miércoles, septiembre 09, 2009

"México: a tapar el pozo"

(Publicado en "Excélsior," el 9 de septiembre de 2009)

Armando Román Zozaya

Muchos lo dijimos hasta el cansancio: México está mal y, de no hacer algo, empeorará. Ante esto, el presidente Calderón respondió calificándonos de “catastrofistas” y acusándonos de “hablar mal de México”. Evidentemente, sí hay quienes se expresan mal de México con fines destructivos y, en concreto, con la intención de debilitar a la administración calderonista para obtener rentas políticas. Pero también hay quienes criticamos porque amamos al país, deseamos que el futuro sea mejor que el presente y nos desesperamos ante la poca capacidad de respuesta, del gobierno y de la sociedad, frente a los retos que encaramos.

En todo caso, qué bueno que el señor Calderón ya entendió que necesitamos cambiar a fondo, que se nos están acabando los recursos y el tiempo. De la misma manera, qué bien que haya hecho un llamado para que todos colaboremos en la transformación que el país exige. Sin embargo, qué mal que haya dejado pasar tres años de su gobierno para intentar concretar, en serio, las reformas que México requiere. De hecho, lo que el presidente nos pide es que, dado que ya se ahogó el niño, mejor tapemos el pozo. Claro está que, el que se nos haya ahogado el niño, no es responsabilidad nada más del presidente, ni de su partido. La responsabilidad es también del PRI, del PRD, de los demás partidos, de los sindicatos, de los empresarios, de las autoridades estatales, municipales y judiciales, de los legisladores y, por supuesto, de toda la ciudadanía: como país, llevamos décadas tratando de tapar el sol con un dedo, no atendiendo los problemas a fondo. Por eso se ahogó el niño. Y sí, ahora, tapemos el pozo; construyamos un mejor México.

¿Quién es el niño ahogado? El niño ahogado representa a los 50 millones de mexicanos a los que, como sociedad, no les hemos dado oportunidades. Encarna también a quienes no cuentan con servicios de salud y son educados por “maestros” de bajo nivel. El niño que hemos perdido es el que nos roba la delincuencia cada vez que mata, viola, secuestra, etcétera. Es el niño que está en el pozo porque, por si fuera poco, nos estamos acabando nuestros ríos y lagos. Es más, si no hacemos nada al respecto, en unos años el niño en cuestión ya no tendrá agua y, entonces sí, verá culminar su vida en una catástrofe.

En fin: son tantos los problemas y todos son profundos. Por eso no entendemos por qué el gobierno desperdició los tres últimos años. Pero bueno, por lo menos ya se reconoció la gravedad de nuestra situación. Ahora, como decíamos, tapemos el pozo. A los que ya cayeron en él, a esos mexicanos que han sido presa de todo lo malo que hay en nuestro país, pidámosles una disculpa, expliquémosles que vamos actuar –e invitémoslos y equipémoslos con el fin de que se nos unan– para mejorar las cosas y, sobre todo, para legar un mejor país a las generaciones que vienen detrás de nosotros.

En primera instancia, apoyemos el llamado del presidente. En segundo lugar, ya no más foros que no conducen a nada; sí hay que dialogar, pero, no como se ha hecho en el pasado, es decir, sin resultados concretos. En tercer término, presionemos a los legisladores, jueces, policías, etcétera, para que actúen con seriedad. En cuarto lugar, urge que mostremos verdadera solidaridad. Por ejemplo, entre otras cosas, hay que pagar nuestros impuestos, colaborar con asociaciones de la sociedad civil que, por mencionar un caso, ayudan a niños de la calle y, claro está, exigir a las autoridades que den destino eficiente y productivo a los pesos que de nosotros reciben.

Aunado a lo anterior, es apremiante que entendamos que los cambios que necesitamos nos van a costar. Es especialmente importante internalizar que dichos cambios pueden resultar en que perdamos algo, ya sean prestaciones, derechos, parte de nuestros ingresos o, inclusive, de todo un poco. Sin embargo, veámoslo no como una pérdida sino como una inversión: si no nos deshacemos de los monopolios que nos aquejan, si no modificamos los sindicatos que nada más estorban, si no pagamos más impuestos y los utilizamos sabiamente, si no reformamos el sector energético a fondo, si no logramos que la educación pública, en todos los niveles, sea de calidad, etcétera, no vamos a salir adelante. Y sí, todo esto conlleva enfrentar grupos de poder, atacar intereses y provocar conflicto. Pero, de lo contrario, el pozo seguirá abierto y quién sabe cuántos mexicanos más terminemos cayendo en él. En esas circunstancias, sólo restaría decir “adiós al futuro”. Por todos nosotros y, especialmente, por nuestros hijos, no nos podemos permitir alcanzar una situación así: ya basta.

"Hablar bien de México"

(Publicado en "Excélsior," el 26 de agosto de 2009)

Armando Román Zozaya

Dice el Presidente Calderón que muchos hablan mal de México. Esto resulta en que la imagen del país en el exterior es muy mala. No es la primera vez que el Presidente reclama a aquellos que señalan nuestras carencias y limitaciones. En concreto, en febrero pasado, a quienes piensan que estamos mal, el Presidente les llamó “catastrofistas” que se dedican a “deliberadamente falsear, dividir o enconar”. De esto se desprenden dos cuestiones preocupantes: 1) un Presidente autoritario, y 2) una alarmante incapacidad de parte de el Presidente mismo, y de su equipo, para darse cuenta de qué país gobiernan.

Si la imagen de México en el exterior es mala porque hay quienes eso comentan, lo que hay que hacer para cambiar dicha imagen es, simplemente, callar tales voces: a partir de ahora, hablemos bien de México. Y ya está; no es necesario resolver ninguno de nuestros problemas. Por ejemplo, en vez de destacar que 20 millones de mexicanos no tienen ni siquiera para comer, hay que resaltar que un pequeño porcentaje de la población cuenta con una enorme cantidad de recursos: las oportunidades de negocios son evidentes. Otro ejemplo: en vez de quejarnos y pedirle a las autoridades que hagan algo respecto a los cotidianos secuestros y asaltos, mejor subrayemos que, al menos en la Ciudad de México, en invierno patinamos en una enorme pista de hielo mientras que, en verano, disfrutamos de playas artificiales. Uno más: en vez de exigir y reclamar porque vivimos sumidos en redes de corrupción y extorsión en las que están involucrados quienes se suponen nos deberían proteger, mejor celebremos que somos un país al que le va tan bien que hasta nos damos el lujo –es un premio bien merecido, por su estupenda y digna labor– de que nuestros legisladores ganen una fortuna, disfruten de maravillosas prestaciones y hasta se queden con el dinero correspondiente a viajes por avión que no hayan utilizado mientras ocuparon sus cargos. Otro más: no exijamos justicia por la muerte de 50 niños en una guardería; mejor celebremos que, en términos reales, los ministros de la Suprema Corte de Justicia son probablemente los funcionarios públicos mejores pagados del mundo, cuestión que refleja que en nuestro país la justicia funciona perfectamente. Y un último: no nos fijemos en que la Presidenta Vitalicia del Sindicato de Trabajadores de la Educación no sabe leer adecuadamente y ni siquiera se entera de lo que ocurre en el país. Tampoco notemos que 75% de los maestros que acaban de concursar por una plaza reprobaron el examen. Mejor destaquemos que, en México, los salarios son más bajos que en otros países, lo que ayuda a atraer inversionistas extranjeros. Del hecho de que el nivel salarial sea bajo porque la productividad es poca y esto ocurra porque nuestro sistema educativo es patético, no digamos nada; no seamos aguafiestas.

Si hacemos lo anterior, los inversionistas de otros países, los turistas, los gobiernos de otras naciones, las empresas transnacionales, los organismos internacionales, las ONGs también internacionales y cualquier persona, sabrán que México es un país donde la gente se siente segura, donde se invierte y produce sin problemas. Una vez que la imagen del país haya cambiado, todo será diferente: ya no habrá secuestros, ni violaciones, ni trata de personas, ni robo de menores, ni funcionarios corruptos, ni legisladores inútiles, ni partidos políticos que nada más estorban, ni sindicatos que no permiten la modernización de la educación y de la economía, ni una empresa petrolera que antes era líder en su ramo y ahora está cerca de quebrar, ni finanzas públicas en crisis estructural porque dependen desde hace mucho tiempo de dicha empresa, ni nada malo. Lo mejor de todo es que nuestros problemas se habrán solucionado, literalmente, de un plumazo, sin hacer nada de fondo al respecto, sin esfuerzo alguno.

Caray: ¡qué brutos son quienes piensan que el país está mal! Mejor que no se alarmen, que ya no mientan deliberadamente, que ya no enconen ni dividan; que hablen bien de México y disfruten del país en el que viven el señor Calderón y sus colaboradores. Si Usted insiste, amigo lector, en que las cosas no están bien, no se apure: el presidente Calderón le hará ver que es Usted un catastrofista, un psicótico, y le quitará la venda de los ojos. Pero no porque sea autoritario y lo quiera obligar a ver el país que él ve, sino porque le está haciendo el favor de aclararle la visión: no sea Usted, pues, malagradecido y, como comentábamos, a partir de ya, hable bien de México: en eso, y no en la solución real de nuestros problemas, radica la ruta a un país mejor: obvio.

"¿Dónde está la renuncia de Ebrard?"

(Publicado en "Excélsior," el 12 de agosto de 2009)

Armando Román Zozaya

“Yo sí te tomo la palabra, Alejandro”. Así respondió Marcelo Ebrard al reto lanzado a las autoridades por el empresario Alejandro Martí quien, deshecho por el asesinato de su hijo, exigió a quienes nos gobiernan: “si no pueden, ¡renuncien!”. Y resulta que el señor Ebrard no puede. Por lo tanto, debe renunciar; eso prometió: ¡que cumpla!

La incapacidad del gobierno de Marcelo Ebrard en términos de aplicación de la ley es evidente. Lo peor –hasta parece burla– es que, en conjunción con la Asamblea del Distrito Federal, dominada por el PRD, don Marcelo tiene una fascinación por producir leyes y reglamentos supuestamente de vanguardia pero que, en los hechos, no sirven de nada pues no se trata nada más de hacer leyes sino de respaldarlas. Y es especialmente en ese terreno donde, como decíamos, la administración Ebrard ha fallado rotundamente.

Recordemos, por ejemplo, el actual reglamento de tránsito, del cual se nos dijo, cuando entró en vigor, que constituía un avance respecto al anterior, que ahora sí tendríamos orden en las calles, etcétera. ¿Qué pasó? Que hasta los policías lo infringen. ¿Y qué ha hecho el gobierno de Ebrard al respecto? Nada. Va otro ejemplo: la prohibición de fumar en espacios cerrados. Buena idea, sí, pero resulta que sobran los antros donde se fuma a todas horas y nadie aplica la ley. Un ejemplo más: el retiro de los comerciantes ambulantes del primer cuadro del Centro Histórico de la ciudad. Por unas semanas, los ambulantes, efectivamente, se fueron, pero ya volvieron. ¿Quién los quita, quién hace valer la ley? Nadie. Un caso más: la introducción de autobuses en Avenida Reforma con el fin de sustituir a los microbuses que ahí brindaban sus servicios. ¿Qué ha pasado con esto? Que se suponía que los microbuses ya no podrían circular sobre dicha avenida, pero, ahí siguen. Así, automovilistas y peatones nos vemos ahora obligados a lidiar no nada más con esas “linduras” que son los microbuses sino que también tenemos que aprender a “convivir” con los nuevos autobuses, los cuales, dicho sea de paso, son conducidos tan mal, o peor, que los micros. ¿Y quién multa a los microbuses que circulan sobre Reforma cuando ya no deberían hacerlo? ¿Quién los remueve de la calle? Nadie.

Pero si bien es preocupante, lo anterior no es lo más grave. Lo que es de dar miedo es que, por mencionar otro ejemplo, en diversas rutas de microbuses, particularmente en Iztapalapa y Tláhuac, los usuarios son asaltados frecuentemente. Asimismo, en la Colonia del Valle, delegación Benito Juárez, sobran los asaltos y los robos. Es más, habitantes de dicha delegación ya hasta están promoviendo que se les permita portar armas para defenderse de la delincuencia (¿hasta dónde hemos llegado, caray?). De la misma manera, en general, en la ciudad no paran los secuestros, ni las extorsiones, ni los cristalazos, ni los ataques de naturaleza sexual a usuarias de taxis, etcétera.

Por si eso fuera poco, cuando el gobierno de Ebrard anunció que, por fin, capturó a un grupo de secuestradores, en concreto, a la banda de plagiarios que secuestró y asesinó al joven Fernando Martí, hijo del ya mencionado Alejandro Martí, resultó que no está del todo claro que sí haya sido esa banda la que cometió los crímenes. De hecho, las autoridades federales presentaron al asesino confeso del joven Fernando, quien negó conocer a quienes fueron acusados por la administración capitalina. El gobierno de Ebrard sostiene que lo que ocurre es que el grupo delictivo en cuestión está dividido en varias células y que, por eso, la autoridad federal dice una cosa y la del Distrito Federal otra. Pero el punto es que, aunque sí detuvo a delincuentes de peligrosidad, el gobierno encabezado por Ebrard no capturó a los que buscaba, es decir, no resolvió satisfactoriamente el caso Martí.

Está claro, entonces, que Ebrard no puede con su trabajo. Así, si tiene palabra, presentará su renuncia. Por supuesto, no sólo él debería hacer lo anterior: nuestros funcionarios, en todos los niveles, simple y sencillamente no cumplen con su trabajo; muchos gobernadores, alcaldes, legisladores, jueces, ministerios públicos, etcétera, tendrían que renunciar. Tal vez hasta el mismo Presidente de la República debería irse pues, si bien hace esfuerzos por luchar contra la delincuencia, es evidente que ésta sigue haciendo de las suyas en todo el país. Sí, es trágico, lamentable y preocupante, pero es verdad: las autoridades no pueden. Sin embargo, sólo Ebrard lo dijo abiertamente: “yo sí te tomo la palabra, Alejandro”. A ver, pues, para cuándo.

"Desamparados"

(Publicado en "Excélsior," el 15 de julio de 2009)

Armando Román Zozaya

Ni pueden ni renuncian; así están las autoridades mexicanas. Ah, pero eso sí, no dejan de decirnos que la ciudadanía debe cooperar en la lucha contra la delincuencia. En concreto, se nos indica que tenemos que denunciar. Muy bien: eso es lo que nos corresponde; es nuestra obligación como ciudadanos. Pero, ¿para qué? ¿Para que luego, como le ocurrió al señor Benjamín Le Baron, en Chihuahua, los delincuentes nos saquen de nuestra propia casa para torturarnos y asesinarnos? ¿Para que luego uno mismo tenga que conducir las investigaciones del secuestro de su hijo, como lo tuvo que hacer la señora Isabel Miranda de Wallace? ¿Para que luego no se sepa nada de los asesinos del hijo de uno, como le ocurre a la familia de Alfonso Belmar, asesinado en el viaducto del D.F. hace tres años? ¿Para que luego los dueños de la guardería en la que nuestros hijos murieron calcinados escapen del país en las narices de la autoridad? Digámoslo de manera sencilla: en México, uno llama a la policía y ésta, en gran número de ocasiones, ni siquiera se aparece. Igualmente, las corporaciones policíacas son intervenidas por el ejército, como ha ocurrido en Morelos y Nuevo León, porque sus miembros están coludidos con la delincuencia. ¿Y así quieren que denunciemos, que confiemos en la autoridad?

Dicho sea de paso, si de denunciar se trata, ¿qué espera el señor Presidente de la República para denunciar a los “gobernantes del pasado” que permitieron el crecimiento del narcotráfico? Lo preguntamos porque, frecuentemente, Felipe Calderón enfatiza que el poder del crimen organizado no es culpa de su gobierno sino de los de antes. De acuerdo: ¿quiénes son esos “gobernantes del pasado”? ¿Por qué no los denuncia el señor Presidente? ¿Por qué no cumple con su obligación ciudadana?

¿Y qué decir de los señores legisladores? Todavía no concluye formalmente la legislatura para la que fueron electos pero los diputados federales ya vaciaron sus oficinas. Igualmente, un buen número de ellos abandonó el cargo hace meses para buscar otra posición desde la cual seguir ordeñando el erario. Eso sí, cada uno de los diputados recibirá más de un millón de pesos a manera de despedida. Asimismo, según información publicada por El Universal, el seguro médico para ellos y sus familiares (un total de 2842 individuos) costó, durante los tres años que duró la actual legislatura, 155 millones de pesos: casi 60 mil pesos por persona (los diputados reciben también 50 mil pesos anuales para cubrir gastos por medicamentos y dentista). Mientras tanto, más de la mitad de los mexicanos no tiene acceso a servicio médico alguno. Y quienes sí lo tienen, sufren de las insuficiencias, deficiencias y negligencias del ISSSTE y del IMSS. Lo peor: los diputados no lograron siquiera un acuerdo significativo, verdaderamente importante, para la vida del país. Por ejemplo, la supuesta reforma fiscal no es tal, la electoral ya está siendo cuestionada y el sector energético todavía espera los cambios profundos que necesita.

Por su parte, los ministros de la Suprema Corte –los servidores públicos mejores pagados del país y, probablemente, del planeta– toman vacaciones justo cuando los padres de los niños fallecidos en el incendio registrado en la infame guardería ABC, en Hermosillo, esperaban que dicha corte nombrara una comisión que investigue el caso. Claro está que los señores ministros ya aclararon que se fueron de vacaciones porque así lo marca la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación. Y la ley debe ser respetada. Faltaba más.

Los gobernadores dejan también mucho que desear. Ahí está, por ejemplo, el señor Bours, quien, si tuviera dignidad, ya habría renunciado por el asunto de la mencionada guardería ABC. Lo mismo vale para Leonel Godoy pues, en Michoacán, el poder de las mafias es tal que le disputan el control de la entidad al gobierno estatal. Igualmente, todavía nos preguntamos por qué Mario Marín, gobernador de Puebla, sigue ejerciendo tal cargo: la infame y famosa conversación entre él y Kamel Nacif debería haber provocado no sólo la renuncia del interfecto sino hasta, tal vez, su encarcelamiento.

El punto es que la ciudadanía está desamparada. De hecho, desde los franeleros hasta los secuestradores hacen lo que quieren; no hay quien les ponga un alto; las autoridades tienen otras prioridades e intereses. Eso sí, con nuestros impuestos, los servidores públicos viven…y bien. Pero Usted, amigo lector, sea un buen ciudadano: ¡denuncie! ¿Qué no ve que la delincuencia hace y deshace porque no denunciamos? ¡Vaya ceguera la que Usted padece, caray!

"El transporte público en el Distrito Federal"

(Publicado en "Excélsior," el 1 de julio de 2009)

Armando Román Zozaya

En esta ocasión, amigo lector, deseaba escribir de nuevo a favor del voto nulo, pero, ya otras plumas han expresado con gran tino por qué dicho voto es útil y necesario. Así, y tomando en cuenta que estamos en época electoral, dedicaré el presente espacio al transporte en el Distrito Federal, un tema crucial para la vida de la ciudad. De hecho, si los políticos no quieren un movimiento anulista y en verdad anhelan trabajar a favor de la sociedad, bien harían en dedicarle un poco de tiempo a los problemas que padece el sistema de transporte de la capital.

Lo primero que hay que resaltar es que, en el D.F., tomar un microbús es peligroso pues, además de que es común que sean asaltados, los choferes manejan pésimamente: entre la música a todo volumen, la chica que llevan a un costado y el estar cobrando, su cabeza está en todo menos en lo que debería. Aunado a ello, los interiores de los micros son pequeños pero, eso sí, no hay uno que no vaya repleto. Además, el pasaje es dejado lejos de las banquetas, lo que expone a los viajeros a ser golpeados por algún otro vehículo. Y, por supuesto, no olvidemos las carreritas entre los microbuses mismos: un auténtico riesgo para usuarios, peatones, etcétera.

Los microbuses son insalubres: el ruido que emana de sus estéreos, y de sus propios motores, es extenuante. Paralelamente, cuando se está en la “base” esperando un micro, es inevitable respirar cualquier cantidad de desechos tóxicos. Por eso es que, desde antes de la crisis de la influenza, hay personas que portan cubrebocas al deambular por las calles y, por supuesto, cuando esperan un microbús.

Por si eso fuera poco, el micro promedio es más que ineficiente: se detiene cada 10 metros, lo que agudiza el tráfico e incrementa el consumo de combustible de todos los vehículos. De igual forma, a los microbuseros les fascina rebasarse unos a otros en espacios muy reducidos. Por ejemplo, nunca falta el que, ya estando cerca de la “base,” rebasa al de enfrente nada más para avanzar unos metros y volver a detenerse justo delante del micro que acaba de rodear. Y luego otro más hace lo mismo, y luego otro: ninguno de ellos es capaz de esperar un poco para moverse. El resultado es que, ahí donde hay “bases,” hay también congestión vehicular masiva pues, entre tanto rebase, los micros terminan ocupando, por lo menos, dos carriles en vez de uno.

Del Metro sólo digamos una cosa: su servicio es tan útil como es malo, es decir, es parte vital del sistema de transporte de la ciudad, sí, pero no es suficiente. Además, hay robos en los andenes y en los vagones. Asimismo, sobran vendedores ambulantes y hasta es común que se den casos de abuso sexual dentro de sus instalaciones: urge, pues, renovar el Metro en todos los aspectos.

El metrobús es otra historia: es de lo mejorcito que hay. Sin embargo, sufre de un problema claro: es insuficiente. Por eso, incluso fuera de horas pico, va lleno. De igual forma, no hay muchas máquinas para recargar las tarjetas con las que se paga el servicio, lo que resulta en largas filas para hacerlo. Pero con todo y eso, el metrobús evidencia que no tenemos que sufrir a los micros. Igualmente, deja claro que sí es posible establecer una cultura de paradas preasignadas, lo cual nos hace una falta terrible. De esta manera, esperemos que el metrobús –me refiero a todas sus líneas– marque de verdad el comienzo de una nueva organización del transporte público en la ciudad.

Para terminar, quisiera enfatizar que no es sorprendente que nadie quiera dejar de utilizar su coche. Tampoco es sorpresa que, año con año, más y más autos circulan en la ciudad. Se trata de un fenómeno cuya explicación es obvia: el transporte público del D.F. deja mucho que desear; lo racional es evitarlo y sólo recurrir a él cuando no hay de otra. No obstante, si queremos combatir la contaminación ambiental, no pasar tanto tiempo en el tráfico, reducir nuestros niveles de estrés y, en general, disfrutar de un mejor nivel de vida, tenemos que crear incentivos para que el coche sea nuestra última opción y no la que más nos gusta. Para lograrlo, es necesario, por lo menos, deshacernos de los micros, mejorar el metrobús e introducirlo ahí donde sea posible, desarrollar trenes que unan a la ciudad con sus múltiples suburbios y modernizar el Metro.

Todo eso tomará tiempo, pero, si no empezamos ya, nos vamos a arrepentir. Además, en todo caso, mientras arreglamos lo que hay que solucionar, sí podemos hacer algo de impacto inmediato y positivo: respetemos el reglamente de tránsito y exijamos que las autoridades lo hagan valer. A ver para cuándo.