miércoles, mayo 06, 2009

"Influenzados"

(Publicado en Excélsior, el día 6 de mayo de 2009)


Armando Román Zozaya


Las autoridades dicen que, con relación al asunto de la influenza, las cosas van bien. No estamos de acuerdo. Veamos.

Desde el 2 de abril se sabía de casos de influenza no estacional en Perote, Veracruz, uno de los cuales resultó ser AH1N1. Pero fue hasta el día 23 que se declaró la emergencia sanitaria. ¿Qué pasó? La situación fue subestimada porque nadie falleció en Veracruz. No obstante, a medida que surgieron más casos, lo ocurrido en Perote cobró relevancia. Así, se analizaron muestras que habían sido tomadas a quienes ahí enfermaron (por cierto, si no había qué temer, ¿por qué fueron tomadas y guardadas dichas muestras?). Como decíamos, un caso sí resultó AH1N1. De esta manera, el virus estaba entre nosotros desde por lo menos tres semanas antes de que se declarara la emergencia sanitaria.

Entre el 2 y el 23 de abril, con la sospecha de que algo estaba ocurriendo, México envió a Canadá muestras de pacientes con influenza (se incluyó la de Perote que daría positiva al AH1N1), donde se determinó que se trata de un virus nuevo. ¿Por qué a Canadá? Porque, como no sabemos prevenir, no contamos con laboratorios de primer nivel. De hecho, desde 1999, la Organización Mundial de la Salud recomendó a México, y a otros países, desarrollar infraestructura para generar vacunas contra la influenza pues, tarde o temprano, habría una pandemia. ¿Ya contamos con tal infraestructura? No. Repitámoslo: no sabemos prevenir.

Nuestra falta de prevención costó tiempo y, probablemente, vidas. Por ejemplo, el 13 de abril, Gustavo Terán acudió a la Unidad 196 del IMSS con síntomas de influenza. Lo atendieron negligentemente y, en algo inaudito, le diagnosticaron SIDA. El 25 de abril, Gustavo falleció debido a una neumonía atípica. ¿Habría salvado la vida si la emergencia hubiera sido declarada a principios de abril? No lo sabemos, pero es obvio que, hacia el día 13, los médicos de la mencionada unidad no sabían todavía del AH1N1 (eso sí, lo negligente no se los quita nadie).

Lo que le pasó a Gustavo le ocurrió también a María Fernanda García, quien, el día 25 de abril, al presentar síntomas de influenza, fue llevada al Centro de Salud Luis Mazotti. No se le diagnosticó nada grave; la mandaron a su casa. Pero empeoró. Así, el lunes 27, fue trasladada al Hospital Pediátrico de Peralvillo, donde se le diagnosticó fractura de fémur y, otra vez, fue enviada a casa. Esa misma noche, murió de pleuroneumonía. Obviamente, los doctores se equivocaron con Fernanda pues, si tenía síntomas de influenza y estábamos en plena alerta, por lo menos tendría que haber sido puesta en observación. Y si su problema era realmente una fractura, ¿por qué no fue atendida?

A pesar de estos casos, el Presidente Calderón sostiene que “nuestro sistema de salud ha funcionado adecuadamente”. No lo entendemos: o el Presidente está mal informado o miente: ¿es prudente lo que ha dicho cuando ocurren cosas como las comentadas? Tampoco entendemos que el mismo Presidente y otros funcionarios argumenten que, durante la emergencia, la ciudadanía ha actuado responsablemente. De nuevo, o están mal informados o mienten pues resulta que 48% de las empresas no cumplieron con el cese de actividades no prioritarias. Asimismo, en plena contingencia, taxistas, vendedores ambulantes, personal del aeropuerto, de las tiendas de autoservicio y de los bancos, así como ciudadanos en general, no cumplieron con las recomendaciones de la Secretaría de Salud e inclusive ocurrió que un diputado quiso ingresar al pleno de San Lázaro con sus niños: ¿todo esto es indicativo de responsabilidad?

¿Y qué nos espera ahora que estaremos sujetos a reglas específicas? Pongámoslo así: nuestra salud depende de que sigamos ciertos lineamientos en las escuelas, oficinas, etcétera. Pero resulta que detestamos apegarnos a regla alguna y no hay autoridad que pueda con nuestro gusto por la impunidad: ¿qué, pues, nos espera? Por ejemplo, en Querétaro, durante el acto inaugural de sus campañas, los candidatos del PAN violaron todas las disposiciones de la Secretaría de Salud. Otro ejemplo: ciudadanos entrevistados en la radio dicen que no usan cubrebocas porque todo es una exageración del gobierno. ¿Y quién va a verificar que la fonda de la esquina opere sólo a la mitad de su capacidad?

El riesgo más preocupante no es el AH1N1; lo que nos tiene influenzados, y desde hace tiempo, es el “valemadrismo,” la indiferencia ante el dolor, la tragedia y las carencias del prójimo así como, obviamente, las “talentosas” autoridades que nos gobiernan, sean del nivel que sean. Pobre México, en verdad: tan lejos de Dios y atrapado por tantos virus.

"La economía y los partidos"

(Publicado en Excélsior, el día 22 de abril de 2009)


Armando Román Zozaya

De acuerdo con el Indicador Global de Actividad Económica del INEGI, la economía mexicana se contrajo 9.1% durante enero del corriente respecto al mismo mes del año pasado; su peor caída desde julio de 1995. Aunado a lo anterior, según cifras de la Secretaría de Hacienda, durante el primer bimestre del año en curso la recaudación fiscal ha sido considerablemente menor que la lograda en enero-febrero de 2008. Evidentemente, lo que reporta Hacienda está vinculado a lo que informa INEGI, es decir, se está recaudando menos porque la economía está rindiendo menos.

Todo esto es indicativo, obvio, de que la actual crisis es muy profunda. Dicho sea de paso, también lo es de que el gobierno federal se equivocó al considerar que sólo padeceríamos una “gripa,” cuestión que implicó que no se pusieran en marcha medidas anticíclicas lo más pronto posible. Y es que si bien es verdad que no hay política pública que nos saque del hoyo en el que estamos –para dejar el atolladero necesitamos que la economía estadounidense se reactive–, también es cierto que el gasto público no está fluyendo tan rápido como debería y, por mencionar un ejemplo concreto, ni siquiera sabemos todavía a ciencia cierta dónde estará la refinería cuya construcción deberá brindarle cierto impulso a la economía (¿Tula o Salamanca?).

Pero por grave que sea, lo más preocupante no es lo anterior sino que, de cara al futuro, es decir, más allá de la coyuntura, nuestros partidos políticos no parecen tener ideas claras respecto a qué hacer en el terreno económico. De hecho, ahora que nos están pidiendo que votemos por ellos, ninguno pasa de apuntar que faltan empleo y oportunidades. Pero nada hay de los cómos, de qué pasos y estrategias seguir para lograr que la economía mexicana logre las tasas de crecimiento económico, y la distribución del ingreso, que tanta faltan le hacen.

No hay que darle muchas vueltas al asunto: en un mundo en el que la competencia es voraz y la capacidad para acaparar mercados e inversiones es crucial, no tenemos más opción que incrementar nuestra competitividad. Para conseguirlo, es necesario, por lo menos, que acabemos con la inseguridad pública –cuestión que implica un mar de acciones que van desde capacitar adecuadamente a los policías hasta que nuestro aparato de justicia funcione de manera expedita y sin corruptelas–. Además, es apremiante que eduquemos mejor a nuestros jóvenes y niños, que elevemos la calidad de nuestra infraestructura, que cobremos impuestos de una manera más sencilla y justa, que utilicemos el gasto público eficientemente, que terminemos con los monopolios, que reformemos la vida interna de nuestros sindicatos con el fin de favorecer los mecanismos de mercado y que acabemos con la discriminación que sufren en el ámbito laboral las mujeres, los homosexuales, los adultos mayores y los indígenas.

Obviamente, lo que aquí proponemos conlleva a su vez una serie de esfuerzos que exigen gran capacidad y talento políticos, así como mucho valor: ¿quién dice “yo” para poner fin a los privilegios del SNTE y del sindicato de PEMEX? ¿Quién podrá reformar a fondo nuestro sector energético? ¿Quién logrará que los gobernadores y presidentes municipales hagan más para abatir la inseguridad? ¿Quién conseguirá que los mexicanos que más tienen paguen más impuestos? ¿Quién se va a animar a deshacerse de todos los burócratas que cobran pero no trabajan? ¿Quién logrará que los partidos políticos vean reducido su estratosférico presupuesto? De hecho, con las elecciones en puerta, ¿qué partido se ha comprometido con acciones similares a las que aquí hemos listado?

La economía mexicana está, pues, en la lona. Por su parte, los partidos políticos o no lo comprenden o no le dan la importancia debida, cuestión que preocupa. De hecho, no los estamos atacando sino pidiéndoles que reaccionen adecuadamente. Es más, si lo que quieren son votos, bien harían en proponernos cómo vamos a resolver los problemas de fondo del país; cualquier otra cosa constituye pura politiquería, nada más que “grilla,” grandes cantidades de dinero público tiradas a la basura y una desesperante pérdida de tiempo.

Lo más triste de todo es que ahora no nada más los partidos sino hasta el IFE mismo cree –eso evidencian sus promocionales en TV y radio– que por el mero acto de votar se acabarán las injusticias y habrá oportunidades (eso sí, el IFE nos invita a “pensarle” bien antes de sufragar). Pero el hecho es que los partidos no nos proponen nada serio para, precisamente, abatir las injusticias, crear oportunidades y potenciar nuestra economía: he ahí el problema.

"Estado e instituciones: la clave"

(Publicado en Excélsior, el 8 de abril de 2009)


Armando Román Zozaya


Ahora que se avecinan las elecciones y nuestros partidos dicen saber qué hacer para que México mejore, vale comentar lo siguiente:

Sin institucionalidad, las economías no funcionan adecuadamente. Pero hay que tener las leyes/instituciones correctas. De hecho, las mejores son las que favorecen la libertad individual pues ésta es valiosa per se y, en asociación con la propiedad privada –condicionante mismo de la libertad–, incentiva el funcionamiento de los mercados y la acumulación y reinversión del capital. 

Las instituciones tienen que contemplar la redistribución productiva de la riqueza; todo individuo debe contar con un nivel de ingreso mínimo, así como con acceso a servicios básicos; sólo de esta manera es posible que quienes menos tienen desplieguen su libertad, lo que es necesario porque aquellos que poseen poco producen poco, lo que perjudica a la sociedad.

A quien dude lo anterior, lo invitamos a que nombre un país con nivel de vida alto en todos los sentidos pero que, al mismo tiempo, sea uno en el que la propiedad no sea privada, no existan instituciones que respalden la libertad, los mercados no funcionen, no haya, por lo menos, una red última de protección contra la pobreza y la legalidad no impere.

Capturemos lo anterior por medio de una abstracción: sociedad-capitalismo capaz, es decir, llamemos así a aquellos países en los que hay, y se respetan, instituciones que favorecen la libertad individual. ¿Por qué sociedad-capitalismo capaz? Usamos el término “sociedad” porque los resultados económicos son sistémicos: si el sistema está orientado en la dirección correcta, la colectividad generará crecimiento económico para todos. Recurrimos a “capitalismo” para subrayar que ese modo de producción resulta en que las economías se expanden permanentemente. Utilizamos “capaz” con el fin de resaltar que el capitalismo depende de ciertas instituciones: las sociedades que no las tienen no generan crecimiento económico capitalista, el cual constituye el tipo de crecimiento que mejores resultados ha dado a la humanidad.

Al hablar de Capitalismo no nos referimos al de los siglos XVIII, XIX y parte del XX. Tampoco al vinculado al Estado de Bienestar sino a uno en el que los mercados son intervenidos, sí, pero minimizando las ineficiencias vinculadas a los programas sociales asociados a dicho Estado. Y es que la intervención del gobierno en la economía es necesaria, claro, sin embargo, debe potenciar los mercados, no apagarlos. Estamos hablando, entonces, de un capitalismo que extrae el mayor beneficio posible del mecanismo de mercado a la vez que maximiza la participación de las personas en la economía misma, cuestión que coadyuva a que el aparato productivo rinda y sea incluyente: sociedad e individuo ganan.

México no es una sociedad capitalismo-capaz pues la ley no está orientada plenamente hacia el modo de producción capitalista. Además, en todo caso, no se le respeta. Asimismo, por diversas razones, los mercados no funcionan bien, lo que implica que muchos individuos no participan en la economía a plenitud. De hecho, a pesar de que es descrito como tal y se le confunde con el mismo, lo que es inevitable pues no se puede escapar de él a la hora de hacer transacciones, en México el contexto socioeconómico no es uno de mercado; se trata más bien de algo cercano a una jungla en la que prevalece la voluntad del más fuerte, ya sea en términos económicos y/o políticos y/o, incluso, físicos. Insistamos: eso no es un mercado. Es más, uno de los problemas centrales de México no está dado por los mercados sino por su ausencia.

No reneguemos, pues, del capitalismo, de los mercados, sino de que no hemos terminado de construirlo, lo cual es consecuencia de que México no es realmente un país de leyes, cuestión vinculada a que el gobierno es débil, situación que responde a que México es un Estado endeble. Vale aclarar que por Estado no queremos decir gobierno puesto que éste nada más es una parte de aquél; sus otros componentes son los ciudadanos, las leyes y el territorio. Asimismo, resaltemos que el alma del Estado está encarnada en el vínculo ciudadanos-gobierno y ciudadano-ciudadano. Es esta relación la que, en México, es pobre. Por eso se trata de un estado frágil.

Las dificultades económicas de México no son únicamente, entonces, de tal naturaleza: si no nos consolidamos como Estado, será difícil desarrollar/respaldar las instituciones que requerimos para ser una sociedad capitalismo-capaz. Así, Estado e instituciones (las adecuadas) es lo que necesitamos para desplegar nuestro potencial; a ver para cuándo.