(Publicado en "Excélsior," el 1 de julio de 2009)
Armando Román Zozaya
En esta ocasión, amigo lector, deseaba escribir de nuevo a favor del voto nulo, pero, ya otras plumas han expresado con gran tino por qué dicho voto es útil y necesario. Así, y tomando en cuenta que estamos en época electoral, dedicaré el presente espacio al transporte en el Distrito Federal, un tema crucial para la vida de la ciudad. De hecho, si los políticos no quieren un movimiento anulista y en verdad anhelan trabajar a favor de la sociedad, bien harían en dedicarle un poco de tiempo a los problemas que padece el sistema de transporte de la capital.
Lo primero que hay que resaltar es que, en el D.F., tomar un microbús es peligroso pues, además de que es común que sean asaltados, los choferes manejan pésimamente: entre la música a todo volumen, la chica que llevan a un costado y el estar cobrando, su cabeza está en todo menos en lo que debería. Aunado a ello, los interiores de los micros son pequeños pero, eso sí, no hay uno que no vaya repleto. Además, el pasaje es dejado lejos de las banquetas, lo que expone a los viajeros a ser golpeados por algún otro vehículo. Y, por supuesto, no olvidemos las carreritas entre los microbuses mismos: un auténtico riesgo para usuarios, peatones, etcétera.
Los microbuses son insalubres: el ruido que emana de sus estéreos, y de sus propios motores, es extenuante. Paralelamente, cuando se está en la “base” esperando un micro, es inevitable respirar cualquier cantidad de desechos tóxicos. Por eso es que, desde antes de la crisis de la influenza, hay personas que portan cubrebocas al deambular por las calles y, por supuesto, cuando esperan un microbús.
Por si eso fuera poco, el micro promedio es más que ineficiente: se detiene cada
Del Metro sólo digamos una cosa: su servicio es tan útil como es malo, es decir, es parte vital del sistema de transporte de la ciudad, sí, pero no es suficiente. Además, hay robos en los andenes y en los vagones. Asimismo, sobran vendedores ambulantes y hasta es común que se den casos de abuso sexual dentro de sus instalaciones: urge, pues, renovar el Metro en todos los aspectos.
El metrobús es otra historia: es de lo mejorcito que hay. Sin embargo, sufre de un problema claro: es insuficiente. Por eso, incluso fuera de horas pico, va lleno. De igual forma, no hay muchas máquinas para recargar las tarjetas con las que se paga el servicio, lo que resulta en largas filas para hacerlo. Pero con todo y eso, el metrobús evidencia que no tenemos que sufrir a los micros. Igualmente, deja claro que sí es posible establecer una cultura de paradas preasignadas, lo cual nos hace una falta terrible. De esta manera, esperemos que el metrobús –me refiero a todas sus líneas– marque de verdad el comienzo de una nueva organización del transporte público en la ciudad.
Para terminar, quisiera enfatizar que no es sorprendente que nadie quiera dejar de utilizar su coche. Tampoco es sorpresa que, año con año, más y más autos circulan en la ciudad. Se trata de un fenómeno cuya explicación es obvia: el transporte público del D.F. deja mucho que desear; lo racional es evitarlo y sólo recurrir a él cuando no hay de otra. No obstante, si queremos combatir la contaminación ambiental, no pasar tanto tiempo en el tráfico, reducir nuestros niveles de estrés y, en general, disfrutar de un mejor nivel de vida, tenemos que crear incentivos para que el coche sea nuestra última opción y no la que más nos gusta. Para lograrlo, es necesario, por lo menos, deshacernos de los micros, mejorar el metrobús e introducirlo ahí donde sea posible, desarrollar trenes que unan a la ciudad con sus múltiples suburbios y modernizar el Metro.
Todo eso tomará tiempo, pero, si no empezamos ya, nos vamos a arrepentir. Además, en todo caso, mientras arreglamos lo que hay que solucionar, sí podemos hacer algo de impacto inmediato y positivo: respetemos el reglamente de tránsito y exijamos que las autoridades lo hagan valer. A ver para cuándo.


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