(Publicado en "Excélsior," el día 11 de febrero de 2009)
Armando Román Zozaya
No importa si el juicio proviene del mismísimo Presidente de la República: prefiero ser considerado un “catastrofista” que minimizar los problemas que encaramos. Igualmente, opto por que se me acuse de “deliberadamente falsear, dividir o enconar” en vez de callar ante lo que considero una crisis que puede provocar que México se convierta en un espacio permanentemente incapaz de brindar a sus ciudadanos un marco de convivencia sustentado en la ley.
Y no, al contrario de lo indicado por Germán Martínez, presidente del PAN, en uno de sus textos para El Universal, no argumento lo anterior porque constituyo un poder fáctico que quiere impugnar al Estado. De hecho, lo sostengo porque, como muchos otros mexicanos, estoy cansado de que en nuestro país la ley no impere. Es más, considero inaceptable que cada minuto confirmemos que en México vale más la impunidad que la autoridad. Asimismo, me preocupa que quienes nos gobiernan no sólo no aceptan la gravedad de la situación sino que, además, consideran que quienes no estamos de acuerdo con ellos somos traidores a la patria.
El problema no es, entonces, la inseguridad sino lo que la ha gestado, es decir, la impunidad y lo que nutre a ésta: la ilegalidad. Todo esto está vinculado a la corrupción, a la endémica debilidad gubernamental que nos caracteriza y a nuestra poca conciencia social y cívica: ante un escenario de ausencia de la ley –no que no haya ley sino que no se le respalda–, muchos optan por destruir al Estado: nuestra cultura y nuestras acciones premian a quien rompe la legalidad. Por eso, hay mexicanos que creemos que nuestro país está en riesgo de deshacerse. Ejemplo de ello es que salimos a la calle con temor, sin saber si volveremos a casa, si hoy será el día en que nos asaltarán, extorsionarán o asesinarán. (Lo que sí sabemos es que, entre otras cosas, no podremos estacionar nuestro auto en la vía pública a menos de que le demos dinero a un mafioso que se hace llamar “franelero” y que, al entrar al metro, sortearemos puestos informales en los que se venden artículos contrabandeados, pirateados y/o robados, es decir, sabemos que aquí la ley vale muy poco, tal vez nada).
¿Y la solución? Comencemos exigiendo que el gobierno, en todos sus niveles, actúe como tal. Paralelamente, urge que la ciudadanía se comporte como una de verdad. ¿Me equivoco? ¿El país no está tan mal? Ojalá: prefiero ser un estúpido catastrofista que atestiguar que México se desmorone. Eso sí: traidor, jamás.

