jueves, octubre 22, 2009

"¿Qué sindicato sigue?"

(Publicado en "Excélsior," el día 21 de octubre de 2009)

Armando Román Zozaya

Evidentemente, para los trabajadores afectados y sus familias, la decisión de liquidar Luz y Fuerza es un golpe brutal. De hecho, siento empatía hacia ellos, especialmente hacia los que hacían su trabajo con gusto y seriedad. Eso sí: honestamente, mi empatía no es mucha hacia los trabajadores que me trataron con la punta del pie cada vez que acudí a una oficina de LyFC, o cuando llamé a ésta para reportar fallas, o hacia los que, hace unos meses, tardaron días y días en reparar un problema menor ocurrido a las afueras del condominio en el que habito, el cual provocó que no tuviéramos bomba para el agua por 5 días. Debo decir también que mi empatía es simple y sencillamente nula hacia los dirigentes del SME: ellos, ¿de qué se preocupan? ¿De qué se quejan? Mejor que se vayan al rancho del señor Esparza a congratularse, mientras montan algunos de sus hermosos caballos, de que, lamentablemente, en este país la impunidad es la regla, por lo que, al parecer, inclusive si son culpables de algún delito (corrupción y tráfico de plazas laborales, por ejemplo), el gobierno ha decidido no proceder en su contra.

Como decía, comprendo que los trabajadores se sientan angustiados. Por eso mismo, me parece adecuado que se les ofrezcan jugosas liquidaciones y oportunidades laborales en CFE. Se dirá que no es justo, que dichas liquidaciones son muy costosas, que son un privilegio, etcétera. Hasta cierto punto esto es verdad. Sin embargo, no olvidemos que los cambios profundos cuestan. Por ejemplo, en Alemania, hace unos años se modificaron las pensiones, lo que significó que el Estado dejó de respaldarlas totalmente. Para convencer a los sindicatos de que aceptaran esta reforma, el gobierno alemán ofreció hacer contribuciones a las nuevas cuentas privadas de los futuros pensionados, es decir, el gobierno tuvo que hacer un desembolso importante, pero, no lo vio como un costo sino como una inversión. Y eso mismo es lo que hay que pensar en el caso de LyFC: no es un costo; es una inversión.

Lo que no me parece adecuado es que a los trabajadores de las Secretarías de Estado próximas a desaparecer no se les haya ofrecido nada similar a lo que se llevarán los de LyFC: ¿por qué a unos sí y a otros no? No se vale. Tampoco se vale que el presidente Calderón declare que se procedió a cerrar LyFC porque le costaba al erario, provocaba pérdidas de eficiencia y dañaba la creación de empleos sin que, paralelamente, se proceda contra otros sindicatos que, de la misma forma, le cuestan al erario, provocan pérdidas de eficiencia y dañan la creación de empleos. Me refiero, en concreto, al SNTE y al STPRM, por lo menos.

Si la autoridad no procede contra los sindicatos mencionados y no ofrece liquidaciones superiores a lo establecido en la ley a los despedidos de Reforma Agraria, Turismo y Función Pública, estará evidenciando que, si bien el cierre de LyFC era necesario –de hecho, lo aplaudo–, no se llevó a cabo porque ese fuera el caso sino para destruir a un grupo que era un dolor de cabeza para el gobierno. Y se diga lo que se diga, así no es como se construye un mejor país.


"¿Hacia un nuevo sindicalismo?"

(Publicado en "Excélsior," el día 6 de octubre de 2009)

Armando Román Zozaya

Qué bueno que, dado que el proceso electoral registró irregularidades, la Secretaría del Trabajo no reconoció el “triunfo” de Martín Esparza en las recientes elecciones internas del Sindicato Mexicano de Electricistas. No obstante, qué mal que sólo hasta ahora es que nuestras autoridades “se han dado cuenta” de que los sindicatos de nuestro país son lo que son. ¿O acaso nunca antes había habido trampa en unas elecciones sindicales? ¿De veras la autoridad no sabe todavía bien a bien cómo se las gastan nuestros sindicatos en todo terreno y en todos los sentidos?

Evidentemente, aquí no se trata de generalizar pues sabemos que existen sindicatos decentes, que se dedican a cumplir con sus tareas honradamente. Pero es un hecho que algunos de ellos (SME, SNTE, STPRM) se han convertido en cotos de poder que no permiten que nuestro país avance. Claro está que esto no es nada más culpa de dichos sindicatos. De hecho, ellos sólo han sido consecuentes con el contexto en el que se les ha permitido operar: si se les da dinero a montones, no vamos a esperar que se nieguen a recibirlo; si se les da licencia para hacer y deshacer, no es racional que se nieguen a actuar de tal manera, etcétera. En concreto, si los sindicatos de México son como son, es culpa, más que nada, de las autoridades: son éstas las que no les han puesto un alto y, al contrario, les han dado amplios márgenes de maniobra. ¿La ya comentada decisión de la Secretaría del Trabajo representa un rompimiento con el pasado? ¿Por fin la autoridad ha decidido reordenar el sindicalismo mexicano? Por el bien de México, esperemos que así sea.

Vale aclarar que no estamos en contra de los sindicatos en sí mismos. Mucho menos deseamos que desaparezcan. Lo que no apoyamos es que, con base en la “autonomía sindical,” justifiquen la falta de capacidad de sus agremiados y, sobre todo, bloqueen reformas que podrían hacer de México un país mejor y más competitivo pues se da el caso de que, por ejemplo, si se busca una reforma educativa, no sólo el SNTE intenta detenerla sino que otros sindicatos se le unen. Así –aunque no nada más por eso, claro está–, el país no avanza, no va a ningún lado. Aunado a ello, amparados también en la “autonomía,” los sindicatos que reciben dinero público simple y sencillamente no rinden cuentas de lo que hacen con él, cuestión más que inaceptable.

Apoyemos todos, entonces, a la Secretaría del Trabajo. De hecho, esperemos que el miedo a las movilizaciones y reclamos que llevarán a cabo el SME, algunos revoltosos y aquellos que “pondrán sus barbas a remojar,” quienes seguramente se unirán al ya mencionado SME, no impida que, de una buena vez, las autoridades –aquí se incluye a los legisladores– no sólo pongan fin a las turbias maniobras de dicho sindicato sino que también reglamenten, para bien del país, la vida interna de todos los sindicatos. En concreto, urge que esto quede claro: autonomía no significa impunidad. Una vez que esto haya sido plenamente entendido y enmarcado en la ley, lo demás será más fácil. A ver, pues, qué sucede.


"El paquete fiscal y la credibilidad"

(Publicado en Excélsior, el día 23 de sept. de 2009)

Armando Román Zozaya

Según el Presidente Calderón, de no aprobarse su paquete fiscal, no habrá vacunas contra la influenza AH1N1. Además, condenaremos a “una generación de mexicanos al hambre”. ¿De veras será esto atribuible a la ciudadanía? Y es que ahora resulta que el boquete presupuestal tiene que ser cubierto por los ciudadanos y, si no lo hacemos, será responsabilidad nuestra que México se desplome. Muy bien: ni modo. Lo que no está claro es que, en los hechos, la ciudadanía sea la responsable de lo ocurrido; nosotros no fuimos quienes minimizamos la crisis que comenzó en Estados Unidos. Tampoco somos nosotros quienes no hemos sabido concretar las reformas de fondo que el país requiere, por ejemplo la energética y la fiscal, cuestión que ha resultado en que nuestras autoridades no cuentan con ingresos tributarios suficientes y en que el petróleo se acaba, lo que significa que, ahora que sería útil hacerlo, no nos podemos endeudar: hacia el futuro, no tenemos con qué pagar. Lo enfatizamos: no tenemos con qué pagar porque en México no se recauda lo suficiente y el petróleo se está agotando. ¿Esto es culpa de la ciudadanía o de quienes no saben o no pueden cobrar impuestos? ¿Es responsabilidad de todos los mexicanos o de quienes, ante un escenario más que previsible en el terreno petrolero, no han querido, no han podido o no han sabido cómo remediar la situación? ¿Es culpa nuestra o de quienes se dedican a despilfarrar los recursos del país?

Es increíble que, en recesión, y después de que se nos ha dicho hasta el cansancio que nuestras finanzas públicas están “sanas,” no nos podamos endeudar, lo que evitaría que, en el corto plazo, haya más impuestos, los cuales provocarán que nuestra economía, ya de por sí en el suelo, cargue una pesada loza. Y todo porque nuestras autoridades no saben lograr acuerdos positivos para el país. Así, que no nos echen la culpa: la responsabilidad es de quienes nos gobiernan y de quienes constituyen la oposición. Son ellos quienes no han hecho lo suficiente por fortalecer nuestra competitividad, situación que nos ayudaría a hacer frente a crisis como la actual. Por ejemplo, es la clase política la que tolera empresas paraestatales sumamente dañinas, sindicatos que sólo ven por sí mismos, un sistema educativo patético y una vergonzosa falta de Estado de Derecho. Nosotros padecemos esto, lo denunciamos, exigimos cambios, etcétera; ellos, los políticos, hacen poco al respecto.

Señor Presidente y señores de la clase política: el debate fiscal no es nada más técnico; es también sobre credibilidad. Si quieren nuestro apoyo, se los daremos; sí somos solidarios, aunque ustedes piensen lo contrario, pero, ¡trabajen más y mejor! Asimismo, ¡garanticen que lo que acuerden será benéfico para el país y se hará realmente como nos lo dicen! Además, ya basta de prácticas que resultan en costos para México, en todos los sentidos, y en que muy pocos ciudadanos le crean a la autoridad. Si quieren más impuestos, necesitamos confiar en ustedes. Eso se logra trabajando en serio: ¡por ahí empiecen!