menos divisas porque, además de que habrá menos remesas, vendrán menos turistas. Asimismo, y esto explica por qué el gobierno tendrá que gastar menos, al caer la actividad económica se reducirán los ingresos tributarios. En la misma línea, la autoridad obtendrá menos recursos por la vía petrolera pues el precio del crudo se reducirá a medida que la economía mundial se desacelere. Por si eso fuera poco, habrá empresas que aumentarán precios con el fin de intentar minimizar sus previsibles pérdidas y, en paralelo, dada la depreciación del peso, las importaciones se encarecerán. Resultado: la inflación se intensificará.

Todo esto constituye pésimas noticias: en pocas palabras, nuestra calidad de vida disminuirá. Para algunos afortunados, esto significa que ya no comerán tan seguido en restaurantes más o menos lujosos y/o que, en enero, los Reyes Magos no serán muy generosos. Sin embargo, para muchos otros, se traducirá en hacer sacrificios enormes para pagar la renta, comer decentemente, cubrir los gastos médicos que sean necesarios, etcétera. Y para millones de individuos, nos referimos a quienes viven con menos de un dólar al día, la crisis puede resultar fatal.

Lo peor: mientras los problemas económicos se profundizan, nuestros maestros no quieren dar clases, nuestras autoridades insisten en que la economía está “blindada,” nuestros políticos desean despedir a los Consejeros del IFE que ellos mismos acaban de nombrar, la inseguridad continúa y un muchacho evidencia la integridad y coherencia de nuestra juventud al gritarle “espurio” al presidente al mismo tiempo que le acepta un premio por 130,000 pesos: no cabe duda, una crisis económica es lo único que nos faltaba.

Amigo lector, ahorre, sea prudente con su tarjeta de crédito y cuide su empleo: la situación pinta muy mal.