jueves, junio 18, 2009

"A favor del voto nulo"

(Publicado en "Excélsior," el día 17 de junio de 2009)

Armando Román Zozaya

El voto nulo no sólo es legal y democrático; es necesario, especialmente en el México de hoy. De hecho, al contrario de lo que argumenta Germán Martínez, presidente del PAN, en un artículo publicado en El Universal, dicho voto no pretende minar a la democracia misma; busca fortalecerla. Y es que no se trata nada más de repudiar a la clase política sino de demandarle seriedad. De igual manera, no estamos ante un “anulas y te vas” sino ante un “anulamos, exigimos, nos quedamos y, si siguen igual, volvemos a anular”. En otras palabras, el voto nulo pretende orientar el hartazgo ciudadano, provocado por los políticos, partidos, funcionarios, etcétera, en dirección de una manera diferente de votar: antes, los políticos ofrecían y nosotros decidíamos; ahora, nos hemos adelantado y ya decidimos que, si quieren nuestro voto, no bastan las promesas: exigimos hechos concretos. Una vez que dichos hechos sean, en el futuro votaremos por quienes nos hayan escuchado; les premiaremos: la democracia se habrá robustecido.

Se dirá que no, que el voto nulo es indeseable porque “no genera ningún tipo de mandato” ni “representantes encargados de promover las reformas” que el país necesita. De hecho, es “un mensaje en una botella, sin destinatario ni remitente” y, por lo tanto, “puede terminar siendo un voto a favor del statu quo,” argumentos expresados por uno de los Consejeros del IFE, Benito Nacif, por medio de un par de contribuciones publicadas en nuestro Excélsior. Sin embargo, es evidente que el voto nulo sí tiene destinatario y remitente: el mensaje es para la clase política; el remitente es una buena parte del electorado. Es igualmente obvio que anular el voto sí conlleva un mandato puesto que no votar por nadie equivale a hacer explícito que ninguna opción es convincente. Así, el mandato es: “¡convénceme!”. Para ello, es necesario que los políticos ya no sean lo que son, no operen como operan y entreguen resultados concretos.

Lo que deseamos quienes estamos a favor de la anulación es, pues, que nuestros políticos sean serios. Quien no entienda esto, no ha entendido nada, es decir, no ha comprendido por qué muchos mexicanos estamos hartos de quienes, por décadas, se han burlado de nosotros, han utilizado nuestros impuestos inadecuadamente y nunca han rendido cuentas de verdad, entre otras cosas. De esta manera, el voto nulo no tiene por qué coadyuvar a mantener el status quo sino todo lo contrario: es una exigencia de cambio. Pero claro está que, si los partidos optan por ignorar dicho voto y todo lo que conlleva, entonces sí seguirá el status quo. No obstante, este no es un problema asociado a la anulación sino al hecho de que los políticos no hacen caso al electorado inclusive cuando sí reciben su apoyo, es decir, es un problema provocado porque, una vez que han pasado las elecciones, los partidos “olvidan” sus promesas de campaña. Dicho de otra manera, ya nos cansamos de votar por algún partido en concreto para que luego no cumpla lo prometido, es decir, para que el status quo continúe. Así, mejor no votamos por nadie y, de esta manera, gritamos a los cuatro vientos que estamos hartos de cómo se hace política en México. Si los destinatarios optan por no escucharnos, habrán demostrado que tuvimos razón al anular: no les importa lo que los electores les piden (en este caso, seriedad y responsabilidad). Eso sí: si siguen sin hacer caso, seguiremos sin votar por partido alguno; no nos callaremos.

Por supuesto, como ya hemos dejado ver, no se trata nada más de anular y ya: es necesario que, quienes no creemos en ningún partido, nos organicemos y exijamos un día sí y el otro también que la clase política cumpla con sus obligaciones. En segundo lugar, es indispensable que concretemos una agenda de reformas y busquemos su implementación. Y si los políticos no reaccionan, de nuevo anulemos y continuemos exigiendo. Igualmente, si se nos achaca el debilitar a la democracia, respondamos que estamos a favor del voto y los partidos, aunque no a favor de ninguno de nuestros partidos específicamente. Si se nos acusa, como lo hace Germán Martínez en el texto ya mencionado, de buscar el colapso del gobierno federal o del país mismo, respondamos que precisamente por miopes y sectarios –¿anular el voto equivale a anhelar que el país se colapse?– los políticos nos tienen cansados. Y si se nos recrimina que no contamos con propuestas concretas, contestemos que, por lo pronto, tenemos una: ¡no más política a la mexicana! Si lográramos esto, la ruta estará abierta para seguir adelante: ¡ojalá!

"Gobernadores: impunidad total"

(Publicado en "Excélsior," el día 3 de junio de 2009)

Armando Román Zozaya

Tal vez se trate de una casualidad, sin embargo, llama la atención que los gobernadores de México nunca son responsables ante la ley –y sólo algunas veces lo son políticamente– de lo que ocurre en los estados que gobiernan. Eso sí, los secretarios, subsecretarios, etcétera, que trabajan con ellos terminan pagando los platos rotos –legal y/o políticamente– cuando así lo exigen las circunstancias.

Ejemplos sobran: en el D.F., la policía provoca la muerte de varios jóvenes en un antro y el Secretario de Seguridad Pública, no el Jefe de Gobierno, presenta su renuncia. Algo similar ocurrió cuando cierto Secretario de Finanzas pasaba su tiempo en Las Vegas: a su jefe nunca se le atribuyó responsabilidad alguna al respecto. ¿Y qué decir de la reciente fuga de reos en Zacatecas, ante la cual, la gobernadora del estado no sólo no renunció sino que ni una disculpa ofreció a sus gobernados? Lo mismo vale para el actual mandatario de Michoacán: en vez de preocuparse por el hecho de que estaba rodeado de colaboradores probablemente vinculados al crimen organizado, se ha dedicado a quejarse de que el gobierno federal no le avisó del operativo que ya todos conocemos. Quien no se ha quejado de que no le avisaron de un operativo similar es el gobernador de Morelos. Sin embargo, anda tan campante que pareciera que no fue en su estado donde altos funcionarios fueron detenidos por brindar protección al crimen organizado. Y no olvidemos el infame caso del gobernador de Puebla, quien no ha rendido cuentas todavía respecto a sus vínculos con probables pederastas. Etcétera.

Se dirá que, en cada uno de los casos mencionados, se le ha atribuido responsabilidad a quien correspondía, es decir, lo ocurrido no ameritaba que los gobernadores en cuestión presentaran su renuncia, fueran investigados, etcétera. No estamos de acuerdo: si yo soy gobernador y mi secretario de seguridad pública es detenido por posibles nexos con el narcotráfico, tengo que, por lo menos, dar una explicación puesto que, si no estaba enterado al respecto, soy un incompetente, y si sí lo estaba y no hice nada, soy un corrupto. Igualmente, si soy gobernador y 53 reos escapan de un penal bajo mi jurisdicción sin que nadie los vea, nadie los oiga, no me queda más que admitir que no sé qué está pasando en mi estado, tampoco sé de quién estoy rodeado y mucho menos soy capaz de garantizar seguridad a la ciudadanía, tarea mínima que debe cumplir la autoridad. En otras palabras, soy un incompetente. Y si sí sé de quién estoy rodeado, etcétera, y no actúo al respecto, soy un corrupto. De la misma forma, si yo gobierno un estado y doy “coscorrones” a periodistas que le resultan incómodos a mis amigos, quienes, además, están bajo sospecha de pedofilia, lo mínimo que se esperaría de mí es mi renuncia. Lo mismo vale si soy Jefe de Gobierno del D.F. y mi secretario de finanzas se la vive en Las Vegas o la policía de la ciudad provoca la muerte de varios adolescentes.

Lo peor es que el propio gobierno federal asume que los gobernadores de este país dejan mucho que desear. De hecho, no haberle avisado a Leonel Godoy, mandatario de Michoacán, sobre el operativo que tendría lugar en dicho estado implica que, para las autoridades federales, Godoy o es un corrupto o es un incompetente: si le avisaban, los sospechosos se enterarían de que irían por ellos, ya sea porque Godoy es parte de la red de corrupción y levantaría la voz de alerta o, en todo caso, al no saber quiénes son los corruptos, podría advertirles sobre el operativo de manera no intencional (es un incompetente).

Pero insistamos: lo “curioso” es que todas las responsabilidades se detienen en la puerta de las oficinas de los gobernadores: simple y sencillamente, éstos están libres de toda rendición de cuentas y de toda culpa, pase lo que pase. ¿Será, como decíamos hace unos párrafos, casualidad? ¿O tal vez se trate de complicidad, una especie de pacto, entre los partidos políticos (no tumben a los gobernadores de nuestro partido y no tumbaremos a los del suyo)? ¿Nuestro marco legal, a propósito o por omisión, protege a los gobernadores, es decir, dificulta el atribuirles responsabilidades? ¿Se trata simplemente de cinismo rampante, tanto de los gobernadores mismos como de las autoridades federales, las cuales optan por no ir tras los mandatarios estatales incluso cuando hay elementos para hacerlo?

Sea lo que sea, una cosa está clara: al menos varios de los gobernadores de México son incompetentes y/o corruptos, pero, disfrutan de total impunidad tanto política como legalmente hablando: ¿hasta cuándo?

"México: tolerando lo intolerable"

(Publicado en "Excélsior," el día 20 de mayo de 2009)

Armando Román Zozaya

No tenemos capacidad de asombro, de indignación. Tampoco mostramos empatía. De hecho, vivimos entre secuestradores, narcotraficantes, políticos corruptos, ciudadanos que no respetan absolutamente nada, policías que nada más estorban, médicos negligentes, consejeros del IFE que quieren ganar una fortuna, jueces que la ganan, partidos políticos que abusan del presupuesto, líderes sindicales que viven como magnates y, por supuesto, decenas de millones de pobres, entre otras cosas, pero no nos quejamos como deberíamos, no pedimos en serio que las cosas cambien, o sólo lo hacemos en privado, momentáneamente.

Y claro, ¿por qué hacer más si es evidente que no servirá de nada?¿Por qué exigir que los políticos se dejen de corruptelas, que la ciudadanía no tire basura en la calle, que se acabe con los secuestradores, cuando sabemos que no ocurrirá? ¿Para qué perder nuestro tiempo? ¿Para qué arriesgarnos a ser extorsionados al levantar una denuncia? ¿Para qué llamar a la “policía” para denunciar una narcotiendita cuando es posible que los “agentes del orden” estén involucrados en el asunto? ¿Para qué pedir que sean castigados los médicos negligentes? ¿Para qué agotarnos exigiendo que los partidos ya no gasten tanto, que los altos funcionarios no gocen de privilegios? ¿Para qué quejarnos de que muchos mexicanos están desnutridos, no tienen servicios de salud?

No hacemos nada de lo anterior porque hemos desarrollado una preocupante, desalentadora y peligrosa tolerancia a lo intolerable, a lo nocivo, a lo inaceptable. De hecho, esta es nuestra lógica: mientras a nosotros y a nuestras familias no nos pase nada, lo demás no importa. Así, si hay pobres, pues ni modo; ojalá yo nunca lo sea. Si secuestran y matan a un muchacho, pues qué bueno que no se trató de uno de mis hijos. Si el policía es un corrupto, ojalá que detenga el vehículo de al lado y no el que yo conduzco. Si hay funcionarios públicos que gozan de privilegios simplemente inaceptables, ojalá que sea yo uno de ellos. Si la gente deja enormes bolsas de basura en la calle, que las dejen frente de la casa del vecino y no de la mía, etcétera: nunca una queja o un reclamo si yo no soy el afectado; muchas veces, ni siquiera entonces.

Y así vamos por la vida, es decir, toleramos hechos y situaciones inaceptables y nocivas, tanto para cada uno de nosotros como para la colectividad: nada nos asusta ni nos asombra. Mucho menos somos capaces de identificarnos con la tragedia, las carencias y/o las necesidades del prójimo. Todo esto es producto de que nos hemos habituado a la impunidad, a la pobreza y al temor. Así, estamos atrapados en un círculo vicioso. Por citar un ejemplo, no denunciamos porque sabemos que, debido a la impunidad, es una pérdida de tiempo, pero, el no denunciar contribuye a que haya impunidad. Va otro: si vemos que una persona está estacionada frente a una rampa para discapacitados, mejor ni decirle nada porque, por lo menos, nos mentará la madre y, en una de esas, hasta nos golpea, cuestión que coadyuva a que sigamos estacionándonos donde no debemos. Claro, esta persona nos mienta la madre y nos golpea porque sabe que goza de impunidad pues es sumamente improbable que la policía se aparezca y, además de sancionarla por la falta que ha cometido, lo haga también por agredirnos.

Aunado a lo comentado, no nos preocupamos por los pobres, por los niños que padecen de desnutrición, etcétera. Y no lo hacemos porque, como muchas personas piensan, son demasiados y de nada servirá nuestra ayuda. Además, para eso está el gobierno. Asimismo, no es nuestra culpa que los padres de dichos niños no sepan, no puedan o no quieran darles los cuidados apropiados. Vale aclarar que no estoy hablando de que ayudemos a estos individuos dándoles dinero o, en todo caso, no exclusivamente de eso: ¿por qué no concentrarnos en estar tras los políticos para que, antes de cualquier otra cosa, se aseguren de que nunca más un niño mexicano muera por falta de alimento o cuidados médicos? ¿Por qué quienes podemos no exigimos que nuestros gobernantes pongan en pie políticas sociales y de salubridad que garanticen que todo ciudadano cuente con lo mínimo necesario para poder ser? Porque no son nuestros niños los que están en tales circunstancias, porque nosotros no somos los pobres; no es nuestro problema: no hay empatía ni solidaridad; como decíamos, toleramos lo intolerable.

El problema de fondo no son los políticos ni el gobierno; somos nosotros. Por ello, el cambio comienza en casa: no toleremos lo injustificable, no seamos víctimas de la cotidianeidad: es eso o el precipicio.