(Publicado en Excélsior, el 8 de abril de 2009)
Armando Román Zozaya
Ahora que se avecinan las elecciones y nuestros partidos dicen saber qué hacer para que México mejore, vale comentar lo siguiente:
Sin institucionalidad, las economías no funcionan adecuadamente. Pero hay que tener las leyes/instituciones correctas. De hecho, las mejores son las que favorecen la libertad individual pues ésta es valiosa per se y, en asociación con la propiedad privada –condicionante mismo de la libertad–, incentiva el funcionamiento de los mercados y la acumulación y reinversión del capital.
Las instituciones tienen que contemplar la redistribución productiva de la riqueza; todo individuo debe contar con un nivel de ingreso mínimo, así como con acceso a servicios básicos; sólo de esta manera es posible que quienes menos tienen desplieguen su libertad, lo que es necesario porque aquellos que poseen poco producen poco, lo que perjudica a la sociedad.
A quien dude lo anterior, lo invitamos a que nombre un país con nivel de vida alto en todos los sentidos pero que, al mismo tiempo, sea uno en el que la propiedad no sea privada, no existan instituciones que respalden la libertad, los mercados no funcionen, no haya, por lo menos, una red última de protección contra la pobreza y la legalidad no impere.
Capturemos lo anterior por medio de una abstracción: sociedad-capitalismo capaz, es decir, llamemos así a aquellos países en los que hay, y se respetan, instituciones que favorecen la libertad individual. ¿Por qué sociedad-capitalismo capaz? Usamos el término “sociedad” porque los resultados económicos son sistémicos: si el sistema está orientado en la dirección correcta, la colectividad generará crecimiento económico para todos. Recurrimos a “capitalismo” para subrayar que ese modo de producción resulta en que las economías se expanden permanentemente. Utilizamos “capaz” con el fin de resaltar que el capitalismo depende de ciertas instituciones: las sociedades que no las tienen no generan crecimiento económico capitalista, el cual constituye el tipo de crecimiento que mejores resultados ha dado a la humanidad.
Al hablar de Capitalismo no nos referimos al de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. Tampoco al vinculado al Estado de Bienestar sino a uno en el que los mercados son intervenidos, sí, pero minimizando las ineficiencias vinculadas a los programas sociales asociados a dicho Estado. Y es que la intervención del gobierno en la economía es necesaria, claro, sin embargo, debe potenciar los mercados, no apagarlos. Estamos hablando, entonces, de un capitalismo que extrae el mayor beneficio posible del mecanismo de mercado a la vez que maximiza la participación de las personas en la economía misma, cuestión que coadyuva a que el aparato productivo rinda y sea incluyente: sociedad e individuo ganan.
México no es una sociedad capitalismo-capaz pues la ley no está orientada plenamente hacia el modo de producción capitalista. Además, en todo caso, no se le respeta. Asimismo, por diversas razones, los mercados no funcionan bien, lo que implica que muchos individuos no participan en la economía a plenitud. De hecho, a pesar de que es descrito como tal y se le confunde con el mismo, lo que es inevitable pues no se puede escapar de él a la hora de hacer transacciones, en México el contexto socioeconómico no es uno de mercado; se trata más bien de algo cercano a una jungla en la que prevalece la voluntad del más fuerte, ya sea en términos económicos y/o políticos y/o, incluso, físicos. Insistamos: eso no es un mercado. Es más, uno de los problemas centrales de México no está dado por los mercados sino por su ausencia.
No reneguemos, pues, del capitalismo, de los mercados, sino de que no hemos terminado de construirlo, lo cual es consecuencia de que México no es realmente un país de leyes, cuestión vinculada a que el gobierno es débil, situación que responde a que México es un Estado endeble. Vale aclarar que por Estado no queremos decir gobierno puesto que éste nada más es una parte de aquél; sus otros componentes son los ciudadanos, las leyes y el territorio. Asimismo, resaltemos que el alma del Estado está encarnada en el vínculo ciudadanos-gobierno y ciudadano-ciudadano. Es esta relación la que, en México, es pobre. Por eso se trata de un estado frágil.
Las dificultades económicas de México no son únicamente, entonces, de tal naturaleza: si no nos consolidamos como Estado, será difícil desarrollar/respaldar las instituciones que requerimos para ser una sociedad capitalismo-capaz. Así, Estado e instituciones (las adecuadas) es lo que necesitamos para desplegar nuestro potencial; a ver para cuándo.


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