(Publicado en "Excélsior," el día 28 de enero de 2009)
Armando Román Zozaya
En una reciente colaboración para El Universal, Germán Martínez, presidente del PAN, argumenta que México no es un Estado fallido. De la misma manera, en su texto publicado el día de ayer en estas mismas páginas, don Pablo Hiriart coincide con don Germán. Me parece que ambos se equivocan. Veamos.
En concreto, Martínez comenta que un Estado fallido “sería incapaz de usar la policía, tener recursos y poder cobrar impuestos”. Hiriart apunta algo similar: “Un Estado fallido es aquel dominado por la anarquía. Donde el Estado ha perdido el monopolio del uso de la fuerza. Donde las instituciones no funcionan. Donde el gobierno no gobierna. Donde no se puede hacer cumplir las leyes. Aquel que no puede gobernarse por sí mismo”.
A riesgo de equivocarme, creo que los argumentos de Hiriart y de Martínez pueden resumirse así: México no es un Estado fallido porque no se ha colapsado, es decir, el país funciona. Y en eso tienen razón: México como tal existe y cuenta con autoridades que, a diferentes niveles y conjuntamente, gobiernan, o sea, cobran impuestos, distribuyen gasto, hacen y aplican las leyes, etcétera.
Ahora bien, un Estado no tiene que colapsarse para ser fallido. De hecho, bien puede ser que cobre impuestos, que cuente con policías, con leyes que regulan absolutamente todo, con gobernantes, etcétera. La cuestión de fondo es si los componentes que dan vida y forma al Estado trabajan adecuadamente. Y es justamente en este terreno donde México se revela como un Estado fallido, inclusive si no se trata de un Estado colapsado: en nuestro país, ninguno de los elementos que componen al Estado funciona como debería.
En primera instancia, en México la ley es muy endeble. De hecho, se puede matar a plena luz del día y no pasa nada, es posible violar toda disposición vial sin sufrir sanción alguna, se vale contrabandear y/o piratear todo tipo de productos y venderlos en la vía pública sin que la autoridad haga algo, también hay espacio, como ocurre en Chiapas, para establecer municipios autónomos que ignoran el marco legal vigente y establecen el suyo, etcétera. Eso no ocurre en los estados serios, en los que no son fallidos (al menos no al nivel y en la escala que ocurre en México; en todos lados hay problemas: ningún Estado es perfecto). Pregunta: ¿en México la ley se hace respetar y las instituciones prevalecen?
En segundo lugar, México es un Estado fallido porque, por lo menos, 11 millones de personas laboran en la economía informal y no pagan impuestos directos. Vamos, ni siquiera están registrados en el padrón de Hacienda. Si a esto añadimos la evasión fiscal cometida por quienes sí están registrados y, por lo tanto, se supone que deberían pagar todo lo que les corresponde, vale la pena que preguntemos lo siguiente: ¿las autoridades mexicanas son capaces de cobrar impuestos?
En tercer lugar, y este es un punto que ni Hiriart ni Martínez notan, México es un Estado fallido porque aquí, en promedio, no hay ciudadanos de verdad, cuestión que es producto de que el mexicano típico no concibe al resto de sus conciudadanos como sus iguales. Por eso es que, en la interacción diaria, dicho mexicano niega a los citados conciudadanos, situación que se refleja en la falta de civismo que caracteriza, en general, a los mexicanos. Y eso no es todo: el mexicano promedio tampoco se identifica con quien lo gobierna. Es por ello que, como lo revelan encuestas serias y los comentarios vertidos por lectores en las páginas de internet de los diferentes periódicos del país, la gente piensa que las autoridades sirven para muy poco (dicho sea de paso, por eso nuestros gobernantes nos bombardean con spots en los que nos aseguran que están trabajando y bien: si no hay legitimidad, por lo menos que haya propaganda). ¿Se puede hablar de un Estado de verdad cuando no hay ciudadanos de verdad, cuando la autoridad carece de credibilidad?
Podríamos listar más razones por las que México sí es un Estado fallido. No obstante, deseamos resaltar que, obviamente, no nos da gusto que ese sea el caso. Mucho menos pretendemos dinamitar el gobierno de Felipe Calderón (según el ya mencionado texto de Germán Martínez, quienes sostenemos que México es un Estado fallido no lo hacemos genuinamente; sólo pretendemos coadyuvar a que el gobierno federal caiga). No, de eso no se trata: insistimos en que México es un Estado fallido porque, si no lo entendemos y actuamos en consecuencia, nos convertiremos en uno absolutamente colapsado. Si eso ocurre, es posible que nunca salgamos del hoyo: que ni Dios lo quiera
miércoles, enero 28, 2009
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