No tenemos capacidad de asombro, de indignación. Tampoco mostramos empatía. De hecho, vivimos entre secuestradores, narcotraficantes, políticos corruptos, ciudadanos que no respetan absolutamente nada, policías que nada más estorban, médicos negligentes, consejeros del IFE que quieren ganar una fortuna, jueces que la ganan, partidos políticos que abusan del presupuesto, líderes sindicales que viven como magnates y, por supuesto, decenas de millones de pobres, entre otras cosas, pero no nos quejamos como deberíamos, no pedimos en serio que las cosas cambien, o sólo lo hacemos en privado, momentáneamente.
Y así vamos por la vida, es decir, toleramos hechos y situaciones inaceptables y nocivas, tanto para cada uno de nosotros como para la colectividad: nada nos asusta ni nos asombra. Mucho menos somos capaces de identificarnos con la tragedia, las carencias y/o las necesidades del prójimo. Todo esto es producto de que nos hemos habituado a la impunidad, a la pobreza y al temor. Así, estamos atrapados en un círculo vicioso. Por citar un ejemplo, no denunciamos porque sabemos que, debido a la impunidad, es una pérdida de tiempo, pero, el no denunciar contribuye a que haya impunidad. Va otro: si vemos que una persona está estacionada frente a una rampa para discapacitados, mejor ni decirle nada porque, por lo menos, nos mentará la madre y, en una de esas, hasta nos golpea, cuestión que coadyuva a que sigamos estacionándonos donde no debemos. Claro, esta persona nos mienta la madre y nos golpea porque sabe que goza de impunidad pues es sumamente improbable que la policía se aparezca y, además de sancionarla por la falta que ha cometido, lo haga también por agredirnos.
Aunado a lo comentado, no nos preocupamos por los pobres, por los niños que padecen de desnutrición, etcétera. Y no lo hacemos porque, como muchas personas piensan, son demasiados y de nada servirá nuestra ayuda. Además, para eso está el gobierno. Asimismo, no es nuestra culpa que los padres de dichos niños no sepan, no puedan o no quieran darles los cuidados apropiados. Vale aclarar que no estoy hablando de que ayudemos a estos individuos dándoles dinero o, en todo caso, no exclusivamente de eso: ¿por qué no concentrarnos en estar tras los políticos para que, antes de cualquier otra cosa, se aseguren de que nunca más un niño mexicano muera por falta de alimento o cuidados médicos? ¿Por qué quienes podemos no exigimos que nuestros gobernantes pongan en pie políticas sociales y de salubridad que garanticen que todo ciudadano cuente con lo mínimo necesario para poder ser? Porque no son nuestros niños los que están en tales circunstancias, porque nosotros no somos los pobres; no es nuestro problema: no hay empatía ni solidaridad; como decíamos, toleramos lo intolerable.
El problema de fondo no son los políticos ni el gobierno; somos nosotros. Por ello, el cambio comienza en casa: no toleremos lo injustificable, no seamos víctimas de la cotidianeidad: es eso o el precipicio.


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