(Publicado en "Excélsior," el 25 de marzo de 2009)
Armando Román Zozaya
Antes de 2006, decía que lo dieran por muerto. Ahora señala que él no será el candidato presidencial del PRD en 2012 necesariamente; lo será quien, en ese momento, esté “mejor posicionado”. Y tal vez así suceda, sin embargo, dos hechos nos anuncian que quien estará “mejor posicionado” será él: Andrés Manuel López Obrador. Los hechos en cuestión son: 1) Izquierda Unida, corriente perredista vinculada a Obrador, se ha hecho del control del Distrito Federal y ha marginado a Nueva Izquierda, la corriente del actual presidente del perredismo, y 2) hace unos días tuvo lugar la Convención Nacional de Gobiernos Municipales del “gobierno legítimo,” la cual, lo admita López Obrador o no, constituye el comienzo del movimiento que buscará apuntalar su candidatura hacia 2012.
No obstante lo anterior, Obrador se equivoca rotundamente al concebir a los empresarios –al menos eso se desprende de muchas de sus declaraciones– como agentes del mal. Asimismo, no tiene razón cuando argumenta que los problemas económicos del país se pueden solventar por medio de más programas sociales (no que los programas no sean útiles sino que no constituyen una solución de fondo). De la misma forma, el señor López Obrador falla al creer que sería nocivo que PEMEX se asocie con empresas extranjeras. Igualmente, es lamentable que sólo entienda poco respecto a cómo opera la economía internacional, la posición de México en la misma y los retos, y oportunidades, que encaramos como país en dicha arena.
Pero lo grave no es lo ya indicado –de hecho, se trata de posturas ideológicas que, si bien me parecen erróneas, son legítimas y se vale defenderlas, claro– sino que don Andrés Manuel se concibe a sí mismo como la encarnación de la alegría, el salvador de México, el único capaz de poner fin a nuestros problemas. Es más, López Obrador siente que él es el único mexicano de verdad, el único que no es traidor, el único que sí ama a México. Por eso, Obrador y sus seguidores consideran que, quienes no estamos de acuerdo con él, somos traidores, malos mexicanos, personas de mala voluntad o, por lo menos, ignorantes y/o estultos. Y es que según la lógica obradorista, habría que ser idiota o traidor para no comulgar con las ideas del señor Andrés Manuel. Así, nadie está en contra de sus propuestas legítimamente, es decir, sin pretender hacerle daño al país o, simplemente, sin demostrar una estupidez suprema.
En pocas palabras, López Obrador es un autoritario y da la impresión de que, con el poder en las manos, utilizaría la ley para favorecer a los suyos y eliminar a sus oponentes. De igual forma, se apoyaría en la “voluntad del pueblo” para atropellar los derechos de los grupos que no están con él. Asimismo, no dudaría en recurrir a dicha voluntad para reelegirse eternamente –o por lo menos intentarlo– y, de esta manera, “asegurarse” de que México se convierta en un mejor país; seis años no le bastan para concretar su proyecto y es obvio que, dado que sólo él puede hacer de nuestra tierra una próspera, ni modo que, ya estando al frente del gobierno y del Estado, se retire y deje las cosas a medias: eso sólo lo hacen los traidores.
Es por lo anterior, es decir, no necesariamente por lo que piensa sino por cómo se conduce, que si bien López Obrador tiene razón respecto a ciertas cosas que son clave para México, no es conveniente que sea Presidente de la República. De hecho, una presidencia de Orador sería nociva para el país; representaría un retroceso, tanto político como económico. Aclaro que no estoy diciendo que el PAN es una maravilla o que el PRI es la panacea. No, no se trata de eso. Lo que estoy tratando de transmitir es que hay que ser cuidadosos de no darle poder a quien ha dejado ver que es un autoritario e intolerante: le haría daño a México, más que el que una mala administración del PAN o del PRI le pudiera llegar a hacer.
Ahí viene pues, otra vez, López Obrador. Lástima; ojalá que, en su lugar, llegara un candidato de izquierda serio y responsable: hace falta.

